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La democracia premia y castiga. Bolivia ante una elección histórica

Por Edgard Blanco | 19 de agosto 2025

Quiero comenzar aclarando que la democracia no debe verse como un concepto abstracto; es más bien un sistema que, en su fase electoral, premia o castiga. El pueblo, con su voto, define si respalda una opción responsable y moderada, o si sanciona los excesos, los abusos, la corrupción y la mala gestión.

Nuestra hermana nación, Bolivia, es uno de los ejemplos más recientes de ello y ha dado muestra de que sí se puede volver a la democracia. En esta primera vuelta del domingo 17 de agosto se dio un escenario sorprendente: Rodrigo Paz obtuvo un 32 % del apoyo popular, mientras que Jorge “Tuto” Quiroga alcanzó un 26 %. Ambos se disputarán la presidencia en un balotaje o segunda vuelta este 19 de octubre, por lo que tendrán poco más de dos meses para reinventarse y buscar apoyos que los lleven a la presidencia. Pero, sin duda, lo más esperanzador es que el otrora hegemónico Movimiento al Socialismo (MAS) quedó reducido a un marginal 3 %. Este resultado imprime la forma en que los ciudadanos castigan todos estos años de inestabilidad política, corrupción y mala gestión, además de restricciones innecesarias, crisis económicas constantes, inflación y violencia política que incluye presos políticos. Este, señoras y señores, es el voto que castiga.

Aunque la democracia boliviana parecía estar agonizando, la experiencia del domingo demuestra que las democracias son salvables mientras no han sido completamente devoradas por el totalitarismo. Si la sociedad conserva aún el espíritu de libertad y la persistencia de luchar por lo que le corresponde, ejerciendo sus derechos a toda costa, mientras haya demócratas habrá democracia. Este fue el mensaje en las urnas. Bolivia no está condenada, siempre que los demócratas tengan la valentía de construir una alternativa común.

En ese sentido, la ciencia política ofrece dos lentes para leer este momento. El primero es el voto retrospectivo, donde los electores premian o castigan a partir del desempeño gubernamental. Hoy, el MAS —dividido entre los seguidores de Evo Morales y los del actual presidente Luis Arce— paga el precio de haber arruinado la economía, de haber despreciado la institucionalidad y de haber desgastado su propio mito.

En una segunda vista, el voto prospectivo, donde los ciudadanos miran al futuro y eligen la opción que les da más confianza para gobernar con estabilidad. Paz podría ser un símbolo de renovación, aunque con relativa moderación. Por su parte, Quiroga representaría experiencia y firmeza en hacer las reformas necesarias para encaminar al país hacia un nuevo horizonte. El dilema ya no es continuidad o ruptura, sino qué tipo de liderazgo democrático logrará unir al país.

La doble vuelta electoral es una de las instituciones más inteligentes de la democracia. Volviendo a nuestro país, justamente por eso es que dictadores como Daniel Ortega negocian con los ruines políticos para eliminarla, pues esta obliga a los candidatos a buscar mayorías amplias, a converger hacia el centro y a tender puentes. El balotaje no premia al que grita más fuerte, sino al que logra sumar voluntades. Castiga el sectarismo y premia la cooperación. Esa es la lógica que hoy tiene la oportunidad de probarse en Bolivia.

Ante este escenario no hay que perder de vista un punto esencial: la democracia boliviana ha resistido. A pesar de Evo Morales, resistió la captura del poder, la manipulación de las instituciones y los intentos de hegemonía. Resistió porque la sociedad civil se mantuvo firme y porque el ciudadano común nunca renunció a su derecho a elegir. Ese es el verdadero premio de este proceso: la persistencia democrática de un pueblo que no se resigna.

Si algo enseña este resultado es que, divididos, los demócratas perdemos y, unidos, podemos salvar la nación. Es hora de construir acuerdos mínimos: independencia judicial, disciplina fiscal, integridad electoral, descentralización y oportunidades para la juventud que hoy, más que nunca, las necesita. Son esas coincidencias las que pueden darle a Bolivia un gobierno estable y respetado. Pero no solo a Bolivia, también al resto de América Latina, y especialmente a nuestros países que están secuestrados por dictaduras crueles e inhumanas.

El 19 de octubre, la democracia volverá a hablar. Pero, más allá de quién gane, lo que debe quedar claro es que el voto boliviano ya castigó al autoritarismo y premió la posibilidad de un futuro más libre. La verdadera democracia nunca es un regalo: funciona como un sistema de incentivos. Premia la cooperación y castiga el abuso. Y cuando un pueblo se atreve a usar esa herramienta con convicción, como hoy lo hace Bolivia, entonces no hay dictadura que pueda con su persistencia, valor y deseo de libertad.

¡Viva Bolivia y sus demócratas!

*Edgard Blanco – Politólogo y Director del Centro de Acción para la Libertad, impulsa iniciativas por la democracia, los derechos humanos y la defensa de una educación libre en Nicaragua y América Latina.