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Delcy Rodríguez y la estabilidad como mercancía geopolítica

Editado por Juan Carlos Cruz, a partir de dos notas de prensa española

Por más que la narrativa oficial hable de “transición”, lo que está ocurriendo en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro se asemeja menos a un cambio de régimen que a una operación de continuidad administrada desde fuera. Dos artículos recientes publicados en la prensa española —uno en El País y otro en La Vanguardia— permiten reconstruir el rompecabezas de por qué Delcy Rodríguez, y no la oposición civil, terminó al mando del país. Y lo que revelan, más allá de los detalles, es una verdad incómoda: la estabilidad venezolana se ha convertido en una mercancía geopolítica que se negocia entre Washington, las petroleras y los cuadros duros del chavismo.

El reportaje de El País pone el foco en la dimensión de seguridad. Según sus fuentes, la CIA habría recomendado a la Casa Blanca mantener en el poder a figuras del régimen para evitar un vacío institucional tras la caída de Maduro. La lógica es simple: el aparato militar y policial sigue siendo chavista, y cualquier intento de imponer un liderazgo opositor podría desencadenar un conflicto interno. En ese marco, la popularidad de María Corina Machado —incluso su prestigio internacional— pesa menos que su incapacidad para controlar un Estado moldeado durante dos décadas por el chavismo. El mensaje implícito es claro: gobernar Venezuela no es lo mismo que ganar elecciones o acumular legitimidad simbólica; es controlar las armas.

El artículo de La Vanguardia introduce otra capa del problema: el petróleo. Allí se describe cómo ejecutivos, lobistas y acreedores internacionales ven en Rodríguez a la figura capaz de reactivar la industria petrolera, gestionar PDVSA bajo sanciones y garantizar un mínimo de continuidad operativa. No se trata solo de afinidad política, sino de funcionalidad económica. En un país donde la renta petrolera sigue siendo la columna vertebral del Estado, la gobernabilidad se mide en barriles, no en votos. Y para quienes operan en ese mundo, Rodríguez es una interlocutora conocida, pragmática y, sobre todo, predecible.

Ambos artículos coinciden en un punto esencial: la permanencia de Rodríguez no es un accidente, sino el resultado de una convergencia entre los intereses de seguridad de Estados Unidos, las expectativas de la industria petrolera global y la necesidad del chavismo de preservar su estructura interna. La oposición civil, por más legitimidad que reclame, no forma parte de esa ecuación. No porque carezca de apoyo popular, sino porque no controla los resortes materiales del poder.

Sin embargo, tanto El País como La Vanguardia comparten una limitación que vale la pena señalar. Sus relatos dependen casi exclusivamente de filtraciones anónimas, funcionarios estadounidenses y fuentes corporativas. La voz venezolana —militares, académicos, organizaciones sociales, incluso sectores del propio chavismo— está prácticamente ausente. Esto no invalida la información, pero sí la contextualiza: estamos ante narrativas construidas desde el exterior, que reflejan más las preocupaciones de Washington y de los mercados que las dinámicas internas del país.

La pregunta de fondo es otra: ¿qué significa una transición cuando quienes deciden su arquitectura no son los ciudadanos, sino los actores que controlan la seguridad y la energía? La respuesta, por ahora, es que Venezuela no está viviendo un cambio de régimen, sino una reconfiguración de este. Una transición sin ruptura, diseñada para evitar el caos, pero también para preservar los intereses de quienes siempre han tenido la capacidad de definir el destino del país desde fuera.

Delcy Rodríguez emerge, así como la figura que garantiza continuidad, previsibilidad y control. No porque represente un proyecto político nuevo, sino porque encarna la solución que satisface simultáneamente a los actores que hoy tienen la capacidad de imponer un orden. En ese sentido, su ascenso no es una anomalía, sino la expresión más nítida de cómo se administra la estabilidad en un país donde la soberanía se disputa en los despachos de Washington tanto como en los cuarteles de Caracas.

Referencias:

González, J. S. (2026, 6 de enero). La CIA recomendó dar el poder de Venezuela a Delcy Rodríguez ante el riesgo de que María Corina Machado no controlara el ejército. El País. https://elpais.com/internacional/2026-01-06/la-cia-recomendo-dar-el-poder-de-venezuela-a-delcy-rodriguez-ante-el-riesgo-de-que-maria-corina-machado-no-controlara-el-ejercito.html

La Vanguardia (Cataluña). (2026,5 de enero) La nueva líder de Venezuela, Delcy Rodríguez, es quien el petróleo mundial siempre quiso.