El día que la palabra tuvo que huir
El exilio de escritores y escritoras nicaragüenses hacia Costa Rica no fue una decisión voluntaria, sino un imperativo de supervivencia.
El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo desde siempre identificó en el pensamiento crítico a su enemigo más peligroso, pero a partir de abril 2018, la ferocidad fue desmedida con la cacería de símbolos: la confiscación de redacciones periodísticas, la cancelación de personerías jurídicas de centros culturales y el encarcelamiento de voces disidentes bajo cargos de «traición a la patria».
Para los escritores y artistas, el dilema se redujo a cuatro salidas brutales: la sumisión, la cárcel, el cementerio o el destierro.
Muchos escritores e intelectuales decidieron salir, y al cruzar la frontera, no solo cargaron con sus maletas, sino con el sueño de seguir haciendo poesía y de narrar sin miedo las historias que les plazca. Es así que, en las calles de San José, Costa Rica, caminan creadores de la palabra proscritos en Nicaragua. La literatura nicaragüense cambió su geografía, convirtiendo al exilio en un «territorio soberano» donde el arte no es solo estética, sino un constante proceso de creación contra el olvido.
Aquí, la ficción y la poesía se han transformado en los nuevos archivos de una nación que el régimen de Managua intenta dejar sin voz, pero no lo logra y para demostrarlo acá están los casos de Lea Bolt, Arquímedes González y Mario Urtecho quienes desde el exilio generan una poesía y narrativa auténtica, novedosa y profunda que pone de manifiesto que la creación no puede ser anulada, censurada o invisibilizada.
Desde el exilio, sus obras afirman que la palabra sigue siendo un derecho.
La disidencia de los cuerpos: La lírica de Lea Bolt y el erotismo como libertad

¿Quién es Lea Bolt?
Es una de las voces más innovadoras y valientes de la poesía nicaragüense actual. Su obra se sitúa en la intersección entre el lirismo erótico, la memoria histórica y la militancia feminista. Lea no solo escribe poesía; construye espacios de reflexión sobre la identidad y la libertad del cuerpo. A través de sus poemarios Somos y Ángeles, ha consolidado una propuesta estética que ella denomina como «disidente», desafiando tanto el conservadurismo político como las estructuras patriarcales. En el exilio, su labor se ha extendido a la gestión cultural y al activismo, convirtiéndose en un referente de cómo el arte puede ser una herramienta de sanación y resistencia para las mujeres y las disidencias nicaragüenses.
El exilio nicaragüense en Costa Rica ha planteado una reconfiguración del ser. En ese proceso de reconstrucción, la poeta Lea Bolt propone una resistencia que nace de la raíz misma de la existencia: lo íntimo y lo sensorial.
Su poesía, que nace del desarraigo, no se agota en la queja política; se convierte en una «restitución de la memoria sensorial». Frente a un Estado que busca disciplinar las subjetividades y controlar los cuerpos, Lea propone la ternura y el deseo como una forma de soberanía innegociable.

En este escenario de identidades confiscadas, la resistencia no solo se libra en el discurso político, sino en el refugio de lo íntimo. La poeta Lea Bolt se adentra en una rebeldía silenciosa pero radical: la de la sensibilidad.
En sus poemarios Somos y Ángeles, la voz poética de Lea desafía las narrativas tradicionales de opresión. Para ella, el cuerpo es el primer territorio que debe ser liberado de la bota dictatorial. En sus versos, la libertad no es una consigna, es una sensación que se recupera en la piel:
“Me niego al destierro de mi propio deseo. Mi cuerpo es el único mapa que no han podido confiscar, el único territorio donde mi lengua todavía dicta sus propias leyes, sin pedir permiso al verdugo para sentir el fuego o la caricia”.
Esta propuesta poética, nos explica Lea que «nace desde el exilio, pero no se agota en él». Ella trabaja el destierro no solo como una condición política, sino como una experiencia sensorial donde el cuerpo y la lengua deben reconfigurarse. Para la poeta, «escribir, desear, nombrarse y narrarse en un contexto de represión es un acto político».
En un contexto de apatridia, donde el Estado busca borrar identidades y «disciplinar» a las personas, la poesía de Lea Bolt se vuelve un territorio de resistencia íntima. Reivindica el derecho a la voz, al placer y a la creación sin permiso, especialmente para las mujeres y las disidencias cuyos cuerpos han sido históricamente controlados.
Para Lea, la creación no puede ser expropiada, y su voz es un reconocimiento a los «poetas clandestinos» que aún sostienen la palabra dentro de Nicaragua.
El archivo del horror: La ficción de Arquímedes González como peritaje social

¿Quién es Arquímedes González?
Es un literato prolífico que se ha convertido en uno de los cronistas éticos más importantes de la Nicaragua contemporánea. Su carrera es una transición constante entre el rigor del dato periodístico y la profundidad emocional de la ficción. Su formación como periodista de investigación le otorga una disciplina única para recolectar testimonios. Utiliza técnicas de reportaje para alimentar su ficción. Esto hace que sus novelas no sean solo «cuentos», sino documentos históricos novelados. Como profesor universitario, siempre defendió el pensamiento crítico, lo cual lo puso en la mira de un régimen que asfixió la libertad de cátedra.
Si la poesía de Lea Bolt rescata la soberanía del ser, la narrativa de Arquímedes González se interna en las sombras del sistema represivo para actuar como una especie de peritaje social. Él sale de la piel para mirar el asedio, la celda y el grito colectivo.
Para González, la literatura tras abril de 2018 dejó de ser un ejercicio de estilo para convertirse en la «intersección de la memoria urgente y la estética de la resistencia». Su trilogía no es solo un conjunto de novelas; es un archivo de seguridad contra el olvido.

