Impúdico silencio papal

La tenue voz papal frente a los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura familiar Ortega-Murillo, es equivalente a un silencio técnico, o muy cercano a una complicidad implícita; la más reciente e inútil maniobra en la accidentada relación pública iglesia-dictadura, es una negociación vaticana, sin representación oficial, en la cual un representante del papa Francisco solicitó la liberación de Monseñor Rolando Álvarez, misma que fue fallida ante la respuesta de la dictadura, de que aceptaría liberar al prelado, con la condición de que éste se refugiara en el extranjero, propuesta que ha sido rechazada valientemente por el alto cargo eclesiástico secuestrado por la pareja dictatorial.

La secuencia de desatinos entre la dictadura y la iglesia, muestran claramente como se construye una negociación fracasada, y es que el diálogo facilitado por la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) en mayo de 2018, se convirtió rápidamente en una emboscada para Ortega, cuando los representantes de la oposición pidieron su dimisión inmediata e incondicional; la respuesta de Ortega, acostumbrado por décadas a salir airoso de las tormentas políticas construidas por él mismo, no tardó en tomar forma: simular que escuchaba, mientras estructuraba una fuerza paramilitar conjunta entre la policía y el ejército, así como civiles con experiencia militar y adeptos patológicos al régimen desde la década de los 80; el golpe fue contundente para aplastar la rebelión, finalizando con la Operación Limpieza, la que ciertamente no dejó la menor duda que Ortega superaba con creces a Somoza en materia criminal. En una apagada celebración del 19 de julio de 2018, Ortega acusó a la CEN de gestionar su derrocamiento, acusándolos de “golpistas”, descalificándolos de manera definitiva como mediadores. La respuesta vaticana fue el silencio papal.

Ante la profunda secuela socio-económica ocasionada por el levantamiento popular y la sangrienta respuesta de la dictadura, Ortega optó por volver a la arena negociadora en febrero de 2019, tratando de oxigenarse y ganar tiempo, frente a una cada vez más atomizada, incongruente y fallida fuerza opositora, a la vez que diseñaba la compleja arquitectura de un Estado terrorista, el que parece no haber dado aún sus peores frutos. El entonces Nuncio Apostólico, Waldemar Stanislaw Sommertag, fue el designado para mediar en un diálogo que evidenció la rigidez dictatorial y una fragmentada representación opositora, la que mostró profundas contradicciones entre la élite empresarial (COSEP) y su contraparte política (Alianza Cívica); a inicios de abril el naufragio sucedió y la mediación del Nuncio se redujo a unos acuerdos firmados por Ortega que jamás cumplió, pero los días del embajador papal estaban contados; tres años después, en marzo de 2022, el Nuncio fue expulsado por la dictadura, sin mediar explicación alguna. El silencio papal se produjo nuevamente.

Extemporáneamente, cinco meses después de la inexplicada expulsión del embajador vaticano, el papa Francisco pidió un diálogo, para que Nicaragua encontrará la senda para una convivencia pacífica; un mes después, en septiembre, el máximo líder católico aseguró que dialogaba con la dictadura y en su acostumbrado lenguaje gallo-gallina afirmó, “hay diálogo, pero esto no quiere decir que se apruebe o desapruebe todo lo que hace el gobierno”, dicha semántica proteccionista no tuvo resultados, a finales de ese mismo mes, Ortega acusó al papa en plaza pública, de dirigir una “dictadura perfecta”. Silencio papal total.

“Nunca le tuve respeto a los obispos” y, “la sotana no hace santo a nadie”; ambas expresiones del dictador Ortega, pronunciadas en diciembre 2022, muestran fehacientemente la mentalidad dictatorial frente a cualquiera que se atreva a cuestionar sus abusos e intención de perpetuarse en el poder, y en especial su animadversión hacia la iglesia católica. No sabemos si las maniobras papales deseando que aflore un vestigio humanista del dictador, o el silencio absoluto ignorando sus crímenes, son mejores para refrescar la imagen pública del papa Francisco. Lo cierto es que el máximo prelado católico mundial, quien además no padece de prognatismo mandibular, parece destinado a seguir el viejo adagio, “en boca cerrada no entran moscas”.

Ezequiel Molina

Enero 19, 2022.

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