Oscar René Vargas | 30 de enero de 2026.
No hay la menor duda que el régimen Ortega-Murillo se encuentra en una situación muy crítica. No es para menos: la geopolítica cruje por todos lados, la incertidumbre a que actitud adoptar en relación a la Administración Trump, el deterioro de la fidelidad de los miembros de los poderes fácticos, hay una inocultable corrupción galopante practicada y tolerada por el círculo presidencial, los aliados y socios latinoamericanos han desaparecido o severamente debilitados, se vive un conjunto de confrontaciones con otros países e instituciones internacionales. Es el desbarajuste interno y externo provocado por los errores no forzados desde la cúpula del régimen.
Antes de la rebelión de 2018, la base social del régimen Ortega-Murillo se componía de sectores populares, una parte de la clase media, la mayoría de los funcionarios de alto nivel de los poderes del Estado, buena parte de la burguesía tradicional y los latifundistas. Después de 2018, esto cambia, se produce una erosión de los sectores populares, de la clase media, de funcionarios medios, campesinos, estudiantes, adultos mayores y trabajadores de la salud y educación.
Por esa razón, entre el 2018-2025, el régimen concentra todos sus esfuerzos en aplastar todas las organizaciones existentes (sociales, políticas, religiosas, no gubernamentales, estudiantiles, etcétera), ejecuta su aislamiento de los organismos internacionales (OEA, FAO, UNESCO, Derechos Humanos, etcétera). En estas tareas el papel de Rosario Murillo, Gustavo Porras, Fidel Moreno, Francisco Díaz, Julio César Avilés, sería central.
El régimen Ortega-Murillo carece de una ruta política creíble para asegurar su permanencia en el poder en el largo plazo. La rebelión de abril de 2018, cesó lo que el régimen creía asegurado de por vida y evidenció el agotamiento del modelo rentista público-privado de acumulación. Su futuro quedó cuestionado: su alianza con el gran capital presentó fisuras, el capitalismo de amiguetes incrementó las desigualdades sociales y para que el sostenimiento de las ganancias de la clase hegemónica era indispensable mantener bajos los salarios de la fuerza de trabajo y congelar las pensiones de los adultos mayores (existen unos 300 mil pensionados y el 60% reciben una pensión menor al costo de una canasta básica alimentaria).
El capitalismo de amiguetes implicó privilegiar el flujo de recursos del erario nacional a los millonarios (nuevos y viejos), golpeando los salarios y las condiciones materiales de vida de la población. Las condiciones materiales de vida, el deterioro de los servicios públicos, los altos niveles de desempleo, la falta de libertades de políticas, la represión son las causas principales de la migración, de la cual forman parte miembros de la oposición y la base social orteguista. Es a partir de ese momento se acelera el proceso de descomposición, fragilización del régimen por la fatiga de la población, lo que comienza a fisurar sus pilares de sostenibilidad.
A partir de 2018, el régimen Ortega-Murillo comienza a transitar de manera explícita dos caminos, a navegar en dos aguas. Por una parte, arranca abiertamente la represión generalizada. Por la otra, se expande el enriquecimiento de la nueva clase, la “chayo burguesía”, lo que permite que algunos funcionarios, exmilitares, militares y allegados a Ortega-Murillo pasaran de ser empleados del gobierno a ser propietarios de fincas, comercios, empresas, etcétera. Ambas realidades no le permiten al régimen mantener el equilibrio entre su base social empobrecida y la concentración de la riqueza en los principales anillos de poder, lo que le hizo perder credibilidad al discurso de “los pobres primero”.
La arrogancia y la arbitrariedad con que el régimen implementa sus políticas represivas ha terminado por desquiciar no sólo a los ciudadanos medios, sino hasta a algunos de sus mayores entusiastas. Si bien muchos de quienes manifiestan su hartazgo con los abusos de autoridad todavía guardan silencio, pero las fisuras se han producido. El creciente aislamiento del régimen permite concebir que las fracturas se incrementan al interior de los anillos de poder del sistema político dictatorial y de su base social.
Rosario Murillo carece de la épica necesaria le permita sostener los equilibrios entre la base social orteguista y la “chayo burguesía”. Murillo no es una persona con arraigo social ni político. Su única carta de presentación ha sido ser la mujer de Ortega. La confrontación entre la pobreza (el último dato nos indica que el 53% de la población total se encuentra en condición de pobreza), el desempleo (solamente el 24% de la población económicamente activa tienen trabajo formal) y pérdida de calidad de vida de la mayoría de la población (el salario promedio es de C$13,754 córdobas y el costo de la canasta básica es de C$ 20,768 córdobas) y el enriquecimiento de “los de arriba” se expresa a través de signos de cansancio de “los de abajo”.
Es decir, cada vez más ciudadanos cuestionan los métodos represivos, cada vez más desean un cambio de rumbo. La combinación de ambos factores se manifiesta en un debilitamiento del escenario de la sucesión dinástica en frío. A esta objetividad hay que agregarle, en el nuevo momento geopolítico, el “factor Trump”.
El rasgo característico del momento político es la incertidumbre en la fidelidad “perruna” al interior de sus círculos internos de sostenimiento y la impotencia de Ortega-Murillo frente a decisiones fundamentales que toman otros en otros lugares, sin capacidad de influir, sin canales institucionales y por la fuerza de los hechos.
La desigualdad extrema (de acuerdo a la FAO el 30% de los nicaragüenses padecen hambre), los millonarios y sus cómplices políticos se han convertido en elementos dudosos para seguridad del futuro político de la sucesión dinástica sin obstáculo. Este “obstáculo” ha aumentado desde la llegada de Trump al gobierno norteamericano. Se ha instaurado el poder del más fuerte.
En la coyuntura actual, después de los acontecimientos de Venezuela, 3 de enero, los acontecimientos políticos han adquirido mayores dinamismos tanto a lo interno como en el externo, usualmente en la historia hay días que valen por años y años que valen por días. Igualmente, tenemos que estar claro que los desarrollos de los eventos políticos a veces se frenan y luego se aceleran, cambian de ritmo y a veces se demoran, pero no se detienen.
Precisamente, en Nicaragua, el desarrollo del proceso de fisuras y/o fracturas de los pilares de sostenimientos de la dictadura ha cambiado su ritmo político, en los próximos días, semanas o meses vamos a conocer sucesos políticos que se aceleran, luego baja de velocidad, pero no se van detener.
El crepúsculo o la decadencia de la dictadura, producto del desarrollo del proceso de implosión sociopolítica, tiene una firma inmediata y clara: un trazo ampuloso y agresivo que corresponde a la rúbrica de Murillo y que simboliza el declive y el ocaso terminal del régimen Ortega-Murillo.
