Independencia y república [basta de juegos: ya que el régimen es ilegítimo, solo cabe desconocerlo]

*Por Francisco Larios

Para avanzar, para empezar al menos a soñar con un orden democrático, la primera tarea es derrocar [así, con “c”, no con la “t” que los partidarios de espejismos electorales emplean] a la actual dictadura.

<<No podrán el Congreso, las Asambleas, ni las demás autoridades: coartar en ningún caso por pretexto alguno la libertad de pensamiento, la de la palabra, la de la escritura y la de la imprenta: prohibir a los ciudadanos o habitantes de la república … la emigración a un país extranjero; tomar la propiedad de ninguna persona, ni turbarle en el libre uso de sus bienes, sino en favor del público cuando lo exija una grave urgencia legalmente comprobada y garantizándose previamente la justa indemnización; permitir el uso del tormento y los apremios (imponer confiscación de bienes, azotes y penas crueles); conceder por tiempo ilimitado privilegios exclusivos a compañías de comercio o corporaciones industriales; dar leyes de prescripción, retroactivas; impedir las reuniones populares que tengan por objeto … discutir sobre política y examinar la conducta pública de los funcionarios; dispensar las formalidades sagradas de la ley para allanar la casa de algún ciudadano o habitante, registrar su correspondencia privada, reducirlo a prisión o detenerlo.>>

Leo estas palabras, no en algun programa, reclamo o declaración utópicos. Ni las he extraído de una propuesta revolucionaria en el sentido de ir contra lo convencional, contra lo aceptado universalmente, ni en el sentido de ser nueva intelectualmente o en el tiempo. Las palabras que cito provienen de la Constitución de la República Federal de Centroamérica firmada el 22 de noviembre de 1824.

¿Dos siglos han sido insuficientes para alcanzar la aspiración que ya entonces se extendía por el mundo desde Europa, y en nuestro continente desde los muy jóvenes Estados Unidos de América? ¿Qué ocurrió? ¿Qué debemos hacer para enmendar tan terco extravío?

Mucho. El drama que se vive en mi país es quizás el más crudo, el más sangriento y extremo abandono de la visión de sociedad que, hace dos siglos, el ideal liberal-democrático depositó en un documento que hoy nos queda como evidencia de un fracaso colosal. Pero el ideal tampoco ha logrado imbuir la vida diaria de la inmensa mayoría de los ciudadanos de nuestros países y, unidos como estamos en términos muy concretos de sangre, historia y cultura, solo Costa Rica ha logrado evitar lo que para los pesimistas es destino.  Yo no puedo ser pesimista, porque sé que el destino humano es por lo menos parcialmente fruto de la voluntad consciente de individuos y pueblos. También sé que un ansia de libertad se esconde en el alma humana detrás de la voluntad que las tiranías suprimen. Y sé que, para liberarla y hacerla fuerza, el primer paso es la verdad.

El bonito eslogan de “Nicaragua volverá a ser república” es otro engaño, un mito fabricado por élites conservadoras que sienten nostalgia por los tiempos en que lograron pasarse el poder dentro de un minúsculo y apretado bosque genealógico (hoy ya es un solo árbol) … por treinta años, en tertulias familiares, mientras la inmensa mayoría de la población carecía de derechos.

Estudiar nuestra historia, llena de mitos y fantasías, desnudar los hechos, descubrir la fragilidad de quienes con tanta frecuencia elevamos a pedestales, y descubrir sus yerros, para enmendarlos, para no cometerlos nosotros. Esto es especialmente cierto en períodos de calamidad y cambio, que abren heridas, pero también abren oportunidades. Como los días que corren en mi país.

