La cárcel que construyó la dictadura en la mente de los nicaragüenses

Por Pío Martínez

Décadas de prácticas antidemocráticas, de corrupción de la política y de la sociedad entera, de destrucción del accionar político, nos convirtieron en individuos con serias dificultades para organizarnos, para colaborar con nuestros semejantes en torno a un objetivo común.

La insurrección popular, esencialmente pacífica, que empezó en abril del 2018, separó a nuestros políticos en dos bandos. De un lado, junto a la dictadura, quedaron los políticos “formales”, aquellos autorizados por la dictadura a dedicarse a la “política”, esto es, los miembros del partido de gobierno y de los partidos colaboracionistas, esos que tienen personería jurídica y miembros en la Asamblea Nacional y los Concejos (municipales), o aspiran a tenerlos. Del otro lado, se posicionaron miembros de viejas organizaciones y de otras muchas nuevas, formadas al calor de las protestas, e individuos sin aparente afiliación política representándose a sí mismos. Eran viejos y nuevos políticos que decían estar en contra de la dictadura, pero también —y esto es una aberración— había entre ellos miembros de los partidos colaboracionistas.

Déjeme explicárselo, pues esto es difícil de entender: algunos partidos políticos tomaron posición a ambos lados del enfrentamiento entre la dictadura y la ciudadanía. Estaban con la dictadura y continuaron disfrutando de su favor, pero también estaban contra ella, sentados al mismo lado de la mesa de aquellos que la enfrentaban o decían hacerlo. Eso es un contrasentido, pero evidentemente en Nicaragua puede ocurrir, pues ocurrió.

La actuación, desde abril del 2018, de los agentes políticos que decían estar en contra de la dictadura y del lado del pueblo y se erigieron en sus representantes, puede resumirse en tres palabras: una horrible vergüenza.

Platos de baba

Por tres años y medio vimos a nuestros políticos dar palos de ciego, sin saber adónde ir, rebotando una y otra vez en las paredes de sus torpezas. Vimos a políticos viejos y nuevos ir de aquí para allá y de allá para acá, como una gallina a la que han arrancado la cabeza y que lo único que puede hacer es dar saltos espasmódicos. Los vimos faltos de imaginación y de coraje, sin cerebro, sin visión, sin saber qué hacer ante una dictadura que les quedó demasiado grande como enemiga, no porque la dictadura sea inteligente y hábil, pues no lo es, sino porque ellos mismos se comportaron como los payasos de un circo lastimoso.

Se mostraron incapaces de formar un frente común y encauzar las energías de un pueblo decidido a acabar con la dictadura y de la comunidad internacional dispuesta a colaborar en su empeño. Desperdiciaron oportunidad tras oportunidad de hacer avanzar la causa de la ciudadanía y se rindieron ante un enemigo derrotado. Le permitieron escapar del cerco que la ciudadanía le había tendido. ¡Qué pena dieron todos ellos! ¡Qué cuadro más patético presentaron!, no solo frente al pueblo que decían representar, sino también hacia la comunidad internacional. Fueron una burla, un fraude.

Hubo de todo ahí: ineptos, tramposos, corruptos, electoreros en busca de un hueso, saboteadores, traidores y cobardes y por el estilo. Quiero pensar que hubo también algunos impolutos, pero no pudieron imponerse sobre la corrupta amalgama. Nuestros políticos se rindieron antes de dar la batalla y aceptaron la legitimidad de la dictadura y su permanencia, y sordos a las voces de la ciudadanía que clamaba por la salida de la dictadura, aceptaron entrar en un proceso electoral viciado que, en sus cálculos, proporcionaría a algunos de ellos cargos de elección.

Cambiaron por baratijas la lucha y el dolor del pueblo, la sangre de los caídos y las lágrimas de las madres. Al final se quedaron sin nada, varios de ellos rumiando en la cárcel el error de haber alimentado la idea de que podían domar a la bestia, de que podían convivir con ella.

Las líneas de la dominación

Con todo, a manera de defensa de nuestros políticos debo decir que su lastimosa actuación y su fracaso no fueron completamente su culpa. Si nuestros políticos no sirven para nada es porque son el resultado de un proceso de décadas, puesto en marcha desde el estado y dirigido a la destrucción de la democracia, pasando por la destrucción de la capacidad de actuación política de los individuos y la sociedad toda. Nuestros políticos son los restos de ese proceso. Sus cenizas.