En su obra más reciente, En abril yo seguía viva y otras historias verdaderas (2025), la ficción se vuelve un espejo de una honestidad brutal. González recrea el mundo de horror impuesto por la dictadura desde las entrañas de la tortura, capturando el testimonio que el poder intenta reducir a cenizas. En uno de sus pasajes, la obra describe la atmósfera asfixiante de la persecución:
“El silencio en las celdas no es paz, es un peso que te aplasta los pulmones mientras esperas el siguiente grito. En la oscuridad, la identidad se vuelve un hilo delgado que los verdugos intentan cortar con cada interrogatorio, pero la memoria se aferra a las uñas, a la piel, al recuerdo de un sol que afuera sigue brillando para otros”.
Para Arquímedes, escribir en el exilio es una forma de soberanía. Como nos confió en la entrevista, «la escritura nos devuelve la identidad que un decreto pretende arrebatarnos». En un contexto donde cientos de nicaragüenses han sido declarados apátridas, sus novelas reivindican el derecho a la verdad y a la justicia. «Al denunciar los abusos, convierto esa realidad en una ficción en la que podemos encontrarnos, dando nombre a quienes el poder intenta convertir en cifras o traidores», afirma el autor.
Su obra es, en última instancia, un desafío directo al silencio impuesto. «Mi patria está en cada palabra que escribo», afirma con la convicción de quien sabe que, aunque le confisquen el pasaporte, el lenguaje sigue siendo un territorio inexpugnable. Su mensaje para quienes crean desde la clandestinidad en Nicaragua es de una fraternidad inquebrantable: no hay muro capaz de detener la palabra, porque toda literatura nace de la resistencia a la censura.
200 años en veremos: La mirada de Mario Urtecho y el espejo de nuestras ruinas

¿Quién es Mario Urtecho?
Es un destacado escritor, poeta y periodista nicaragüense con una larga trayectoria en la gestión cultural y la narrativa de corte histórico y social. Su pluma se caracteriza por una aguda capacidad de observación de los vicios y virtudes de la identidad nicaragüense. Es autor de la obra 200 años en veremos, un texto fundamental que disecciona el bicentenario de la independencia de Nicaragua desde una mirada crítica, cuestionando los ciclos de caudillismo que han impedido la consolidación de una verdadera democracia. En el exilio sigue su trabajo literario siempre preocupado por la preservación de la memoria histórica y creando un mundo subjetivo lleno de audacia y belleza.
La tríada de esta resistencia cultural se completa con la perspectiva de Mario Urtecho. Si Lea Bolt habita la trinchera del cuerpo y Arquímedes González la del testimonio urgente, Urtecho se sitúa en el observatorio de la historia. Su obra es un espejo oscuro donde se refleja no solo el presente, sino el desmantelamiento sistemático de una nación. Urtecho no escribe desde la frialdad de la estadística, sino desde la recreación del horror cíclico que ha marcado a Nicaragua.

Su texto, 200 años en veremos, es clave para entender las heridas históricas de la nación, funciona como una autopsia histórica-literaria de un país que parece condenado a deshacer lo que construye. Urtecho escribe: “Caminamos hacia atrás creyendo que avanzamos, tropezando siempre con la misma piedra del caudillo que se cree eterno”.
En las páginas de 200 años en veremos, se siente el peso de una historia que siempre termina desembocando en el mismo calabozo, recordándonos que el presente no es un accidente, sino la repetición de un trauma:
“Llevamos dos siglos ensayando la libertad y terminamos siempre estrenando un nuevo calabozo. Somos artesanos de lo que se deshace, expertos en levantar altares a los mismos caudillos que mañana nos pedirán la sangre para lavar sus culpas”.
La obra de Mario actúa como un puente histórico que explica por qué Abril de 2018 no fue un accidente, sino el síntoma de una deuda histórica con la dignidad humana, su literatura une el dolor de hoy con las ruinas del pasado, recordándonos que la verdadera Nicaragua sigue, dolorosamente, «en veremos», salvo por estos creadores que, desde la soledad del destierro, intentan saldar.
La literatura como propuesta, denuncia y autocrítica
Los escritores nicaragüenses exiliados en Costa Rica no están en silencio; son un coro alto y sonoro que están logrando lo que el poder totalitario más teme: que la verdad sobreviva al verdugo.
A través del erotismo libre y sensorial de Lea Bolt, la disección documental de Arquímedes González y el espejo histórico de Mario Urtecho, la literatura se erige como el último bastión de la dignidad y demuestra que la creación es un territorio inexpugnable para la censura y la represión.
Mientras sus obras se sigan produciendo, se estarán fabricando los ladrillos para la reconstrucción futura de Nicaragua. La palabra, aunque hoy deambule por las calles de San José, tiene la certeza del regreso, asegurándose de que el horror no sea la última página de nuestra historia.
Con el auspicio del Fondo de Canadá para iniciativas locales de la Embajada de Canadá para Costa Rica, Nicaragua y Honduras.
