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La Soledad de los Arrastrados

Ezequiel Molina | Septiembre 4, 2025         

Suponemos que la presencia de Laureano “Chigüín” Ortega desfilando a la zaga de los tres autócratas más poderosos, despiadados y desideologizados del planeta durante la reciente conmemoración del triunfo de China sobre Japón en septiembre de 1945, llevó al máximo éxtasis a la pareja dictatorial. Pero la cruda realidad muestra que no hay nada más allá de ese gran “éxito” diplomático y político del más visible heredero del crimen, que para decirlo claramente sólo ha logrado, en esos lejanos y costosos viajes, un apretón de manos, una fotografía o una inútil participación en foros generadores de proclamas, que en términos prácticos no van más allá de un cierto efecto propagandístico entre los descerebrados adeptos, a sueldo o gratuitos, del oprobioso régimen que representa.

Y es que en el actual juego geopolítico y geoeconómico, lo impredecible es lo esperado, y eso lo dicen algunos reconocidos analistas, Robert Kaplan, autor de 23 de los libros más vendidos sobre relaciones exteriores, y nombrado dos veces por la revista Foreign Policy, entre los 100 más connotados pensadores globales, afirma que “Las tres potencias mundiales (China, Estados Unidos y Rusia) están en diferentes etapas de declive, aunque por razones distintas”, afirmando a la vez que esa decadencia simultánea genera un sistema internacional frágil, donde ningún actor tiene control absoluto, intensificando el riesgo de conflictos impredecibles. Por su parte, Pierre Rousset, miembro de la Cuarta Internacional y especialista en los movimientos de lucha asiáticos, señala que “El conflicto entre un poder en ascenso y el poder establecido es un escenario clásico, pero debe ser imperativamente analizado en su contexto histórico: una crisis global sin precedentes en sus implicaciones”.

Las afirmaciones de estos especialistas se reflejan en la peligrosa e impredecible situación que atraviesa la dictadura chavista de Maduro ante la presencia de un poderoso montaje de fuerza militar estadounidense controlando todo movimiento marítimo o aéreo desde la costa caribe y atlántica venezolana, y remitiéndose a los hechos resulta que paralelamente a la cumbre Trump-Putin, celebrada en Alaska el pasado 15 de agosto, Estados Unidos envió tres destructores con misiles hacia las costas venezolanas, una operación que, según la Casa Blanca, está dirigida a enfrentar los cárteles de la droga. A la fecha ese despliegue militar ha crecido ostensiblemente, y hace pocos días una embarcación venezolana con once tripulantes, que supuestamente transportaba droga con destino a Estados Unidos, fue destruida en aguas internacionales por la armada estadounidense. Rusia mantiene absoluto silencio, y aunque la portavoz de la cancillería china, Mao Ning, señaló que las acciones estadounidenses vulneran la soberanía de otros países y ponen en peligro la paz regional, sus declaraciones no pasaron a más, como por ejemplo convocar al Consejo de Seguridad de la ONU, del cual China, junto con Rusia, es miembro permanente lo que le otorga una posición privilegiada en la toma de decisiones de dicho Consejo.

Todo lo anterior indica que la posición vendepatria y arrastrada de la dictadura sandinista, especialmente con Rusia y China, podría servir de muy poco ante una virtual caída de la dictadura de Maduro. Considerando el actual posicionamiento internacional de la dictadura sandinista, acusada de crímenes de lesa humanidad y otros delitos mayores, a los que tendrán que responder en su momento, se añade una silenciosa resistencia interna que ante su indefectible caída demandará justicia y reparación por los crímenes cometidos, obligándolos a seguir por la senda de la represión y el latrocinio, y parafraseando el maniqueo eslogan de “iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte”, la libertad es la que espera al pueblo nicaragüense, la muerte es la parte que corresponde a la dictadura.