Carta a Gioconda Belli

POR: CRISTIÁN WARNKEN

Sábado, 3 de julio de 2021

Querida Gioconda Belli:

Acabo de conversar contigo en mi programa de radio. Poeta de esa Nicaragua de volcanes y poetas, como este Chile desde el que te escribo. Desde la llegada de Rubén Darío a Valparaíso en 1886, algo profundo une a nuestros países. Te pido disculpas por tutearte: es que después de haber leído todos estos años tu poesía, siento una cercanía e intimidad con tu persona, alentada por la transparencia y calidez de tus versos casi dichos al oído del lector. Tus poemas hacen al lector sentirse muy cerca tuyo. En realidad, debiera decirte «vos», como se hace en Nicaragua, en que el tutear prácticamente no existe. Fue una alegría conversar «con vos», con una de las poetas de Nicaragua que más ha entrado en el misterio de lo femenino, que ha revelado el asombro y el júbilo de estar vivos y vivas y la conciencia gozosa de ser mujer. Poemas que algunos moralistas ramplones y victorianos de la década de los 70 consideraron «pornográficos», cuando en realidad lo que vibraba en ellos era el Eros, ese Eros que hoy agoniza justamente porque la pornografía ha suplantado su lugar en el mundo.

Tus poemas nos permitieron participar de la danza que une los cuerpos del hombre y la mujer, pero desde la perspectiva de la sensualidad femenina, tan reprimida y censurada y desconocida. Gioconda Belli: heredera de la posta de Safo, la poeta griega, y de Diótima, la misteriosa sacerdotisa o maga que le reveló a Sócrates el enigma de la belleza: «Soy llena de gozo / soy llena de vida / cargada de energías / como un animal joven y contento».

Recuerdo en la década de los 80, en plena dictadura de Pinochet, un poema tuyo copiado a mano en una hoja de cuaderno universitario, mientras pensaba en una mujer imposible, compañera militante como yo. Era 1979, y los jóvenes sandinistas entraban en la ciudad de Managua, derrocando al dictador Somoza. Nos sabíamos de memoria los poemas de Ernesto Cardenal, todo era celebración y esperanza, revolución y poesía parecían ir de la mano. Ese mismo día hicimos la primera manifestación contra la dictadura de nuestro país, en el Campus Oriente de la Universidad Católica. La liberación de Nicaragua parecía abrirnos la esperanza de la libertad de Chile.

¿Pero qué pasó con esa utopía prometida y que casi alcanzamos entonces con la mano? ¿Cómo juntar a los jóvenes rebeldes libertarios, bellos, sonrientes, puros que liberaron Managua, con Daniel Ortega, este dictador implacable de hoy que ha ensangrentado sus calles?

Da un escalofrío pensar que uno de nuestros ídolos de entonces, uno de esos muchachos -Daniel Ortega- sea hoy este patético y cobarde tirano. Me dijiste -en la conversación que acabamos de tener- que es posible que no regreses a Nicaragua, donde te esperan tu hogar y los tuyos: es decir, podrías vivir un segundo exilio en tu vida: el primero fue a causa de Somoza; el segundo a causa del «compañero» Ortega.  ¿Quiénes cambiaron tanto? ¿Ellos, los Ortega, o nosotros que creímos alguna vez en ellos? Es una pregunta que hay que hacerse y responder con urgencia.

En Chile y en otros países hermanos, en estos días, hay quienes vuelven a ofrecer (aunque atenuada a veces, o disfrazada) la misma receta y la misma retórica que en otros lugares ha llevado al desastre. Los pueblos huérfanos de liderazgos y cansados de abusos y desigualdades se entregan a quien los invita con una sonrisa al paraíso en la Tierra, sin nunca imaginar que ese puede ser el camino más corto hacia el infierno. ¿No fue así en Cuba, en Venezuela, en Bolivia, Ecuador, Nicaragua? ¡Qué balance tan nefasto!

