José Alberto Montoya | 07 de julio 2025
Según el Informe de Indicadores del Sistema Bancario y Financiero del Banco Central de Nicaragua, durante el primer cuatrimestre de 2025 los depósitos bancarios crecieron un 9,8% interanual, generando un escenario de hiperliquidez en el sistema financiero. Los bancos cuentan con un exceso de fondos disponibles, es decir, un excedente de recursos listos para colocarse en créditos. A simple vista, esta situación podría parecer positiva para el país y para las familias con proyectos que necesitan financiamiento, pues se facilita el acceso a créditos y, en algunos casos, se reducen temporalmente las tasas de interés. Sin embargo, como toda anomalía financiera, es indispensable analizar las consecuencias que este fenómeno puede tener sobre la economía nicaragüense.
El desbalance entre la alta oferta de créditos y la escasa demanda obliga a los bancos a buscar cómo se logra colocar esos recursos para evitar un estancamiento de su actividad. Pero el problema es que se enfrentan a un mercado donde una parte significativa de la población presenta un alto perfil de riesgo. Según datos reconocidos por el propio gobierno, el 38% de los nicaragüenses se encuentra en situación de subempleo, lo que implica ingresos inestables, deudas previas o incluso procesos judiciales que restringen su acceso al sistema financiero. Desde diciembre de 2023 no se reportaba un fenómeno de hiperliquidez similar, y es precisamente por eso que preocupa, ya que sus efectos pueden ser tan predecibles como nocivos: un aumento de la inflación derivado de un exceso de dinero circulante, el sobreendeudamiento de las familias al rebasar su capacidad de pago, y la formación de burbujas especulativas, sobre todo en activos como viviendas y terrenos, cuyos precios pueden inflarse artificialmente debido a la facilidad de acceso a créditos, con el riesgo latente de provocar una crisis financiera si estas burbujas estallan.
La realidad es que la banca nicaragüense es pequeña y, en el contexto político actual, se mantiene fuertemente controlada por el Estado. Es por esto que es fundamental identificar las causas que han provocado este incremento abrupto de los depósitos. Entre ellas se encuentran las entradas masivas de remesas, un ingreso variable que los bancos no pueden transformar rápidamente en inversiones productivas, impulsadas por el alto número de nicaragüenses que migraron debido a la crisis sociopolítica. También resultan preocupantes las operaciones vinculadas al lavado de dinero, que inflan artificialmente el volumen de los depósitos bancarios, así como la evidente falta de demanda de créditos solventes, consecuencia de la escasez de empleos formales con salarios dignos, que limita la capacidad de pago de la población. Además, no podemos pasar por alto los ingresos extraordinarios de divisas por exportaciones o financiamiento externo, como el aumento del 33% en las exportaciones de oro entre enero y mayo de 2025, o el crecimiento del 68% en las exportaciones de café oro, que alcanzaron los 475 millones de dólares.
En definitiva, es urgente reflexionar sobre este escenario: la estabilidad macroeconómica, tantas veces usada como argumento de éxito en los discursos oficiales, no garantiza por sí sola la mejora en la economía familiar ni se traduce necesariamente en un mayor bienestar para la población. En un país donde la desigualdad y el desempleo siguen marcando la vida de millones de personas, la hiperliquidez bancaria no es sinónimo de prosperidad, sino un síntoma más de las distorsiones de fondo que afectan a la economía nicaragüense.
