La división y la unidad del FSLN en los años 70

Entrevista a Jaime Wheelock Román,

Comandante de la Revolución Popular Sandinista

Mónica Baltodano.

Introducción

Esta entrevista a fondo fue realizada en varias sesiones, entre el 21 de marzo y el 12 de julio del año 2016. Originalmente formaba parte de un proceso de análisis colectivo sobre los factores que provocaron la división del FSLN en 1976, y que concluiría con un encuentro al que fueron invitados Jaime Wheelock, Luis Carrión, Humberto Ortega y Bayardo Arce. Jaime Wheelock estuvo de acuerdo y nos concedió esta entrevista. Luis Carrión y Bayardo Arce ya habían sido entrevistados para Memorias de la Lucha Sandinista, y de alguna manera habían abordado el tema, pero estaban dispuestos a concurrir al encuentro, pero el segundo condicionó su participación a la presencia de Humberto Ortega. Este -por su parte-declinó la invitación argumentando que sus criterios ya estaban expuestos en su obra La Epopeya de la Insurrección. Así, la reunión no pudo realizarse.

El tiempo ha transcurrido y consideramos que la entrevista a Jaime Wheelock es un valioso material de carácter histórico, que nos brinda información y valoraciones inéditas, y que sin duda formará parte del acervo de la memoria histórica sobre esta etapa. A ella podrán acceder los investigadores, estudiosos del tema o lectores de distintas generaciones, por lo que decidimos publicarla seguros de que brinda elementos para comprender a profundidad el proceso de división del FSLN y cómo se logró la unidad que hizo posible derrotar a la dictadura de entonces, la dictadura somocista.

 Jaime Wheelock Román fue uno de los nueve dirigentes del FSLN que conformaron la Dirección Nacional Conjunta con la decisión del Acuerdo de Unidad firmado oficialmente el 8 de marzo de 1979 entre las tres tendencias en que hasta entonces se encontraba dividida la organización guerrillera. Tres hombres por cada tendencia fueron acreditados: Henry Ruiz, Tomás Borge y Bayardo Arce por la Tendencia Guerra Popular Prolongada (GPP); Humberto Ortega, Víctor Tirado López y Daniel Ortega por la tendencia Insurreccional (TI); Jaime Wheelock, Luis Carrión y Carlos Núñez por la tendencia Proletaria (TP).

Wheelock, académico, abogado y sociólogo por la Universidad de Chile y FLACSO, investigador y autor de varios libros, fue uno de los más estudiosos y lúcidos miembros de la Dirección de la Revolución Popular Sandinista (1979-1990) y en esos años estuvo a cargo del Ministerio de Desarrollo Agropecuario y del Instituto de Reforma Agraria (MIDA-INRA). Después de la derrota electoral del FSLN en 1990 estudió una maestría en Harvard y no se postuló como miembro de la Dirección del FSLN en el Congreso de 1994. Es presidente del Instituto para el Desarrollo y la Democracia (IPADE) organización sin fines de lucro que trabaja desde 1990, promoviendo el desarrollo sostenible y la democracia en Nicaragua.

Después de la sublevación popular que inició en abril del 2018, Wheelock expresó su solidaridad con la población que se manifestó de forma indignada frente a los asesinatos de jóvenes y estudiantes por las balas de la policía y paramilitares, rechazando la narrativa del régimen orteguista de que sus fuerzas represivas se habían enfrentado a un intento de golpe de estado. Igualmente llamó a Ortega a desarmar a los grupos paramilitares, parar la represión, liberar a los numerosos presos políticos y a escoger el camino del diálogo. Afirmó también que muchos sandinistas se habían distanciado del gobierno por estas atrocidades incluyéndose entre tales. 1

En diciembre de 2018 al IPADE, sin mediar proceso judicial alguno, le fue cancelada su personería jurídica, y sus bienes y edificios fueron intervenido por la Policía, bajo orientaciones del presidente Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. Todo ello como parte de la ofensiva del régimen contra 9 organizaciones independientes, también intervenidas ilegal y arbitrariamente hasta la fecha. La posición de Jaime Wheelock sobre estos episodios fue la siguiente:

“Tras estos ataques subyace la pretensión de fabricar información para apoyar la tesis oficial del golpe de Estado, así como el involucramiento de ONGes en el mismo. La opinión pública nacional e internacional, ONU, OEA, Amnistía Internacional, CIDH, GIEI, etc., han determinado que no hubo tal golpe de Estado. El origen de la indignación popular y de la crisis, fue el descomunal error del gobierno de ordenar a la policía y a paramilitares disparar contra los estudiantes y pobladores en abril de 2018.  Y luego, contrario a buscar una salida apegada a principios revolucionarios y patrióticos, proseguir con ceguera el camino de resolver esta crisis por la vía de las armas.

Reafirmo que IPADE, a lo largo de 29 años de labor, no se ha involucrado como ONG en actividades partidistas ni ha promovido, financiado o participado en golpes o conspiraciones de ninguna categoría (Confidencial, 26 de febrero 2019).

Para comenzar, háblenos un poco de sus orígenes.

Nací en Jinotepe, Carazo, en 1946. Mi padre Ricardo Wheelock se dedicaba al comercio y era hijo de inmigrantes ingleses que llegaron a Nicaragua con el objeto de procurar la fundación y operación de un banco, en 1887; luego se dedicaron al cultivo del café, bienes raíces y comercio. Mi padre murió tempranamente, siendo yo muy niño. Mi madre, Ana Esperanza Román, provenía de una familia de agricultores originarios de Jinotepe donde cultivaban café, si bien no pocos de sus miembros ocuparon cargos públicos. Allí viví hasta los cinco años. A la muerte de mis abuelos maternos, nos trasladamos y establecimos en Managua. Mi madre, aún en el medio provinciano en el que creció, era una persona que había logrado cultivarse y no tardó en encontrar oportunidades de trabajo, tanto en el Ministerio de Economía, como en actividades artísticas en la radiodifusión. Por la muerte de mi padre, a ella le correspondió sostenernos y educarnos por si sola.

Estudié la primaria y la secundaria en el Instituto Pedagógico La Salle de Managua en dónde me bachilleré en 1965. Luego me trasladé a la ciudad de León con el propósito de estudiar la carrera de medicina en la Universidad Nacional. Allí inicié los estudios generales. Al año siguiente decidí cambiarme a la carrera de leyes y logré cursar los cinco primeros años. Luego salí al exilio a Chile en abril de 1970 y logré concluir mis estudios de leyes en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, en febrero de 1971. En esa misma escuela obtuve por oposición una cátedra en Sociología del Derecho, la cual desempeñé entre 1971 y 1972. Siempre en Chile, obtuve una beca para estudios de posgrado en Sociología en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), que había sido fundada para estudiantes de las américas por Felipe Herrera, entonces presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Desde el punto de vista académico, luego de la derrota electoral del FSLN en 1990, obtuve una maestría en Administración Pública en la Universidad de Harvard, en 1994.

Por vocación de investigador, pero también por interés político, he escrito varios libros. El primero, denominado Raíces indígenas de la lucha anticolonialista en Nicaragua, fue publicado por la editorial Siglo XXI de México, en 1973. Posteriormente publiqué Imperialismo y Dictadura también por Siglo XXI, en 1974; Diciembre Victorioso que alcanzó varias ediciones en diferentes países; El desarrollo económico de NicaraguaEntre la crisis y la agresiónEl gran desafíoEl papel de la vanguardia; La reforma agraria sandinista, entre otros. Después de la derrota electoral publiqué una investigación bastante prolija para dar respuesta probatoria a las acusaciones sobre “la Piñata” que se publicó bajo el título de La verdad sobre la Piñata. Más tarde, a raíz del huracán Mitch y por la falta de respuesta del gobierno de entonces, publiqué en calidad de coautor y editor junto con distinguidos científicos de la materia, el libro Los desastres naturales en Nicaragua. También soy autor de una investigación histórica y antropológica sobre la formación del régimen alimenticio del pueblo de Nicaragua que titulé La comida nicaragüense. Luego he publicado algunas investigaciones y ensayos, pero menos de lo que hubiese querido o podido dedicar a la labor investigativa e intelectual. La verdad es que desde 1990 me vi obligado a atender con prioridad el sostenimiento de mi familia y la educación de mis cuatro hijos.

Desde 1995 hasta la fecha he funcionado como presidente de la junta directiva del Instituto para el Desarrollo y la Democracia (IPADE)2. Este organismo no gubernamental lo formamos varios miembros salientes del gobierno revolucionario y del FSLN. El propósito fue establecer una plataforma independiente que nos permitiese continuar apoyando el progreso económico de familias pobres urbanas y rurales, e incidir también en temas de promoción de la democracia, tal como lo hemos hecho hasta hoy. Me considero por derecho propio militante de la causa sandinista y del FSLN, aunque por ahora un militante no activo, igual a otros muchos que habiendo cumplido su misión se dedican ahora como ciudadanos a trabajar en sus especialidades y profesiones.3

¿Qué lo llevó a involucrarse en el FSLN?

Pertenezco a una generación históricamente privilegiada. Desde muy joven fui creciendo en el escenario de las luchas que se emprendieron contra el régimen de la familia Somoza, a partir de finales de los años cincuenta. Me refiero por un lado al movimiento armado que reinició en 1957-58 el veterano general sandinista Ramón Raudales, al que siguieron decenas de movimientos rebeldes, entre alzamientos y conspiraciones de militares de la Guardia Nacional (GN), sucesivas insurgencias guerrilleras por el norte y por el sur, como las lideradas por Julio Alonso, la conspiración de Lepaguare, El Chaparral en 1959, la incursión del Frente Revolucionario Sandino que combatió en Las Trojes, la incursión de Olama y Mollejones, etc. 

A finales de los años cincuenta hay un auge de la lucha política y sobre todo una gran efervescencia del movimiento juvenil y popular, sucediéndose intensas, masivas y beligerantes protestas de estudiantes y jóvenes en general, que luego se condensaron en Juventud Patriótica Nicaragüense, y que entre otros hechos llevaron a la dictadura a ordenar la masacre contra los estudiantes universitarios de León, el 23 de julio de 1959. De hecho, en mis aulas de clase había compañeros cuyos padres habían sido asesinados por la Guardia, como es el caso del Capitán José María Tercero y de Adolfo Báez Bone. Como estudiante de secundaria en este período convulso participé junto con mis compañeros en las jornadas de masivas protestas que se llevaban a cabo alrededor de la Iglesia de San Antonio y el Hospital General de Managua, generalmente reprimidas por la guardia somocista con bombas lacrimógenas y culatazos.

En el plano regional, como generación, fuimos sacudidos por la lucha y el triunfo de los rebeldes cubanos liderados por Fidel Castro que dieron paso a la revolución cubana. La generación de los cincuenta y sesenta fue marcada también por acontecimientos contemporáneos de gran influencia política, como las luchas anticolonialistas que se levantaron en África, Asia y Oriente Medio. Esa generación a la que pertenezco fue testigo y estaba familiarizada con las protestas mundiales contra la guerra de Vietnam, las luchas contra la discriminación racial lideradas por el Dr. King o Ángela Davis y los Black Panters en Estados Unidos. Por ese tiempo rebeliones estudiantiles masivas sacudieron por meses varios continentes, desde Francia y Alemania en Europa, hasta el México de Tlatelolco en 1968. Por otro lado, pude acceder en el seno familiar a lecturas que tempranamente me orientaron a repeler el gobierno dinástico de los Somoza. Entre estos libros recuerdo Estirpe sangrienta: los Somoza de Pedro Joaquín Chamorro, y El pequeño ejército loco de Gregorio Selser.

A su vez, hay que recordar que eran los años de proliferación de movimientos armados contra las dictaduras en América; los años de la guerrilla del Che en Bolivia, de los Tupamaros en Uruguay, así como de las guerrillas en Venezuela, Colombia, México y Guatemala. En mis primeros años en la universidad me puse en contacto con la literatura de formación política que se leía en ciertos círculos universitarios, como eran los Principios de Filosofía de George Politzer, obras de Roger Garaudy, Louis Althusser, Adolfo Sánchez Vásquez, Marx y Engels, George Thomson y obras de la lucha anticolonialista de Franz Fanon, Eric Williams y otros.

Por otra parte, a mi llegada a León se encontraban, ya sea estudiando o como profesores o funcionarios, muchos miembros de la generación del 23 de julio y otros que venían desde los tiempos del rector Fiallos asumiendo posiciones políticas e intelectuales claramente de izquierda. Fue con ellos con quienes desde muy temprano me relacioné estrechamente. Me refiero a profesores como Joaquín Solís Piura y Óscar Aragón Valdez, a quienes se sumaban académicos que regresaron del exilio como Virgilio Godoy o José Reyes Monterrey. Igualmente, desde temprano trabajé en la administración universitaria con autoridades que tenían un perfil intelectual de izquierda, entre ellos Alejandro Serrano Caldera y Octavio Martínez. Con algunos inicié en círculos de estudios, lecturas y análisis de textos de teoría revolucionaria. En el ámbito estudiantil y de amistad fui desde el inicio bastante cercano a dirigentes estudiantiles de izquierda como Sócrates Flores Vivas, Oscar Danilo Rosales Argüello y Sergio Martínez Ordóñez. Esa era la izquierda activa alrededor de la universidad. Fue a través de ellos que iniciamos también acercamientos con personalidades políticas nacionales, algunas ligadas al Partido Socialista y otros más bien independientes. Recuerdo entre quienes llegaban a estos círculos de León a Onofre Guevara, a lo doctores Mario Flores Ortiz, Álvaro Ramírez y Manuel Pérez Estrada por el Partido Socialista, y Constantino Pereira, me parece, por el PLI.  En la universidad me fui ubicando políticamente en la izquierda revolucionaria.

Ud. ocupaba funciones académicas en León, fue director de la revista cultural Taller, y representante del Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) ante la Junta Universitaria de la UNAN. ¿Nos cuenta un poco de estas tareas?

A las pocas semanas de ingresar en la universidad, en 1965, gané un concurso por oposición para llenar un cargo administrativo de medio tiempo en las oficinas de la rectoría, lo que me permitió trabajar con los funcionarios del mayor nivel de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN): los doctores Carlos Tünnerman, Alejandro Serrano, Octavio Martínez y Miguel Ernesto Vijil. Este trabajo en la administración central me permitió conocer por dentro la universidad y participar en varios programas culturales y de extensión que llevaba las aulas universitarias hacia pobladores de varias ciudades del interior. También participaba impartiendo cursos universitarios de verano para obreros, fungiendo como profesor de geografía económica, lo que igual me permitía viajar por varios municipios y ponerme en contacto con mucha gente.

Más tarde fui nombrado profesor asistente de la cátedra de Historia de la Cultura y del seminario de Historia del Derecho, cuyo titular era el decano Dr. Edgardo Buitrago. Después dirigí la revista Taller. Para entonces, la UNAN ya tenía una revista oficial fundada por el rector Mariano Fiallos, Cuadernos Universitarios. El rector Tünnerman aceptó la idea de crear una revista de los estudiantes y con apoyo de la misma editorial universitaria empecé a publicar -me parece que por 1968- la revista que contó con la colaboración de reconocidos intelectuales jóvenes como Michel Najlis, Beltrán Morales, Leonel Rugama, Ciro Molina, Félix Navarrete, Jorge Eduardo Arellano, Napoleón Fuentes, David McField y otros. En Taller también dábamos a conocer ilustraciones de los pintores Leoncio Sáenz, Roger Pérez de la Rocha, Bayardo Gámez, Donaldo Altamirano, entre los que recuerdo. En esta revista se publicaron los primeros y más conocidos poemas de Leonel Rugama, uno de los cuales le dio la vuelta al mundo: La Tierra es un satélite de la luna. La revista pronto se convirtió en un referente de la izquierda intelectual. En el número 4, tras la muerte en combate de Leonel Rugama, publicamos un número monográfico con las poesías que desde la clandestinidad él había seleccionado para formar su primer libro.

