En las últimas semanas, el debate sobre la incorporación eventual del escritor Sergio Ramírez como miembro de la RAE, ha vuelto a poner sobre la mesa, la evidencia de las heridas que aún se encuentran abiertas en la sociedad nicaragüense contemporánea.
En ese escenario, se habla mucho de la responsabilidad histórica y del perdón que deben pedir quienes fueron protagonistas y dirigentes de la Revolución y el Gobierno Sandinista de los años ochenta, por los crímenes cometidos en su nombre, y nadie puede negar el derecho público a la formulación de ese reclamo. Lo que llama la atención, es que esa demanda en la mayor parte de los escritos y artículos que hemos leído, tiene el efecto de la mirada del tuerto. Es decir, se ve y se reclama la responsabilidad de una de las partes, y se finge ceguera con relación a la responsabilidad del otro bando protagonista del conflicto.
Asi, el sandinismo encarna el demonio por el que todos los que estuvimos ligados a él, tenemos que pedir perdón o suicidarnos, pero se omite deliberadamente la responsabilidad de quienes asumieron complicidad directa y protagonismo claro en una guerra de agresión que fue condenada por el Tribunal de Justicia de la Haya, el 27 de junio de 1986. Una sentencia que condenó al gobierno de Estados Unidos por agresión contra Nicaragua, y por el financiamiento y equipamiento otorgado a las tropas de la contrarrevolución que operaban en el territorio , teniendo a Honduras por santuario. Y nadie puede decir que los Magistrados de la Haya que suscribieron esa sentencia, eran agentes de la KGB o empleados del G-2 cubano.
La contrarrevolución, no anduvo en las montañas de Nicaragua repartiendo chocolates. Los periodistas Stephen Kinzel corresponsal del NEW YORK TIMES para Centroamérica, y Jhon Pilger ( “NICARAGUA: A NATION S RIGHT TO SURVIVE) documentaron con ecuanimidad tanto los crímenes del ejército sandinista, como los crímenes de las tropas de la contrarrevolución financiadas por Estados Unidos y sectores de oposición “democrática” contra el gobierno de los 80. Igualmente HUMAN RIGHTS WATCH en sus informes señaló que de la misma manera que el gobierno sandinista cometía abusos contra la población civil en zonas de conflicto (La Navidad Roja), la contrarrevolución era responsable de: a) Asesinatos selectivos de dirigentes campesinos; b) Quema de centros de salud y escuelas; c) emboscadas a autobuses y vehículos civiles; d)Secuestros y torturas; e) Ataques a cooperativas agrícolas; f)Colocación de minas; G) Ejecuciones de civiles considerados “colaboradores” del sandinismo y un gran etcétera de sangre.
Para nosotros, está vivo el recuerdo del martirio de los esposos Barreda de Estelí, y el sacrificio generoso de los brigadistas suizos Maurice Demierre e Ivan Lebroz que trabajaban junto a campesinos para mejorar sus condiciones de vida y no eran ni soldados ni militares.
En ese drama contradictorio e irónico, los jóvenes nicaragüenses en esa época, fueron reclutados a la fuerza por el ejército para fortalecer sus filas y cayeron bajo las balas financiadas por una potencia extranjera condenada por un tribunal internacional.
Esa es la realidad de una guerra que fue tanto una guerra civil, como una guerra de agresión, enclavada en el contexto cruel y brutal de la última etapa de la guerra fría entre las dos grandes potencias de esa época y sus aliados y apéndices geográficos.
Esa es la verdad histórica, por la que también existen cuentas por pedir aunque los protagonistas de uno de los bandos no sean candidatos a la Real Academia Española y gocen de una discreta y conveniente invisibilidad disfrazada ahora de paladines de la democracia y de víctimas inocentes del sandinismo demoníaco.
Por todo eso, quienes reclaman su derecho a combatir la amnesia histórica están moralmente obligados a completar la nómina de los acusados , con los nombres de aquellos a quienes deliberada o ingenuamente encubren, como si sus crímenes , acciones u omisiones, no ameritaran también una revisión profunda para delimitar las responsabilidades que tanto se reclaman y que tienen que repartirse por igual entre todos precisamente para que la historia no se repita y no sea apreciada, una vez más, con la mirada del tuerto.
ADRIAN MEZA SOZA.
Profesor Universitario en el exilio.
