En el acto oficial por el 46 aniversario de la Revolución Sandinista, celebrado el sábado 19 de julio en la Plaza La Fe, el dictador Daniel Ortega reapareció con un discurso de 81 minutos cargado de retórica antioccidental, amenazas directas contra opositores, y exaltación a los regímenes autoritarios de China y Rusia.
Ortega evitó referirse a la crisis política, el exilio masivo y la represión interna, limitándose a agitar viejos fantasmas y a revivir la vigilancia barrial como método de control político.
Ante una multitud compuesta principalmente por empleados públicos, fuerzas armadas y juventudes partidarias, y acompañado por una escuálida representación diplomática internacional —sin la presencia de representantes de Cuba o Venezuela—, Ortega ordenó abiertamente espiar a los opositores en los barrios, en un llamado explícito a la delación ciudadana.
“Sin descuidar la vigilancia revolucionaria, y que de esa manera no les quede espacio alguno a los terroristas, a los conspiradores, a los vendepatrias, porque sabrán que en cuanto se les descubra, se les captura y se les procesa”, advirtió Ortega, con voz ronca y pausada, en una de las pocas frases nítidas de su intervención.
Retórica vacía y amenazas
Lejos de ofrecer respuestas a los problemas más urgentes del país —como el desempleo, la inflación o el retorno de miles de deportados desde Estados Unidos—, Ortega centró su discurso en elogiar a China y Rusia, invocar a Mao Zedong y al Ejército Rojo como fuentes de inspiración sandinista, y lanzar ataques virulentos contra Europa, Estados Unidos y la ONU, sobre esta última afirmó que “desaparezca” porque “no sirve para nada”.
Acusó a la OTAN de cometer “crímenes coloniales”, a Israel de destruir al pueblo palestino, y reiteró la disolución de las Naciones Unidas por considerarla “instrumento del imperialismo”.
En su repaso histórico desordenado, comparó la situación actual con las invasiones napoleónicas y con la Segunda Guerra Mundial, atribuyendo a Rusia y China el mérito exclusivo en la derrota del nazismo.
Elogios extranjeros, silencio interno
La tarima principal contó con la presencia de funcionarios de bajo perfil de países aliados, como Ma Hui, viceministro del Partido Comunista de China, y Anna Kuznetsova, jefa adjunta de la Duma rusa. No asistió ningún jefe de Estado ni representante de alto rango de sus tradicionales aliados.
Ortega, visiblemente deteriorado y con dicción lenta, no mencionó ni una sola vez a los más de 50 presos políticos, la continua migración forzada, ni las recientes redadas contra exmilitares y figuras del sandinismo crítico, como el general en retiro Álvaro Baltodano.
Espionaje barrial como política de Estado
La amenaza de Ortega contra quienes llama “terroristas y vendepatrias” revive la práctica de espionaje barrial implementada en los años 80, bajo el control de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC), y reactivada en 2023 como parte del modelo de vigilancia que sostiene el Estado policial.
La represión —disfrazada como “vigilancia revolucionaria”— ya ha cobrado nuevas víctimas en los últimos meses, incluyendo detenciones de exfuncionarios, críticos del régimen y ciudadanos anónimos denunciados por sus vecinos.
“Todos somos Daniel”
Mientras exaltaba una supuesta “paz nacional”, Ortega celebró el acto con 21 cañonazos y discursos de los asistentes en ruso, chino e inglés. La escena contrastó con su insistencia en que “el enemigo siempre conspira” y su afirmación de que solo la vigilancia permanente puede impedir el derrocamiento de la revolución.
“Aquí, todos somos Daniel. Desde el de menor edad, hasta el mayor… todos somos Daniel”, proclamó al iniciar su discurso, en una plaza custodiada por centenares de policías y con bloques perfectamente organizados de asistentes vitoreándolo.
En realidad, su mensaje fue uno solo: la revolución se sostiene con vigilancia, silencio forzado y represión sostenida.