Creo que a inicios de 1969 me retiré de la administración universitaria. A esas alturas se me había comisionado ser el enlace del FSLN con el Frente Estudiantil Revolucionario (FER). Ese año el FER ganó las elecciones a la presidencia del CUUN, después de largos años llevando como candidato a Edgard Munguía. Después de la elección tocaba designar al representante estudiantil ante la Junta Universitaria. Se barajaron varias opciones para llenar este cargo, pero al ser necesario el requisito de tener cierto promedio acumulado de rendimiento académico, los candidatos se redujeron y finalmente se decidió que yo ocupara este puesto al cumplir por fortuna el promedio de notas requerido.

¿Cuándo se involucró en la lucha sandinista y qué tareas realizaba cuando se incorporó a la misma?

Inicié mis contactos con el FSLN primero de un modo esporádico, a través de algunos de mis profesores, colectando colaboraciones económicas y en ocasiones llevando documentación y correos de militantes clandestinos. Mi involucramiento debió ser entre 1967 y 1968. En ciertas ocasiones llevé cartas de Carlos Fonseca dirigidas a algunos políticos o profesionales de izquierda, entre los que recuerdo al Dr. Mario Flores Ortiz y Adolfo Gabuardi.

Más tarde, en un escalón mayor, colaboré adquiriendo productos químicos, medicamentos, ropa y alimentos que probablemente estaban destinados para el movimiento guerrillero de Pancasán. A raíz de la caída de Julio Buitrago y la represión que la Guardia desató, algunos clandestinos buscaron trasladarse a otros departamentos. Leonel Rugama, que entonces estaba estudiando en León y que era ya militante en calidad legal del FSLN, me planteó la urgencia de buscar refugio para varios clandestinos que se encontraban en peligro. Recuerdo que dos de esos refugios eran las casas curales de párrocos bastante conocidos y que respondieron positivamente a brindarlas como refugio clandestino con gran aplomo y comprensión.Otros refugios eran residencias estudiantiles. También alquilé una quintita en el balneario de Poneloya. Fue así que, tras el traslado a León de varios clandestinos, entre quienes recuerdo a Efraín Sánchez Sancho, mis actividades se multiplicaron. De hecho, León se convirtió en el centro operativo de la resistencia urbana del FSLN.  No fui propiamente reclutado en el sentido clásico, simplemente acepté el encargo y con la celeridad que pude logré encontrar varias casas de refugio. Esa fue mi vinculación más consistente al FSLN. Como se ve, fue una vinculación bastante práctica; desde entonces hasta hoy no tengo ningún carné.

En un plano de más largo plazo, Efraín Sánchez me comisionó en primer lugar la tarea de montar y luego ampliar una red clandestina de casas de seguridad y de correos, además de conseguir medios de transporte, todo lo cual fui haciendo en el curso de varias semanas. Luego me encargó del reclutamiento de colaboradores económicos y del suministro de materiales logísticos. Más tarde tuve la tarea de redactar, imprimir y distribuir entre León y Managua el periódico del FSLN, Trinchera. Ya para esas alturas habíamos formado todo un equipo de trabajo clandestino pero realizado por activistas legales, entre quienes estaban Manuel Morales Fonseca, José Vijil, Rogelio Ramírez y, en ocasiones, Sócrates Flores, Jorge Jenkins y María Esperanza Valle. Este equipo funcionaba en la práctica como un comité regional del FSLN que también se encargaba de ciertas tareas nacionales que luego voy a detallar.

Ya en otro nivel de involucramiento, Efraín Sánchez me encargó participar en ciertas acciones armadas, la primera de las cuales fue de apoyo en un operativo de recuperación económica que se realizó en el Banco Nicaragüense de León. En este operativo se me dio el rol de trazar la ruta previa de evacuación del dinero recuperado y la recepción del dinero mismo, hasta su depósito final. Recuerdo que fui a enseñar la ruta al penúltimo conductor encargado de transportar y entregarme las bolsas de dinero; resultó ser Pedro Arauz Palacios, Federico, entonces estudiante de ingeniería.

Más tarde se me encomendó la tarea de levantar la situación operativa del avión de LANICA, luego capturado y desviado a Cuba por un comando del FSLN6. En esta operación participó nuevamente Pedro Arauz Palacios. Lo cierto es que me vi haciendo demasiadas cosas sin tener mayor entrenamiento en lucha clandestina y armada.

En un momento determinado, tanto los principales miembros de la resistencia interna del FSLN, como de la jefatura de la montaña, se encontraban alojados en la red de León. Entre ellos recuerdo además de Sánchez, a José Benito Escobar, responsable de la montaña, Enrique Lorente Ruiz, Luisa Amanda Espinoza, Gloria Campos, Roger Núñez y Leonel Rugama, actuando ya como clandestino. Esto nos exigía al equipo de León ampliar nuestros movimientos hacia Managua transportando vituallas, propaganda y personal clandestino, principalmente a Efraín Sánchez, José Benito Escobar y Enrique Lorente, a quienes conducíamos hasta las casas de seguridad que se había logrado conservar y que desde luego eran conocidas por mí. 

Recordando todo aquello ahora, creo que el FSLN de entonces era una organización muy débil y a la gente como yo les tocó desempeñar tareas y funciones más allá de sus posibilidades, sin tener formalmente un estatus orgánico definido, y mucho menos el entrenamiento para la lucha clandestina. Recuerdo, por ejemplo, la ocasión en la que Efraín Sánchez me planteó que tratara de volar un puente entre León y Estelí para obstaculizar el movimiento de tropas de la guardia somocista, en curso de reprimir la guerrilla de Zinica. En ese intento me trasladé con Manuel Morales a la mina El Limón a tratar de adquirir explosivos, tal como si fueran caramelos. Por supuesto que esto no fue posible.

¿Por qué se le involucra en la muerte en 1970 del teniente Abaunza, de la Guardia Nacional?, ¿Cuáles fueron las condiciones que le obligan a asilarse?7

Yo era el propietario legal del vehículo del que salieron los disparos que hirieron mortalmente al Teniente Abaunza, pero yo no iba en el vehículo ni sabía que Efraín Sánchez lo había sacado de donde lo teníamos guardado. 

Con anterioridad, la seguridad somocista había empezado a vigilar mi casa y a rastrear los movimientos del carro que usábamos de una manera bastante indiscriminada. Por diferentes motivos, yo estaba dando señales de mi actividad con el FSLN, y no era para menos por tantas cosas que hacía y, sobre todo, cómo las hacía.

Hay un antecedente que me parece conectado de alguna manera a esos acontecimientos. Un par de meses antes Óscar Turcios, miembro de la Dirección Nacional, había arribado clandestino al país. Efraín, anticipándose a los efectos políticos que para su autoridad interna podía representar la llegada de Óscar, convocó a una reunión en una finquita cerca de Diriamba en la que estuvimos presentes ellos dos, Leopoldo Rivas y yo, además de otra persona que pudo haber sido Óscar Benavides. En esa reunión Efraín me presentó como miembro de la Resistencia Interna, encargado del “movimiento legal” –responsabilidad que hasta entonces ignoraba tener. Óscar Turcios fue recibido en esa reunión con una andanada de acusaciones dirigidas a democionarlo de entrada. Óscar trató de defenderse y, quizás entendiendo hábilmente el tono y móvil de aquella reunión, dijo que entraba al país a la base y que cualquier responsabilidad la iba a ganar, si era posible, con el cumplimiento de sus deberes revolucionarios. Esa actitud contentó a Efraín que vio su cargo de jefe de la Resistencia a salvo –al menos por el momento. 

Por otro lado, un poco antes de la muerte del teniente Abaunza, fue detectada la casa de seguridad en León donde teníamos protegidos a Luisa Amanda Espinoza, Enrique Lorente y Gloria Campos, lo que culminó con el asesinato de los dos primeros.Con ello la situación de seguridad se había descompuesto en aquella ciudad y en particular a mi alrededor. Algunas personas regaron el rumor de que entre los muertos estábamos José Vigil, si no recuerdo mal, y yo. Sentía que el cerco se me iba estrechando. Yo mismo había alertado a Efraín Sánchez sobre la necesidad de tomar distancia de León, de evitar el uso de ese vehículo o de visitar mi casa como solía hacer. Pero él desestimaba las medidas de seguridad desde algún tiempo atrás y caía en mi casa sin previo aviso, incluso en pleno día. Creo que, a raíz del arribo de Óscar Turcios, Sánchez, como un efecto demostrativo de su eficacia, se sintió obligado a redoblar los operativos y la actividad conspirativa tensionando las estructuras clandestinas, con subestimación de las medidas de seguridad. Sé que Óscar había empezado a acumular información contra Sánchez sobre ciertos rasgos liberales de su proceder y sobre su tendencia a exagerar los alcances de su trabajo. El ambiente externo e interno estaba entonces complicado.

El día de los acontecimientos, Efraín llegó a León -no sé para qué-, y nada menos que en el carro marca Mazda que estaba a mi nombre. Iba acompañado de Emmett Lang y de María Esperanza Valle. Al parecer, en algún momento el teniente les dio el alto y hubo un inmediato intercambio de disparos que resultó en la muerte del teniente Abaunza. Obviamente, al verificar el carro involucrado, la Guardia Nacional empezó a buscarme. Estando en Managua me enteré de la gravedad de los hechos. De inmediato decidí eludir la persecución, con apoyo de un familiar, refugiándome en una finca entre Managua y León. Allí pasé varios días hasta que llegaron miembros de mi familia bastante alarmados. Un hermano de mi padre, el Coronel Franklin Wheelock, por entonces alto jefe de la Seguridad del Estado, los había citado discretamente en un parque de Managua para comunicarles que la Guardia, indignada por el asesinato de uno de sus oficiales, tenía la orden de matarme. Mi tío recomendaba que me entregara a través de él para de este modo garantizar mi integridad personal. Mis familiares se fueron directamente del punto de la reunión con el Coronel Wheelock hasta la finca donde yo me encontraba. Sospechando que la Seguridad del Estado podía haberlos seguido, y sin tener otra opción emergente, decidí que me trasladaran directamente a la embajada de Chile, donde solicité asilo político. Con esa decisión pensé que eludía el peligro inminente en que me encontraba, ponía a buen recaudo la información sensible que poseía y bajaba la presión de la Seguridad sobre las estructuras clandestinas en su esfuerzo por dar con mi paradero. En todo caso me quedaba la satisfacción de haber contribuido en algo al restablecimiento de una parte importante de las estructuras de la lucha armada contra la dictadura, en un momento crítico para el FSLN.

Supe más tarde que Óscar levantó fuertes acusaciones contra Efraín Sánchez y que éste se vio obligado a dejar el país y refugiarse en Honduras, hasta 1979. Aquellos eran tiempos difíciles y aún con tantas adversidades, pienso que dadas las circunstancias hay un balance positivo en el papel de sostener la lucha clandestina del FSLN en momentos de reflujo, por parte de dirigentes que cargaban debilidades y errores, como las mostrada por Efraín Sánchez durante su corto desempeño.

Se ha dicho que estando en Chile se organizó una célula sandinista, “Los chilenos”, entre los cuales estaban Carlos Manuel Morales, Roberto Calderón, Mauricio Duarte.

No se trataba de ninguna célula. Cuando en Chile triunfa Unidad Popular y Salvador Allende gana la presidencia, comenzaron a llegar al país políticos, intelectuales y guerrilleros perseguidos por las dictaduras militares que se habían entronado en Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay, así como en Centroamérica. El mismo triunfo de Allende fue un acicate para el pensamiento y la acción de la izquierda revolucionaria en la búsqueda de nuevos caminos para el socialismo. Los nicaragüenses allá, junto a viejos luchadores que empezaron a llegar a Santiago desde Cuba, organizamos círculos abiertos de estudios sobre teoría revolucionaria y la realidad nicaragüense. También asistíamos a conferencias que dictaban políticos y académicos como Marta Harnecker, Theotonio dos Santos, Fernando Henrique Cardozo, Marco Aurelio García, Vania Bambirra y otros. Estando en Chile, después de varios intentos de comunicarme con alguna estructura del exterior del FSLN, recibí una comunicación en la que se me informaba que por decisión de Carlos Fonseca se me comisionaba para representar al FSLN en ese país, y que mis credenciales las recibiría del veterano sandinista peruano Esteban Pavletich, representante del FSLN para América del Sur. Por entonces habían llegado a Chile, alentados por nosotros o espontáneamente, integrantes de mi grupo de trabajo clandestino en Nicaragua: Carlos Manuel Morales y Rogelio Ramírez, y otros compañeros que se fueron sumando al grupo, como Mauricio Duarte, hermano del héroe sandinista Modesto Duarte y Roberto Calderón. Más tarde se incorporarían Alfonso García, expresidente del centro de estudiantes de la UCA, Rosalina Estrada, José León Talavera y varios más.

Por iniciativa propia comencé a explorar la posibilidad de conseguir entrenamiento militar con partidos de la izquierda de Chile. Yo conocía que grupos de izquierda latinoamericana estaban realizando entrenamientos militares en provincias del interior, apoyados por ciertos partidos de orientación revolucionaria. Nosotros no teníamos vinculaciones con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) o con el Partido Comunista (PC). Fue el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), a través de uno de sus líderes Enrique Correa, por entonces vicecanciller del gobierno de Allende, quien nos dio respuesta positiva y ayudó a ponernos en contacto con la embajada de Cuba.

Humberto Ortega ha afirmado que cuando usted llegó a Cuba con “los chilenos” intentaron que el gobierno cubano los reconociera como una organización independiente. ¿Eso fue realmente así?9

No ocurrió así en la realidad. En mi entrevista con los funcionarios de la embajada de Cuba en Chile solicité la oportunidad de entrenamiento para el grupo formado en Santiago, mencionando mi carácter de representante del FSLN en el país. Se me explicó que el FSLN tenía una representación en La Habana y que era necesario seguir ese conducto. En mis adentros me dije que de este modo el entrenamiento quedaría para el año del humo. Yo no tenía ninguna comunicación con el FSLN en La Habana. Es más, un poco antes había recibido una carta de un representante del FSLN en Europa informándome que por instrucciones de la Dirección Nacional debía prepararme para viajar a Suiza para aprovechar opciones de entrenamiento que ellos habían conseguido, al parecer con una organización de Palestina. Esta nota la reporté a mi contacto en Costa Rica y la repuesta que recibí fue que las personas que habían enviado esta carta estaban desautorizadas y que ya no formaban parte del FSLN. Esta respuesta me dio pistas, o al menos la impresión, de que los problemas internos continuaban en el seno de la organización. Se me ocurrió entonces plantearles a los cubanos que, si no había respuesta del canal conocido, la solicitud de entrenamiento la hacía en todo caso en mi carácter de revolucionario nicaragüense y que esperaba una respuesta de su parte. A los pocos días recibí un mensaje positivo del propio Carlos Fonseca, pidiéndome que viajara a La Habana.

Aproximadamente en febrero de 1972 viajé a Cuba. Allí me recibieron Carlos Fonseca y Carlos Agüero, y creo que también Humberto Ortega, si bien con quien hablé principalmente fue con Carlos Fonseca. A él le aclaré mi posición, las tareas que estaba desempeñando en Chile, lo mismo que mi disposición a reincorporarme a la lucha en Nicaragua. En esa breve visita a La Habana supe de propia voz de Carlos el interés de resumir la experiencia del FSLN y de buscar nuevos derroteros en la lucha contra la dictadura. Me alentó que Carlos estuviese a favor de incorporar diferentes modalidades de lucha para una nueva etapa, superando el esquema de foco guerrillero en la montaña. “Se trata de una guerra de todo el pueblo, más parecida a la de Vietnam”, recuerdo que mencionó Carlos.

