Manuel Orozco | 05 diciembre 2025
El punto de partida de la transformación política empieza por entender el entorno social y la cotidianidad de la gente y apalancarse desde su resistencia popular. La realidad de Nicaragua está compuesta por diversos conjuntos mínimamente yuxtapuestos que resultan de la vida en un sistema cuasitotalitario. En el entorno social, la gente vive bajo el techo de la banalidad del mal, en un mundo en el que las cosas van bien, siempre y cuando no hablés de tu entorno, no solo de política: tu libertad termina cuando empesás a expresar una opinión, pero la consecuencias son diferentes para cada persona.
En el entorno económico, el país gravita en el sistema de la administración de la pobreza; hay varios mundos que operan con poca interrelación: el mundo comercial externo, el mundo de los que viven de remesa, el mundo de la cleptocracia y captura del Estado y el resto en una economía informal. El país no genera mucha riqueza y, si ocurre, no hay redistribución. El entorno político es un lienzo monocromático sellado por la concentración radical del poder que administra la criminalización de la democracia, pintado por una tinta de percepción permanente de amenaza desde afuera y adentro.
Rosario Murillo es la referencia y la fuente que une y ata todo.
Fuera ella, el orden de estos conjuntos colapsa porque lo que ata cada uno de esos círculos son piezas individuales de tipos cuya lealtad es variable y sin convicción ideológica. Fidel Moreno, algunos alcaldes y el aparato policial administran la vigilancia de la vida cotidiana. En lo económico, Ovidio Reyes y unos militares retirados administran la pobreza del país. En lo político, ella se encarga directamente junto con Fidel, Gustavo Porras y Wendy Morales de sostener la estructura que administra la criminalización de la democracia. Dentro de este círculo están dos o tres de sus hijos cuya relación se ha vuelto tensa con el paso del tiempo. A ellos les asigna roles en relaciones internacionales, en momentos en que ellos sienten mayor tensión frente al riesgo de continuar apoyando a Rosario en su obsesión por el poder. No ve una salida.
Los entornos de la cotidianidad del Nica
El día a día en Nicaragua no es muy diferente al resto de otras sociedades: la rutina de salir a la calle a trabajar, a buscar qué hacer, de compras o vueltas, al gym; en general, es más o menos lo mismo. Se vive de diferentes maneras interpuestas, en libertad condicional, en mucha ignorancia, con un malestar social crónico pero callado, un malestar abierto hacia los chinos, y una desigualdad subyacente.
El principal contexto subyacente es el de vivir gobernados por “esos que tienen el poder”, unos dictadores viejos. Para el pueblo, su calidad de vida varía en relación con su proximidad al estamento social. Entre más acomodado esté uno en Nicaragua, mayor riesgo de perder sus libertades en el sentido amplio de la palabra. Aquellos que están más lejos, con menores ingresos e influencia, tienen una vida material más dura, pero se enfrentan con menos desafíos en el goce de su libertad—también son más vulnerables al robo y al maltrato. Una vida en libertad condicionada.
El día a día se vive una especie de vida en libertad condicionada. En el barrio uno sabe quién es quién, y en algunos casos el referente es qué hizo fulano durante el 2018 y a partir de ahí de cuidás de qué hacer y decir. Así se puede salir, comprar, ir al trabajo, a la calle, ir al gym o verse con algunos vecinos, pasar por el mercado y seguir la rutina sin inconvenientes extras que acarrea la posible represión.
Hay un acomodamiento generalizado que se traduce en una obediencia autorregulada frente a un sistema que vigila y censura y una adaptación de una libertad condicionada desde el 2021 a no provocar al sistema, ya que uno cree que no se puede cambiar a ese gobierno.
La vigilancia es precisa, orientada a quienes son educados en mejor condición económica, que se informan, que están más conectados con el exterior y tienen vínculos formales con el sistema.
Mientras tanto, la censura y la policía voluntaria son las herramientas de control que prevalecen sobre la población en general y, en particular, en contra de la gente de la calle, quienes desconocen lo que ocurre en el país, en el día a día, el quehacer político, las condiciones socioeconómicas en general. La gente vive bajo el entendido de que los que están en el poder no son gente buena, pero mientras estén fuera del espectro de uno, las cosas caminan como normal. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Vivir en un velo de ignorancia
Para la gente de la calle, a la par de la censura, administrar su libertad significa vivir en un velo de ignorancia, de manera tal que para hablar y circular sin que te vigilen no hay que saber mucho; de esa forma, no hablás mucho sobre lo que pasa en el país en general. ‘Ojos que no ven, corazón que no siente’.
No hay fiscalización del Estado; se sabe poco de la delincuencia, robos o accidentes, y más de conciertos, certámenes de belleza o eventos públicos, de esa índole.
La mayoría no quiere saber mucho. “A mí me aterran las noticias”, “Yo no veo noticias porque me va a entristecer”. Y “si quiero saber algo, lo busco en Face”; “no veo la noticia de los canales de TV porque son puras mentiras”.
La audiencia forzada a oír los monólogos de la chayo no pasa de 5,000 escuchas diarios y nadie lee los textos. Mientras tanto, la audiencia popular de 100% Noticias, Café con Voz o Confidencial es al menos cinco veces más alta y, semanalmente, el principal medio periodístico en el exilio tiene una audiencia de medio millón: uno de tres hogares, o, si hay traslape, 1 de 5 hogares se arriesga e informa semanalmente a pesar de la nueva ley.
Las molestias y descontentos
Hay molestia crónica sobre el transporte público que no resuelve en tiempos o en seguridad. Aunque la adquisición de buses chinos tuvo efecto mediático, el país requiere de una flotilla mayor y un sistema vial más amplio. Si los buses se descomponen, salen de circulación. Mientras tanto, los accidentes continúan, aunque no se manejan estadísticas fijas; los propios seguidores mediáticos tratan de hacer algo de noticia frente a los accidentes, culpando al conductor y no a la falta de control vial por la Policía. No hay expresión pública del malestar por la corrupción, por el pobre servicio de salud y educación, por el maltrato policial, o mucho menos por lo político—la gente no sabe el detalle de los cambios legales que ocurren, pocos saben que Rosario es la única que maneja las riendas, que ella reformó la Constitución, de los cambios de funcionarios, y menos entiende las implicaciones de estas cosas para el país.
La gente asume que estos roban y maltratan, pero “si abrís la boca, vas a parar al Chipote”, y no sabe la magnitud ni en dónde pasa o cómo y quién lo hace.
Si hay un malestar social, algo generalizado, es con la presencia china. La gente de la calle, del pueblo, no solo nota los negocios chinos, sino también los productos baratos como el cable de mala calidad para cargar el celular, el cargador que se quema rápido, los plásticos que se quiebran con facilidad. También la gente nota que algunos comerciantes han perdido sus negocios frente a los chinos. La gente mira con desagrado la forma omnipresente de las mercaderías y las marcas frente a las tradicionales, especialmente como los repuestos. Ese malestar abierto es una especie de traslado del malestar contra el gobierno.
La desigualdad social como algo subyacente
Otro aspecto subyacente es la diferencia social que ha surgido desde que se dio la radicalización y las remesas aumentaron en el país. Entre quienes reciben remesa aumentan el consumo y el endeudamiento que se reflejan en la compra de carros o de artículos de consumo. El fenómeno es parejo; ocurre en todos los hogares del país y, por lo tanto, el efecto demostración es visible frente a una especie de mejora de la calidad de vida y ostentación, la cual oculta o disfraza lo que ocurre en el país porque se está mejor. El impacto es casi repentino, con un número de hogares que crece de 400.000 en 2019 a 1 millón que reciben remesa, 700.000 desde EUA. El efecto se observa en los barrios y las casas, unos se miran mejor que otros porque o reciben remesas o reciben favores de la dictadura.
Aunque esos hogares que reciben remesa también respiran libertad, conocen las consecuencias de la represión; lo subyacente para ellos es que, con la mejora de la calidad de vida, hay sacrificios de por medio, advertencia del retorno del familiar, y temor por lo que pase. Hay un sentimiento antisistema.
Mientras tanto, entre los ‘favorecidos’ del régimen, la realidad que viven los amarga, no la pasan bien porque saben que la transaccionalidad de sus privilegios tiene el precio de lealtad a la Chayo, que conlleva vigilar a sus vecinos, y ya no quieren seguir en esas, ni ser parte de las purgas, muchos hasta quisieran irse del país.
La resistencia popular es real
En medio de todo hay una resistencia ‘estratégica’; la gente se mofa de los eventos de “la Camila, que ni vestirse sabe”, se ríe de “Rosario que se viste y porta como bruja”, conoce bien del secreto a voces de Laureano y sus escapes personales. La gente también se informa cuando puede y se arriesga; todos están atentos para cuando las cosas empiecen a tambalear. Por eso la resistencia empieza con la desmoralización de la dictadura.
