Por: Flavio Cárdenas | 11 de agosto 2025
1. La construcción de la imagen de Ortega en los años 80: rostro de la revolución
Desde finales de los años 70 y durante la década de los 80, el Frente Sandinista orquestó una maquinaria propagandística monumental. Carteles, canciones, periódicos oficialistas y slogans inundaban el país, enfocando toda la atención en 4 de los 9 Comandantes de la Revolución: Daniel y Humberto Ortega (replicando el modelo cubano de Fidel y Raul), Tomas Borge y, en menor medida, Bayardo Arce. Sin embargo, ese muy aceitado engranaje publicitario, después de las cuestionadas elecciones de 1984, en que fue declarado Presidente de Nicaragua Daniel Ortega, fue centrándose su figura como símbolo visible del llamado “proceso revolucionario”, frente al avance de la Contra, en el contexto de la Guerra Fría; en el cual pequeñas naciones como Nicaragua eran el teatro de operaciones, donde las grandes potencias pusieron dinero, recursos y armas, mientras los nicaragüenses poníamos los muertos. La frase de Juan Pablo II, en su segunda visita a Nicaragua en 1996, resumió ese drama: “(…) tú, Nicaragua, tú, América Central, eras solamente un campo, un polígono de las superpotencias”.
La creación del Departamento de Agitación y Propaganda (DAP), y después del SENAPEP (Secretaría Nacional de Propaganda), tenía como una de sus funciones primordiales moldear la imagen del Ortega “lacónico” hacia una figura humilde y visionaria. La reproducción masiva de su imagen —carteles, murales, el ensordecedor, procurando que, aunque físicamente pudiera estar ausente, su presencia fuera omnipresente en la vida nacional.
2. La derrota de 1990 y la purga de una reforma interna
Tras la derrota electoral ante Violeta Chamorro en 1990, Ortega y su círculo más cercano—Bayardo Arce, Lenín Cerna, Dionisio Marenco, Jacinto Suarez, Natan Sevilla, entre otros—impusieron un control férreo sobre el FSLN y anularon cualquier intento de reforma que lo modernizara o democratizara. Se consolidó un círculo de hierro, cerrado, que forzó a la salida a quienes aspiraban a transformar al Frente en un partido progresista moderno y democrático, adecuado a las nuevas realidades socio- políticas. Ortega emergía no como guía revolucionario, sino como caudillo impermeable. Poco a poco, Daniel y sus incondicionales fueron cooptando los espacios de decisión del partido: Asambleas, Congresos y demás; y cuando la correlación de fuerzas internas ya no les fueron favorables, terminaron rompiendo con todo resquicio de democracia interna, como en las últimas elecciones primarias en las que Ortega se erigió como Candidato Presidencial, en las que el ex- alcalde de Managua, Herty Lewites trató de disputarle tal candidatura a lo interno del Frente lo expulsaron del partido para quitarle todo derecho a ser precandidato por la Presidencia del FSLN; no contentos con eso, ante el intento de Herty de correr como candidato del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS) lo terminaron asesinando, pues sabían que si Lewites llegaba al dia de las elecciones por la Presidencia de la República, Ortega no ganaría las elecciones del 2006, aunque los partidos de derecha (PLC y PLI) estuvieran divididos, porque Lewites también dividiría el voto sandinista. Después de este episodio, ya no hubo ni siquiera remedos de elecciones primarias dentro del FSLN.
3. De 2007 hasta hoy: represión, muerte y redacción del legado
La vuelta al poder de Daniel Ortega, esta vez acompañado de la cada vez más omnipresente figura de Rosario Murillo 2007 marcó un nuevo giro autoritario, que se vio exponencialmente acrecentado a partir de la crisis sociopolítica del 2018: persecución, encarcelamiento, destierro y muerte de cuadros históricos que hacía tiempo habían roto con la línea caudillesca de Daniel Ortega, como Dora María Téllez, Hugo Torres, Víctor Hugo Tinoco, Luis Carrión, entre otros. El esfuerzo no fue solo eliminar voces opositoras, sino reescribir toda la historia del sandinismo, como si los protagonistas de ayer ya no existieran. Y más allá de eso, comenzaron a adjudicar a Daniel hazañas guerrilleras en las que nunca participó, su presencia en frentes de guerra en los que nunca estuvo y un papel protagónico en la guerra de liberación contra la dictadura somocista que jamás tuvo. Pero esa descarada tergiversación de la historia no sólo fue para elevar el perfil de Ortega, sino también el de Rosario Murillo, tratando de hacer ver que Murillo era a Ortega como Blanca Arauz a Sandino. En su desesperación por brindarle una “legitimidad’ en la historia del Sandinismo a Murillo (que en verdad nunca tuvo), el mismo Ortega en algunas alocuciones públicas mencionó que Murillo supuestamente tenía algún grado de parentesco (por lejano que fuera) con Sandino. Tanto han torcido la historia los co- dictadores, que recientemente han circulados audios en los que se dice como profesores de escuelas públicas han estado mal enseñando a sus alumnos que la co-dictadora es la misma Rosario Murillo con la que Ruben Dario estuvo casado, valiéndose de que la segunda esposa del gran poeta era homónima de la impresentable consorte de Ortega, a esos niveles de ridículo han llegado, para tratar de revestir de “autoridad histórica” a la co- dictadora. Será posible que al acercarse septiembre digan que ella fue quien enseñó a Rafaela Herrera a disparar el cañón contra los piratas?