Como resultado de ese encuentro fijamos para el mes de junio de 1972 tendría que haber reingresado a Cuba para iniciar los entrenamientos, junto con los seleccionados que llegarían de Chile para sumarse a un grupo de compañeros que vendrían de Nicaragua. Quedé de recoger libros y documentos sobre la insurrección. Uno de ellos era La insurrección armada de A. Neuberg, un texto que estaba circulando bastante entre la izquierda latinoamericana en Chile y que era una suerte de manual escrito colectivamente por varios autores, alrededor de 1928. Otro texto que llevé fue la Revolución vietnamita de Le Duan. Regresé a Chile y luego de los preparativos necesarios, el grupo seleccionado partió a La Habana en la fecha fijada. Éramos cuatro compañeros: Carlos Manuel Morales, Mauricio Duarte, Roberto Calderón y yo. Al arribar a La Habana por segunda vez recuerdo que Carlos estaba muy entusiasmado y me dijo aparte, “…esta es una incorporación histórica y ustedes tienen que estar a la altura”.

¿Recibió algún entrenamiento militar como guerrillero?

Recibimos un entrenamiento militar intenso y prolongado, pero también preparación organizativa y política.

A partir de julio de 1972, y por cerca de un año, estuve junto con otros diecisiete compañeros en dos bases militares. En la primera recibimos preparación desde nivel de soldado individual hasta jefe de frente en un programa concebido para lucha irregular y regular, con escenarios de combate de ciudades y de montaña. Fue una preparación con mucha exigencia, una suerte de internado continuo del que no salimos hasta el día de la graduación. El día se iniciaba a las 5:00 am con ejercicios de campo traviesa y de resistencia; a partir de las 7:30 am recibíamos una tras otra las diferentes materias del curso y concluíamos con sesiones de estudio y repaso, o bien ejercicios de tiro y táctica nocturnos que solían extenderse hasta las 9 de la noche. Entre las materias que recibimos estaban táctica militar, preparación de tiro e infantería, ingeniería militar, topografía, conducción militar, comunicaciones, medicina militar, preparación física y preparación política. Era un programa bastante completo. En infantería te adiestrabas desde la lucha cuerpo a cuerpo hasta la operación y disparo de tanques T-55 y piezas de artillería de 100mm, pasando por manejo de armas cortas y largas, uso de granadas, lanzacohetes, morteros de 60, 81 y 120mm.

La segunda base militar fue enteramente de preparación guerrillera en la montaña. Allí pasamos unos tres meses. El responsable de esa base era entonces el capitán Benigno, sobreviviente de la guerrilla que comandó el Che en Bolivia. Luego todo el grupo recibió cursos en varias materias para especialistas. En mi caso, pasé a una tercera base militar donde estuve cuatro meses más en entrenamiento de tiro y tácticas de lucha en la ciudad. Para mi toda esta experiencia fue todo un posgrado en la ciencia y el arte de la guerra, y me fue muy útil durante el tiempo que estuve clandestino en Nicaragua.

Trabajó cerca de Carlos Fonseca en Cuba ¿Cuáles fueron sus tareas con Carlos?

Al regresar del curso de entrenamiento principal, Carlos me habilitó una oficinita o lugar de trabajo en la misma casa donde él solía laborar todos los días. Allí llegábamos después de los ejercicios matutinos alrededor de las 8:30 de la mañana. Tuve la oportunidad de trabajar cerca de Carlos por varios meses; almorzaba con él casi todos los días y había espacio amplio para hablar e intercambiar puntos de vista.

Carlos era como un maestro y casi como un predicador, pero nunca adoptando aires de superioridad o pedantería, era más bien sencillo y llano; sabías que su interés era ilustrarte, ayudarte a formar una opinión. Me imagino que sabiendo que la mayoría de los dirigentes sandinistas tenían los días contados se empeñaba en transmitirte su experiencia. Él sostenía que entre los papeles de un dirigente estaba formar formadores y organizar organizadores y eso trataba de enseñar a quienes tenía cerca. Guardaba como un tesoro para compartirlos varios escritos de combatientes que habían participado en las luchas guerrilleras, y las memorias escritas por campesinos que hacían trabajo político entre las comunidades rurales. Otra faceta de Carlos era su constante sentido de la ética personal y política. Él era estricto empezando por sí mismo; como regla general pedía que cada uno hiciese un recuento escrito de las actividades o actitudes diarias y que te empeñaras en hacer un balance al final del día; era respetuoso con todos y en particular con las militantes y colaboradoras mujeres. Vivía muy modestamente en un apartamentito de una sola habitación que compartía con su esposa y sus dos hijos, por entonces de paso refugiados en Cuba. En todo mostraba una actitud frugal. Parecía y era en realidad un místico. Su liderazgo se proyectaba a partir de sus cualidades y sus enseñanzas morales, así como su compromiso con la lucha. A pesar de la seriedad que inspiraba, era persona sencilla, llana y un conversador generalmente jovial, diría que en ocasiones hasta bromista. Una vez contó, por ejemplo, que en la vida clandestina por una persecución temía lanzarse desde un segundo piso porque su torso demasiado largo y sus piernas cortas lo harían caer siempre de cabeza.

Carlos no perdía la oportunidad de referirse a dos de sus temas predilectos: por un lado, Sandino y la lucha anti intervencionista, y como el legado moral y patriótico de esa lucha que debería ser una inspiración constante para todos los militantes del FSLN. El otro tema era el de las cualidades y valor excepcionales del campesino nicaragüense para la lucha armada, -para él comparativamente muy por encima de cualquier otro grupo social en el país.

Para Carlos, un tema de preocupación como máximo dirigente sandinista era lo que el percibía como un cierto relegamiento de la dirigencia cubana para el FSLN y para él como Secretario General, puesto que nunca fue recibido por dirigentes de alto nivel de Cuba. Es cierto que por entonces la lucha armada parecía estar en reflujo en Latinoamérica. Por ese tiempo además, el movimiento de países socialistas -entre los que desde luego estaba Cuba-, parecían privilegiar el apoyo y solidaridad primaria con los partidos socialistas oficiales; y nosotros percibíamos que los movimientos guerrilleros estaban pasando a un segundo o tercer plano.

Durante ese período de trabajo con Carlos emprendí por mi lado dos investigaciones que más tarde tomaron la forma de libros publicadas por Siglo XXI de México: Raíces indígenas de la lucha anticolonialista en Nicaragua e Imperialismo y Dictadura, estudio este último que había iniciado en Chile.  A su vez Carlos preparó un trabajo exhaustivo sobre la cronología de la lucha sandinista, el cual logró concluir si bien se conoció hasta después de su muerte, llenando un tomo entero de sus obras. También durante ese tiempo Carlos trabajó en materiales educativos para la militancia de base, con temas de ética sandinista.

Me parece que fue a principios de 1974, después de la muerte de dos miembros de la Dirección Nacional, Óscar Turcios y Ricardo Morales Avilés, que se iniciaron los estudios y trabajos para la conformación de la nueva plataforma de lucha del FSLN. Carlos y Humberto Ortega quedaban como los dos únicos miembros vivos de la Dirección Nacional que se había organizado en Costa Rica años atrás. Una tarde me llamaron para comunicarme que, haciendo uso de su autoridad, me designaban como miembro de la Dirección Nacional en carácter provisorio; que esta designación la hacían como reconocimiento a mis esfuerzos y desempeño, y también para facilitar la toma de decisiones en la Dirección del FSLN con el ingreso de un tercer miembro. 

Una de las primeras decisiones que tomamos fue justamente iniciar los trabajos de la plataforma de lucha. Acordamos establecer cuatro grupos: Carlos se reservó la preparación de una primera parte, la síntesis y significado de la experiencia de Sandino y su legado estratégico político, moral y militar para la lucha en esos momentos. Carlos fue auxiliado por Angelita Morales Avilés para recoger y sintetizar la vasta documentación que venía recopilando. Humberto fue encargado de preparar una propuesta de estrategia político-militar de la insurrección. Camilo Ortega trabajaría sobre las condiciones socioeconómicas de Nicaragua. A mí me tocaba, en colaboración con Doris Tijerino, trabajar sobre los problemas de organización y en particular el papel de los diferentes grupos sociales para la lucha. Todos estos trabajos llevaban un sustrato político e ideológico común, resultado de las reflexiones de Carlos, Humberto y de los que estábamos en La Habana, y que más tarde serían expuestos para consideración y aporte de los compañeros al frente del trabajo en el interior del país. A grandes rasgos y tratando de hacer una síntesis, los planteamientos centrales eran:

1.- Al FSLN, como continuador de la gesta heroica de Sandino, le correspondía el papel de conductor de la lucha política y militar del pueblo nicaragüense por obtener su soberanía nacional, su libertad y el progreso económico y social. El FSLN debía ser un organizador de organizadores y de organizaciones. Debía ser el conductor de la insurrección organizada del pueblo.

2. El enemigo general de los nicaragüenses era toda forma de dominio imperial. El enemigo inmediato a derrocar era la expresión local de este dominio, la dictadura somocista y su aparato opresor, la Guardia Nacional.

3. Era fundamental aislar al máximo a la dictadura somocista y buscar y organizar, sumando a todos los nicaragüenses honestos, un frente amplio capaz de unirse a la lucha armada insurreccional.

4. La base de esta alianza la formaban los obreros y los campesinos, hermanados por los estudiantes e intelectuales progresistas y pobladores de barrios.

5. El FSLN debía organizar, estimular y potenciar todas las formas de lucha que el pueblo combativo podía practicar y desarrollar: la lucha armada de los contingentes guerrilleros en la montaña y en la ciudad; la lucha sindical y la protesta civil, el paro, la huelga general y la sublevación y toma de las ciudades por parte de la población.

6. Todas estas formas de lucha debían avanzar en intensidad y amplitud para combinarse en el tiempo hasta desembocar en la insurrección general, hasta el derrocamiento de la dictadura y el triunfo revolucionario del pueblo, conducido por el FSLN.

Como se puede apreciar hay un cambio notable comparado con la estrategia que el FSLN, al igual que los movimientos guerrilleros, seguían durante los años sesenta y principios de los setenta. No obstante, estas ideas o lineamientos se iban a presentar y discutir con los otros compañeros en el país, en momentos en que se comenzaban a calentar los problemas de comunicación y malentendidos entre la Dirección en el exterior y los mandos internos. La más clara de estas señales se dio cuando las directrices organizativas que desde La Habana portaba Edgard Munguía no fueron aceptadas en el interior del país. Humberto Ortega menciona en su libro estas orientaciones, entre las cuales estaba la de nombrar a Henry Ruiz coordinador del trabajo en el interior del país, y poner a Edgard al frente de la montaña. El interior alegó que los responsables habían acordado previamente que Pedro Arauz fuese el coordinador en el interior y que los integrantes de las comisiones de la montaña y de la ciudad que conformaban el mando interno, ya habían sido designados.

Según Bayardo Arce, después de que los dirigentes del FSLN en el interior del país rechazan las directrices de Carlos y Humberto, enviadas a través de Edgar Munguía, enviaron a Carlos Roberto Huembes a La Habana ¿Cuáles eran los argumentos que transmitió Carlos Roberto Huembes cuando llegó a la Habana en 1974? 

Imagino que para limar asperezas se envió a La Habana a un emisario del interior, Carlos Roberto Huembes, con la misión de informar sobre los avances del trabajo clandestino y de la montaña, los progresos en las nuevas organizaciones intermedias y el trabajo de barrios, así como la incorporación de una nueva cantera de jóvenes alrededor de los movimientos cristianos.

En realidad, el trabajo interno estaba progresando. En La Habana se aprovechó para hablar con Roberto Huembes sobre las ideas centrales de la plataforma insurreccional. Según recuerdo ello impresionó positivamente a Roberto, quien entiendo transmitió con algún entusiasmo una síntesis de esta a los dirigentes del interior una vez en el país.

¿Cuáles considera fueron las razones por las que se rechazan las orientaciones enviadas por Carlos y Humberto desde La Habana y que incluían su incorporación en la Dirección Nacional?

A mi entender había un trasfondo de temor de los dirigentes internos de perder la autoridad de hecho que ejercían hasta ese momento. Los miembros de la Dirección Nacional eran otros, pero estaban reducidos a dos y fuera del país. Semanas más tarde, luego de la visita de Roberto a La Habana, recibimos una comunicación y documentos que claramente eran una respuesta del interior rechazando los planteamientos de Carlos y la Dirección en el exterior. Recuerdo que uno de los documentos tenía un énfasis como de proclama, afirmando que la línea del FSLN aprobada en el país era la de la Guerra Popular Prolongada (GPP), -la misma que Mao había delineado para las condiciones históricas de China y que en realidad carecía de referencia a la situación particular de Nicaragua. Era como un documento de síntesis tomado de un texto preexistente relacionado con otra experiencia histórica. Este documento nos causó sorpresa porque hasta entonces en el país no se había formulado ninguna línea y más bien parecía una propuesta teórica improvisada de última hora, con el objetivo de proporcionarles a las diferencias de mando un contenido de lineamiento estratégico frente a las bases. Las cosas entre la dirigencia del exterior y del interior se pusieron más complicadas. Parecía que por fricciones de orden organizativo y de mando no resueltas, el conflicto había migrado nuevamente a temas de línea política y de estrategia.

La Dirección decidió tratar cuidadosamente estas diferencias y mandó una cinta grabada en la que cada uno de los que la conformábamos en el exterior, enviamos un mensaje fraternal llamando a la unidad y a la solución de las diferencias. Hasta ese momento no había desconocimiento desde Nicaragua hacia la Dirección o hacia mí.  Creo que mi mensaje individual fue tergiversado por las razones que explicaré más adelante.

MBM: O sea, ¿Carlos Roberto Huembes no fue quien llevó las decisiones tomadas en el interior del país después de rechazar los contenidos del mensaje de la Dirección en La Habana?

JWR: Puede ser que haya sido Carlos Roberto Huembes quien llevó los documentos, pero la discusión entre nosotros y la respuesta a los mismos, fue posterior. Por esto me dio la impresión de que pudo haber llegado después de la visita de Roberto.

Humberto Ortega afirma que en 1974 los dirigentes al interior del país exigieron que Jaime Wheelock entrara al país. Carlos Fonseca planteaba que usted debía quedase en México “con el ánimo de preservar cuadros dirigentes”.  Ortega argumentó que usted debía entrar para fortalecer autoridad y que usted estaba de acuerdo10 . ¿Entró usted a Nicaragua por presiones?

En realidad, no hubo presiones desde Nicaragua para que yo ingresara al país. Desde el inicio estaba decidido que todos entraríamos al país a reforzar la lucha armada, y lo cierto es que a partir de finales de 1973 y todo 1974 fuimos saliendo de Cuba individualmente o en parejas. Por la caída de los miembros de la dirección, Óscar Turcios y Ricardo Morales, se detuvo el ritmo de salida de los cerca de veinte militantes que estábamos en La Habana recibiendo entrenamiento. Sin embargo, para finales de 1974 estaba programado mi regreso clandestino a Nicaragua.

Por otro lado, en efecto hubo diferencias de criterio entre Carlos y Humberto, con motivo de mi partida y destino final. Carlos me expresó personalmente y por separado su punto de vista de que aquellas circunstancias de una guerra sin cuartel, toda organización debía velar por tener compañeros de reserva que pudieran ser lo que llamó “garantías de continuidad”, y que por lo mismo era preferible que yo me situara primero en México. Humberto era contrario a esta idea, argumentando que para esas “garantías” era necesario fortalecer autoridad y esto sólo podía lograrse ingresando al país, donde estaba el terreno frontal de la lucha. Me parece que Humberto tenía razón y era más realista, sobre todo en las circunstancias del conflicto interno que estábamos atravesando, y por el hecho adicional de que algunos compañeros no habían recibido bien mi decisión de asilo político en 1970. Tal vez Carlos, viendo también hacia el futuro, temía encontrarse con una correlación de fuerzas que ya entonces le estaba comprometiendo su liderazgo, y yo estaba entre quienes reconocían y respetaban ese liderazgo.

