Xavier Ruiz Ribes | 20 mayo 2025
Una de las virtudes de la literatura, y que hoy se extiende a otras manifestaciones culturales como el cine o las series televisivas es la llamada función catártica. Este término aristotélico viene a significar que a través de la ficción podemos vivir situaciones dolorosas que no desearíamos experimentar en la realidad, y eso permite a nuestra mente una liberación emocional de carácter positivo. Una especie de exorcización, por así decirlo, o una válvula de escape para que aquello que no quisiéramos que nos ocurriera jamás, sólo se produzca en el mundo imaginario de los libros o las pantallas.
Encerrar lo malo en un centenar de páginas tiene sus ventajas: uno sufre, tiembla o incluso llora mientras lee, pero al cerrar el tomo todo lo funesto queda atrapado ahí y nosotros volvemos a nuestra mundana realidad. El problema llega cuando la novela o el relato nos cuentan historias que, aunque cimentadas con la pátina formal de la ficción y sus elegantes trampas, sabemos que provienen de hechos veraces. Y más aún: cuando hemos vivido de cerca esos hechos que se describen y conocemos a alguno de sus protagonistas, por muy enmascarados que estén bajo nombres inventados.
Acabo de salir de la lectura del último libro de cuentos de Arquímedes González, En abril yo seguía viva, y ya intuía lo que me iba a ocurrir. Lo sé, principalmente, porque este escritor nicaragüense de mi generación, con una larga trayectoria de premios y publicaciones, ha demostrado la capacidad de seducir al lector mediante efectivos mecanismos narrativos. Sus historias y personajes se zambullen en lo más recóndito de la realidad de su país, explorando la bajeza moral y la desgracia humana que nace de la falta de oportunidades y de la mala política. Sin dar sermones ni pretender sesudas explicaciones, sus obras avanzan a golpe de hechos y de actos y, sobre todo, de diálogos, con los que logra construir tramas de gran efectividad.
A veces roza un cierto tremendismo, como en su novela anterior, Atardecer en Venecia, pero siempre acostumbra a salir bien parado del lance: la Managua que yo conozco se parece poco a la que pisan l Tragabalas y el Machete, y las refriegas de las pandillas de los barrios costeros del lago Xolotlán siempre se me figuraron como chiquilladas al lado de las temibles maras salvadoreñas, pero aun en sus llamativas escenas de pasadas de cuentas y maldades varias, hay un poso de verdad que sobrevuela cada página. Eso sólo lo da el oficio y la capacidad de arrastrar al lector a sus confines, y convencerlo de que lo que ocurre ahí tiene lugar en el maravilloso mundo de la fábula.
Pero franquear la puerta de su último libro implica mucho más: las 21 historias que lo conforman nacen de testimonios reales de la revuelta de abril de 2018, y todas tienen como protagonistas a víctimas de la violencia institucional que se desató a partir de esa fecha. No se trata de un compendio de declaraciones ni de un informe de casos: estamos en el terreno de la literatura, y eso lo hace todavía más punzante si cabe. Tampoco pasamos voluntariamente del purgatorio al infierno para evadirnos de forma inocente, sino que Arquímedes nos obligará a recordar y a pisar el fango y a embadurnarnos con lo peor del ser humano.
No hay tregua en ningún párrafo: tan pronto acompañamos a una pareja de jóvenes que huye hacia Costa Rica con los secuaces del régimen pisándoles los talones, como nos metemos en la mente y los diarios escritos por una niña que, mes tras mes, espera el regreso de su padre que permanece encarcelado por protestar contra el gobierno. En un alarde estilístico, Arquímedes también nos sumerge en la historia de un arma personificada a través de la violencia de su propio dueño, uno de esos asesinos de gatillo fácil que siguen llevando uniforme y cartuchera. Y así hasta 21 historias, a cual más incisiva.
Esta obra nos demuestra de nuevo que, para derrocar dictaduras, además de la acción coordinada de la oposición política y de la presión social, también es imprescindible el apoyo militante de los intelectuales y del arte. No hay sociedad que pueda darse el lujo de prescindir de la guía moral de sus escritores, y en Nicaragua, desde esa eminencia totalizadora que fue Rubén Darío en sus versos y en su prosa, ha habido una saga de figuras de enorme valor que han seguido su estela en un país flagelado sin descanso por la lucha fratricida. Las armas y las letras cervantinas han confluido como en ninguna otra parte del mundo en esta pequeña patria.
Cuando en Nicaragua todavía existía cierto margen de libertades, y en cualquier caso siempre antes de 2018, Managua acogía un despliegue de actividad literaria casi inverosímil: no había semana en la que algún centro cultural de la ciudad no presentara un libro o una revista, nos regalara un intenso recital de poesía o descubriera a un nuevo autor. Mientras el poder se corrompía y gangrenaba sin descanso y avanzaba hacia el desenmascaramiento de su rostro definitivo, la cultura mantenía la bandera de la independencia y la honestidad. Asistir a esos eventos suponía (lo adivinamos luego) el último salvavidas al que agarrarnos antes del caos.
Y la ilusión se ha mantenido cuando hemos corroborado que todos los organizadores y participantes de esos eventos, con muy escasas excepciones, han alzado esa misma bandera desde el exilio aun con los costos personales que ya conocemos. Cerraron por decreto el Festival de Poesía de Granada, y cerraron Granada y el país entero, pero los poetas no han callado su voz desde el exterior. Y uno de los acontecimientos literarios más importantes del continente, Centroamérica Cuenta, no sólo ha seguido navegando como un puntual buque itinerante por toda la región, sino que se ha convertido en un espacio de resistencia y complicidad que sólo es posible cuando detrás hay un grupo de gente, con Sergio Ramírez y Claudia Neira a la cabeza, que han custodiado con celo este reducto de libertad.
Si el principio de aquel Arquímedes primigenio dictaminaba que todo cuerpo sumergido experimenta una fuerza igual al peso del volumen del fluido que desaloja, los principios de su tocayo nica y de todos los escritores que siguen narrando en estos tiempos triplican esa fuerza de empuje: hasta la ciencia quedó pequeña ante la magnitud de su empeño. Estos son sus principios y no tienen otros, porque provienen de lo más hondo de su dolor. Y gracias a ello existen esas voces todavía, que llegan hasta el último rincón de Nicaragua porque no hay frontera que impida que el canto sobrevuele los campos y barriadas, los ríos y los lagos, hasta que también acaben desalojando un día a los usurpadores que la mantienen secuestrada.
*El autor es cooperante español en Centroamérica.