No se puede hablar de situaciones «excepcionales» a estas alturas, de «sicópatas» ocasionales: el paso de la izquierda radicalizada por el poder, en nuestro continente, ha dejado detrás suyo demasiada ruina y división. Ortega, Chávez, Castro, Maduro: ¿fueron buenos líderes antes y después cambiaron? ¿O fueron los mismos siempre, y nosotros, al cambiar, descorrimos el velo y pudimos ver cómo eran de verdad?  Te oí decir: «Reconozco que fui ingenua, que el romanticismo de la revolución me sometió y que todos fuimos cómplices de aceptar un sistema autoritario para liberar entonces a Nicaragua de su dolor.»  Sí. El romanticismo revolucionario puede enceguecernos. Es como cuando estamos enamorados y no vemos de inmediato los defectos del objeto de nuestro amor. Así nos enamoramos colectivamente de las promesas revolucionaras: la belleza de las canciones, los himnos, los jingles pegajosos que «ponen la piel de gallina», las consignas líricas, la utopía anhelada con toda el alma como una verdad revelada, todo eso que se acerca más a la religión que a la razón política. Nos hechiza, nos convierte en «creyentes» y acto seguido nubla nuestra capacidad crítica y, sin darnos cuenta (porque la verdad de nuestros líderes no puede ser cuestionada), nos convertimos en cómplices de atroces violaciones a los derechos humanos, de dramas sociales y humanos colosales (como el de Venezuela y Cuba), y tarde despertamos y descubrimos que nuestros ídolos (que estampábamos en nuestras polleras) tenían pies de barro y podían desplomarse sobre nosotros, aplastándonos.

La crisis de la izquierda latinoamericana es como la crisis de la Iglesia: a los católicos les costó mucho tiempo aceptar que depredadores sexuales en serie se habían apoderado del mensaje de Cristo para abusar e incrementar su voluntad de poder. En la izquierda, el nepotismo reemplazó al idealismo, la adicción al poder sustituyó el prometido «poder popular». Y, de pronto, ante nuestros propios ojos, se trizaron los sueños e ideales, la fe en un mundo mejor. Aceptar eso significa un duelo tremendo: se necesita coraje, honestidad intelectual, vivir hasta el fondo una crisis de fe. ¡Claro que es doloroso perder la fe! Pero más costos que perder la fe tiene el perder la libertad interior.

Cuando la verdad es reemplazada por la propaganda y el espíritu crítico por la obsecuencia, nuestra libertad de conciencia está en peligro y el mal se «banaliza». El silencio cómplice por tanto tiempo -de muchos de nuestros próceres de izquierda locales- ante las violaciones de los derechos humanos en Cuba, Venezuela, Nicaragua ha sido ominoso, insoportable, obsceno. Casi esquizofrénico. Tú misma has manifestado tu dolor ante la indiferencia de una parte de la «intelligentsia» de izquierda de América Latina al sufrimiento que está viviendo el pueblo nicaragüense. Muchos de aquellos que han alzado la voz por las deplorables y condenables violaciones a los derechos humanos en el estallido social del 2019 en Chile no han dicho ni una palabra sobre los más de 300 muertos en el «estallido» nicaragüense del 2018. ¡300 muertos! ¿Qué hubiera sucedido si acá en Chile hubieran muerto 300 manifestantes? Esos mismos han callado ante el movimiento San Isidro, la rebelión incipiente que los trabajadores del arte y la cultura han empezado a levantar en las calles de la Cuba vigilada.

Cuando se les pregunta directamente por eso, dan vuelta la cabeza o contestan con eufemismos. Y cuando se interroga a estos líderes de la izquierda sobre la política exterior que debiera tener nuestro país ante una dictadura como la de Maduro u Ortega, responden que lo más adecuado es la política de «no injerencia» en los asuntos internos de cada país. ¡Y con qué desfachatez lo dicen, sin inmutarse, sin que se les contraiga un músculo de la cara! En esos gestos y actitudes (esa impasibilidad tan típicamente leninista) uno puede reconocer a los nuevos posibles Ortega por venir. Nuestra izquierda radical, y tú y yo lo sabemos, sabe movilizar la emoción y logra encantar a las multitudes y hechizar a muchos intelectuales, pero no ha reconocido el fracaso estrepitoso de los experimentos revolucionarios en este continente. La izquierda tiene la vara moral muy alta para sus adversarios, pero le falta el coraje intelectual y ético de preguntarse si acaso los presupuestos teóricos de su discurso no tendrán fallas estructurales, que explique tantos derrumbes seguidos. Cuando se asuma ese desafío reflexivo honesto y valiente, una izquierda nueva, democrática, humanista, pensante, una izquierda para el siglo XXI, podrá tal vez nacer sobre los escombros del Muro de Berlín y el cadáver de la ideología. ¿O en el futuro las palabras «izquierda» y «derecha» serán un anacronismo? Nicanor Parra, libertario y crítico y escéptico ante el fervor religioso de nuestra izquierda local, lo resumió en un artefacto en el que -sobre las obras completas de Marx y Lenin- se lee: «Los rollos del Marx muerto».

