La izquierda mutante y las monarquías del Siglo XXI

*Por Francisco Larios

Antes de entrar en tema, debo confesar que escribo este texto como un acto de lucha. Busco, como un débil sísifo (igual a todos en toda edad y toda latitud) hacer que la convicción se sobreponga al cansancio y a la tristeza. Es lo humano, lo único certeramente humano. Inevitable, por nuestra fragilidad, posible gracias a verdades que lo son en sí y por sí, inherentes y eternas, y nos mueven por serlo, y por ser lo que somos.  

A ellas me apego, como se ha apegado a ellas la razón desde que avizorara su luz lejana aproximarse en el mar turbulento de la historia:  “Les hommes naissent et demeurent libres et égaux en droits”, proclama la revolución francesa (“los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”); “all men are created equal, … they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, … among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness”, proclamaba un par de años antes el Thomas Jefferson de la revolución que fundó los Estados Unidos de América (“todos los hombres son creados iguales, dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; entre ellos la Vida, la Libertad, y el derecho a buscar la Felicidad.” )

El poder y los derechos humanos

Estas son más que palabras hermosas o sueños de unicornio. Son los pilares de una visión política del ser humano como núcleo de la modernidad. Aplicadas, desde el inicio, con toda la imperfección de que el humano es capaz y con todo el empeño en buscar la perfección que lo marca de nacimiento, constituyen el credo de la civilización; verdades, que como inscribió Jefferson en la Declaración de Independencia, son “self-evident”, es decir, libres de toda duda, incuestionables, ciertas sin que haga falta más demostración que sí mismas.

¿A alguien se le ocurre, hoy en día, proponer que no todos los seres humanos “nacen libres”, o que no todos tienen derechos inalienables, como la vida y la libertad, y el derecho a perseguir la felicidad? Respondo, porque desafortunadamente esta pregunta no es una flor retórica, ni una burbuja que se deshaga al contacto con la realidad: al poder.

Lo hace, desde que el código de la modernidad se volvió norma, con la misma artera voluptuosidad con la que los cristianos han violentado el “ámense los unos a los otros” durante más de dos mil años, y quizás por las mismas razones. Lo hace mientras levanta banderas ‘emancipatorias’ y escribe constituciones que contradicen su práctica, mientras denuncia a otros poderes por no cumplir la norma, por violar los derechos humanos.

Monarquías y poder

Contra el poder se levantaron, o más bien se sentaron, a la izquierda de la presidencia de la Asamblea a inicios de la revolución francesa, los representantes del Tercer Estado, lo que hoy llamaríamos el pueblo.

En aquel entonces el pueblo era quienes no pertenecían a la nobleza o al clero católico, que controlaba la mayor parte de la tierra. Y la tierra era, en aquel entonces (aurora de la revolución industrial) la mayor riqueza, y la mayor fuente de ingresos.

Hoy en día, en Nicaragua, diríamos que, por un lado, a la derecha, estaría sentado el “gran capital”, los grandes herederos milmillonarios y su parentela, quienes actúan (y se ven a sí mismos) como nobleza criolla; junto a ellos estarían los representantes de la monarquía orteguista.  Si a alguien se le viene a la cabeza “diálogo y consenso”, no alucina.

La equivalencia histórica con la izquierda de la revolución francesa en la distribución de las curules sería el resto mayoritario de la sociedad: los ciudadanos que no pertenecen o apoyan a la monarquía orteguista; los trabajadores, los pequeños y medianos empresarios, los pobres, los estudiantes, los pobladores de barrios y comarcas, los campesinos.

Quiero resaltar aquí la similitud entre las demandas fundamentales del Tercer Estado en la revolución francesa y las del pueblo en la Nicaragua del siglo XXI. En junio de 1789, el pueblo francés pedía el derecho al voto individual, y sus representantes se oponían a que el “diálogo” [para traducir a nuestro trágico lenguaje] llevara a un nuevo “pacto” [sigo traduciendo] en el cual el rey tuviera siempre la última palabra, a través de la autoridad legal que le entregaría la “aplanadora” de los poderosos Primer y Segundo Estado para vetar las decisiones de la Asamblea. 