Por mi parte, la estadía en Cuba, así como todo lo que había hecho hasta el momento, estaba dirigido a continuar la lucha en Nicaragua. Además, me sentía bien preparado para hacerlo aceptablemente. De esta manera salí hacia a Nicaragua el 23 de diciembre de 1974, llevando como objetivos primero, procurar explicar -en aras de un entendimiento con el interior- los planteamientos insurreccionales. Segundo, urgir a los compañeros la ejecución de la operación para liberar a los presos políticos y sumarme a esta acción si se considerase necesario. Y tercero, expresar nuestra negativa a imponer sanciones drásticas que estaban contemplando los mandos en el país, por estar en contradicción con la cultura política del FSLN.

Carlos me dio una carta de presentación para entregarla a los compañeros en Nicaragua. La misiva de Carlos reflejaba conceptos positivos hacia mí, cosa que no solía acostumbrar. En camino a Nicaragua y saliendo de un país europeo, me enteré de la acción exitosa del 27 de diciembre11. Llegué a México un primero de enero para aguardar allí instrucciones para mi entrada al país. No fue sino hasta casi un mes después que recibí de parte de Ramiro Contreras, entonces responsable del FSLN en México, una comunicación de La Habana donde se me informaba, primero, que debía interrumpir hasta nueva orden mi viaje a Nicaragua; segundo, que se había integrado una nueva Dirección, lo que era reflejo de que los problemas internos se estaban resolviendo; y tercero, que no se había ratificado mi carácter de miembro provisional de la Dirección Nacional. La acción del 27 de Diciembre había liberado a varios compañeros dirigentes, como Daniel Ortega y José Benito Escobar, y en la acción participaban miembros propuestos a integrarla como Eduardo Contreras y Germán Pomares. Por ello, en La Habana, donde ya estaban Carlos y Humberto, se facilitaba discutir y establecer consensos para la integración de una nueva Dirección.

Detenido en México por tiempo indefinido, decidí hacer, como pude, un libro para propagandizar la lucha en Nicaragua, tomando como pretexto la acción del 27 de diciembre. Lo publiqué en la Editorial Diógenes de Emmanuel Carballo, con el título Diciembre Victorioso. Al no recibir instrucciones de La Habana para proseguir a mi destino, le solicité al responsable de México, Ramiro Contreras, que comunicara al país mi solicitud de ingresar a Nicaragua. A los pocos días la autorización llegó y me dirigí a Nicaragua a mediados de marzo de 1975. Estuve un par de semanas en San Pedro Sula y luego salí hacia Choluteca para acercarme a la frontera norte de del país.

Plutarco Elías Hernández afirma que usted dio declaraciones en contra de la operación del 27 de Diciembre, describiendo ese evento como una acción aventurera. 12

Eso es falso y una necedad. Lo que pensé de esta acción lo dejé escrito en ese libro que, por cierto, se publicó en varios países y en distintos idiomas. No hay otra declaración mía sobre esta acción, ni oral ni escrita en ninguna otra parte.

¿Cómo fue su regreso a Nicaragua? ¿Cómo fue la recepción por parte de los dirigentes del interior?

Recuerdo haber salido de Choluteca hacia la frontera con Nicaragua desde la casa del veterano general sandinista Simeón González. Allí me entregaron una pistola Luger de 9mm. No olvido que el mismo general me dijo como despedida “Vaya con juicio”.  Apoyado por un guía en una noche de abril de 1975, entré clandestino a Nicaragua por un paso fronterizo de Choluteca llamado Vado Ancho. Llevaba conmigo la Luger de 9mm y lo indispensable. Caminamos toda la noche hasta llegar a un rústico ranchito donde descansamos. Por la madrugada fui recogido en un tramo de la carretera cerca de Rancherías por una camioneta que me llevó hasta a la casa de William Ramírez, en Managua, donde paré hasta la tarde. De allí fui conducido a una casita de seguridad ubicada en Las Jagüitas. En aquellos días la represión se mantenía fuerte como secuela de la acción del 27 de Diciembre. La recomendación del contacto que me llevó fue la de permanecer en una pequeña habitación todo el tiempo y salir sólo por necesidad al patio en horas de la noche. La casa de madera y tejas de zinc carecía de luz y de agua. En esa misma casa estaba refugiado un técnico del Ingenio San Antonio que fue mi acompañante durante las dos semanas que permanecí allí. Lo recuerdo como una persona bastante imaginativa y curiosa. Un día, mientras yo limpiaba la pistola Luger, el ingeniero, observando los cartuchos de punta horadada que se asomaban por el cargador, me dijo con aire de reprobación: “¡Esas balas están prohibidas por la Convención de Ginebra!”. Por cuenta quería que ahí mismo las descartara.

Una noche hasta la casita llegó Federico, responsable o jefe del frente interno. Reconocí que era Pedro Arauz Palacios. Me dio la bienvenida y sin preámbulos me pidió que le resumiera la situación en Cuba, los trabajos allí, mi apreciación de Carlos y Humberto y la de otros compañeros que se habían entrenado conmigo.  Le entregué la carta de presentación de Carlos y, tal como se me había indicado, me centré en el tema de la estrategia, tratando de explicarla como una continuidad natural de los esfuerzos del FSLN en las circunstancias actuales, y que no tendría mayores contradicciones con el trabajo que se estaba realizando en el país. Expliqué que la misma acción del 27 de Diciembre y la reacción popular de júbilo general indicaba que esa era la dirección que debíamos tomar. Para buscar puntos de encuentro le mencioné que se entendía en La Habana que la lucha era prolongada necesariamente y que de lo que se trataba, con los nuevos lineamientos, era dirigir el golpe principal contra la dictadura somocista. El asintió y dijo que los documentos que nos había enviado sobre la Guerra Popular Prolongada (GPP) eran un primer esfuerzo, y que se estaban estudiando para mejorarlos. Me mencionó que la etapa de acumulación de fuerzas en silencio había terminado, pero que ahora era necesario concentrar esfuerzos para que la montaña, todavía en pañales, jugara el papel central que le correspondía. Para cumplir con su solicitud, le expliqué a grandes rasgos lo que sabía alrededor de mi estadía en La Habana. Me dio la impresión de no tener mayor interés en esa ocasión de discutir temas de estrategia o de línea, o quizás eludirlos en esa reunión conmigo destinada más bien a indicarme mi nueva ubicación y responsabilidades en el país. Yo continué con el otro punto que Carlos me había encomendado, el relativo a las sanciones disciplinarias extremas alrededor de personas específicas. Pedro me dio las explicaciones del caso, en particular indicando que todo este episodio estaba superado, pero agregó que se habían tenido también problemas con actitudes arrogantes y autosuficientes de ciertos compañeros que regresaban entrenados de Cuba, sin decir quiénes en particular.

Sobre los problemas de la Dirección, Federico me indicó que todo estaba en vías de resolverse, que se habían puesto de acuerdo con Carlos y Humberto y que ellos  estaban en línea con el país, lo cual no me dejó de sorprender. Finalmente, para explicar su posición sobre la negativa de ratificarme como miembro de la Dirección, agregó que mi mensaje grabado dirigido a los responsables del país contenía amenazas de derramamiento de sangre que habían causado muy mala impresión y enojado a todos , y que esa fue la razón de su veto. Francamente no recordaba haber hecho ninguna amenaza y menos en esa ocasión, orientada más bien por un espíritu unitario. Pero estaba claro que había susceptibilidades. Recordé que en el mensaje grabado tomé prestada una frase del Che en la que mencionaba la necesidad de mantener la unidad y la disposición del combatiente de estar dispuesto a dar su propia sangre por ella, y esto fue lo mal interpretado como amenaza de mi parte. Con todo, Federico me recibió fraternalmente; mi impresión de esa primera entrevista fue positiva y me permitió conocer que había señales de solución a las diferencias internas de la organización.

¿Cuáles fueron las tareas que se le encomendaron una vez en el país? 

Sobre mi trabajo inmediato, Federico me comunicó que se me designaba como responsable del regional de Granada, sin presencia del FSLN hasta el momento. Las líneas de trabajo consistentes con las prioridades de la nueva etapa eran: abrir rutas de comunicación seguras para la montaña, establecer buzones para proporcionar medios logísticos, y realizar exploraciones en sitios favorables para establecer operaciones guerrilleras.

Se me autorizó a ampliar, si era posible o necesario, mi ámbito de trabajo regional hacia los departamentos de Río San Juan, Chontales y Rivas, y a establecer más adelante coordinaciones con los regionales existentes de Masaya y Carazo. Federico me entregó una lista de unas cinco personas de interés y algunos documentos sobre el trabajo clandestino.

Aproximadamente a mediados de mayo, con mi Luger y 500 córdobas, fui conducido a Granada por Javier, mi transporte y chofer asignado temporalmente. Javier era Vanessa Castro Cardenal, precisamente el contacto que me habían dado en La Habana en el caso de quedar en el aire o afrontar una emergencia grave al ingresar al país. En Granada me llevaron a la casa de una familia terremoteada cuya confianza había sido ganada por la militante Marta Lucía Cuadra. La familia estaba compuesta por Don Guillermo Traña, ebanista, y doña Angelita Mendoza. Desde entonces ellos fueron mis protectores y sus hijos, Luis Ramón y Rolando, fueron mis primeros colaboradores en área de comunicación y transporte. Era una gente humilde, muy solidaria y cariñosa. Su lema era “Aquí no se come, pero se goza”.

Mis primeros esfuerzos se dirigieron a establecer una base clandestina mínima para operar con seguridad, conformada por unas pocas casas de seguridad y enlaces para comunicación y transporte. Luego contacté a potenciales colaboradores económicos o con medios para suministrar dinero, medicamentos y armas. Esta red pronto estaba rindiendo una cooperación de unos C$10.000 mensuales que yo reportaba a Federico. Un poco más tarde empecé a colectar armas, municiones y hasta un cargamento importante de dinamita.

Desde principios de junio de 1975 trabajé en las rutas. La primera fue la conexión entre Granada y Matagalpa por la vía de paso Panaloya-Tecolostote-Camoapa-Muy-Muy-San Ramón hasta Wabul, donde podría ubicarse un buzón principal. Esta ruta la hice conchofer en unas nueve horas, casi todas por caminos vecinales. Luego inicié los trabajos para establecer la ruta por Río San Juan, la cual resultó ser de gran potencial. Esta ruta fue posible por el apoyo decidido de los colaboradores y luego militantes Antenor Ferrey, Carlos Coronel Kautz y Richard Lugo, contactados por mí y vinculados al FSLN por primera vez. Recuerdo que por esta ruta se aseguró el ingreso desde Costa Rica de Eduardo Contreras, Daniel Ortega y Germán Pomares en una sola jornada en 1976.13 Esa travesía se inició temprano por la mañana desde San José, tomando una  avioneta hasta Los Chiles; de este punto al río Medio Queso en jeep, luego por lancha hasta la Hacienda Santa Fe; de allí en un lanchón de desembarco hasta San Carlos, y finalmente la travesía por el lago Cocibolca hasta  Granada, en una lancha rápida que tardaba unas tres horas y media hasta arribar al muelle “El Diamante”.

En esa ocasión yo mismo los llevé hasta San Carlos donde nos hospedamos en la finca La Loma. Allí nos esperaba Richard Lugo cuyo padre había sido el dueño de esa hacienda. Richard, condujo al grupo hasta el astillero el Diamante, en Granada.

La última ruta que trabajé fue la de Granada-Las Pampas-Ostional-La Crucita situada en el borde fronterizo, hasta llegar a la Cruz, Costa Rica. Esta ruta era dura de caminar y algo peligrosa. Se llegaba hasta La Crucita en doble tracción y luego por la noche, en una jornada a pie de unas 10 horas, llegabas a La Cruz en Costa Rica. Eran unos sesenta kilómetros que yo mismo hice en dos oportunidades: de ida fui solo y de vuelta hicimos el camino con Carlos Núñez, en 1978.

De Granada mi trabajo se fue proyectando hacia Rivas. Llegué primero a la comunidad de Cantimplora con Vanessa Castro. Yo iba de maestro rural y ella con la cobertura de monja. En esa comunidad poblada principalmente por las familias Peña, Baldelomar, Domínguez y Brenes se logró desarrollar un trabajo político y organizativo. De igual forma en otras comunidades campesinas aledañas, Mancarrón y Pica-Pica, que rindieron muchos frutos para la lucha de liberación en Rivas y luego para el período de reconstrucción nacional. Es interesante que con apoyo del entonces responsable de Masaya, Alan Bolt y otros compañeros, fundamos y construimos en plena clandestinidad las bases de una escuela que todavía hoy funciona. Asimismo, nos proyectamos hacia comunidades más al sur, como Tola, en dónde establecimos contacto y ligamos al FSLN al sacerdote y luego mártir Gaspar García Laviana —quien inicialmente nos entregaba fuertes cantidades de medicamentos de su dispensario cural y luego se integró a la lucha armada, cayendo en combate en el frente sur. También incursionamos cerca de los poblados de Tortuga, Las Cruces y Crucitas realizando allí trabajos de organización para establecer una red clandestina con campesinos de la zona, y una ruta alternativa hacia y desde Costa Rica, que ya mencioné.

Es importante subrayar el alto potencial de solidaridad, apoyo y compromiso, así como entusiasmo, que encontré para el FSLN en Granada, Rivas, Masaya y Carazo. Varios factores pueden explicar este apoyo más extendido: desgaste del gobierno de Somoza, cierre de las oportunidades cívicas, inconformidad generalizada por los atropellos y el robo de la ayuda internacional con motivo del terremoto, la competencia que hacía Somoza a los empresarios; y del lado del FSLN, la acción del 27 de Diciembre que significó un salto de credibilidad nacional e internacional para la organización.

¿Cuáles fueron en esencia los factores por los cuales se da la ruptura entre Huembes, Carrión y Wheelock con Pedro Arauz y el mando en el interior?

Mi opinión es que la inminente llegada de Carlos Fonseca al país fue el detonante. Es cierto que había entre nosotros diferencias de concepción que por ese entonces no estaban interfiriendo o chocando con el desenvolvimiento del trabajo práctico. En una reunión de regionales con Federico, en una finquita cerca de Villa El Carmen, se constató que el trabajo avanzaba y que había disciplina, entrega y armonía interna. El propio Federico nos planteó, por el mes de agosto o septiembre de 1975, a Luis Carrión y a mí conformar con Plutarco Hernández, -por entonces responsable de Chinandega-, una comisión para preparar un periódico político del FSLN. Todo parecía marchar sobre ruedas. Luis había percibido que Roberto Huembes, – militante del círculo de confianza de Federico- había sido poco a poco relegado, al parecer por la buena impresión que transmitió sobre los ajustes a la línea a su regreso de Cuba y por algunas críticas que según Luis Carrión le había dirigido a Federico sobre el estilo de trato que daba a las militantes mujeres.

La primera campanada avisando que venían problemas internos fue una cierta infidencia de Tomás Borge. Tomás comunicó a Luis Carrión y Roberto Huembes que en reuniones de los mandos superiores de la montaña y la ciudad que se estaban celebrando por esos días, supo que ambos serían sustituidos de la jefatura del Comité Regional de Managua por el propio Tomás, hasta entonces sancionado por asuntos disciplinarios y desempeñando tareas secundarias en ciertos municipios de Rivas. Tomás también les comunicó que Julio (es decir, yo) iba a ser removido igualmente de sus responsabilidades y enviado a la montaña.

En una organización como el FSLN este estilo de comunicación entre responsables no estaba autorizada y me sorprendió que militantes disciplinados y de probada rectitud como Roberto y Luis decidieran romper la compartimentación y comunicarme estos hechos. Debía estar ocurriendo una situación de gravedad.

