El futuro, la cuestión de la oposición nicaragüense y la memoria

Danny Ramírez-Ayérdiz

La explosión sociopolítica de 2018 nos ha dejado una lección fundamental a los nicaragüenses: antes que lealtades y fidelidades a caudillos, élites y partidos, somos ciudadanos capaces de ubicarnos con madurez en una posición sobre la realidad. Frente a la expiración del tradicionalismo político, la potencia indescriptible de las violaciones de derechos humanos cometidas por el gobierno y los intentos fallidos de “unidad desde arriba”, nos ha llevado a muchos nicaragüenses a una madurez acrisolada precisamente por estas y otras duras circunstancias. En la dureza de esta realidad, nos encontramos en un desasosiego, sobre todo porque quisiéramos una unidad con mayor eficacia para cambiar la difícil situación de derechos humanos y es comprensible. Sin embargo, las tareas no son fáciles y el camino no se muestra sin dificultades.

La madurez política que nos ha permitido 2018 ha sido golpeada por la feroz la demolición de los viejos y nuevos espacios de articulación. El exilio o el encarcelamiento de activistas, ha tornado esta madurez en un pragmatismo a veces fatalista, frente a la imposibilidad de poder reorganizar a todos los sectores en un mismo espacio. Sin embargo, antes de que esto suceda, considero que esta unidad podría estar precedida de dos tareas cruciales: 1. El fortalecimiento cívico de las estructuras y 2. la democratización de las fuerzas y los esfuerzos.

A fin de no cometer los errores del pasado, incluso de casi toda la historia, la oposición no debería solo estar dedicada a la espera a que se construya una gran alianza de sectores que termina, tristemente, con la delegación de la fuerza y el esfuerzo a un caudillo. Para evitarlo, mientras llega el momento, los espacios de oposición de diverso tamaño -he observado que ya ha empezado a suceder- deben someterse a intensos procesos de reflexión no de cara una transición, sino de cara a cuál es la actual actitud del nicaragüense frente a la política y cómo esto determinará su participación en un futuro democrático. La cuestión del adultocentrismo tan nocivo en nuestra sociedad e historia, se manifiesta en personas que, sobre la base de su conocimiento o años, piensan tener recetas casi místicas para “los problemas” de Nicaragua y buscan imponerlas porque son familiares de alguien, participaron en algún proceso político pasado y así censuran cualquier idea que les parece incompatible con sus recetas a veces de un nivel de confrontación social expirados. Frente a esto el diálogo intergeneracional y la lucha cívica y pacífica sin misticismos, imposiciones etarias ni desubicaciones históricas.

Por otro lado, tenemos al mesianismo caudillista. En pequeños espacios he observado el contundente rechazo hacia este mal y resultará bueno para el futuro democrático, porque es una ruptura incluso personal -y ojalá que sea colectiva- con el pasado, con la concentración inmoral del poder, siempre al margen del Estado de derecho que termina anulando y censurando los derechos de decidir.

Sin que lo anterior quede agotado ni cercanamente, la demolición de las fuerzas y los esfuerzos es una práctica que debería abandonarse en los espacios políticos de cualquier tamaño y calado. Deseosos de romper con las amarras del pasado antidemocrático, el actual tablero político en la oposición se divide entre los anti-todo -llamados “ultras” o “ultraderecha”, luego está una derecha democrática antisandinista, después un importante espacio que no se pliega a los ejes derecha-izquierda y que acepta trabajar con actores de todo el espectro y los de izquierda, unos que por consciencia abandonaron las filas del Frente Sandinista ante el horror de los crímenes de lesa humanidad y los otros, que siendo o no, son tildados de “MRS”.

La maduración de la oposición podría caminar hacia una práctica pluralista. Las polarizaciones, resquemores y las pruebas de pureza ideológica o partidaria no sirven de nada y apenas dejan a los espacios opositores en el mismo atolladero. La idea de una coalición “desde abajo” no puede partir con “ultras” atacando todas las iniciativas de otros grupos con un lenguaje deshumanizante, que tanto critican por parte de los militantes del Frente Sandinista. Tampoco de espacios de derecha que quieran demoler, en el futuro, de la conciencia colectiva toda referencia a sandinismo.

Aquí vienen los dilemas de la memoria que se enfrentan desde ya y que seguirán enfrentándose en el futuro democrático: ¿cuánto seremos capaces de respetarnos y tolerarnos para consolidar una democracia y no pactarla? Pactan los que no se soportan, pero la consolidan los que la acuerdan y se respetan, aún a pesar de las distancias ideológico/partidarias materiales o discursivas. Solo la una coalición de estas dimensiones de madurez podrá acordar la democracia dentro del Estado de derecho y no fuera de ella y en contra del Estado y el erario.

Lamentablemente, para quienes quieren demoler místicamente y a veces iracundos los ideales y la propia historia de la mente de miles de sandinistas -alejados del Frente y otros simpatizantes de UNAMOS o no- que sinceramente están comprometidos con la futura democracia, van por un camino errático. La memoria que construya colectivamente el día de mañana el pueblo de forma crítica debe ser tan espaciosa, que también quepan los que no son de derecha a fin de poner a cada episodio del pasado en su justo lugar. Ahora, la justicia y la verdad es otra cosa, la revisión crítica del pasado deberá remontarse a tiempos de la Revolución para juzgar episodios no tan épicos, ni gloriosos de ese periodo. El futuro democrático no puede fundarse amnésico como el de la Transición de 1990.

Mientras tanto, trabajar en una agenda cívica basada en la consciencia sobre los errores del pasado con los derechos humanos como norte y no en los espacios y cuotas de poder que piensan algunas personas ocupar “por derecho”, es una tarea que tienen que transitar todos los grupos de oposición hoy disgregados, pero no vencidos, porque hasta el anhelo callado por la democracia es un signo de resistencia. En cuanto a las purezas ideológicas y partidarias, los intentos de liquidación del pasado y las intolerancias, deben abandonarse por un bien mayor: Nicaragua libre.

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