Me imagino que, aunque no hayan leído la historia, sabrán intuir que a Luis XVI y a Marie Antoinette, como a Sus Majestades del Carmen, no les hizo mucha gracia la altanería del pueblo, y mandaron suspender el “diálogo”. La respuesta de los representantes del Tercer Estado fue reclamar—y este es el comienzo de la modernidad, el verdadero comienzo de la democracia europea—la representatividad de la nación, y eventualmente erigirse (resumo aquí un poco) en Asamblea Constituyente.  Había muerto el absolutismo, y empezaba el largo y accidentado camino hacia la república democrática.

Da escalofríos, pero alecciona sobre el ADN del poder, este otro paralelo: fue el propio Luis XVI quien, sumida Francia en agitación y crisis, convocó a este “diálogo”, conocido [traduzco ahora del nicaragüense al francés] como Estados Generales

Progresismo, revolución, pueblo y poder

La analogía histórica es casi evidente: la posición progresista, revolucionaria, era la de quienes dieron origen al término “izquierda” en la política mundial: defender el derecho de los ciudadanos frente al poder absolutista del déspota. La posición reaccionaria: apoyar al poder, a costa de la soberanía del pueblo.

Resulta entonces de una ironía por lo menos semántica que gente que se dice de “izquierda”, “revolucionaria”, y “progresista” tenga tanta dificultad en condenar al poder absoluto constituido en monarquías chapiollas, como la nicaragüense, y otras más entraditas en años, flotando ya en aguas de sucesión, como la de Cuba.

Pero esto es, precisamente, lo que ha ocurrido. Les regalo una muletilla fácil para tomar aliento: “cosas veredes, Sancho amigo.”

La defensa reaccionaria del orteguismo y del castrismo

Los reaccionarios—y en esto se parecen todos—se aferran a un dogma. En otras eras, u otras circunstancias y latitudes, podría ser la “defensa de la cristiandad”, o la “defensa del Islam”, u otra causa sagrada. Como el mundo es así, si hay dogma hay dogmático; y el dogmático se ve, o se describe a sí mismo, como “bueno” por defender el dogma, o por defenderse de conspiraciones heréticas. Los herejes, por supuesto, son malos, tercamente malos, peligrosamente malos, y hacen “justo” (y hasta “necesario”) que el dogmático torture, queme en la hoguera a personas, arrase con bibliotecas y culturas si es preciso, y si es preciso extermine poblaciones enteras.

El Gran Satán

El “dogma” de la “izquierda” post guerra de Vietnam incluía de manera prominente este artículo de fe: los Estados Unidos de América son el eje del mal, un imperio que calcula cada paso para imponer con la crueldad que sea necesaria, o más, su voluntad de extraer tanta sangre y riquezas como le sea posible del resto del mundo.  

Tras la muerte de Stalin y, unos cuantos instantes-décadas después, la caída del muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y la conversión de la China de Mao en la China de Walmart, la perversidad del imperio pasó, de ser el primer sura, a ser el único. Basta que un político se desgañite ante su público denunciando a sus enemigos como aliados o lacayos del imperialismo yanqui para que amigos y enemigos lo llamen “de izquierda”.  Basta que un régimen se declare acosado por el imperio para que la “izquierda” y todo aquel que no quiera ser considerado “derecha”, o “capitalista”, o “traidor al pueblo” tenga que asumir la cruz de su defensa.

Cómo se puede llegar colectivamente a arrinconar a la razón de tal manera es un tema fascinante y complejo. Cómo se ha llegado es un poco menos borroso: la voluntad de un aparato político de propaganda mundial, el del estalinismo, combinado siempre con lejanías, ignorancias, cegueras, y en muchos casos el deseo de creer que la solución a todos los males de la injusticia ya fue encontrada.