La destrucción de los mecanismos de la democracia es una nada más de las varias líneas —el empobrecimiento, la des-educación, la destrucción de la autoestima, la desinformación, para mencionar algunas— seguidas por la dictadura para ejercer la dominación y control de la sociedad nicaragüense y que tienen como fines, entre otros, armar la jaula invisible que encierre a la  sociedad toda, y crear el individuo ideal para ser dominado: uno empobrecido, que se quede quieto, que no se meta en nada, de baja educación, baja autoestima, desprovisto de poder, dócil y, sobre todo, incapaz de organizarse para actuar políticamente. Ni el empobrecimiento, ni la pobre educación, ni la alienación de los individuos, ni la destrucción de la democracia, son en la Nicaragua de hoy resultados casuales de la incapacidad de la dictadura: son el resultado de procesos conscientemente dirigidos a esos fines. 

Antes de proseguir debo hacer una aclaración: hasta ahora he hablado de “partidos políticos”, pero lo hice nada más para evitar enredos y largas explicaciones: en Nicaragua no existen partidos políticos, como lo expondré en las líneas siguientes.

Los partidos políticos desaparecieron y en su lugar quedaron grupos organizados al estilo de las familias mafiosas. El juego político se transformó en negociación entre los jefes de las pandillas repartiéndose un país.

La destrucción del accionar político

Ese proceso destructivo de la democracia, de impedir su progreso, que ya lleva décadas y no empezó con esta dictadura, acabó con los partidos políticos, cooptándolos, dividiéndolos, infiltrándolos para destruirlos desde adentro, negando o quitando la personería jurídica a aquellos que pusieran en peligro su hegemonía. Corrompió y compró a líderes que pudieran hacerle sombra y contra aquellos líderes honestos que no se vendieron, se efectuaron campañas de desprestigio con el fin de silenciarlos, aislarlos y enviarlos al ostracismo. Los partidos políticos desaparecieron y en su lugar quedaron grupos organizados al estilo de las familias mafiosas. El juego político se transformó en negociación entre los jefes de las pandillas repartiéndose un país.

En Nicaragua no hay una competencia de grupos políticos con diferentes perspectivas, diferentes visiones de la vida y de la sociedad, con diferentes proyectos para la sociedad, como ocurre en las democracias. No hay ideologías. Solo hay negociaciones de poder, pues al final la única ambición de los “políticos” nicaragüenses es el poder por el poder, el poder para sí mismos, para hacer negocios, para enriquecerse expoliando los bienes de la nación y a sus habitantes. En la “política formal” ya no hay políticos, solo quedaron traficantes del poder.

Nos engañaron, nos mintieron. “La política es sucia” nos dijeron,  “en todas partes se cuecen habas” repetían, “todos los políticos son corruptos” afirmaban, y nosotros les creímos. En nuestra ignorancia pensábamos que era cierto que todos los políticos en todas partes son por definición corruptos y que la política es siempre corrupta. Pensábamos que en todos los países la política era esa cosa sucia y horrible que veíamos a ellos practicar todos los días. Pero no es cierto. La política no es necesariamente sucia y no es cierto que todos los políticos son corruptos. Mientras más pronto lo entendamos, mejor.

Ellos, los agentes de la dictadura, solo querían desprestigiar lo político,  ellos querían quitarnos de ese modo nuestro poder, querían que no ejerciéramos nuestros derechos, que no fuésemos capaces de exigirlos. Querían que les dejáramos a ellos hacer lo que quisieran, que les dejáramos la política a los políticos, que no nos metiéramos en nada porque a fin de cuentas la política es una cosa muy sucia y es de gente corrupta.

Otro terrible resultado de décadas de dominación y sumisión y es que con frecuencia los nicaragüenses somos como esos perros que jalan trineos en las latitudes polares, que cuando deben arrastrar una carga muy pesada o trabajan en condiciones muy difíciles se pelean entre sí, se atacan los unos a los otros, en lugar de enfrentar al amo malvado que les hace arrastrar pesadas cargas.

