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Ausencia de Ortega refleja debilidad y temor ante EEUU, dicen expertos

El dictador Daniel Ortega cumplió hoy cuatro semanas sin aparecer en actos públicos en Nicaragua, un silencio prolongado que rompe con la práctica habitual de proyección permanente del poder en el país y que alimenta dudas sobre su estado de salud, su estabilidad política y la situación interna del régimen.

La última vez que se le vio fue el 14 de diciembre de 2025, durante la XXV Cumbre del ALBA-TCP dedicada al centenario del fallecido dictador cubano Fidel Castro.

El pasado sábado 10 de enero, Ortega cumplió 19 años consecutivos en el poder, pero la conmemoración transcurrió sin él y estuvo marcada por el miedo, la incertidumbre y una ausencia que no pasó desapercibida en un contexto regional tenso después de la captura de su principal aliado, el dictador venezolano Nicolás Maduro, detenido por Estados Unidos el pasado 3 de enero.

Además, la tradicional caminata oficialista para conmemorar el 19 aniversario fue suspendida de último momento sin explicaciones oficiales, una decisión que sectores opositores interpretan como una señal de profunda inseguridad del régimen ante la creciente presión política y diplomática que enfrenta.

Expertos analizan el silencio de Ortega

Para la socióloga Elvira Cuadra, la ausencia prolongada de Ortega encierra múltiples significados y va más allá de una simple estrategia comunicacional.

Las ausencias de Daniel Ortega en comparecencias públicas se han convertido en una práctica recurrente de su régimen… Generan especulaciones en relación a las causas por las cuales se ausenta de comparecencias públicas, (y) entonces sencillamente aparece. En el contexto actual, con la situación que se ha presentado en Venezuela después de la operación militar norteamericana para capturar a Nicolás Maduro, Ortega no ha aparecido, no ha dado la cara”, dijo Cuadra a La Mesa Redonda.

Cuadra sostiene que, aunque el régimen no ha dado información oficial sobre las razones del silencio, la combinación de un supuesto deterioro de la salud de Ortega y su reticencia a enfrentar temas sensibles públicamente podría estar guiando esta decisión estratégica.

Aparecer públicamente significaría pronunciarse en relación a ese acontecimiento (Venezuela) en unos términos en los que se puede ver comprometido. Comprometido frente a sus bases, pero también comprometido frente a Estados Unidos con quien acostumbra mantener un tono confrontativo apelando siempre al tema del ‘antiimperialismo’ en contra de los que llama ‘los yanquis’… Y en el fondo lo que revela es una debilidad del régimen, un posicionamiento de temor frente a lo que podría significar un incremento de las presiones de parte de Estados Unidos sobre ellos”, añadió Cuadra.

Opositores hablan de nerviosismo

El opositor nicaragüense y sociólogo José Antonio Peraza calificó el cambio de tono del régimen como un acto de cautela y miedo.

Desde la captura del dictador venezolano Maduro, los dictadores Ortega y Murillo han comenzado a mostrar señales de nerviosismo y cautela. Ya no hablan con la misma arrogancia ni desafían abiertamente a los Estados Unidos. Ese cambio no es casualidad, es miedo. Son conscientes de que la impunidad pronto va a terminar y que tendrán que rendir cuenta por sus crímenes”, declaró Peraza en un video publicado en redes sociales.

En su evaluación, la pareja dictatorial sería consciente de que su tradicional retórica antiimperialista y confrontativa con Washington ahora podría exponerlos a un mayor riesgo político y diplomático.

Contexto de represión y cambios en el aparato de poder

La ausencia prolongada de Ortega ocurre en medio de una serie de movimientos internos que reflejan la dinámica de poder dentro del régimen. Recientemente, Rosario Murillo ha liderado reuniones donde se han ordenado estados de alerta, mayor vigilancia territorial y control de discursos públicos, tras la captura de Maduro en Venezuela, evidenciando un enfoque represivo sin la presencia visible de Ortega.

Además, la excarcelación de decenas de presos políticos anunciada el 10 de enero se ha interpretado por analistas como un acto posicional del régimen para calmar tensiones internas y externas, mientras mantiene un perfil discreto ante acontecimientos que han sacudido a sus aliados regionales.