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Ezequiel Molina | Julio 18, 2025

Caudillos, dictadores e iluminados, acompañados de invasiones extranjeras y pugnas entre halcones del naciente capitalismo contemporáneo, marcaron la historia seudo republicana de Nicaragua; pero la división creada por las élites económicas derivó en la dicotómica estructura política entre timbucos y calandracas primero, entre legitimistas y democráticos después, y finalmente entre conservadores y liberales. Ese errático comportamiento histórico nos arrastró al surgimiento de sangrientas dictaduras avivadas desde Washington primero, y desde Moscú después, y ojalá pudiéramos referirnos a ellas como parte de un oprobioso pasado histórico, pero no, más bien son parte de nuestra actual realidad, la que se remonta desde los años 30 del siglo pasado hasta la fecha, con una pausa de16 años de una práctica democrática asediada por el sandinismo y finalmente derrotada por la debilidad estructural de un modelo sociopolítico controlado desde la simbiosis de viejas y nuevas élites oligarcas, un sistema de partidos políticos atrincherado en corruptelas y tráficos de influencia, una arquitectura de seguridad pública y nacional proclive a la obediencia politizada de sus constructores y un sistema de justicia diseñado para rehuir sistemáticamente a la reparación y no repetición de los errores cometidos por las dos dictaduras que asolaron el país en el pasado reciente.

Hoy el país se resiste a renunciar a un futuro de libertad y prosperidad con justicia efectiva, y eso la dictadura lo sabe, pero la extensa alfombra roja tendida a la dictadura a través de instituciones políticas continentales inefectivas, como la OEA, la existencia de alianzas económicas beneficiosas, como el DR-CAFTA, o la legitimidad otorgada por instancias regionales como la Secretaría de Integración Económica (SICA), así como el financiamiento económico, a través del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), han logrado alargar la vida de la dictadura. Pero la contrapartida ofertada por las fuerzas políticas opositoras en el exilio no se queda atrás; el estéril debate ideológico, la segregación de las fuerzas juveniles protagonistas del levantamiento popular y la ausencia de una visión y operatividad estratégica capaz de articular un liderazgo sólido con una visión de nación, complementan un medioambiente propicio para la supervivencia dictatorial.

Si a lo anterior añadimos la mano extendida por los “enemigos de la humanidad” con el parole humanitario, aportando más de 5 mil millones de dólares anuales, paliando el fracaso económico dictatorial, y más recientemente la oxigenación proporcionada por la administración Trump al anunciar la cancelación del Estatus de Protección Temporal para los nicaragüenses (TPS, por sus siglas en inglés), determinando a través de la Secretaría de Seguridad Nacional “que en general, las condiciones en Nicaragua han mejorado hasta el punto de que los nicaragüenses pueden regresar a su país de manera segura”. A ello se suma la participación de representantes del Gobierno de Nicaragua en la primera reunión del Consejo de Asociación Unión Europea-Centroamérica para la implementación del Acuerdo de Asociación (ADA), que se realiza en Bruselas, obviando que en febrero pasado, el Parlamento Europeo aprobó una resolución sobre Nicaragua en la que pide a los Estados miembros que se active la cláusula democrática del Acuerdo de Asociación, que vincula el respeto a los principios democráticos y los derechos humanos.

El panorama es más que claro, el apoyo de gobiernos, instituciones políticas y otras fuerzas externas son necesarias para erosionar los desgastados cimientos de la dictadura, pero sólo la organización y la acción ciudadana, bajo una conducción articulada, sistemática y aglutinadora podrá llevarnos a celebrar un verdadero día de la alegría.