En mi opinión estos movimientos no podían explicarse sino por la percepción de Federico sobre nuestra inclinación o afinidad potencial hacia las líneas de La Habana y Carlos Fonseca. Y en el caso de Luis Carrión igual se mostraba desconfianza, a mi parecer, por dos probables motivos; primero por su cercanía y afinidad a Roberto en el trabajo regional, y segundo por ciertos comentarios que partieron de Plutarco Hernández a raíz de nuestras reuniones como editores del periódico, en las que habitualmente pensábamos de la misma manera: para Hernández era indicio de que podíamos tener comunicación horizontal constante. Este asunto en realidad no tenía fundamento, si bien durante las sesiones -que pudieron ser un par- hubo espacio para que entre ambos intercambiáramos ideas y las compartiéramos. Por lo demás, a esas alturas para cuadros como Bayardo Arce, Manuel Morales y Roberto Huembes era conocida la existencia de contradicciones al interior del FSLN alrededor de las concepciones estratégicas entre “los de fuera” y aquellos dentro del país.

Con la información que recibieron de Tomás, y sabiendo por un correo que yo venía desde Granada para Managua, Roberto y Luis me interceptaron en el camino y me contaron toda esa trama. En efecto, yo venía para el capital citado urgentemente por Federico para una reunión en la casa de Roberto McEwan, donde también asistían Carlos Agüero y Plutarco Hernández.

Federico abrió la reunión expresando su inconformidad por supuestos bandazos de Eduardo Contreras al acercar a última hora posiciones políticas y de línea con Carlos Fonseca y Humberto Ortega; por otro lado, dijo que Contreras se estaba resistiendo a enviar al país los fondos que Federico le solicitaba para trabajos urgentes, como si los fondos del 27 de Diciembre fuesen su botín personal. A continuación, sorpresivamente me reveló que Carlos iba a entrar próximamente a Nicaragua. Sobre este punto, y en un tono enfático, dijo que la Dirección en el país había llegado al consenso de que todo militante que haya permanecido en el exterior, independiente de sus rangos, tenía que venir a la base y que Carlos Fonseca no iba a ser la excepción. La verdad, no me extrañaron a esa altura sus palabras que no dejaron de recordarme la reunión que, años atrás y con los mismos propósitos y argumentos, le había preparado Efraín Sánchez a Óscar Turcios para democionarlo a su entrada al país. Yo estaba esperando que a continuación me comunicara la decisión de enviarme a la montaña, pero fueron otros compañeros los que abordaron ese tema.

Con el argumento de que yo había estudiado sociología, se me explicó que el grupo en la montaña estaba dando palos de ciego para entenderse con el medio rural, y que por tanto nadie mejor que yo para hacer un trabajo de investigación científica para esclarecer los métodos de facilitar el trabajo político con esta población. Me dio pena, aflicción y disgusto el curso que siguió esta reunión. Era evidente que trataron de engañarme a través de una supuesta necesidad –además inverosímil–de la montaña. Hubiese sido preferible que, sin mediar explicaciones, me dijeran que se me reubicaba en la montaña. De hecho, yo venía preparado para ello desde que salí de La Habana. Observé que todos en la reunión estaban expectantes de mi respuesta y dirigiéndome a Federico le pregunté qué opinaba de ese planteamiento. Respondió -algo evasivo- que era una necesidad planteada por los compañeros de la montaña. Al preguntarle cuándo sería ese traslado respondió que me preparara para subir de inmediato, no bien entregara las estructuras regionales. Esa reunión, su objetivo y el modo como fue concebida y conducida deterioró mi confianza en los mandos allí presentes.

Tras la reunión, conociendo de previo la separación de Luis y de Roberto y la decisión de retirarme del regional de Granada para enviarme con pretextos a la montaña, dirigí a los mencionados una comunicación horizontal, fuera de canales. En ella resumí todo lo acontecido y mi conclusión de que se estaban tomando contra nosotros medidas disciplinarias sin una causa y con propósitos ocultos. En la nota les sugerí a ambos hacer frente a estas medidas y presionar por una rectificación pronta. Roberto le comunicó a Federico la urgencia de tener una discusión política de fondo, pidiendo al mismo tiempo la suspensión de las medidas sobre la disposición de los cuadros. En mi opinión, Federico, conociendo la entrada inminente de Carlos y la posterior de Eduardo Contreras, entre quienes él percibía una alianza o entendimiento a la que se sumaban Humberto y Daniel Ortega, sintió que su posición de jefe del FSLN en el país estaba en riesgo. Supongo que la existencia en aquel momento de cuadros de mando regional del FSLN considerados afines a Carlos Fonseca, como Roberto, quizás Luis, Manuel Morales -que estaba en las Segovias- y yo, le complicaban su capacidad de hacer frente a este problema. 

¿Cómo fue el proceso de ruptura? ¿Hubo intentos de diálogo?

El diálogo se dio. Me parece que fue a solicitud de Roberto Huembes a Federico. Los tres fuimos citados por este último a una reunión en casa de Lumberto Campbell, donde estaban Federico y Tomás y seguro alguien más pero no recuerdo quién. Aquí fue Tomás el que llevó la tónica de la reunión, fungiendo casi como un mediador. El gran problema de esa reunión era la falta total de credibilidad o de confianza entre los interlocutores. De nuestra parte pedíamos que no se alteraran las estructuras y sus mandos porque las razones esgrimidas para hacerlo no tenían fundamento y eran más bien en perjuicio de la organización. Por el lado de Federico se había agravado la desconfianza en los tres nosotros; y por el lado de Tomás, significaba la oportunidad de ser él mismo rehabilitado ocupando la responsabilidad del regional de Managua. Yo decidí poner la cabeza aceptando cualquier solución que Federico propusiese en mi caso, con la condición de que no se tomaran represalias contra Roberto y Luis y se les mantuviera como responsables de la región de Managua. Me propusieron trasladarme a Costa Rica como responsable exterior del FSLN y yo acepté en el entendido de que se aceptaban igualmente echar para atrás las remociones de Roberto y Luis. Se me pidió que entregara las estructuras de Granada, Rivas y Río San Juan y que podía trasladarme a Costa Rica en la ruta que yo mismo había creado. A grandes rasgos ese fue el acuerdo. Me regresé a Granada pensando que tal vez esa era la menos mala de las soluciones. Hice una lista de las estructuras y los enlaces correspondientes y procedí a enviarla al canal que tenía con Federico.

Pero un par de días después Roberto Huembes y Luis Carrión llegaron hasta la casa alterna de seguridad que Richard Lugo me había conseguido. Traían la noticia de que los acuerdos habían sido violentados. Ellos dos habían proseguido el debate político con Federico, Carlos Agüero y Tomás, pero allí mismo se les dijo que no había ninguna posibilidad de llegar a acuerdos y que no tenía sentido seguir discutiendo. Luego de la reunión Tomás les pidió a Roberto y a Luis que entregaran el trabajo del regional de Managua, comunicándoles que Luis asumiría el regional de Granada y Roberto Huembes sería trasladado a la montaña. Frente a esto no quedaba más que acatar las decisiones o renunciar, y ambos se inclinaron por la renuncia. Al parecer Tomás había detectado resistencia de las estructuras de Managua ante los cambios y regresó con varios compañeros a la casa de seguridad donde estaba Luis y Roberto, desde donde los llevaron forzadamente a la embajada de Venezuela para que por ese medio salieran al exilio. Ellos entraron a la embajada, pero pasado un tiempo prudencial, salieron de la sede diplomática a buscar contacto conmigo, comunicarme los hechos y ver qué curso tomar. La respuesta a la carta de renuncia entregada a medias por Luis y Roberto fue el comunicado de expulsión de ambos, misma que  extrañamente no me incluyó a mí.

Este comunicado público tuvo un efecto contrario al que buscaban Federico y Tomás. A raíz de este documento los tres separados decidimos elaborar, firmar y circular un pronunciamiento político interno para dar a conocer nuestra opinión de lo que había ocurrido. Estando siempre clandestinos, desde Granada tomamos contacto con los compañeros de mayor confianza para comunicarles la situación de crisis y les alertamos que no dieran información si alguien se las pedía. Lo que siguió ya se sabe: buena parte de las regionales y de las organizaciones intermedias, así como estructuras logísticas, de seguridad, colaboradores y comités de solidaridad en el exterior, rechazaron estas medidas y fueron desconociendo la autoridad de Federico. Las estructuras del FSLN se separaron orgánicamente en dos bandos: los llamados “replegados” –que éramos nosotros-, y los “sectarios” que permanecieron al lado de Federico y Tomás. Por lo que respecta a la montaña, la participación de Carlos Agüero en el origen y desarrollo de las fricciones no significó que los sectores en la montaña se hayan involucrado orgánica y formalmente, tal y como más tarde nos comentaron Víctor Tirado López, Roberto Calderón y otros compañeros que estaban allí.

Humberto Ortega afirma que él, Daniel Ortega y Contreras hicieron intentos para que ustedes -los llamados “replegados”- se subordinaran a los lineamientos de ellos, quienes eran de la DN.14 ¿Eso fue así?

Por una serie de hechos, entre los que hubo amenazas y otras tensiones peligrosas, los tres decidimos trasladarnos a Costa Rica junto con otros compañeros, entre los que se encontraban Manuel Morales Fonseca, Leonel Espinoza y Vanessa Castro. El primer paso que dimos fue tratar de contactar a Carlos y a los otros miembros de la Dirección. En el caso de Carlos intentamos  explicarle la situación por escrito, enviando un correo a una casa de San Pedro Sula, Honduras, donde yo sabía que podía estar o ser contactado a su paso. No tuvimos suerte porque nuestro enviado llegó un día después de que Carlos partiera de allí. Luego nos organizamos en Costa Rica para orientar y preparar la lucha política contra las manifestaciones sectarias en Nicaragua y se sumaron otros compañeros como Yolanda Huembes.

Después logramos contactar a Humberto a su llegada a Costa Rica para ponerlo al tanto de lo que estaba pasando. Tras escucharnos, él se mostró abatido por la división. Me relató los momentos tensos que pasaron Carlos y él en a La Habana a la llegada del comando jefeado por Eduardo Contreras. Este comando llevaba la orientación de pedirle a las autoridades de Cuba que el comando sandinista debía mantenerse compartimentado de la Dirección integrada por Carlos y Humberto. Asimismo, nos contó de las tensiones que hubo al iniciarse contactos para la selección de los integrantes a la nueva Dirección Nacional en la que, según Humberto, él corría el riesgo de quedar excluido. También dijo que para Carlos y para él resultaba imposible, en aquellas circunstancias, defender mi nombramiento provisional en la Dirección. Nos transmitió su percepción sobre el acercamiento de Eduardo Contreras con los planteamientos insurreccionales, lo mismo para el caso de Daniel Ortega, su hermano. En esos días Humberto recibió noticias de Federico instándolo a entrar al país. Su comentario fue que dada la situación de crisis que había estallado, no había condiciones para ingresar a Nicaragua y que debía esperarse también la llegada a Costa Rica de Contreras y de Daniel Ortega, para con todos buscar una solución.

Luego de un breve tiempo arribaron a San José, Daniel y Contreras. A partir de su llegada nos reunimos todos. Ellos, como miembros de la Dirección, indicaron estar en desacuerdo con las posiciones lideradas por Federico y secundadas por Tomás y Plutarco Hernández, y asumieron que su responsabilidad era la de buscar un entendimiento entre las partes, en tal modo que no reconocían la justeza y validez de las expulsiones. Se ofrecían a desempeñar un papel mediador. Allí pude apreciar dos aspectos notorios. Primero, que Eduardo Contreras, en efecto, había adoptado con mucho entusiasmo la línea insurreccional y, segundo, que entre los tres miembros de la Dirección entonces en Costa Rica, él parecía tener el mayor ascendiente. Su éxito como jefe militar y político del comando que dio el golpe victorioso del 27 de Diciembre le había reportado un prestigio y notoriedad nacional e internacional como no la había alcanzado hasta entonces nadie en el FSLN. Él además tenía, más que cualquier otro, la facilidad de ser recibido por jefes de Estado y líderes políticos, así como de conseguir medios y apoyo político para la lucha.

Desde los primeros encuentros mostramos nuestra voluntad de supeditarnos a la autoridad de la Dirección en Costa Rica, así como facilitar las estructuras bajo nuestro control en Nicaragua para asegurar la realización de una reunión en pleno de la Dirección, programada para discutir y adoptar una sola la línea para el FSLN y, si mal no recuerdo, terminar de ratificar la Dirección Nacional. Por lo tanto, es cierto lo que Humberto narra en su testimonio. Me parece ahora que ellos, en tanto mediadores, se cuidaron de dejar claro su estricto papel de componedores a fin de mantener abierta la confianza con Federico, y desde luego sin contemplar la idea de conformar una tendencia aparte, al menos en ese momento. Aguardaban la oportunidad de la reunión en la montaña para encontrar soluciones. Cierto es que nosotros “los replegados” no teníamos acceso a las conversaciones entre ellos, pero ante nosotros se comportaron genuinamente en contra de las expulsiones y abogaron por echar para atrás las medidas tomadas por Federico y sus subordinados. Humberto resumía la opinión de los mediadores afirmando que no podía encontrarse solución a los problemas que se discutirían en la reunión de la montaña sin resolver la crisis que se había precipitado alrededor de nosotros “los replegados”, ninguno de los cuales tenía ni buscaba mando ni protagonismos.

Nos pusimos a trabajar reconociendo a la dirigencia en Costa Rica y como dije, yo mismo les ayudé a trasladarse a Nicaragua en estructuras que nosotros entendíamos como del FSLN. Tampoco levantamos posición alguna contradiciendo a la Dirección porque estábamos entonces de acuerdo casi plenamente en temas de línea. Nosotros nos guiábamos por la línea insurreccional tal como entonces la entendíamos, partiendo de las discusiones de La Habana. De hecho, nuestra posición al interior había hecho posible y abierto las condiciones para que esta línea tuviera posibilidades de adoptarse y generalizarse finalmente en el país. Tal vez esta sea una de las mayores contribuciones de esta crisis y de este grupo que se confrontó poniendo la cara para una reorientación de la lucha del FSLN, que luego se hizo efectiva. A veces una crisis lleva a una rectificación, a una solución y creo que este fue el caso. 

Un aspecto que complicó la situación de quienes buscábamos una solución desde el exterior, fue la posición que adoptó Carlos al entrar a Nicaragua. A diferencia de lo que se presagiaba, Carlos obtuvo una buena recepción y el reconocimiento de su liderazgo por parte de quienes semanas antes lo esperaban para desconocerlo y democionarlo. Carlos, recibiendo información sesgada de una sola parte, se inclinó por respaldar a Federico y mediante una nota interna a la militancia atacó fuerte a quienes habíamos sido sancionados, alejando por lo pronto la posibilidad de una solución fluida a la crisis interna.

Pienso que por una parte le fue transmitida sobre nosotros una información parcial y deformada al ingresar al país, lo que le impidió ubicarse en el justo medio, como seguro se hubiese colocado de existir otras circunstancias menos comprometidas para él. No creo sin embargo que hubiese para Carlos, en aquellas circunstancias, la opción siquiera de pedir un reexamen de nuestra situación ante Federico y menos ponerse en contra de las destituciones, si él mismo se encontraba en una situación políticamente precaria. Es entendible asimismo que en esa misma nota a la militancia interna, Carlos criticara abiertamente a Humberto y Eduardo Contreras por adoptar una posición mediadora y de censura a las medidas tomadas contra nosotros, porque además él se encontraba, puede decirse, entre dos fuerzas que asediaban su liderazgo: una, la de Federico, principalmente, venida desde el interior del país y que Carlos estaba tratando de revertir; y la otra quizás más compleja, proveniente del exterior representada por el ascendente prestigio político de Eduardo Contreras, recién designado miembro de la Dirección Nacional,  por sí mismo convertido en fuerte competidor y quien ahora en este conflicto hacía causa común con Humberto y Daniel, en una dirección contraria a la adoptada por Carlos.

