ENTRE OLIGARCAS Y CAUDILLOS

*Erick Aguirre Aragón

1. Arturo Cruz Sequeira, esa especie de Jorge Castañeda nicaragüense, aprovechó la presentación de un libro suyo para declarar su aspiración de ser precandidato a la presidencia. Hace un mes publicó un artículo que supongo es un adelanto, abstracto o resumen de ese mismo libro, en el que enumera las incansablemente subrayadas características culturales y sociopolíticas de la Hispanoamérica pre y post independencia.

2. De más está decir que es la misma y repetida caracterización de un conjunto de culturas cuyos orígenes y evolución, como se sabe, han estado marcadas por la secular presencia (y aun de la aparente ausencia) de la figura del soberano, el caudillo o el hombre fuerte como presunto guía y benefactor de comunidades demasiado acostumbradas al cacicazgo y a la subordinación monárquica como para adaptarse a la modernidad republicana, y como para no poder hacerlo plenamente durante trescientos años.

3. De esa caracterización siempre he deducido que, a lo largo de nuestra historia, como súbditos primero, y como presuntos ciudadanos después, en Nicaragua hemos padecido una dramática, o más bien trágica y secular disputa entre oligarcas y caudillos. Con el tiempo, sin embargo, los caudillos se han transformado a su vez en oligarcas, y así sucesivamente.

4. De hecho hemos padecido las disputas entre las oligarquías libero-conservadoras, cuyas diferencias ideológicas siempre han sido en realidad inexistentes; pero también hemos probado por demasiado tiempo el puño férreo de caudillos emergentes, que en el río revuelto de esas disputas interoligárquicas se han impuesto a punta de violencia y autoritarismo.

5. Zelaya, los Somoza y Ortega siempre tuvieron puesta la bota sobre las cabezas de una oligarquía pusilánime y políticamente floja; eficiente sólo para cuantificar y engrosar ganancias al amparo de acuerdos parasitarios con los caudillos, que por turnos han secuestrado al Estado durante largos periodos. Nuestras oligarquías, pues, siempre han preferido evitar enfrentar a esos caudillos para obtener privilegios que en países democráticos pujantes los expondrían a una natural y para ellos engorrosa competencia. Por supuesto, la única competencia que siempre han aceptado con docilidad ha sido precisamente la de esos caudillos. Esa ha sido su costumbre.

6. Caso anacrónico el de Nicaragua frente al resto de países centroamericanos, donde los oligarcas están por encima de los militares y de los potenciales caudillos, y se obligan ellos mismos a competir bajo reglas autoimpuestas en el esquema no tan simple y con frecuencia no tan justo de la democracia representativa. Forman sus partidos, financian liderazgos y seleccionan sus candidatos; los ponen a competir bajo reglas mutuamente respetadas, para luego, en cualquier caso, administrar el Poder Ejecutivo o bien obtener el relativo control del Parlamento; lo cual por supuesto no los exime de la endemia corrupta que en general arrastran desde hace siglos.

7. Igual que en 1989, en noviembre próximo los nicaragüenses podríamos estar otra vez ante la históricamente escasa oportunidad de elegir entre candidatos ajenos al caudillismo. Aunque todavía no es seguro, pues lo sabremos hasta que la oposición logre (si es que lo intenta) arrancar al régimen reformas suficientes para una elección limpia y creíble; o bien (ya que a la oposición parece no importarle) si a Ortega le da la gana cederlas antes de mayo próximo, cuando se vence el plazo impuesto por la OEA en su última resolución sobre Nicaragua.

8. Sin duda estamos ante otro punto de inflexión decisivo en nuestra historia. El asunto está en si sabremos discernir, entre las opciones políticas que se nos presenten, cuál es en realidad el proyecto caudillista y cuál el oligárquico, o si alguna de esas opciones encarna tal vez la combinación de ambos. El asunto está en tener conciencia de hasta dónde, por intentar salir de nuevo de una larga tiranía, repetiremos el error de dar otro cheque en blanco a los poderes oligárquicos. Ese es el asunto.

9. Con la presentación de su libro, el Jorge Castañeda nica nos está diagnosticando un viejo mal, y se nos está presentando él mismo como el mejor remedio. ¿Será, como algunos dicen, una especie de Caballo de Troya de Ortega, o tal vez, a despecho de Cristiana, el candidato preferido del capital, como dicen otros? La verdad no es posible asegurarlo. El caso es que, frente a él o contra él, lo que tenemos ahora es, entre otras cosas curiosas, las largas piernas oligárquicas de Cristiana Chamorro, la desesperación política de Félix Maradiaga y el travestismo evangélico de Miguel Mora…

10. En fin, como dije, el punto está en saber o no si otra vez nos estaremos equivocando con cualquiera de estas opciones; si es que por casualidad a Ortega se le ocurre premiarnos con la segura derrota que para él implicaría ceder una amplia reforma. Hay quienes dicen que le conviene más ceder ahora y no seguir desgastándose en el poder. Pero el poder es el poder, ya lo sabemos, y para muchos es difícil o imposible despreciarlo. No es por casualidad que el desfile de candidatos se esté haciendo ya tan largo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *