La bestia herida agrede a sus antiguos socios (¿qué ha cambiado?)


*Por Francisco Larios

La pandilla de Ortega y Murillo, al proceder contra sus antiguos aliados, no hace justicia, sino que comete aun más crímenes. Lo hace porque sus principales están arrinconados, su temor es intenso, presienten que su reino de horror agoniza. Por eso la bestia lanza su aguijón y su veneno en direcciones que muchos de sus antiguos socios nunca creyeron posible.

En el conflicto actual que se vive en Nicaragua la gran incógnita es siempre lo que ocurre en la cumbre de la pirámide del Estado terrorista, en la mente de dos malévolos rumbo al desquiciamiento, atrapados en el poder, condenados a un mal fin, en la intimidad de un cuarto en una casa robada de El Carmen. Cada vez más, sus actos se parecen a los excesos irracionales de una bestia herida, zarpazos que la bestia da en mortal angustia, descontrolada, desesperada. Zarpazos desde su debilidad estratégica, la cual trata de compensar con ataques diarios, con gotas de terror que pongan algo de líquido en el vaso vacío de la legitimidad.

Pero que no se nos olvide esto, mientras condenamos TODAS las arbitrariedades del régimen, contra grandes o pequeños, pobres o ricos, seres humanos todos, ciudadanos todos: el gran capital está del lado del gran capital. 

Sin embargo, si sufre el chantaje mafioso del orteguismo, o maniobra en contra de este para proteger sus intereses, el pueblo democrático debe aprovechar la fractura en el sistema dictatorial del que ambos son parte, especialmente en estos momentos, en los que la agresiva demencial del régimen vuelve sus fuegos, por primera vez, contra antiguos aliados.  Pero, insisto, advierto: debemos estar claros de que los objetivos del gran capital son los intereses del gran capital, y que, así como en este momento chocan con Ortega, en otro se pueden entender. Ya ha ocurrido antes, y puede volver a ocurrir, dependiendo de la correlación de fuerzas.

Hay que insistir en caminar con los ojos abiertos y la vista rápida, y con la desconfianza de coraza. Las cúpulas tienen gran poder, poco escrúpulo, y mucho que perder si pierden su dominio sobre la “hacienda” que para ellas es Nicaragua. Y los nicaragüenses democráticos no podremos salvar al país, y darles un futuro digno a los nuestros, si permitimos que una vez más las cúpulas se salgan con la suya usando las armas más poderosas que tienen: las del engaño. Lo peor que el pueblo democrático puede hacer es depositar su confianza en quienes ya sabemos responsables, culpables, y hasta traidores.

Es decir que, aunque todo lo actuado por la pareja sanguinaria y sus cómplices sea ilegítimo e ilegal, porque no gobiernan el país bajo una constitución, sino que lo han secuestrado a punta de violencia, no podemos equiparar totalmente– en cuando a responsabilidad por la crisis y el sufrimiento de Nicaragua–a nuestros presos políticos, desde Tamara Dávila hasta el último de los 130 oficialmente reportados, con los rehenes que Ortega ha tomado entre la oligarquía y la clase política que ha sido su cómplice; gente como Chano Aguerri o Luis Rivas, como María Fernanda Flores, o incluso, si se diera el remoto caso, de Baltodano, Pellas Chamorro, Ortiz Mayorga y compañía. Estos últimos merecen ser investigados y sentados en el banquillo de los acusados; deben ser sometidos a la Justicia.  Pero a la justicia, no a la barbarie. Porque las medidas de Ortega-Murillo son todo, menos justicia. 

La pandilla de Ortega y Murillo, al proceder contra sus antiguos aliados, no hace justicia, sino que comete aun más crímenes. Lo hace porque sus principales están arrinconados, su temor es intenso, presienten que su reino de horror agoniza. Por eso la bestia lanza su aguijón y su veneno en direcciones que muchos de sus antiguos socios nunca creyeron posible.  La pareja genocida pareciera ir perdiendo la capacidad de reaccionar calculadamente, y la arremetida contra sus viejos aliados es indicativa de que ha perdido el timón, de que la vorágine de su propia violencia los engulle.

A ciencia cierta, no podemos saber si creen estar “tomando rehenes” para una negociación con los capos del gran capital y con los “procónsules imperiales” a los que tanto han denunciado en público mientras sirven en privado, o si, simplemente (o hasta qué punto) una sed visceral de venganza los ciega a las consecuencias de sus actos, y a los límites de su poder.

De lo que podemos estar seguros, desde un punto de vista objetivo, es que hay agresión de la dictadura contra grupos de la oligarquía que ayudó a edificarla y a convertir el país en un sangriento campo de concentración. También podemos estar seguro de un peligro latente en este conflicto entre cúpulas: Ortega podría ofrecer, «a última hora», excarcelar a los reos, a cambio de que la oposición que favorece elecciones a toda costa llame a «votar masivamente» el 7 de noviembre. Trampa artera, porque todo está preparado para un fraude que solo puede evitarse con la salida de Ortega del poder.

De cualquier manera, este pleito de cúpulas es un elemento muy visible e importante del conflicto por el poder en Nicaragua.  El pueblo democrático debe aprovecharlo al máximo. Que los enemigos del pueblo se hagan daño entre ellos los debilita.  Que coyunturalmente podamos restarle el apoyo oligárquico a la dictadura, neutralizar a los grupos oligárquicos que la han apoyado, o incluso unirlos a la fuerza que lancemos contra la dictadura, contribuye a la causa de la democracia—siempre y cuando no caigamos en la trampa de creer que quienes son culpables y responsables de la tragedia del país son ahora “de los nuestros”; siempre y cuando no caigamos en la trampa de creer en “conversiones”; siempre y cuando no caigamos en la trampa de creer que la fábrica de dictaduras que es el sistema oligárquico puede, como por arte de magia, volverse fábrica de libertad.

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