Por Guiomar H. Praslin Dormus.
Empiezo a escribir reflexionando que siempre he hablado conmigo misma, pero no de mí misma, porque hablar de sí mismo no es para comunes y silvestres como lo soy yo. Pero, hoy me veo más empujada que motivada a hacerlo, ya que el tema de la cancelación expedita y fuera de todo procedimiento administrativo que ha hecho en semanas recientes la Corte Suprema de Justicia de mi acreditación como Abogada y Notario Público me hizo repensar. ¿De dónde se me ocurrió ser abogada? Aunque durante el ejercicio profesional, en episodios donde me tocó lidiar con la corrupción y evitar a toda costa caer en esas sucias redes me preguntaba ¿A qué hora me metí a esto?
Entonces mi pregunta ¿De dónde se me ocurrió ser abogada? Me hizo recordar el periplo de mi vida en su faceta de estudiante, cuando empecé la primaria allá por 1,982 y caí en las buenas manos de la maestra Pilar, que fue quien me enseñó a leer y escribir, a sumar y a restar. Recuerdo que el proceso de aprender avanzaba sin que obviamente una niña de siete años se percatara de su avance, yo me sentía, recuerdo, entusiasmada y trataba de leer todo lo que cayera en mis manos. Despertó en mí una avidez por leer, yo leía cuanto podía y empecé por las tardes a tomar los diarios de la mesa redonda de la sala de mis abuelos y así, para agosto de ese año, 1,982 me topé con una noticia que yo no entendía muy bien, pero a mis ojos y entendimiento infantil era considerado grave (ya desarrollaba criterios personales para clasificar los actos del ser humano, aunque sin determinar culpabilidades); la noticia en cuestión era publicada en primera plana del diario Barricada y refería a un sacerdote que había sido sacado corriendo de una casa por parte de un marido celoso, “lo grave” para mí, es que la foto retrataba (al sacerdote en cuestión), desnudo y solo cubriendo sus partes íntimas con una gran X, menudas noticias las que cancaneaba. Me convertí en asidua lectora de las noticias sobre “la guerra de agresión”, las emboscadas y para cuando leí respecto a las elecciones del 84, ya era una experta en lectura rápida y comprensión. Y fue cuando hice resoluta mi decisión de que “cuando fuera grande, sería abogada”, contaba ya con 9 años de edad y el ser abogada no fue una idea que se me ocurrió, fue el resultado de mis lecturas del diario Barricada sobre todo aquello que consideré injusto, grave o indebido. Por lo que desde entonces preparé mi mente de niña enfocada en ese objetivo clave.
Por lo que, Primaria terminada y avanzado el Bachillerato, llegó el día de mi prematricula en la Universidad Nacional Autónoma de León, recuerdo que fui como en todo “asunto concerniente” acompañada por mi madre, (maestra, por cierto), quien se preocupó un poco con mi decisión de registrar Derecho en las “tres opciones”. Acto que implicaba riesgo y a los ojos de ella, esto representaba una completa falta de estrategia porque si no clasificaba en primera opción, no habría chance para mí en la UNAN-León; esto no significó preocupación para mí, pues mi determinación tomada a los 9 años de edad me acompañaría en mi examen de admisión y en los posteriores cinco años de estudios. Siempre me he sentido orgullosa de mi decisión de la niñez, a pesar de las lides en que se mete normalmente cada profesional del derecho en el ejercicio.
Mi tiempo de estudiante en la UNAN coincidía con transformaciones sociales, de la guerra a la paz, del bloqueo al libre mercado, de la censura a la libertad de prensa, del estado-partido a la democracia representativa. Doña Violeta gobernaba desde Casa Presidencial, pero, Daniel Ortega también lo hacía “desde abajo” con huelgas, asonadas, paros, siendo los sindicatos y los movimientos sociales y estudiantiles, su brazo operativo.
La educación superior no estuvo ajena a la vorágine, sin embargo, las transformaciones que llegaron a las aulas universitarias de la UNAN-León, fueron completamente positivas en pro del estudiantado de aquellos años. Y de la mano del joven Rector Ernesto Medina Sandino, la UNAN- León empezó un proceso de modernización y de elevación de estándares educativos que hicieron del lema “! A la libertad por la universidad!” una verdad irrefutable. Siempre me he sentido orgullosa, que soy graduada de la universidad más antigua de Centroamérica después de la San Carlos en Guatemala. Y que gocé de la catedra de grandes maestros como el Dr. Ernesto Castellón Barreto, quien con exagerada jocosidad ejemplificaba el Procedimiento Penal, del Maestro Luís Morales Parajón que hizo en mí nacer una maravillada admiración por el Imperio Romano, ya que a través de su magnífica catedra, él tenía la habilidad de recrear escenas particulares de la vida del Patricio y el Plebeyo en las civitas, sus órganos políticos, aprendí de que se trataba la dictadura (nada que ver con lo que conocemos en el mundo moderno). De la mano del Maestro Carlos Marvin Hernández aprendería Derecho Registral, rama del derecho que llegué a practicar con bastante dominio y satisfacción. De la catedra de la Dra. María Haydee Flores aprendería sobre Derecho Agrario y con el Dr. Mariano Fiallos Oyanguren aprendería sobe Filosofía del Derecho. El no mencionar a todos mis apreciados maestros, no significa que no les recuerde con mucha gratitud.
Los conocimientos adquiridos no pueden ser cancelados por el antojo de una pareja de decrépitos y menos la experiencia, ejercí 20 años la noble profesión, sin ninguna mancha que haga avergonzarme. A la fecha sigo haciendo mi trabajo asesorando a cuanta persona me consulte como forma de ejercitar mis conocimientos, teniendo presente siempre los acertados mandamientos éticos escritos por el jurista uruguayo Eduardo Couture, estudiando, pensando, teniendo a la justicia como fin óptimo, alimentando la paciencia y la fe de que llegará el día en que Nicaragua, los nicaragüenses derrotemos la tiranía y recuperemos todo lo perdido, desde la libertad, el ejercicio de nuestros derechos humanos y la democracia, hasta la alegría, la dignidad y decoro que nos han sido manoseados.
Esta cerca el día en que los nicaragüenses recuperemos nuestra soberanía y ya vendrá el tiempo de la Justicia, el tiempo de, en mi caso, devolver mi acreditación de Abogada y Notario Público y ahí estaré en primera fila reclamando por mí y por quienes necesiten de mí, para reclamar lo suyo.
Y estoy segura de que en ese día de la libertad y la justicia serán Daniel Ortega y Rosario Murillo el momento para preguntarse ¿A qué hora me metí a esto? Será la hora de la justicia, que alcanzará a cada uno en los distintos estamentos de poder que han violentado al pueblo, pagarán sus delitos, incluso aquellos que colaboraron en la destrucción del Estado de Derecho para pavimentar el camino que Ortega y Murillo hoy recorren dejando lastres de destrucción; porque el borrón y cuenta nueva no puede producirse con la impunidad que brinda la amnistía. ¡Los errores del 90 no pueden volver a ser cometidos!
“Ten fe en el derecho como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del derecho; en la paz, como sustitutivo bondadoso de la justicia; y, sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, ni justicia, ni paz”. Eduardo Couture.