Ahora bien, en lo personal me sorprendieron las alusiones innecesariamente duras que Carlos hizo en la misma nota interna respecto a mí. Sobre todo, porque apenas unos meses antes había firmado como Secretario General una carta de presentación dirigida a los mandos del país muy positiva sobre mi persona. Ameritaba cuando menos dudar, pero no lo hizo en aquellos momentos. Opino que en la dureza de sus posiciones pesó seguramente la necesidad de revertir, o al menos modificar, la correlación desfavorable que lo tenía agobiado desde muchos meses atrás. Por otra parte, Carlos no conoció nuestra versión y me figuro que no llegó a saber sino hasta tarde que en buena parte las medidas que se tomaron contra nosotros, y contra mí en particular, además de injustificadas eran el preludio de las medidas que se preparaban para aislarlo y desconocer su autoridad. En las memorias de Francisco Rivera, “El Zorro”, uno de los últimos que lo vio con vida, quedó consignada la opinión histórica de Carlos en los días finales antes de su muerte, de que en este conflicto no se había tomado la mejor postura y que habíamos sido tratados injustamente. Las palabras textuales de “El Zorro” sobre la opinión de Carlos en lo que a mí respecta, las consigno por su importancia aquí:

“Recuerdo como si fuera hoy sus palabras en ese primer encuentro: ’La situación con Jaime Wheelock no la hemos manejado bien políticamente, hemos fallado, tenemos que rectificar y vamos a rectificar”15

Nuestro regreso al país se hizo bajo la orientación y en coordinación con la dirigencia estacionada en Costa Rica. Primero salió Roberto Huembes, a quien le tocaría preparar condiciones para nuestro propio ingreso. Luego me parece que entré yo muy de cerca, también Luis. Luego entró Leonel Espinoza. Una de las primeras tareas que teníamos era abrir las estructuras que respondían a nosotros a disposición de los mismos mediadores. Ya para principios de noviembre de 1976, Roberto, Luis y yo estamos en Nicaragua nuevamente.

Nota de aclaratoria

Parecer haber una confusión en cuanto a la lógica de la comunicación con Contreras-Ortega o al menos en los tiempos en que se colocan los eventos, según el relato del entrevistado. Según Jaime Wheelock, los expulsados estaban bajo la conducción de Contreras/Ortega, al momento de su entrada a Managua en el último trimestre de 1976. Sin embargo, Contreras y los Ortega ya habían decidido conformarse como tendencia separada al menos desde junio de 1976.

 Cuando vuelve Carlos Roberto Huembes de nuevo al país, en octubre de 1976, ya hay una decisión de los replegados o proletarios de constituirse como tendencia y entran al país a contactar a sus propios tendidos y redes, conformadas por todos los que no estaban de acuerdo con su expulsión, antes narrada. Consecuentemente, en esta etapa no solo no comparten esas estructuras con Eduardo Contreras, sino hay una disputa entre tendencias por las estructuras. Colocando los eventos en el tiempo, resulta claro para entonces, las tendencias Proletaria (TP) e insurreccional/tercerista (TT) ya están definidas y cada uno está estructurando sus propias redes.  Algunos cuadros como Agustín Lara habían roto con Pedro Arauz, Federico, (GPP) y mantenían alguna comunicación con Luis Carrión y Jaime Wheelock ya prácticamente como tendencia formada. Igual pasaba con Alonso Porras en Chinandega.

Según mis investigaciones los eventos se producen más o menos en este orden:

Noviembre 1975:Después de la expulsión, Jaime, Luis y Carlos Roberto salen de Nicaragua. No logran entrar en contacto con Carlos Fonseca. Para entonces, Humberto Ortega no ha entrado a Costa Rica, pues él pasa por Panamá en diciembre de ese año. 16

Diciembre 1975: Eduardo Contreras entra en contacto con los expulsados. Según el documento de Carlos Fonseca Notas sobre algunos problemas de hoy17, escrito entre febrero y marzo de 1976, Eduardo Contreras (Noel) escribió una carta a la Dirección Nacional en el interior “a comienzos de diciembre, pidiendo permiso para hablar con Wheelock y los otros dos expulsados”. Según este documento, Noel afirmaba que si no le daban autorización de todos modos lo haría, pero que renunciaría a su cargo dentro de la Dirección Nacional.

Finales de diciembre 1975:Según el mismo documento de Carlos Fonseca, a finales de diciembre Humberto Ortega (Pedro Antonio) dirigió otra carta con el mismo contenido, pidiendo autorización para la misma entrevista. Según Carlos Fonseca no se había producido ninguna comunicación entonces entre Humberto Ortega y Eduardo Contreras. Dice Carlos Fonseca que después de hablar con Eduardo, Humberto volvió a escribir, diciendo que en realidad había cometido una equivocación al pedir autorización para hablar con Wheelock puesto que, entre sus facultades, como integrante de la Dirección, estaba hacer estas entrevistas. 

Enero-febrero 1976:Carlos Fonseca es convencido por Pedro Arauz, Tomas Borge y Carlos Agüero de que las posiciones de Wheelock son oportunistas, y sin lograr comunicación con los que estaban en el exterior, Fonseca se pliega a las posiciones de Arauz. Los tres mencionados convencen a Carlos de la necesidad de una reunión en la montaña, donde se dice que hay una correlación de fuerzas mejor de la que realmente existía. Con esa convicción sube Carlos a la montaña, dejando sus “notas sobre algunos problemas de hoy” que descalifican a los proletarios, y que particularmente responsabilizan a Jaime Wheelock. A la vez, estas notas son muy muy críticas con las posturas de Humberto Ortega y de Eduardo Contreras.

Según el texto de Carlos, ambas comunicaciones, la de Humberto y Eduardo, mostraban afinidad con los expulsados, por lo que Carlos considera que quienes afirman estar mediando en el conflicto, realmente están respaldando a los expulsados.  Carlos, además, les recrimina por haber trasladado el conocimiento de los problemas internos a estructuras inferiores, y hasta gente fuera del FSLN. En este sentido Carlos menciona a un mexicano colaborador que, sin antecedentes en la lucha revolucionaria nicaragüense, ha sido informado de la situación; pero también otros cuadros intermedios, como Camilo Ortega, Ramiro Contreras (de quien Fonseca dice que no había realizado un buen trabajo en México). En efecto, en los primeros meses de 1976, Humberto escribe a su hermano Camilo haciéndole partícipe de la situación. Cuando Carlos concluye este documento fechado por él entre febrero y marzo, es decir antes de subir a la montaña, Tomás Borge ya había sido capturado y Plutarco Hernández se había ido del país, por lo que Fonseca solamente cuenta ya con Pedro Arauz y Carlos Agüero como fuentes de información y análisis.

Febrero-mayo 1976: Según Luis Carrión, durante este tiempo los expulsados o replegados estaban convencidos de que Contreras/Ortega estaban en función de mediar, pero que realmente estos empezaron a tejer su propia red, y utilizando contactos de los replegados.18

Mayo-junio 1976: Humberto, Daniel Ortega, Eduardo Contreras y Germán Pomares entran a Nicaragua por la ruta del Río San Juan (según Humberto Ortega esto se produce a finales de abril). Jaime Wheelock apoya este ingreso por la ruta de Rio San Juan que había tejido con los Coronel Kautz y Richard Lugo en 1975.

Daniel Ortega y Contreras supuestamente sostienen reuniones con la conducción en el interior, para entonces reducida a Pedro Arauz y Bayardo Arce –ascendido después de la salida de Carlos Manuel Morales, quien se había ido con los expulsados. Para entonces, como dije antes, Tomás Borge ya había sido capturado y Carlos Fonseca y Carlos Agüero estaban en la montaña.

En junio, se reunieron en la comarca San Caralampio, los tres hermanos Ortega, Leticia Herrera, Eduardo Contreras y Germán Pomares. En ese momento, según Humberto Ortega, deciden hacer su propia tendencia, que será llamada luego tendencia tercerista o insurreccional (TT).19 Por ello, deciden que Daniel Ortega y Contreras se queden en el país para extender sus propias estructuras, particularmente en Managua. Camilo ya había contactado para estas tareas a Angelita Morales quien se encontraba en Chinandega. De igual manera, ellos intentan reclutar para su tendencia a otros sandinistas ya conocidos y entran en contacto tanto con “replegados” como con los GPP llamados “sectarios”.

Julio-agosto, 1976:Cuando los expulsados se dan cuenta que Eduardo Contreras, Humberto Ortega y Germán Pomares están organizando su propia tendencia, deciden conformar la tendencia proletaria e ingresan al país a atender las estructuras. Primero ingresa Carlos Roberto Huembes y luego Luis Carrión, Carlos Núñez y Jaime Wheelock. Lamentablemente unas semanas después caerá Carlos Roberto Huembes, el mismo día en que Eduardo Contreras y Carlos Fonseca en las montañas de Nicaragua. 

Daniel Ortega sale del país inmediatamente después de la muerte de Eduardo Contreras, estableciendo su base entre Honduras y Costa Rica. 

****************

 ¿Qué hechos llevaron a la decisión de conformarse como tendencia proletaria (TP)?

Durante el proceso de entrevistas que facilitamos a Daniel y Contreras con los compañeros clandestinos y legales “replegados”, hubo algunos incidentes reportados por Roberto Huembes. Este último percibía ciertos intentos de los mediadores de sustraer estructuras, como si existiese intención de conseguir su propia red clandestina a costa nuestra. Pero hasta entonces no había ninguna ruptura y esperábamos aclarar estas fricciones. Ocurrió, sin embargo, la catástrofe interna de la caída, aunque no correlacionada casi simultánea entre el 6 y el 8 de noviembre, de Carlos Fonseca, Eduardo Contreras y Roberto Huembes. Un golpe a la cúpula de todos los que estábamos involucrados en la búsqueda de soluciones. Desde entonces los contactos con los mediadores se interrumpieron. Para nosotros quedaba claro que reunión en la montaña no habría, como tampoco esfuerzos de solución de la crisis interna, al menos en el corto plazo. Supongo que en este contexto los mediadores, por el lado de Daniel y Humberto, se vieron necesitados de crear en el interior del país sus propias estructuras y redes clandestinas. Lo que puso todavía más distancia a un arreglo fue la decisión consignada en un comunicado público, firmado por la GPP, anunciando la expulsión de los otros miembros de la Dirección: Daniel, Humberto y me parece también de Víctor Tirado.20

En efecto, nosotros percibimos que el grupo mediador se fue diluyendo y desarrollándose de manera separada a las otras dos denominaciones sandinistas originales. Se hicieron fuertes primordialmente en Costa Rica donde se situaron Daniel, Humberto Ortega y Víctor Tirado, y quienes se constituyeron como Dirección independiente. También empezaron a firmar comunicados y declaraciones en nombre del FSLN. Por lo mismo, constituían en los hechos una tercera fuerza; de allí el nombre de “terceristas”, si bien ellos tomaron el distintivo “insurreccionales”.

De nuestro lado, tras la caída de Roberto Huembes, Carlos Núñez lo reemplazó en el trabajo y en la coordinación política. A medida que venía creciendo el trabajo organizativo y político del sector replegado, también crecían animadversiones con la GPP, que llegaban a reflejarse en las organizaciones abiertas. Por ejemplo, esto ocurría con el FER que se había igualmente escindido en dos posiciones. El problema se centraba, según la GPP, en que nosotros no debíamos usurpar las siglas y símbolos del FSLN, que ellos consideraban eran de su exclusividad. Había roces de todo tipo, incluyendo que el CUUN, órgano máximo de los estudiantes universitarios, era presidido por un compañero nuestro, Francisco Rojas. No se pensaba en una división sino en diferenciarse y esta diferenciación era vital para la seguridad en el trabajo clandestino y para frenar los roces de legitimidad. Acordamos identificar nuestro trabajo con las siglas FSLN-Proletario, como en realidad ya nos estaban identificando por fuera.

¿Cuáles considera usted fueron las razones por las que Humberto Ortega y Eduardo Contreras no los incluyeron a ustedes en su propio proyecto tendencial? 

Inicialmente no nos podían incluir porque eran mediadores; luego por sus propias necesidades de mediar buscaron tener una base clandestina propia segura, para no depender de Federico o de nosotros.

Si como usted dice los planteamientos insurreccionales eran compartidos. ¿Por qué no invitarlos a ser parte de ese esfuerzo?

No conozco bien la razón. Probablemente nosotros hubiéramos tomado en cuenta seriamente este planteamiento de habérsenos hecho. Esta pregunta la deben contestar Humberto o Daniel.

¿Realmente había postulados teórico o estratégicos diferentes?  He leído una entrevista que usted concedió a la revista Diálogo Social, en 1978, en la que esas diferencias teórica-estratégicas parecen ser un asunto de énfasis en temas como el trabajo primordial con los sectores asalariados, obreros de la ciudad y el campo.

Antes de la división ya había diferencias dentro del FSLN, que luego se fueron acusando más. Pero la existencia de puntos de vista divergentes no fue lo que desencadenó nuestra expulsión y separación, sino los conflictos de mando, en mi opinión. Un celo o temor por conservar la hegemonía, por desgracia una inclinación casi natural en los grupos humanos, pero endémica a lo largo de nuestra historia política hasta hoy, sin excluir al FSLN. Lo que nos distanció a nosotros de la llamada GPP era sin duda los diferentes enfoques sobre la línea general. Esta diferencia, como anoté al principio, ya se venía acusando desde años atrás.

Por otra parte, lo que nos trabó con la tendencia tercerista (TT), fue que nosotros considerábamos de capital importancia madurar las condiciones de organización de los sectores populares, antes de lanzar ofensivas finales armadas como efectivamente lanzaron ellos en 1977. Allí se abrió otro debate que menos mal empezamos a tratar de superar durante las conversaciones de unidad, iniciadas en marzo de 1978.

Pero a manera de resumen los factores creo haberlos al menos esbozado. Primero, el surgimiento de mandos de hecho al interior del país junto al funcionamiento en el exterior, por lapsos prolongados, de los miembros de la Dirección. Con el tiempo, los mandos en el país acumulaban resentimientos con los del exterior sobre todo cuando caían combatientes y se sufría las persecuciones contra los clandestinos. Por otra parte, hay que tener en cuenta la incomunicación o las dificultades para resolver los problemas con fluidez consecuencia de que el trabajo era clandestino. Ahora bien, una cosa son las divergencias que bien podían existir sin división; y otra, las medidas disciplinarias o las represalias que llegaron a tomarse, y que fueron las precipitantes de la separación de estructuras clandestinas, primer paso para una diferenciación ulterior entre tendencias.

Luis Carrión afirma que Eduardo Contreras, quién lideraba a Humberto y Daniel Ortega, tenía aspiraciones de ser Secretario General, en lugar de Carlos Fonseca21. ¿Está usted de acuerdo con la afirmación?

He escuchado eso antes de Luis Carrión, quién además tenía más familiaridad con Contreras por haber trabajado juntos en el regional de Managua. Por mi parte, cuando conocí a Contreras encontré a una persona más bien cautelosa cuyas conversaciones, cartas y declaraciones eran ambiguas, muy cuidadosas y pensadas, y en las que él se expresaba en formas gramaticales pasivas, casi nunca hablando en primera persona, lo que hacía difícil entenderlo o captar con claridad sus intenciones.

En Costa Rica me pareció, de caras a los roces en La Habana, que había logrado llegar a buenos términos con Carlos Fonseca. Al menos habían acercado posiciones políticas, pero hubo puntos de vista y conversaciones posteriores en las que Contreras criticó a Carlos por haber entrado a Nicaragua sólo sin avisar y separándose de un acuerdo previo de entrar juntos o al mismo tiempo, lo que de alguna manera reflejaba cierta desconfianza de uno hacia el otro. En general, por lo menos hacia nosotros, mostraba una actitud unitaria y constructiva.

¿Ud. era el coordinador general de la Tendencia Proletaria?