4. El ascenso de Rosario Murillo: sucesión familiar y desplazamiento de Ortega
Rosario Murillo emergió como figura central, especialmente tras el escándalo generado por la denuncia de violacion hecha por su propia hija, Zoila América Narváez Murillo, quien acusó a Ortega de haber abusado de ella desde que era una niña, al inicio de la relación entre su madre y Ortega. Gracias a que Murillo dio la espalda a su hija y oportunistamente decidió apoyar a Ortega, su crecimiento fue meteórico: asumió el control estratégico del discurso público, cambió la forma de vestir de Ortega, sustituyó los históricos colores de la bandera roja y negra sandinista por colores rosados chicha, poco a poco fue apartando a los cuadros históricos que habían apoyado incondicionalmente a Ortega, desde los niveles más lejanos hasta lograr aislarlo de lo que en un tiempo se conoció como su círculo de hierro, conformado fundamentalmente por los compañeros de cárcel de Ortega durante la dictadura somocista, quienes eran los confidentes de los más oscuros secretos de Daniel Ortega y quienes nunca comulgaron con Murillo, por el contrario, siempre la vieron de menos durante los años 80’s, por su notable ausencia de méritos en la lucha contra la dictadura somocista, sino que su única virtud era ser “la mujer del Comandante”.
Al llegar al poder en el 2006, Murillo se hizo llamar “la Compañera”, para tener alguna cercanía simbólica con el lenguaje utilizado durante la revolución. Asumió la administración cotidiana de los asuntos de gobierno y los mecanismos represivos, tanto en la Policía Nacional como a través de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC), con el apoyo de su “muy cercano” colaborador y mano derecha: Fidel Moreno.
Desde antes del 2006 Murillo venía ganando cada vez más y más poder real, aunque no contaba con el poder formal, pues ella ejercía las veces de Vicepresidente, aunque formalmente era alguien más quien tuviera ese cargo: Jaime Morales Carazo u Omar Halleslevens. En realidad Murillo era una especie de Primer Ministro, dirigiendo con mano de hierro al Poder Ejecutivo. Pero Murillo no quería tener solo el poder real, sino también el poder formal, por eso, a pesar de la negativa de la inmensa mayoría de la militancia sandinista, Ortega y Murillo la impusieron como “Candidata” a la Vicepresidencia de la República en las elecciones del 2016, que habían sido precedidas por el abrupto despojo de la personería jurídica del Partido Liberal Independiente (PLI) a la facción liderada por Eduardo Montealegre, que en ese momento representaba la principal alternativa de poder contra Ortega. La suma de esos 2 factores provocó un enorme abstencionismo, en el cual mucha de la militancia sandinista, que siempre se había caracterizado por su disciplina para asistir a votar de forma temprana y masiva, por primera vez, se abstuvieron de acudir a los centros de votación, como una forma de protesta por la imposición de Rosario Murillo como fórmula de Daniel. Protesta silenciosa encabezada por los “militantes históricos” que a todos los niveles habían sido no solo relegados, sino que humillados y maltratados por las estructuras de la “juventud sandinista” obediente a Murillo.
El otro gran salto que logra Murillo de la mano de Ortega para dotarla de más poder formal, asegurar su hegemonía y sucesión del poder, se dio en noviembre de 2024, cuando la Asamblea Nacional aprobó lo que popularmente se conoce como la Constitución Chamuca, ordenada por Ortega y Murillo, que la declaró copresidenta junto con Ortega, extendiendo el mandato a 6 años y fortaleciendo la hegemonía familiar.
