Por Douglas R. Lee | 18 de agosto 2025
El oráculo de Cartagena
No es casual que en Cartagena, Colombia, el senador republicano Bernie Moreno —empresario de origen colombiano, hoy senador por Ohio y aliado cercano de Marco Rubio— declarara con firmeza: “Nicolás Maduro dejará el poder antes de terminar 2025”. Sus palabras no fueron un exabrupto improvisado. Responden a la visión de un ala republicana que concibe el “problema Maduro” como un asunto de seguridad nacional de Estados Unidos.
Lo dijo frente a diplomáticos y empresarios, en un escenario pensado para enviar mensajes a la región: la presión estadounidense ya no es simbólica, está surtiendo efecto, erosionando poco a poco los pilares financieros, políticos y militares del chavismo.

Trump y la tentación del golpe quirúrgico
El presidente Donald Trump añade una dimensión distinta. No juega con diálogos ni elecciones supervisadas. Coquetea con la idea de una operación relámpago, rápida, selectiva, inspirada en los bombardeos contra Irán que ejecutó sin marines en tierra.
El cálculo es doble:
1. Despejar el tablero regional, sacando a Maduro de la jugada como ficha de Moscú y Teherán.
2. Marcar distancia con ex president Biden mostrándose como el hombre capaz de cambiar la partida en cuestión de horas.
Los buques norteamericanos moviéndose en el Caribe no son un adorno diplomático: son cartas abiertas, proyectando fuerza y dejando claro que, si Trump decide jugar, el golpe será quirúrgico.
El cuerpo enfermo del régimen
En paralelo, el chavismo sufre su grieta más peligrosa desde dentro. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, sostén militar de Maduro, estaría enfrentando un cáncer. Y en un régimen basado en la fuerza, la biología se convierte en política.
Durante una década, Padrino ha sido el intermediario indispensable entre Maduro y los cuarteles: garante de lealtad, administrador de prebendas y muro de contención contra conspiraciones. Sin él:
• Maduro pierde al único interlocutor confiable con las Fuerzas Armadas.
• Se reactivan pugnas internas entre generales ambiciosos.
• La cohesión castrense se fractura, abriendo espacio a deserciones y traiciones.
Un cuerpo enfermo en la cúspide equivale a un ejército que tiembla desde adentro.
El middle management militar: la bisagra del desenlace
La clave no está solo en los buques ni en las sanciones, sino en las capas medias del ejército venezolano: coroneles y tenientes coroneles que controlan unidades estratégicas y que no están tan comprometidos con los negocios ilícitos de la cúpula.
Si ese middle management decide acompañar una transición —por cálculo de supervivencia más que por ideales—, el régimen se derrumba desde dentro. Ellos poseen la llave para garantizar que un movimiento no derive en guerra civil, sino en una salida ordenada.
La transición que se cocina
En paralelo, la oposición trabaja su propio tablero. María Corina Machado, pese a las inhabilitaciones y bloqueos del chavismo, avanza en un plan institucional de transición. Lo que se cocina no es revancha, sino un horizonte de estabilidad que combine:
• Presión externa, visible en el mar y en las sanciones.
• Quiebre interno, con un ejército fracturado.
• Conducción civil legítima, capaz de presentar una alternativa democrática.
Machado entiende que no basta con derribar a Maduro; es necesario armar la institucionalidad del día después.
La sincronía perfecta
El desenlace dependerá de la sincronía entre tres factores:
1. La presión militar externa, con buques ya posicionados en el Caribe.
2. El quiebre del middle management militar, dispuesto a saltar del barco chavista.
3. La conducción política opositora, que traduzca la caída en transición y no en vacío de poder.
Si estos tres vectores logran alinearse, la salida de Maduro no será un accidente, será el resultado de una estrategia de pincel fino, quirúrgica, sin estridencias.
El reloj se detiene
La historia rara vez cumple las profecías de quienes anuncian la caída de un dictador. Pero esta vez los vientos soplan en una dirección distinta:
• Un ejército corrupto pero incapaz de resistir un choque externo.
• Un ministro de Defensa enfermo, debilitando la columna vertebral del régimen.
• Una oposición que, por primera vez en años, logra proyectar un plan de transición institucional.
• Y una potencia extranjera que mueve sus buques como piezas de ajedrez, lista para el golpe quirúrgico.
Por eso, la frase de Bernie Moreno resuena con más fuerza que un pronóstico vacío. Suena a diagnóstico. Maduro corre la última recta de un maratón que no puede terminar. Y diciembre puede ser el mes en que su reloj finalmente se detenga.
Quiero aclararle las razones que me llevaron a escribir este ensayo. No se trata de afirmar verdades absolutas ni de profetizar un desenlace inevitable. Mi propósito es mostrar cómo una serie de factores concurrentes, internos y externos, hacen plausible que Maduro no llegue a diciembre.
En primer lugar, está el frente interno de Trump. La Casa Blanca enfrenta un escenario político delicado: desaceleración económica, empleo menos dinámico, descontento social por el costo de vida, problemas legales en curso y la sombra persistente del Epstein file. En estas condiciones, la tentación de buscar un golpe de efecto en política exterior —que cambie la narrativa y desplace titulares— es alta.
En segundo lugar, el tablero geopolítico y militar. La presión internacional se intensifica y los activos militares en el Caribe mantienen abierta la posibilidad de una operación quirúrgica: rápida, precisa, sin tropas en tierra. Este tipo de acciones no son inéditas; forman parte del repertorio de poder de EE. UU. cuando se busca impacto con riesgos controlados.
Tercero, la fragilidad interna del chavismo. El régimen ya no tiene la solidez de otros años. La dependencia de economías ilícitas, el colapso productivo y las señales de debilitamiento en la cadena de mando —con la salud de Padrino como factor clave— muestran vulnerabilidad. El middle management militar podría ser la bisagra del desenlace si decide priorizar su supervivencia frente a la del régimen.
Cuarto, el crimen transnacional. Como ha documentado Douglas Farah, Venezuela se ha convertido en un hub de redes criminales globales. Este factor eleva aún más el interés de Washington, pues ya no se trata únicamente de democracia, sino de seguridad hemisférica.
Y quinto, la oposición venezolana. Por primera vez en años se presenta con una conducción civil que piensa como Estado, con un plan de transición articulado y liderazgos como el de María Corina que han logrado capitalizar la expectativa popular.
El punto más profundo
El fondo de mi análisis es que estamos frente a una coyuntura donde la geopolítica, la seguridad internacional y la dinámica interna venezolana se cruzan en un mismo eje temporal. Es decir: no es solo el desgaste del chavismo, ni solo la presión externa, ni solo la madurez opositora, sino la sincronía de todos estos elementos lo que vuelve el escenario plausible.
Mi conclusión es simple: no está garantizado, pero sí es posible y cercano. Y si ocurre, la clave no será únicamente la salida de Maduro, sino la capacidad de los venezolanos de actuar como Estado desde el primer día, para no perder en ocho meses lo que tanto costó alcanzar.