Marionetas

La destrucción de la democracia y del actuar político persigue destruir en la gente la idea de que la democracia es la manera de llevar adelante una sociedad, de organizarla y de regirla. Se la quiere convencer de que todos los políticos son corruptos y que la política es sucia y que el único limpio es el comandante, que está más allá de toda esa suciedad, más allá del bien y del mal, que es él quien puede poner orden en el caos. Es él y no el juego político de la democracia, la competencia de las ideas o los acuerdos construídos a través del voto, quien mueve el país.

La dictadura desempodera a los individuos, les arrebata su ciudadanía y pretende convertir a todos en marionetas que se mueven según los designios que vienen “de arriba”, de allá donde habita el comandante. Desaparecen los mecanismos según los cuales en las democracias los individuos organizados pueden ejercer su poder. Despojados de su ciudadanía, los individuos quedan frente al apabullante poder de la dictadura desnudos y desarmados. Perdidos en su individualidad, solos, aislados, atomizados, son presas fáciles del poder.

Décadas de prácticas antidemocráticas, de corrupción de la política y de la sociedad entera, de destrucción del accionar político, nos convirtieron en individuos con serias dificultades para organizarnos, para colaborar con nuestros semejantes en torno a un objetivo común. Desconfiamos, —y muchas veces con razón—, de los otros, desconfiamos de sus intenciones. Intuimos que, en cualquier momento, ese que ahora está de nuestro lado, que forma parte de nuestro grupo y dice compartir nuestras ideas, nos asestará una puñalada trapera. La pertenencia a un grupo, la adhesión a los principios del grupo, a sus metas y a sus métodos, no nos la tomamos demasiado seriamente.

Hay otro, terrible resultado de décadas de dominación y sumisión y es que con frecuencia los nicaragüenses somos como esos perros que jalan trineos en las latitudes polares, que cuando deben arrastrar una carga muy pesada o trabajan en condiciones muy difíciles se pelean entre sí, se atacan los unos a los otros, en lugar de enfrentar al amo malvado que les hace arrastrar pesadas cargas.

Con todo lo que he escrito hasta aquí, pensará usted probablemente que ahora diré que no tenemos remedio, que es hora de abandonar la lucha contra la dictadura y que el último en salir apague la luz. Se equivoca. Nada más lejos de mi pensamiento.

No todo está perdido y esto apenas empieza

“Estos son los bueyes que tenemos y con estos bueyes vamos a arar la tierra” solía decirme mi padre, allá en mi adolescencia, cuando a veces me quejaba de las circunstancias, y lo digo yo ahora. Vamos a trabajar con lo que tenemos y en el proceso iremos aprendiendo, iremos creciendo. Es titánica la tarea de reconstruir nuestra sociedad una vez que hayamos echado abajo a la dictadura. Son muchísimos los aspectos en los que tenemos que trabajar, y en la construcción de nuestra democracia debemos estar claros de que para nuestra sociedad es vital la existencia de partidos políticos de verdad, y de políticos de verdad y no hampones como los que ahora tenemos en la política formal. Debemos entender que la política es el medio, el campo, donde tendremos que entendernos los nicaragüenses, donde tendrán que debatir nuestros representantes nuestras ideas para ponerse de acuerdo entre ellos y con nosotros, sobre la conducción de nuestra sociedad. Es necesario que existan diferentes partidos políticos, con diferentes visiones e ideas, partidos que se rijan por principios democráticos. La discusión de las ideas, de propuestas, es parte esencial de la democracia y de la diversidad de las ideas nacen las mejores acciones, los mejores planes.

Si hasta ahora le dí la impresión de que pienso que no hay gente honrada entre los políticos nicas, le aseguro que no es así. Yo sé que no todos los políticos nicaragüenses son personas corruptas que se mueven nada más que su propio interés. Al principio les hablaba de cómo la dictadura había destruido partidos que no estaban de acuerdo con ella y había desacreditado a líderes incorruptibles. La lucha por derrocar a la dictadura y empezar a construir al fin la democracia en nuestra sociedad, requiere de incorporar a esos grupos que antes fueron partidos y a esas personalidades, y poner a buen uso su experiencia. Pero no solo ellos, también usted y yo, que no somos políticos, debemos incorporarnos a la lucha por derrocar a la dictadura porque, si de algo nos hemos dado cuenta los nicas en los años recientes, es que no podemos dejarle la política a los políticos nada más, pues si los dejamos solos se van por caminos que no queremos seguir. 

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