Parra sería un perseguido político -como tú- por estos nuevos inquisidores: un exiliado, un disidente, un «amarillo», un «facho», un «neoliberal» -como suelen decir hoy nuestros nuevos comisarios millennials-. La lista de los poetas muertos y perseguidos por estos totalitarismos es infinita. Qué vergüenza me da pensar cómo la revolución en la que creímos con tanto fervor está manchada con la sangre de tantos poetas entrañables perseguidos por el Leviatán estalinista o castrista o chavista. Por eso, saqué a mis antiguos ídolos de mis altares personales: bajé a Lenin y subí a Marina Tsvetaeva; bajé a Castro y subí a Heberto Padilla y a Lezama Lima. Bajé a Ortega y subí a Ernesto Cardenal y Gioconda Belli. Lenin no estará ni en mi Twitter ni en mi Facebook sino como una estatua derribada.

Gioconda, poeta de esa Nicaragua de poetas, volcanes y revoluciones: me dijiste en nuestra conversación algo que me dejó pensando: que toda esta catástrofe es resultado de una izquierda que «no tiene imaginación para reinventarse». Es más fácil y cómodo instalarse en la lealtad a viejas certezas que darse el trabajo de pensar las complejidades de este mundo nuevo en el que estamos y para el cual tal vez las viejas respuestas ya no sirvan. Es más fácil repetir viejas consignas que inventar nuevas preguntas. Prefiero una izquierda con incertidumbre, dudas (como la de Camus) que una izquierda de verdades pétreas, de certezas y Tablas de la Ley. De esas dudas tal vez pueda nacer algo nuevo, bello y posible. Sobre todo «posible»:  prefiero una izquierda que tenga pasión por lo posible que una que abraza con irresponsabilidad y fanatismo lo imposible.

Y dejo para el final de esta carta una palabra que no se ha valorado ni aquilatado lo suficiente en la izquierda latinoamericana, una palabra «ninguneada»: la palabra «libertad». Abundan los derechos sociales (fundamentales, por supuesto), pero se mencionan muy poco las libertades individuales (libertad de expresión y otros) en las proclamas y programas de las izquierdas. Tú, en cambio, me confesaste cuánto atesorabas hoy -después de todo lo vivido- la palabra «libertad». Como en el poema de Éluard, tú podrías decir: «Sobre mis cuadernos de escolar / sobre los pupitres y los árboles / escribo tu nombre […]: Libertad». Poesía es sinónimo de libertad. En los 80, nos enseñaste la libertad de los cuerpos en tu poesía sensual y jubilosa. Hoy nos vienes a mostrar, con tu testimonio otra vez rebelde e insumiso ante las tiranías de cualquier signo, que una izquierda sin la convicción profunda de lo sagrada que es la libertad humana, es una izquierda «cavernaria». Una izquierda condenada a repetir los mismos errores, fracasos y derrotas que tanto dolor han traído a nuestros pueblos. Qué dolor por Nicaragua sientes, Gioconda de la libertad y el deseo. «Nicaragua»: «Tierra paisaje / yo moriré, morirán mis angustias / pero vos seguirás / anclada en el mismo lugar / acurrucando mis memorias / y mis huesos». Por eso, al terminar esta carta, clamo contigo: ¡Nicaragua, Cuba, Venezuela: ¡patria y vida, poesía, libertad!

Un abrazo desde mi jardín.

Invierno del 2021, Santiago de Chile.

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