En realidad, no hubo ningún coordinador y así quisimos que fuese siempre. Dentro del FSLN, estrictamente, Roberto Huembes había sido designado miembro suplente de la Dirección Nacional en 1975 y lo era de hecho al momento de su expulsión, por lo que en todo caso él habría de ser una suerte de primus inter pares en la tendencia proletaria, pero nunca  lo reclamó así ante nosotros tampoco. Es posible que, en mi caso, por tener mayor experiencia, me haya tocado desempeñar ciertas actividades políticas o de representación hacia el exterior o en las conversaciones de unidad dentro del FSLN, lo que hubiera podido dar la impresión de tener un rol de coordinador. Pero realmente todos teníamos la misma jerarquía y esto continuó hasta la reunificación del FSLN. Éramos un mando colectivo que trabajó con alta armonía y una fraternidad ejemplar.

¿Estuvo en el país después de la formación de la tendencia o permaneció fuera?

Cuando se conforma la TP estaba en Nicaragua. A finales de 1976 me encontraba trabajando clandestino entre Managua, Granada y Carazo. Mis salidas posteriores fueron más bien episódicas y para tareas específicas; primero cuando se dieron las primeras conversaciones de unidad que tuvieron lugar en Panamá, en marzo de 1978. Salí por veredas, a pie, hasta La Cruz de Guanacaste y de allí nos ayudaron amigos políticos a cruzar la frontera de Paso Canoas de Panamá. Luego, salí para realizar una escuela de entrenamiento en Costa Rica y establecer los contactos para adquirir y transportar armas para la organización; más tarde, volví a salir nuevamente para los acuerdos de unidad a principios de 1979.

Cuando estábamos organizando la ofensiva final se me encomendó la tarea de coordinar la organización, avituallamiento y dotación de armas para las dos columnas que entrarían a combatir, una en Nueva Segovia y la otra en Chinandega, por la vía de Guasaule y Somotillo. Por eso debía realizar cruces constantes hacia la frontera norte. Yo mismo anduve a principios de 1979 buscando armas y respaldo político habiéndolo conseguido de Fidel, de Torrijos y de ciertos sectores influyentes en Costa Rica y en Honduras, lo cual nos fue muy útil. Estas misiones nos ayudaron a conseguir apoyo económico, armas y estructuras logísticas indispensables para la lucha armada. En la ofensiva final, Luis Carrión, Carlos Núñez y yo, integrantes ya de la Dirección Nacional Conjunta, estuvimos en el país, cada uno al frente de destacamentos armados que cumplieron las misiones encomendadas. Los miembros de la Dirección Nacional Conjunta que estábamos en Nicaragua en la ofensiva final fuimos nosotros tres y Bayardo Arce. Henry Ruiz, que casi siempre estuvo alrededor de las montañas del norte, había salido al igual que yo en búsqueda de apoyo, recursos y armas, además para discutir el tema central de la unidad. Saliendo de Costa Rica hizo un intento audaz de tomar Siuna o Rosita con una fuerza aerotransportada y reentrar a combatir, pero el mal tiempo se lo impidió. Tomás y Daniel ingresaron el 19 de julio junto con Doña Violeta Barrios y Sergio Ramírez, a tomar posesión como miembros de la Junta de Gobierno, aterrizando en el aeropuerto Godoy de la ciudad de León. Humberto y Víctor, que jugaron un papel clave en el puesto de mando que el FSLN tenía en Costa Rica, llegaron por vía aérea desde San José, el 20 de julio.

No había escuchado de una columna de la tendencia proletaria (TP) en Nueva Segovia ¿Quién la dirigió?

Esta columna fue encargada a Carlos Manuel Morales y a Roberto Calderón; a ella se sumarían Enoc Ortez, Marta Turcios, Mercedes Andara y Johnny Torres, entre otros. El grueso de esta columna lo formaban combatientes de la insurrección de septiembre de 1978 que se habían replegado a Honduras. Esta columna fue desarticulada en la frontera por el Ejército de Honduras que hizo prisioneros al grueso. Ellos fueron liberados hasta el triunfo, salvo Roberto Calderón que se incorporó al frente oriental, comandado por Luis Carrión.22

Volviendo al tema de la unidad, tengo entendido que los primeros diálogos para la reunificación se realizaron en marzo de 1978. Usted estaba presente ¿Por qué no prosperaron?

En marzo de 1978 firmamos los primeros acuerdos de unidad. Yo sostengo que sí fueron un paso adelante. En esa reunión, que tuvo lugar en Panamá, participamos Daniel y Humberto Ortega, Henry Ruiz, Tomás y yo.23 Estos acuerdos ayudaron a acercarnos, limar las asperezas y la desconfianza y contribuyeron también para iniciar la cooperación al interior del país en varios aspectos. Por ejemplo, durante la insurrección de septiembre el FSLN proletario, sin tener aún asegurado el armamento, entró con lo que tenía y podía en las acciones, previa comunicación que logré con Humberto, que estaba en Costa Rica. Otro aspecto de interés es la coordinación entre las tres tendencias para la formación del Movimiento Pueblo Unido. No se logró avanzar más porque me parece que cada tendencia estaba buscando consolidar sus fuerzas y llevar adelante planes que tenían avanzados de previo.

¿Estuvo enterado de la idea de organizar el asalto al Palacio Nacional como una operación conjunta?

Sé que hubo conversaciones al respecto. Pero las razones más bien corresponde explicarlas a Henry Ruiz y a Daniel o Humberto Ortega. Me parece que a esas alturas todos andábamos haciendo planes para incidir. Lo que sí se dio fue la convergencia de acciones o el apoyo logístico de una tendencia a solicitud de otra. Recuerdo una reunión en Diriamba donde Nicho Marenco nos solicitó realizar acciones de sabotaje a los transformadores en varios puntos de Carazo, donde la tendencia proletaria era fuerte. En esa ocasión hubo varias acciones que se realizaron en esa zona.

¿Cuáles fueron los principales énfasis de la TP en el trabajo en el interior?

La TP, como mencioné antes, se inscribía en la línea de la insurrección. En los documentos de plataforma de La Habana que eran para mí el referente general para la acción, concretamente en lo relacionado al tema de la organización, se concebía el proceso insurreccional como una movilización creciente de sectores populares organizados, desplegando todas las formas de lucha a su alcance. El sustrato base y el núcleo social de este proceso lo conformarían contingentes de obreros y campesinos organizados y, como fuerzas de cooperación, los pobladores de barrios, estudiantes y núcleos avanzados de otras fuerzas sociales.

La TP se orientó por este guion, un tanto teórico quizás, pero confiábamos que la práctica iría afinando el libreto. Desencadenar acciones armadas prematuramente, sin tener asegurada una base organizativa que por su contenido de clase le diera firmeza revolucionaria al proceso de lucha, y que por su fuerza numérica organizada le confiriera poder de fuego a la insurrección, era para nosotros una idea desacertada. Justamente esta fue nuestra divergencia posterior con la tendencia tercerista.

Humberto argumentaba contra esta posición de la TP, y de la GPP en cierto modo, haciendo una distinción entre vínculos “alámbricos” e “inalámbricos” con los obreros, campesinos y el pueblo en general. Una acción, sostenía Humberto, creaba por sí misma vínculos inalámbricos de los sectores sociales con la vanguardia. Pienso que algo de razón tenía; pero para nosotros la motivación de las acciones prematuras se explicaba porque los terceristas en realidad no contaban al inicio con fuerza consistente al interior del país. Claro que estas acciones ayudaban a la lucha en su conjunto y beneficiaba a las otras tendencias, así como que el amplio trabajo organizado que habían desarrollado tanto la TP como la GPP fueron a partir de determinado momento la plataforma social armada que contribuyó notablemente al desencadenamiento de la insurrección. Humberto no dejaba de tener razón con lo de las conexiones inalámbricas, pero esto conllevaba lanzar acciones armadas precipitantes que podían ocasionar, digamos, daños colaterales demasiado altos para los combatientes.  Este era punto de desacuerdo. Pensábamos entonces en la necesidad de madurar un poco más las condiciones internas y tener aseguradas las conexiones básicas “alámbricas”, en lenguaje de Humberto. Esta objeción hubiese sido una fantasía o simple conservadurismo si la TP no hubiese constatado progresos ascendentes en la organización sindical, social y gremial. En efecto, ya para 1977 y 1978 crecían las organizaciones impulsadas por la TP, como la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC), los Comités de Obreros Revolucionarios (COR), las organizaciones estudiantiles FER y el FES, la Asociación de Educadores, la combativa asociación de mujeres AMPRONAC, la organización barrial alrededor de las Brigadas Revolucionarias del Pueblo, etc. Más tarde todo ello  se complementaría con el amplio frente social, el Movimiento Pueblo Unido, integrado por 22 organizaciones de alcance nacional, el cual cuales tendría un fuerte brazo armado para el combate frontal con la Guardia Nacional.

En la insurrección la TP concentró sus fuerzas en el Frente Nororiental Carlos Roberto Huembes, en Chinandega y en Carazo. ¿Nos puede relatar los factores que pesaron en esa decisión?

La TP combatió donde había logrado presencia y era fuerte.  Antes de los acuerdos de unidad que uniformaron la incidencia estratégica de las tres tendencias, la TP venía concentrándose en Managua, Chinandega, Carazo, Masaya y Granada, y abriendo trabajos en el Caribe Sur, Chontales y las Segovias. Hasta entonces nuestra prioridad se centraba en el trabajo organizativo y político, por lo que estábamos rezagados en la organización militar. De hecho, teníamos poco armamento. Desde finales de 1978 la organización militar para el combate se convirtió en una prioridad, lo que implicaba entrenamiento y búsqueda de armas. Yo mismo me concentré en esta tarea con apoyo de las estructuras del exterior donde estaban Vanessa Castro, Alvaro Guzmán, Francisco Lacayo, Ricardo Wheelock, Jeanette Roosses y otros compañeros. Después de la insurrección de septiembre sobre todo, teníamos que correr para ponernos al día. De este modo iniciamos el esfuerzo por organizar y armar varias columnas guerrilleras que pudieran incidir a partir de cuatro direcciones: occidente por la vía de Chinandega, bajo la jefatura de Alonso Porras y Sergio Mendoza y secundados por Lorenzo Santana, Patricio Lorente y Antenor Ferrey; el norte por vía de Nueva Segovia, como ya dije bajo la jefatura de Carlos Manuel Morales, Johnny Torres y Enoc Ortez; Carazo, bajo Manuel Salvatierra, Cesar Delgadillo y Salvador Mayorga; y oriente, bajo la jefatura de Luis Carrión, secundado por Adolfo Chamorro, Horacio Cuadra, Roberto Calderón y Javier Guerra. Managua, donde la TP tenía la mayor fuerza de masas, estaría bajo la coordinación de Carlos Núñez.

Ahora bien, debemos aclarar con todo realismo que para mediados de 1978 la TP todavía estaba rezagada en armamento y organización militar. Tuvimos que correr para buscar en distintas partes del país y en el exterior lugares de entrenamiento.  Y en esa misma dirección yo tuve que salir  para conseguir recursos, armas y facilidades de infraestructura de transporte y recepción, como mencioné antes. Tuvimos la suerte de conseguir apoyo externo y adquisición de un fuerte lote de armas modernas livianas y pesadas que hicimos aterrizar en Costa Rica y Panamá. En el país se intensificaron las escuelas de entrenamiento en varias partes. Para la ofensiva final, me concentré en el trasiego de las armas, en la organización y armamento de las columnas del norte y el occidente. Invertimos tiempo para conseguir el enlace de estas fuerzas con las demás que ya se encontraban incidiendo en el país. Debe haber sido en los primeros meses de 1979 que nuevamente hice una incursión hacia Costa Rica para la firma de la unidad sandinista, así como para discutir y firmar con Humberto, Daniel, Tomás y Henry Ruiz, el plan estratégico para la ofensiva final que guio la acción política y militar de la insurrección general que todos seguimos.

La idea de disposición de fuerzas que orientó a la TP partía de la noción de sublevar la capital y ciudades como Chinandega, El Viejo, Chichigalpa, Jinotepe, Diriamba, San Marcos, Juigalpa, y Bluefields; contribuir en la promoción de paros y huelgas en los principales centros de trabajo y, a partir de determinado momento, lanzar columnas armadas desde distintas direcciones para contribuir en armonía con las otras fuerzas a dividir a la Guardia somocista. En los hechos, de las cuatro columnas que mencionamos, tres lograron incidir y cumplir; la del norte, que entraría por las Segovias, a pesar de venir bien armada, fue detectada en su marcha hacia la frontera por el Ejército de Honduras y fue desarticulada y sus integrantes hechos prisioneros. Las fuerzas en las otras tres direcciones alcanzaron su cometido.

Anoto que en la dirección donde me tocó coordinar en el terreno las acciones armadas, la TP contaba inicialmente con una pequeña fuerza militar que pronto llegó a tener un contingente regular de unos 400 a 600 hombres y mujeres  armados (con fusiles G3 modernos y apoyados con cañones de 75mm sin retroceso, morteros de 81 mm, lanzacohetes RPG7 y más de mil granadas ofensivas y defensivas. Por cierto, uno de estos cañones de 75mm se lo facilité con su dotación a Francisco Rivera, “el Zorro”, durante la ofensiva final, con lo que logró batir la resistencia tenaz que le hacia la Guardia desde el cuartel de Estelí.  Esta fuerza regular que describí arriba, de hecho, tuvo la función en el norte similar a la que desempeñó el frente sur –también de tipo regular-. Esta columna de occidente logró tomar todo el territorio de Chinandega y su cabecera departamental, cerró la frontera occidental con Honduras y derrotó a las unidades de combate de la GN, al mando de los generales Gómez y Pallais, impidiendo también que las tropas enemigas tuvieran la capacidad de caer sobre León. Esta fuerza fue la que recibió y rindió saludos en la Chinandega liberada a los miembros de la Junta de Gobierno que llegaron a León el 19 de Julio de 1979.

Pero en una visión más general, al final de la guerra estábamos luchando todos y en ocasiones batiendo juntos objetivos enemigos. Recuerdo por ejemplo que en Villanueva y lo que hoy es la Villa 15 de Julio, detectamos una contraofensiva de la GN para retomar esos pueblos y, mientras estaba tratando de concentrar fuerzas de rechazo que llamé desde Somotillo, me encontré con un grupo guerrillero de la GPP que venían con hamacas y guitarras, al frente del cual venían Manuel Rivas Vallecillo y creo que Víctor Tinoco. Ellos nos ayudaron a fortalecer aquel punto bajo asedio. La verdad es que a esas alturas de julio de 1979 la movilización enemiga que nosotros tomamos como contraofensiva no era otra cosa que los intentos de la Guardia somocista de reconcentrarse para buscar salida hacia Honduras.

En los días finales, estando ya Chinandega tomada, coincidimos con una fuerza al mando de Omar Cabezas de la GPP y juntos fuimos a tomar y consolidar Corinto. Constatamos allí que la GN había salido en estampida hacia El Salvador en los barcos que encontraron en el muelle. A la vuelta de Corinto nos atacó un remanente de la Guardia. El ataque hirió al chofer y me pasó refilando un balazo que pasó entre Omar y yo, y que sólo me rasgó la camisa por el brazo derecho. A esas alturas no había ya diferencias de tendencias.

Nota aclaratoria:

Según Alonso Porras, Tirsa Sáenz y Quxabel Cárdenas, debido a que la GN priorizó la defensa de Chinandega, reforzándola con soldados del Consejo Centroamericano de Defensa (CONDECA) la ciudad de Chinandega no pudo ser insurreccionada. Faltó también la presencia de fuerzas terceristas que entrarían bajo el mando de Emerson Velázquez. Al darse cuenta de que Somoza se iba, la GN abandonó el cuartel en la noche del 18 de julio y dinamitó y quemó sus instalaciones incluyendo las celdas donde murieron incinerados parte de los presos sandinistas.24

¿Cuáles fueron los factores que favorecieron la hegemonía de los terceristas, a pesar de que no eran ellos quienes tenían la organización en el interior del país?

