El opositor nicaragüense Eliseo Núñez sostiene que Nicaragua no es un caso aislado en la región, sino parte de un engranaje mayor de influencia política e inteligencia articulado desde Cuba, que —según afirma— ha sido determinante en la consolidación y sobrevivencia del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
En una extensa entrevista con La Mesa Redonda, Núñez plantea que el fracaso del diálogo nacional de 2019 no se explica únicamente por factores internos, sino por información proveniente de inteligencia cubana que habría convencido al régimen de que Estados Unidos no llevaría su presión “hasta el final”, reduciendo así los incentivos para negociar una salida política.
“Este es el tipo de cosas que los cubanos hacen con los gobiernos que reclutan en toda América Latina”, afirmó.
A partir de ese momento, asegura, se consolidó una lógica de poder sostenida por redes de inteligencia, financiamiento político y control estructural de partidos y liderazgos en América Latina.
Cuba como eje de influencia política
Núñez describe a Cuba como un actor clave en la configuración de movimientos políticos en la región, señalando que ha desarrollado durante décadas una red de inteligencia con capacidad de infiltración en gobiernos, partidos y estructuras estatales.
Según su análisis, este modelo no solo ha impactado a gobiernos aliados, sino que también ha moldeado a sectores de la izquierda latinoamericana, a la que acusa de haber perdido autonomía ideológica al centrarse en una postura “antinorteamericana” más que en propuestas propias.
El opositor va más allá al afirmar que este esquema ha sido replicado en distintos países mediante financiamiento, formación de cuadros políticos y vínculos estratégicos, lo que permite —dice— mantener influencia incluso fuera de Cuba.
Ortega y el aprendizaje del modelo cubano
En ese contexto, Núñez considera que Daniel Ortega ha adoptado y perfeccionado estas prácticas.
Lo describe como un “aprendiz fiel” del modelo cubano, capaz de tejer redes de poder más allá de las fronteras de Nicaragua, incluyendo —según afirma— vínculos e influencia en otros países de Centroamérica.
A nivel interno, señala que el control del aparato de inteligencia ha sido clave para consolidar el poder del régimen, permitiéndole infiltrar estructuras políticas, reclutar opositores y debilitar cualquier intento de organización independiente.
“El principal error de los gobiernos democráticos, es no haberle quitado de las manos el aparato de inteligencia a los órganos de seguridad en Nicaragua. Es decir, vos podías quedarte con los mismos militares, te podías quedar con los mismos policías, pero jamás debiste haberles dejado los órganos de inteligencia en manos de ellos”, advierte, al señalar que esa omisión facilitó el regreso y consolidación del orteguismo.
Dependencia geopolítica y nuevos aliados
Núñez también advierte que, ante posibles cambios en Cuba, el régimen nicaragüense podría depender aún más de Rusia en materia de inteligencia y respaldo político, lo que implicaría una relación menos “horizontal” y más subordinada.
En paralelo, sitúa a Nicaragua dentro de un tablero geopolítico más amplio, donde las tensiones entre Estados Unidos, China y otros actores globales influyen directamente en la estabilidad del régimen.
Economía controlada y poder político
En el plano interno, el opositor sostiene que el modelo económico nicaragüense está condicionado por el control político, lo que limita su crecimiento real.
Afirma que, aunque existan indicadores positivos, estos no se traducen en bienestar general, ya que el sistema prioriza la lealtad política sobre la autonomía económica, generando desconfianza e inhibiendo el desarrollo.
Incluso advierte que empresarios cercanos al régimen podrían convertirse en objetivos del propio sistema, en la medida en que acumulen poder económico independiente.
Oposición fragmentada y oportunidad política
Núñez reconoce que la oposición nicaragüense enfrenta debilidades, especialmente la fragmentación, pero señala que existen esfuerzos de articulación para construir una narrativa común y un plan de transición.
Aun así, subraya que el cambio no vendrá exclusivamente del exilio, sino desde dentro del país, donde —asegura— existen liderazgos latentes que podrían emerger en un escenario de apertura.
“El mejor momento en ocho años”
Pese al panorama complejo, el opositor considera que el contexto actual representa una oportunidad inédita.
“Este año, es el año en que tenemos en mucho tiempo, la mejor oportunidad de salir del régimen y hago un llamado a mis hermanos opositores que están organizados a que entendamos eso… es donde mejores condiciones hemos tenido en estos últimos ocho años para que eso suceda”, afirma, aunque advierte que esto dependerá de la capacidad de la oposición para actuar estratégicamente y de factores internacionales en evolución.
Su conclusión es clara: el sistema actual, basado en control político, redes de inteligencia y alianzas geopolíticas, no es sostenible a largo plazo, pero su transformación requerirá tanto presión externa como organización interna.