Ahora, Murillo está llevando adelante una purga sin precedentes de cuadros históricos del sandinismo, que hasta hoy se habían mantenido leales a Ortega y que lo ayudaron a ascender al poder, pero que jamás han simpatizado con Murillo, y muy hábilmente ejecutan esa purga con Ortega en vida, para que “su autoridad” sirva de pararrayos a Murillo, pues si Rosario hubiese hecho esta misma purga sin Ortega de por medio, sin duda, la purgada sería ella.
Si vemos en retrospectiva, Rosario Murillo terminó robándole el mandado a Ortega. Ella logró tejer una compleja telaraña alrededor de Ortega, para convertirse en indispensable para él, y lograr que este se convirtiera en la escalera que facilitara el ascenso de ella al poder. Mientras Murillo apartaba del poder —a veces con crueldad— a los del círculo histórico, Ortega aprobaba la operación, sacrificando su legado interno en aras de la continuidad dinástica, con la esperanza de que tras su muerte, el poder sea traspasado a Murillo y luego a los vástagos de ambos y así sucesivamente.
5. El triste final simbólico de Ortega: EE.UU. nombra al régimen como “Murillo–Ortega”
El 9 de agosto recién pasado, el Departamento de Estado de los Estados Unidos emitió una alerta sobre la “confiscación masiva” de tierras en la nueva Ley del Territorio Fronterizo —que otorga al Estado propiedad sobre los primeros 15 km de la frontera de Nicaragua— marca un hito: por primera vez, Washington señala al “régimen Murillo-Ortega”, invirtiendo el orden de los apellidos y ensanchando la línea que separa el poder de la forma del poder histórico.
Ese simple cambio es mucho más que retórico: es una bofetada simbólica al ego de Daniel Ortega. No se reconoce ya su liderazgo hegemónico ni su legado revolucionario; se reconoce el hecho incontestable: Rosario Murillo es quien verdaderamente tiene las riendas del poder, y Ortega, el hombre que le ofreció la escalera para alcanzar el pináculo. Esa inversión de apellido encarna la realidad de una sucesión de facto, donde el patriarca se convierte en escalón.
Ortega, quien siempre se autoproclamó heredero de Castro y Chávez, quien hoy por hoy se ve a sí mismo como un líder de proyección internacional, al mismo nivel de Putin, Xi Jinping o los Ayatolas. En su mente cree que cuando habla, Presidentes como Trump y los líderes de la Unión Europea detienen sus actividades para escuchar lo que él tiene que decir, hoy queda reducido oficialmente a un papel secundario, el de soporte. No queda en él la grandeza proyectada; queda la sombra de quien pavimentó el camino para que su esposa fraguara una dictadura familiar, sin ningún sustento ideológico real, con un régimen únicamente sostenido por la fuerza de las armas.
Al hacerlo, avala personalmente cómo Murillo desmantela todo lo que en su momento hizo fuerte al Frente Sandinista: Primero demolió las estructuras partidarias del Frente, luego avanzó en la involución institucional del país, mientras perseguía a figuras sandinistas que disienten de la deriva autoritaria de los Ortega- Murillo y ahora ejecuta purgas simbólicas y reales de quienes se mantenían leales a Ortega pero no a Murillo. La expulsión y represión contra camaradas históricos como Álvaro Baltodano, Bayardo Arce, Lenin Cerna y otros no son actos aislados, son la estrategia de una nueva dinastía que aplasta el espejismo de su propio legado revolucionario.
El gobierno estadounidense, al nombrar ahora al régimen como “Murillo-Ortega”, no solo advierte sobre riesgos jurídicos y económicos, sino que desnuda una verdad incómoda para el propio Daniel y sus seguidores: Ortega pasará a la historia no como el líder sandinista cuya figura aspiraba a proyectarse más allá de las fronteras de Nicaragua, sino como un anciano debilitado y casi senil que, ilusamente, se convirtió en instrumento de Rosario Murillo para que ella se hiciera con el poder total del país. En la práctica, por comodidad, él se arrodilló voluntariamente y se dejó usar como peldaño que ella pisoteó en su ascenso al poder absoluto. Así, el último recuerdo que quedará de Ortega no será su falsa imagen de revolucionario, sino el funesto legado de haber traicionado la revolución sandinista, a sus camaradas y toda la sangre derramada en nombre de la revolución, para coronar en el trono a Rosario Murillo, como en la Biblia hizo el rey Acab con Jezabel.
*Flavio Cárdenas | Abogado nicaragüense