En mi país debemos aprender que el trabajo de construir una república democrática cuya idea infiltraron (y no uso esta palabra por accidente) los escritores de la Constitución del 24, apenas ha dejado unos cuantos pilares construidos a medias y tapados por la maleza. Pero están ahí, y hay que erigir sobre ellos, a sabiendas de que nunca ha habido república, de que la casa nunca fue construida; de que el bonito eslogan de “Nicaragua volverá a ser república” es otro engaño, un mito fabricado por élites conservadoras que sienten nostalgia por los tiempos en que lograron pasarse el poder entre ellos, dentro de un minúsculo y apretado bosque genealógico (hoy ya es un solo árbol) de manera pacífica, por treinta años, en tertulias familiares, mientras la inmensa mayoría de la población carecía de derechos. Debemos, entonces, fundar la primera república democrática, sobre principios que ya son universales (de hecho, son la espina dorsal de la legalidad internacional), pero que chocaban en 1824, y chocan todavía, con nuestra realidad.

Y no solo me refiero a la realidad de una tradición política hiper-centralista que llaman hoy en día “caudillismo”, sino a la realidad que hace esta realidad posible: la acumulación grotesca del control económico en una media docena de grupos familiares, que poseen en total riquezas equivalentes a más del 60% del Producto Interno Bruto. Si a esto se le suman los capitales de la nueva clase sandinista, es posible que la cifra alcance cerca del 100%.  Este es el reto descomunal que enfrentan los demócratas en Nicaragua: un monstruo de dos cabezas, o un monstruo que da origen a otro monstruo; un sistema que es una fábrica de dictaduras.

Pero para avanzar, para empezar al menos a soñar con un orden democrático, la primera tarea es derrocar [así, con “c”, no con la “t” que los partidarios de espejismos electorales emplean] a la actual dictadura.

Sobre esta meta inmediata diré que, en medio de trampas y tropiezos, nos encontramos en una fase que, por desfavorable que parezca a la lucha popular, contiene este elemento que la hace favorable: está marcada por la total aniquilación de todo rastro de legitimidad en el poder político de Nicaragua.

Desde la antigüedad se sabe que no hay gobierno que pueda vivir si carece de lo que, para algún filósofo estoico, era lo único que importaba en la política: la opinión pública. Pero la opinión pública, para serlo, precisa manifestarse.

Es decir, si el régimen es ilegítimo, la opinión pública debe declararlo como tal; debe, en lenguaje contemporáneo, desconocerlo.

No se irán porque gritemos “¡que se vayan!”. No se irán voluntariamente; porque no quieren, y sobre todo porque no pueden; porque fuera del poder es posible que lo pierdan todo, si todo lo que tienen viene del poder, es mal habido y además sus crímenes son muchos. Se irán solo si la fuerza los compele. La fuerza política, social y económica del soberano, cuyo ejercicio efectivo requiere que nos unamos a fundar la república democrática que está pendiente desde 1824.

La implicación es transparente: los nicaragüenses necesitamos agruparnos, pronunciar nuestra opinión pública [aunque en multitud de asuntos no tengamos una que pueda llamarse así, por la diversidad de nuestros intereses y puntos de vista] y reclamar que la comunidad internacional, que ha lanzado al basurero de la nulidad los procedimientos electorales del régimen, actúe de acuerdo con lo dicho y lo desconozca.

Debemos también, nosotros mismos, fuera, pero sobre todo dentro del territorio, desconocer a quienes el 7 de noviembre harán notarizar su propia declaración de ilegitimidad. Serán, sin duda ya, usurpadores, y habrá que tratarlos como tal, y luchar contra ellos con todos los medios a los que el pueblo, el verdadero soberano, tiene derecho.

Porque de esto hay que estar claro: no se irán porque gritemos “¡que se vayan!”. No se irán voluntariamente; porque no quieren, y sobre todo porque no pueden; porque fuera del poder es posible que lo pierdan todo, si todo lo que tienen viene del poder, es mal habido y además sus crímenes son muchos.

Se irán solo si la fuerza los compele. La fuerza política, social y económica del soberano, cuyo ejercicio efectivo requiere que nos unamos a fundar la república democrática que está pendiente desde 1824.

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