Esta es una pregunta difícil de responder para mí, pues fui crítico de las acciones tempranas de la tendencia tercerista. Para entender lo que ocurrió se necesita tiempo e imparcialidad, y uno siempre tiene la predisposición de filtrar interpretaciones de los hechos como quisiéramos que fuesen y no como ocurrieron. Pero algo puedo decir sobre todo porque lo que narro me consta, viví la experiencia o estuve allí. La pregunta parte de una verdad: la debilidad organizativa y numérica al interior del país de la tendencia tercerista. Pero también no resalta los puntos fuertes que ellos lograron aprovechar. Voy a citar algunos. El primero es que la dirección tercerista se orientó desde el inicio por una línea estratégica correcta. Segundo, ellos lograron aprovechar a través de un intenso y exitoso trabajo internacional los réditos y simpatías alcanzadas con la acción del 27 de diciembre, y las que ellos por sí lograron con la toma de San Carlos25 y Río San Juan. Los espacios internacionales les permitieron medios económicos periódicos y consistentes, flujos de armas y nada menos que el empleo del territorio norte de Costa Rica para organizar y apertrechar fuerzas invasoras. Si bien no tomaron poblaciones ocuparon territorio, empantanaron y debilitaron a la GN a lo largo de la frontera sur. Adicionalmente pudieron operar medios aéreos para abastecimiento interno de sus fuerzas y de las otras tendencias. Un punto fuerte con el que dieron un salto de calidad no logrado por las otras tendencias con temprana oportunidad, fue la aplicación de una política de apertura e inclusión con representativos del capital, Iglesia, intelectualidad, profesionales y sectores anti somocistas prominentes que les permitió organizar el Grupo de los Doce, que además de proporcionar una cara nacional amplia y políticamente aceptable, prefiguró con credibilidad una alternativa de gobierno. Sus acciones armadas, las del 13 de octubre, la ofensiva de septiembre y la toma del Palacio Nacional aparecieron como continuidad ascendente de las victorias que se habían alcanzado con el 27 de Diciembre, y permitieron incrementar y agitar la disposición y reservas de la juventud, pobladores y otro sectores combativos que encontraron un medio de incorporación a la lucha, que la mera acción guerrillera de la montaña no nos había permitido  o facilitado hasta entonces. También es muy importante subrayar que algunas de sus acciones, si bien concebidas como incursiones desde afuera, contaban en el interior del país con el respaldo combativo del complejo de masas organizadas que habían logrado conformar las otras tendencias y que se sumaron, con o sin apoyo de sus mandos, al torrente de sublevaciones que esas acciones causaron. Una cosa me queda clara y creo que todos estamos de acuerdo, el triunfo de la insurrección fue una obra colectiva, cada tendencia aportó lo mejor que tenía y cada parte hizo el todo.

¿Está de acuerdo con que la estrategia de la insurrección formaba parte de la visión del sandinismo desde sus inicios?

Es difícil pensar que una concepción insurreccional fuese adoptada tempranamente, sobre todo en el contexto inmediato posterior al triunfo de la revolución cubana:  es decir, el derrocamiento de un régimen dictatorial militar por parte de una guerrilla exitosa iniciada por un puñado de patriotas en la montaña. Intentar la repetición de esa hazaña fue el norte de todos los que luchaban en los sesenta contra las dictaduras militares y las oligarquías en América Latina. El FSLN nació y se desarrolló como un movimiento guerrillero. Incluso a partir de determinado momento algunos dirigentes con influencia en el FSLN empezaron a orientarse por el ideal del Che, la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) y las consignas de crear uno, dos, tres Vietnam, pensando más bien en unirse al combate mundial de todos los pueblos contra el imperialismo.

Por otro lado, como sabemos, la lucha armada más exitosa de la historia contemporánea de Nicaragua la había librado Sandino a través de una resistencia armada de carácter guerrillero que se desarrolló predominantemente en las montañas del norte. Por lo mismo, no es casual que las luchas armadas a fines de los cincuenta, esta vez contra el régimen de Somoza, las reiniciaran los Raudales y los Heriberto Reyes y los Julio Alonso a través de guerrillas en la montaña, y que las continuaran otros rebeldes incluyendo las que empezó a librar el FSLN en sus inicios.

Concebir el desarrollo de insurrecciones generales con fuerte expresión en las ciudades no era factible, al menos históricamente, como no lo fue el único y aislado brote de sublevación protagonizado por los insurgentes que se tomaron los cuarteles en Jinotepe y Diriamba en 1961, sin posibilidades de propagarse hacia otras ciudades.

Opino que era necesario transitar por las diferentes experiencias guerrilleras de Raití, Rio Coco y Bocay, Pancasán Zinica, etc., -las cuales no prosperaron militarmente-, para  madurar las condiciones y para que el FSLN se propusiera hacer ajustes a su línea. Todavía entre 1972 y 1975 la concepción predominante era la de la lucha guerrillera en la montaña. Se creía entonces que era en la montaña donde se le iba a propinar la derrota al enemigo, desarticulando y venciendo allí a sus fuerzas estratégicas. La ciudad, en este contexto, era concebida como un “pulmón”, como una retaguardia, y en sentido activo, como la resistencia urbana.

Los progresos del FSLN en la forja de organizaciones gremiales intermedias, en la lucha de barrios y de comunidades rurales alrededor de reivindicaciones o de la tierra que se dieron desde 1972 con Óscar, Ricardo y Federico, nos estaban indicando cambios en el tejido de la sociedad y también el principio de desgaste de la dictadura.

La línea insurreccional, no como inquietud o mera idea, fue concebida a partir de las reflexiones de Carlos Fonseca, secundado por Humberto Ortega y apoyado por los compañeros que trabajamos con ellos dando nuestros modestos aportes, en un esfuerzo por delinear una nueva plataforma de lucha. Otros compañeros como Eduardo Contreras, Daniel Ortega, Germán Pomares y Víctor Tirado la adoptaron como línea del FSLN, a pesar de la existencia de posiciones todavía divergentes al interior de la organización. Pero aún, estas posiciones divergentes fueron menguando a medida que la guerra se trasladaba a las ciudades. La tendencia proletaria y la tendencia GPP organizaron fuerzas guerrilleras o unidades de combate en las propias ciudades, al igual que lograron incidir en varias cabeceras departamentales y ciudades del interior ampliando notablemente el frente insurreccional.

¿Está de acuerdo en que la montaña jugó un papel estratégico en el proceso de la lucha y que “no habría 19 de julio sin la montaña”? 26

 Las razones por las que triunfa la Revolución Sandinista son complejas. Uno puede llegar a aproximaciones. Habría que estudiar y discutir más este fenómeno. Hasta ahora lo que he oído o leído son versiones personales un tanto unilaterales o demasiado personales, subjetivas si se quiere. ¿Podría yo concebir el 19 de julio, , sin la montaña? Te diría rotundamente que no, no lo concibo. Pero no tanto porque la montaña haya jugado un papel decisivo para neutralizar las fuerzas vivas del enemigo en las últimas fases de la guerra, sino por otra razón. La lucha guerrillera, la resistencia armada en la montaña a lo largo de 19 años, mantuvo en alto -como una columna vertebral la rebeldía de los mejores hijos de este país, dispuestos con decoro a defender con las armas el derecho del pueblo nicaragüense a la soberanía, la libertad y la redención social. Ese fue el mensaje que nosotros, las generaciones posteriores, recibimos de los patriotas que luchaban en el monte. El FSLN va nutriendo poco a poco su credibilidad, no tanto por sus triunfos sino por las derrotas que sufrió y sobre todo por su capacidad de reponerse a ellas sin retroceder. Es más, pienso ahora que esta columna vertebral también la conforman todos aquellos que con anterioridad a la formación del FSLN se resistieron con las armas a la opresión somocista y dieron su aporte al caudal de la Revolución.

En este punto es importante, por un lado, resaltar la existencia de factores, independientes del FSLN, que contribuyeron al triunfo de la revolución, contribuyentes que permitieron el triunfo de la revolución actuando desde cierto punto de vista con independencia del FSLN. Y por otro lado, delinear los factores que dependieron del FSLN. Sobre los primeros, me  parecen dominantes:

1.- El desgaste del apoyo internacional con el que contaba la dictadura somocista.  Estados Unidos se empieza a alejar del somocismo a partir de 1961, con el ascenso de los Kennedy y la separación se va a hacer más marcada con la llegada de Carter a la presidencia de aquel país. De hecho, Carter le dio la espalda a Somoza e impidió al final que fuese reabastecido de armas. No es probable que con la mejor de las estrategias y tácticas se hubiese producido el triunfo el 19 de Julio de 1979 sin la incidencia del aislamiento económico, político y militar que Carter marcó para la dictadura somocista.

2.- La prolongación desmedida del régimen de los Somoza, su irrespeto por los derechos humanos, las reiteradas campañas de genocidio que la Guardia perpetraba contra el propio pueblo y el estado de beligerancia interna permanente de Nicaragua, convirtieron al régimen de Somoza en un factor de inestabilidad para los gobiernos de la región. Esto es especialmente cierto en el caso de México, Venezuela, Costa Rica y en general de casi todas las naciones latinoamericanas a excepción de Chile y Paraguay- que llegaron a declarar genocida y fuera de la ley al régimen de Somoza, en la XVII Conferencia de cancilleres de la OEA.27

3.- A finales de los sesenta e inicios de los setenta, la oposición civil que había mostrado beligerancia desde 1967, termina pactando con Somoza. Este pacto cierra como una cortina de ignominia las vías cívicas para cambiar el régimen y lanzan a la oposición genuina y a la juventud hacia las salidas violentas. A partir del pacto liberal-conservador, no quedó otra alternativa que la vía armada propuesta por el FSLN.

4.- El régimen de Somoza, tras largos años de imposición sobre los nicaragüenses, fue ganando la repulsa de la gran mayoría de los grupos políticos y de amplios sectores de la población. El robo de la ayuda a los damnificados del terremoto de Managua de 1972 desenmascaró frente a la opinión nacional el carácter corrupto, antipopular e inhumano del régimen. A esto se suma la avaricia de la familia Somoza de explotar -como viejo vicio de toda dictadura- toda clase de negocios, lo que condujo también a contradicciones con los empresarios privados. Las condiciones para sumar al empresariado a un aislamiento de la dictadura estaban maduras para 1978. Con el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro el gobierno somocista terminó de aislarse en lo político e internacionalmente.

5.- La crisis política y militar que sacude a la dictadura somocista a partir de 1977, encuentra a una oposición civil incapacitada de conformar una alternativa de gobierno creíble y viable. Los intentos del FAO (Frente Amplio de Oposición) integrado por las corrientes políticas conservadoras y apoyadas por Estados Unidos, llegaron demasiado tarde para detener o aprovechar el derrumbe acelerado del régimen somocista.

Entre los factores internos que dependieron más directamente del FSLN para el triunfo revolucionario menciono:

1.- El papel de la montaña como columna vertebral de la lucha. Desde 1961 la resistencia armada del FSLN en las montañas del norte representó el rechazo permanente de un sector avanzado de la juventud que se levantó contra la opresión y la explotación ejercida por el somocismo y su instrumento armado, la Guardia Nacional.

2.- El rol jugado por Carlos Fonseca como líder inspirador, como maestro y paradigma de revolucionario ejemplar. Carlos representó la garantía de continuidad de la lucha para el FSLN. Su grandeza y su eficacia brillaron precisamente cuando la causa de la lucha revolucionaria parecía perdida y derrotada.

3.- La capacidad dentro del FSLN de forjar una organización enraizada en las tradiciones de lucha patriótica de los nicaragüenses y en el pensamiento y acción de Sandino. El FSLN tuvo la visión de apegarse a la realidad nacional, así como la capacidad –aún a través de crisis internas–, para hacer ajustes a su línea política adoptando una plataforma de lucha conforme a los cambios y progresos de la sociedad nicaragüense.

4.- La habilidad, oportunidad y audacia de la tendencia tercerista para desencadenar acciones armadas en las ciudades abrieron la ruta hacia la insurrección. Ello, junto con la política de alianzas que llevaron a la práctica, les proporcionaron a las fuerzas revolucionarias la apariencia una alternativa de gobierno creíble. Estos logros contribuyeron a poner, con el acompañamiento de las acciones armadas y políticas de las otras tendencias, el precipitante o detonador de la avalancha insurreccional general que desembocaría más tarde en la caída de la dictadura somocista.

5.- La existencia y desarrollo alrededor del FSLN de las organizaciones intermedias, gremiales y sociales que bajo la dirección predominantemente de las tendencias TP y GPP, contribuyeron a fortalecer el cuerpo movilizador de la sublevación de los barrios y ciudades, los paros y la huelga general.

6.- La Unidad sandinista a la que concurrieron con consecuencia y patriotismo las tres tendencias del FSLN, fue decisiva para conjugar y sumar en un solo plan estratégico las fortalezas y pesos específicos de cada una, lo que permitió el desencadenamiento exitoso de la ofensiva final contra la dictadura.

Debo decir finalmente que visto el proceso de luchas contemporáneas en nuestro país como un todo, como un proceso histórico, el FSLN es un continuador. Algunos puntos de vista sobre nuestro proceso deben revisarse todavía. La idea por ejemplo de que la historia de la revolución arranca a partir de la fecha de la fundación del FSLN, deja a un lado que el proceso revolucionario fue un proceso continuo, ascendente y de larga data, y que, por lo mismo un solo hecho, no alcanza a contar la historia tal como ocurrió. ¿Podría existir el FSLN sin la lucha de Sandino? ¿O sin las numerosas luchas y alzamientos guerrilleros que reintegraron el movimiento revolucionario a partir de 1957 y 1958 con las incursiones de Santos López y Raudales y de quienes luego los relevaron? En Nicaragua desde los años cincuenta se dieron alzamientos contra la dictadura, como los del 4 de abril de 1954, o como las tomas de Jinotepe y Diriamba alcanzadas por los combatientes del Movimiento 11 de noviembre, y la incursión de Olama y Mollejones, todos los cuales conmocionaron el país. Hubo alzamientos de militares de la Guardia Nacional como José María Tercero, Manuel Gómez, Rivas, los Báez Bone, Ubilla Baca, Alí Sálomon y Carlos Ulloa por mencionar algunos, todos ellos asqueados por la conversión de ese cuerpo en una guardia pretoriana al servicio de la familia dinástica. Aquí quiero decir, había una tradición de lucha que nosotros en el FSLN no inventamos, sino que dentro de la cual nos encausamos y tratamos de continuarla y hacerla crecer y prosperar.

Por otro lado, debe estudiarse y revisarse mejor la idea de que la Revolución sandinista puede explicarse a partir de las decisiones y acciones de sus sucesivas direcciones nacionales, y que la revolución se sigue como el encadenamiento lógico de las directrices que este cuerpo tomó -que, en su mayoría por su permanencia en el exterior, tuvo limitaciones y adoleció no pocas veces de comunicación con el interior. Todavía tenemos pendiente aproximarnos a una historia de la revolución nicaragüense, aprovechando desde luego los aportes muy valiosos que se han dado. Ver todo el proceso desde un foco unilateral o de una visión personal puede resultar en una versión esquemática que podría llegar a desvalorizar factores influyentes de peso decisivo en el triunfo de la revolución.

Por otro lado, también se le resta valor al papel que, con independencia de las sucesivas direcciones nacionales, o a veces en contraposición con ellas, desempeñaron en el terreno de lucha los mandos internos sobre quienes recayó el peso de un tipo de combate que era armado y que debía batir y neutralizar fuerzas vivas del enemigo al interior del país. Negar el papel de la montaña me parece un enfoque simplista y hasta algo contestatario. Opino que todavía nos falta una visión más integradora que no puede resultar de versiones individuales o provenir de experiencias que sólo conocieron un ángulo de todo el torrente complejo que fue nuestro proceso revolucionario, o de versiones que tratan de hacer historia a partir de hechos y procesos que no les consta. Esta labor interpretativa es necesaria y debe ser emprendida.

Fin de la entrevista

*Tomado de https://memoriasdelaluchasandinista.org/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *