La beatificación laica de Sergio Ramírez

*Por Julián Schvindlerman | Libertad digital

¿Se puede criticar a Sergio Ramírez sin que ello sea leído como un apoyo a Daniel Ortega? Espero que sí, pues eso es lo que haré en esta nota. Su trayectoria romántica de revolucionario tercermundista a demócrata global no me seduce. Es un recorrido preferible, desde ya, al de Daniel Ortega: de revolucionario tercermundista a tirano corrupto. Pero la opción no tiene por qué ser entre uno u otro. ¿Acaso no ha de ser posible cuestionar a ambos, aunque por motivos muy distintos?

Como es sabido, Ramírez fue uno de los líderes de la revolución sandinista que derrocó al dictador Anastasio Somoza en 1979. Formó parte de la nueva junta de gobierno, la cual no tardó en abrazar al comunismo. Entonces, Violeta Chamorro, una referente importante del movimiento, abandonó el barco. No así Ramírez, quien prosperó en la estructura sandinista hasta convertirse en vicepresidente del país entre 1985 y 1990. A diferencia de otros regímenes latinoamericanos de la época nacidos al calor de revoluciones populares, convocó elecciones en dos ocasiones. Las primeras, en 1984, fueron boicoteadas por la oposición. Las segundas, en 1990, resultaron en la derrota de los sandinistas.

En la introducción a la reedición (1997) de su libro La sonrisa del jaguar, así describió Salman Rushdie la salida del poder de los sandinistas:

Thank you for watching

Daniel Ortega sorprendió, e incluso impresionó, a muchos de sus opositores internacionales aceptando el veredicto de los votantes. Pero a la vez los sandinistas recibieron ásperas críticas por impulsar en el último momento una apropiación de valiosos bienes raíces a beneficio de sus miembros más destacados. (Siempre he sentido curiosidad por saber en manos de quién acabó la acogedora villa de Managua donde me alojé).

Tras la derrota electoral de aquel año, Ramírez intentó introducir reformas democráticas en el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y al no lograrlo terminó alejándose. En 1995 anunció su renuncia al partido: «El Frente Sandinista al que yo me incorporé hace 20 años ya no existe». Prosiguió su vida dedicándose a las letras, campo en el que ganó mucha fama y prestigio y donde consiguió el Premio Alfaguara (1998) y el Premio Cervantes (2017). Convertido ahora en crítico feroz de su excompañero Ortega, se presenta como una víctima perseguida por dos dictaduras: la de Somoza, que lo encarceló en su tiempo, y la de Ortega, que quisiera hacerlo en la actualidad.

Puestos a elegir entre la pluma y la espada, una abrumadora cantidad de intelectuales, editores literarios, artistas, periodistas, académicos y personalidades de la cultura han salido naturalmente en defensa del escritor acosado y publicado una carta pública en su apoyo que, en parte, declara: «Sergio Ramírez no sólo es un intelectual de primer orden, sino que también ha sido siempre un hombre comprometido con el destino de su país, al que ha rendido servicios inolvidables».

Justamente porque recuerdo algunos de esos «servicios inolvidables» decliné sumar mi firma. El lado menos amable de la revolución sandinista que Ramírez gestó, nutrió e integró durante once años registra algunas asociaciones desafortunadas que vale la pena repasar.

Comencemos por las alianzas non sanctas que Nicaragua forjó con el Irán de Jomeini, la Libia de Gadafi y la OLP de Arafat. Tan estrechos fueron estos lazos que Jeane Kirkpatrick, embajadora estadounidense ante Naciones Unidas durante la Administración Reagan, advirtió en mayo de 1986 en The Chicago Tribune: «Managua se ha convertido en la capital del terrorismo en el Hemisferio Occidental».

Comandos sandinistas fueron entrenados en campamentos militares de la OLP en Líbano y Libia, Arafat facilitó dinero y armas al Gobierno sandinista y, tal como indicó Robert T. Baratta en un capítulo de Las relaciones internacionales de la Organización para la Liberación de Palestina (1989), fue en Managua donde la OLP operó su oficina más populosa de toda América Latina. Informaba en julio de 1980 El País de España:

El presidente de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasir Arafat, llegó el pasado lunes a Managua para participar en los actos conmemorativos del primer aniversario del triunfo de la revolución sandinista. Ante la bulliciosa colonia palestina residente en el país centroamericano, que constantemente gritaba consignas alusivas a la lucha de liberación del pueblo palestino, Arafat dijo: «La revolución que ha estallado en Nicaragua es como un volcán, y este volcán hace temblar a los regímenes fascistas, sionistas e imperialistas del mundo».

Sobre los lazos de Managua con Teherán escribieron Roger Miranda y William E. Ratliff en su libro La guerra civil en Nicaragua: dentro de los sandinistas (1992):

Cuando el vicepresidente Sergio Ramírez visitó Irán en 1984, los iraníes dijeron a los sandinistas que les darían miles de fusiles y de misiles antitanque. Dado que era desaconsejable que los iraníes diesen armas directamente a Nicaragua, se decidió enviarlas a Corea, que recientemente había prometido una donación sustantiva de armamento al FSLN, y ambos cargamentos irían a Cuba, que había acordado de antemano enviar la misma cantidad de armas a los sandinistas a cambio de las de Corea e Irán.

El líder libio no se quedó atrás. En La creación de un Estado paria: la política aventurera de Muamar Gadafi (1987), Martin Sicker escribió:

En 1980 se formalizaron los lazos libio-nicaragüenses, y Gadafi presentó a Nicaragua un paquete de ayuda financiera por valor de 100 millones de dólares que anteriormente se había negociado en Trípoli (…) En 1981, Sergio Ramírez, miembro de la junta sandinista, proclamó en un mitin celebrado en Managua para celebrar el «derrocamiento» de las fuerzas estadounidenses de las bases en Libia que los lazos entre los dos países «no son nuevos, sino que se consolidaron cuando el Frente Sandinista luchaba en el campo de batalla». Continuó afirmando que la «solidaridad (…) siempre fue manifiesta y se ha hecho más fraternal desde el triunfo de nuestra revolución».

También está el incómodo asunto del presunto antisemitismo de los sandinistas. Según escribió Jillian Becker en La OLP: auge y caída de la Organización para la Liberación de Palestina (1984),

la pequeña comunidad judía, compuesta por unas cincuenta familias, fue expulsada del país por los sandinistas. Se confiscaron propiedades judías. Unos meses antes de la expulsión, el distinguido líder de la comunidad Abraham Gorn fue detenido durante dos semanas, y durante ese tiempo fue obligado a limpiar las calles.

El FSLN negó haber adoptado una política antisemita y alegó que muchos judíos habían sido cercanos al Gobierno de Somoza. Uno puede imaginar en qué atmósfera vivía la diminuta comunidad judía en un país gobernado por revolucionarios marxistas aliados a Libia, Irán y la OLP. Escribía en 1985 en Los Angeles Times el rabino Morton Rosenthal, director del Departamento de Asuntos Latinoamericanos de la Liga Antidifamatoria de B’nai B’rith:

En esencia, el antisemitismo de los sandinistas es una manifestación de su solidaridad con el mundo árabe.

Estas son algunas de las acciones que realizaron sus socios antioccidentales mientras Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua –la segunda autoridad del país, sólo superado por Ortega–:

En 1985 terroristas de la OLP secuestraron el crucero italiano Achille Lauro, tomando como rehenes a 545 pasajeros; asesinaron a quemarropa a un judío norteamericano minusválido y arrojaron el cuerpo por la borda. En 1988, Gadafi hizo estallar en el aire un avión de Pan American Airlines que cubría la ruta Londres-Nueva York, lo que ocasionó la muerte instantánea a 259 pasajeros y a once civiles en tierra. Ese mismo año el régimen iraní ejecutó extrajudicialmente a miles de disidentes apresados y en 1989 emitió una fetua homicida contra el escritor Salman Rushdie (simpatizante sandinista, mire usted), quien debió pasar a vivir en la clandestinidad. Al año siguiente hubo elecciones en Nicaragua. Durante la campaña electoral, informó Carlos Salinas Maldonado en El País (España), «Ramírez y Ortega aparecían en los entarimados moviéndose al son de cumbias, canciones revolucionarias y reggae para prometer que con ellos todo sería mejor». No son hechos vinculados. Simplemente sirven para ilustrar el tenor de las alianzas de la política exterior sandinista de la época y la indiferencia moral de sus líderes ante las consecuencias de esas asociaciones.

Es difícil concebir que alguien que fue camarada de terroristas sanguinarios, dictadores brutales y fundamentalistas religiosos haya logrado rehabilitar su imagen mundial de la manera en que Ramírez lo hizo. Es válido que un hombre cambie su modo de pensar a lo largo de su vida, reemplace viejas ideas por nuevas y vire su derrotero desde el extremismo hacia el campo de la libertad. La flexibilidad ideológica es aceptable. No así la flexibilidad moral.

El pasado mes de julio Ramírez publicó una columna en La Nación (Argentina) en la que listaba a varios intelectuales de renombre que simpatizaron con el sandinismo, en un esfuerzo evidente por justificar su propio pasado universalizando la fascinación que experimentó. Decía Ramírez:

Aquella primavera lejana atrajo también a García Márquez, Carlos Fuentes, Günter Grass, Heinrich Böll, Harold Pinter, Graham Greene, William Styron, Mikis Theodorakis, Julio Pontecorvo, Noam Chomsky, Alice Walker, Susan Sarandon, Margaret Randall, y a decenas más de filósofos, escritores, académicos, directores y artistas de cine de todo el mundo. Cuarenta años después, quienes de entre ellos aún viven no se callan frente a lo que está ocurriendo ahora en Nicaragua; el viejo sueño revolucionario convertido en una pesadilla de represión despiadada.

Para Ramírez, el problema con la revolución sandinista parece ser la deriva autoritaria del clan Ortega post-1990, no el Gobierno sandinista que él integró. Recordemos que él repudió el sandinismo recién en 1995. El «sueño revolucionario» del período 1979-1990 pareciera estar justificado a la luz de la aprobación de Mikis Theodorakis et al. Cuidado con este razonamiento: Mao Tse-tung contó con las loas de Jean-Paul Sartre, Julia Kristeva y Alan Badiou, entre otros muchos pensadores franceses. ¿Entonces la China de Mao, con sus decenas de millones de víctimas, estuvo okay? Este es un recurso usual de los moralmente flexibles: apelar al espíritu de la época para la propia expiación retrospectiva.

Pues bien, cada época histórica ha ofrecido reacciones individuales dispares. En la Segunda Guerra Mundial hubo colaboradores de los nazis que asistieron a la comisión de atrocidades y también a resistentes armados que enfrentaron al nazismo, y justos entre las naciones que salvaron a los perseguidos. En Inglaterra, Neville Chamberlain y Winston Churchill vivieron la misma coyuntura. En Cuba, Silvio Rodriguez y el exiliado Carlos Alberto Montaner también. En Europa, dos valientes belgas desafiaron a la casta maoísta francesa: el sinólogo Simon Leys y el poeta Marcel Marièn. Todos vivieron bajo el mismo sol al mismo tiempo. Sin embargo, no todos sucumbieron a las modas ideológicas nefastas de su época. La responsabilidad moral existe.

Con todo, la pseudojustificación de Ramírez falla en otro punto adicional. No es lo mismo el romanticismo idealista de artistas despistados (Cortázar y García Márquez en Managua celebrando el triunfo de la revolución junto a Ortega, Ramírez, Castro y Arafat, por ejemplo, tal como ocurrió) que las consecuencias reales y concretas de decisiones de política exterior adoptadas por quien fue comandante sandinista y vicepresidente de la nación durante once años de estancia en el poder. Hasta donde yo sé, Susan Sarandon no viajó a Teherán a negociar la compra de misiles antitanque vía Pyongyang y La Habana.

Todos merecemos segundas oportunidades. Si Sergio Ramírez vio la luz de las democracias liberales recién a mediados de los años noventa, aunque tardíamente, bienvenido sea. Y si la dicotomía actual es entre un déspota y un librepensador, qué duda cabe. Es por ello que me ubico en la misma sala junto a aquellos que han respaldado al autor nicaragüense. Sólo que cuando todos se ponen de pie para aplaudirlo, yo elijo permanecer sentado. Muchos de sus servicios a Nicaragua no son meramente inolvidables. Son enteramente inexcusables.

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