Pero de que se ha llegado a este rincón no cabe duda; y sin duda las consecuencias son funestas: no puede hacerse más daño a la causa de las revoluciones sociales (necesarias para el avance humano en muchas partes del mundo) que cuando se las condena a una perversa manipulación maniquea de la realidad; no puede hacerse más daño a los oprimidos del mundo que organizar, bajo la bandera del “progresismo”, y de la “izquierda”, la defensa del poder opresor.

Este es el verdadero Gran Satán que impide el progreso social, porque es reaccionario, y ayuda a las fuerzas de la reacción, al Poder en todos sus disfraces, a mantener el control social en contra de los intereses de la gente. Porque, al poder “de derecha”, la “izquierda revolucionaria” le sirve en bandeja el miedo que es eco del terror que siembra en sus dominios, y licencia para “proteger” a sus países de la amenaza. Y si el poder es “de izquierda”, el Gran Satán de la mentira estalinista les da el dogma, y el dogma debe ser defendido implacablemente, so pena de dejar que los herejes arrasen el paraíso de la fe.

La defensa “de izquierda” de las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua  

De eso se trata la vergonzosa postura de la izquierda latinoamericana con respecto al atropello de los derechos más elementales de –entre tantos otros—cubanos, venezolanos y nicaragüenses.

A los nicaragüenses, especialmente a aquellos que apoyamos al Tercer Estado de nuestra sociedad, y que no solo detestamos al régimen actual, sino que queremos un cambio verdadero hacia una sociedad más libre, igualitaria y próspera, nos consta y duele la oposición reaccionaria de esta “izquierda mutante” a la voluntad del pueblo de avanzar, soberano; de demoler El Carmen y caminar sobre sus ruinas hacia un futuro mejor.  

Es apenas en las últimas semanas, cuando el orteguismo ha secuestrado a antiguos militantes del FSLN con conexiones internacionales, que intelectuales y activistas de la izquierda articulada han empezado a dar un giro que pareciera definitivo en contra de la dictadura sandinista. 

¿Por qué tuvo que darse el abuso contra una élite de correligionarios antes de que despertara la conciencia de quienes se dicen militantes populares? Este cambio de postura, para colmo, no es solo tardío, sino tibio.  Un ejemplo, antes de dejar el tema: cierta icónica figura literaria de la izquierda continental se negó a difundir entre sus redes el comunicado de la organización opositora “Grito de Abril”, porque contenía este pasaje: “Los abusos (de la dictadura orteguista) rebasan lo ordinario en las dictaduras tradicionales que antaño plagaban el continente americano. La de Daniel Ortega y Rosario Murillo tiene visos demenciales…”.

La afirmación—que para ningún nicaragüense opositor es controversial– va respaldada, en el comunicado, por una lista de hechos que ya han sido formalmente incorporados a toda la documentación por la que se señala a Ortega y Murillo como responsables de crímenes de lesa humanidad.

No fue suficiente para la respetada figura, quien luego añadió a su razonamiento que la represión de Hitler había sido peor porque este mató a seis millones de personas. Si ese es el criterio, aunque Ortega asesinara a la población entera de Nicaragua, jamás podría ser comparable en su crueldad al tirano alemán.  

Para rematar, no podía difundir en sus redes el comunicado, dijo, por este otro pasaje: “…que se permita la entrada inmediata de organismos multinacionales e independientes de Derechos Humanos, y a la Cruz Roja, para verificar el estado de salud y las condiciones de detención de todos los presos políticos.”  

Dejaré al lector, como un acertijo, que busque en estas tres líneas razón suficiente para no publicar lo que las tres líneas demandan.

La “izquierda” y la monarquía castrista

Pero no hay caso más atroz de mutación reaccionaria que en la postura de la izquierda de América Latina (y mundial) frente a la monarquía castrista. Alrededor de esta un movimiento carente de modelo viable y humano ha creado la fábula de uno, el mito del paraíso bajo sitio, con los bárbaros a punto de arrancar a los ángeles el sueño de independencia, igualdad y prosperidad que un líder mesiánico construyó a punta de su generosidad luminosa y de una fuerza intelectual y espiritual que solo un coloso sobrehumano lograría hacer confluir.

Y bueno, es preciso reconocerlo: hay bárbaros. Lo que no hay, y confío que cualquier escapado del dogma entenderá, son ángeles. No tengo dificultad alguna en hacer inventario de los abusos cometidos por el poderen y desde los Estados Unidos.  Llámese Vietnam, llámese el apoyo a conveniencia que dieron y dan a regímenes opresores en el mundo; llámese la desastrosa invasión de Iraq o la opresión de los palestinos; los abusos que se cometen también al interior del país, las injusticias raciales e inequidades evitables en la condición de distintos grupos sociales. ¿Qué hay que hacer con respecto a estos abusos, y frente a la tendencia del poder concentrado abrumadoramente en un Estado militarmente poderoso que tiene de retaguardia una economía gigante y productiva? Pues, obviamente, hay que denunciarlos, y oponérseles.

¿Y qué es lo que no hay que hacer? Pues, obviamente, usarlos como excusa para los abusos que el poder cometa en ningún otro país, o en ninguna otra relación entre países. No hay mucha ciencia ni dilema en esto, cuando ya la humanidad se ha puesto de acuerdo—en algunos casos para aplicar honestamente, en otros para violar hipócritamente—sobre los principios fundadores de la modernidad que mencioné al comienzo de este ensayo. En otras palabras, sobre los derechos que consideramos universales, inherentes al ser humano, inviolables y de obligatorio respeto para el poder.

¿Y qué es lo que hace la izquierda mutante cuando la monarquía castrista transgrede tales derechos? Precisamente, lo que no debe hacerse: encontrar todo tipo de justificación al privilegio totalitario, absolutista, que la monarquía se arroga, y que constituye violencia de múltiples maneras contra los ciudadanos.  Desde la humillación que han pasado decenas de miles para que el gobierno les “conceda” el permiso de viajar, hasta la aplastante prohibición de regresar a su propia tierra que a muchos les impuso por décadas, pasando por el silencio obligado, el aplauso forzoso, y el castigo sin apelación a quien se atreva a cuestionar a los que mandan, o peor aún, a quien pretenda participar en su elección.  Y, además, esta, que es fundamental: un ciudadano de Cuba no tiene derecho a escoger libremente qué hacer para ganarse la vida por su esfuerzo e iniciativa; debe esperar a que el Estado, que en este caso es el Partido, lo haga por él. Esto lo sabe cualquiera que tenga la más mínima familiaridad con el sistema económico cubano, que más que un sistema de innovación, producción y distribución es un esquema de orden social subordinado a la meta que todo lo engloba: la del control político. El resultado económico, a nadie debe sorprender, es un país cuyas paredes se descascaran y cuyos techos caen sobre gente que vive cada vez más pobre y más hundida en la desesperanza.

¿Y qué explicación da la izquierda mutante? Todo es culpa del “bloqueo”. ¿Pero, hay bloqueo? Permítanme que discuta este tema en la siguiente entrada, para no alargar demasiado el texto actual.  No precisará ser muy extensa la ilustración del “no”, ni la presentación de algunos detalles del argumento que la izquierda mutante empieza a desplegar ante el mundo, no a favor del pueblo cubano que ha salido a las calles, desarmado, a reclamar sus derechos, sino a favor de la represión; a favor, en otras palabras, de la monarquía absoluta. Son las vueltas y remolinos de la historia: la izquierda hecha derecha, el pueblo convertido en merecedor de castigo ejemplar, como en el poema que Bertold Brecht escribiera, con satírica amargura, a raíz de la rebelión de 1953 en la Alemania del Este:

Tras la sublevación del 17 de junio
la Secretaría de la Unión de Escritores
hizo repartir folletos en el Stalinallee
indicando que el pueblo
había perdido la confianza del gobierno
y podía ganarla de nuevo solamente
con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple
en ese caso para el gobierno
disolver el pueblo
y elegir otro?

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