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Exilio académico: la generación nicaragüense que reconstruye su futuro en Costa Rica

Tras la crisis política que sacudió a Nicaragua desde 2018 y la posterior intervención, cierre y confiscación de universidades, una generación entera de estudiantes vio interrumpido su proyecto de vida. Expulsiones por participar en protestas, expedientes “desaparecidos” y notas imposibles de recuperar marcaron el inicio de un fenómeno silencioso: el exilio académico.

Cientos —posiblemente miles— de jóvenes cruzaron la frontera hacia Costa Rica para intentar salvar su derecho a estudiar y ser un profesional.

Este reportaje recoge las historias de tres jóvenes nicaragüenses que hoy intentan reconstruir su futuro en territorio costarricense. Sus trayectorias son distintas, pero comparten un punto en común: no abandonaron la universidad por decisión propia, sino porque el contexto político les cerró las aulas en su país.

Entre procesos de convalidación frustrados, empleos de sobrevivencia y nuevos comienzos en universidades costarricenses, buscan terminar lo que la crisis dejó inconcluso.

Este no es solo un fenómeno migratorio. Es un duelo silencioso. Es la historia de una diáspora intelectual que ha decidido que la mejor forma de derrotar a una dictadura es, precisamente, graduarse.

Pero, en Costa Rica enfrentan un nuevo desafío: comenzar de cero.

Elison Altamirano, joven periodista nicaragüense que reconstruye su vida en Costa Rica

Elison Altamirano

Elison Altamirano tiene 25 años y una convicción que lo sostiene cuando todo lo demás se tambalea: terminar su carrera universitaria es, para él, una forma de resistencia.

Su historia no empieza en el exilio, sino en las aulas de una universidad nicaragüense que fue cerrada y confiscada por el régimen. En Nicaragua estudiaba Periodismo en la Universidad Juan Pablo II, llevaba el tercer año de la carrera y además trabajaba, construyendo un proyecto de vida que parecía claro.

Hoy continúa sus estudios de Periodismo en la Universidad Internacional de las Américas (UIA), en Costa Rica, después de haber salido de Nicaragua bajo amenaza de detención.

“Mi vida en Nicaragua era como la de cualquier otro chavalo”, cuenta.

Trabajaba y estudiaba al mismo tiempo. Fue cajero, tuvo un emprendimiento con el que pagó los primeros años de universidad y, más adelante, logró trabajar en lo que realmente le apasionaba: el periodismo.

“Mi rutina era pasar de mi casa a la universidad o irme al trabajo. Tenía mis metas claras, todo bien definido”, recuerda.

Ese plan se quebró el 24 de julio de 2022.

“Si no me iba, me iban a agarrar”

Elison salió de Nicaragua tras recibir una advertencia. Una fuente le aseguró que su nombre estaba en una lista y que en los días siguientes habría redadas policiales.

“Me dijeron que si no me iba, me iban a agarrar”, relata. Tenía una semana para decidir.

Aunque ya había pensado en la posibilidad de salir del país, no imaginó que sería tan pronto.

“Cuando unos amigos me dijeron que se venían para Costa Rica y que querían despedirse, yo les dije: si no me voy ahorita, no me voy nunca”. Solo le contó a su mamá y a su abuela. No le creyeron al principio. “Un día estábamos normal y al día siguiente ya tenía mis maletas hechas”.

Se fue sin despedidas amplias, sin documentos académicos, sin certeza de cuánto duraría su ausencia. Como miles de nicaragüenses, creyó que sería algo temporal. “Pensé que iba a durar tres meses. Que la dictadura se iba a olvidar de mí y yo iba a regresar”.

No fue así.

Empezar de cero: depresión, ansiedad y supervivencia

Llegar a Costa Rica no significó tranquilidad inmediata. Significó empezar de cero.

“Al principio fue muy frustrante. Tuve mucha depresión el primer año”, confiesa. Se refugiaba en el trabajo para no pensar en lo que había perdido: su país, su universidad, su rutina, su plan de vida. “Técnicamente mi plan se había destruido”.

Las burbujas que uno crea para sobrevivir, dice, tarde o temprano estallan. Hubo momentos oscuros. “Pensé hasta en el suicidio”, admite, al hablar de los ataques de ansiedad y la sensación de haber quedado suspendido en ningún lugar. “Fue un año muy brusco para mí”.

A las dificultades emocionales se sumaron las económicas. Hubo días en que no tenía dinero para los pasajes o para comer. Desde su llegada ha trabajado medio tiempo como cajero. Primero en McDonald’s, donde estudiaba de día y trabajaba de noche. Luego en Burger King, donde le dijeron que si quería trabajar debía olvidar los estudios. Pausó la universidad un año. Actualmente trabaja en Auto Mercado y combina clases entre semana con jornadas laborales los fines de semana.

“Ahora no solo tengo que pensar en estudiar, como en Nicaragua. Tengo que pensar en cómo mantenerme, en cómo estar sano, en cómo sobrevivir”, explica.

El duelo que no termina

Elison habla del “duelo migratorio” como una herida que no se cierra. “Yo siento que no he salido de ese duelo. Creo que me va a seguir toda la vida”, dice.

Con el tiempo, el dolor cambia de forma. “Ya no lloro porque no estoy en Nicaragua, sino que ahora mi duelo y mi dolor es que ya ni siquiera pertenezco a Nicaragua y tampoco pertenezco a otro territorio”. La sensación de desarraigo se vuelve más compleja con los años. “Uno no lo asimila. Uno trata de sanar una herida que siempre va a dejar una cicatriz”.

Esa cicatriz lo acompaña a clases.

Volver a estudiar sin papeles y con brechas educativas

Cuando cruzó la frontera no llevó ningún documento académico. Creía que regresaría pronto. Meses después entendió que el exilio sería largo y pidió ayuda para recuperar sus notas de secundaria a través de una organización que apoyó a jóvenes en su situación.

Ya en la universidad costarricense, enfrentó otro choque: el nivel académico. “Aquí la calidad educativa es muy buena”, reconoce. Señala que en Costa Rica la educación no está “militarizada” ni atravesada por discursos políticos como, afirma, ocurre en Nicaragua. “Aquí se preocupan por desarrollar habilidades”.

Pero adaptarse no fue sencillo. “Tenía compañeros que hablaban hasta tres idiomas. Yo les preguntaba si habían pagado academias y me decían que no, que lo aprendieron en el colegio”. En Nicaragua, dice, las oportunidades para aprender otros idiomas en la educación pública son muy limitadas.

Esa diferencia evidenció las brechas que arrastraba. Aun así, decidió quedarse y avanzar.

Graduarse como acto de resistencia

Para Elison, terminar la carrera ya no es solo una meta profesional. Es un acto político. “Mi lucha ya ni siquiera está en el territorio. Mi lucha está en la universidad”, afirma. Graduarse significa demostrar que la represión no logró detenerlo. “Cuando consiga mi sueño, para mí ya derroté a la dictadura”.

Se imagina regresando a Nicaragua. Todo lo que aprende en el exilio, dice, quiere ponerlo al servicio de su país. Sus trabajos universitarios giran alrededor de la migración, la política y la realidad nicaragüense. “Para eso quiero ser periodista: para aportar a mi país”.

En un contexto donde muchos periodistas han salido de Nicaragua y el ejercicio independiente se ha reducido drásticamente, Elison siente una responsabilidad adicional. “Ante la falta de periodistas que está habiendo en Nicaragua, siento que tengo la obligación de formarme fuera y luego ayudar a esa juventud”.

Elison reconstruye su futuro. No como lo había planeado, pero con la misma claridad de propósito. Porque para él, estudiar periodismo no es solo una carrera. Es una forma de volver, algún día, con más herramientas para contar la historia de su país.


“Sentí que había perdido cinco años de mi vida”: Yaritzha Mairena

Yaritzha Mairena

Yaritzha Mairena tenía 24 años cuando su vida universitaria en Nicaragua se quebró abruptamente. Era estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la UNAN-Managua y cursaba el quinto año de la carrera. Estaba a punto de terminar.

En 2018, decidió sumarse a las protestas estudiantiles y participó en la reorganización del movimiento universitario. Esa decisión marcó su destino.

“Desde ese momento fui perseguida por la dictadura por promover esa idea en la universidad”, recuerda.

En agosto de 2018 fue expulsada sin explicación formal. Ese mismo mes fue detenida arbitrariamente y posteriormente excarcelada en 2019 bajo una Ley de Amnistía. Sin embargo, su carrera quedó suspendida para siempre. Nunca logró recuperar sus notas, su récord académico ni ningún documento oficial que acreditara los casi cinco años invertidos.

La persecución continuó. En 2021, ante el incremento del hostigamiento, tomó la decisión de salir del país. Eligió Costa Rica no solo por cercanía geográfica, sino porque vio una posibilidad concreta de retomar su proyecto de vida.

Sin documentos, sin reconocimiento, empezar desde cero

El exilio no solo implicó dejar su país, sino aceptar que debía iniciar nuevamente un camino académico que creía casi concluido.

“Cuando me expulsaron no me dieron justificación, no me dieron notas, no me dieron registro académico ni nada”, explica. Intentó recuperarlos con ayuda de su madre y de un abogado, pero fue imposible. Sin documentos oficiales, ninguna universidad podía convalidarle materias.

En Costa Rica tampoco aceptaron copias sin apostillar. Así, Yaritzha tuvo que comenzar de cero.

Pero tomó una decisión estratégica: no repetir Ciencias Políticas. Optó por estudiar Trabajo Social en la Universidad de Costa Rica (UCR), donde actualmente cursa el tercer año.

“Sentí que había perdido cinco años de mi vida”, confiesa. La idea de volver a empezar otros cinco años fue dura, sobre todo porque, a diferencia de muchos de sus compañeros, ella ya tenía más edad cuando inició nuevamente. “Ahora estudio con personas de 18 años y se siente extraño”.

Aun así, no tenía alternativa. “Quería recuperar mis proyectos, mi esperanza de ser profesional”.

Dos carreras, una esperanza

Cambiar de carrera no fue un abandono de su pasado académico, sino una forma de preservarlo.

“Siempre mantengo la esperanza de tener ese otro título”, dice sobre la carrera de Ciencias Políticas que casi concluyó en Nicaragua. No descarta que algún día pueda recuperar oficialmente ese grado. Por eso considera Trabajo Social como su “segunda carrera”.

Además, siente que ambas disciplinas se complementan. Durante estos años en el exilio ha ejercido, desde el activismo político, lo aprendido en Ciencias Políticas. Y en Trabajo Social encontró una vocación más cercana a su experiencia personal.

“Así como a mí me tocó volver a construir mi proyecto de vida, quiero ayudar a las personas a construir el suyo”, afirma.

El Trabajo Social le permite trabajar directamente con comunidades, acompañar procesos y aportar herramientas para que otros reconstruyan sus propias trayectorias. En su visión, no se trata solo de asistencia, sino de fortalecer capacidades.

Una beca que sostiene el presente

A diferencia de muchos jóvenes exiliados que deben combinar trabajo y estudio, Yaritzha cuenta con una beca completa en la UCR. Esa beca cubre matrícula y le permite sostener gastos básicos como alquiler, alimentación y transporte.

“Me permite dedicarme solo a estudiar”, explica. El activismo que realiza no es remunerado, por lo que su sustento depende de ese apoyo institucional.

Reconoce el esfuerzo que implica para el Estado costarricense sostener la educación pública, y se siente orgullosa de haber ingresado a la UCR en primera opción. “Después de tanto sufrimiento, esta oportunidad terminó siendo algo positivo”, dice.

Graduarse en el exilio: una alegría incompleta

Cuando piensa en su futura graduación, la emoción es ambivalente.

“Va a ser una sensación agridulce”, admite. Se sentirá feliz por culminar el proceso, pero siempre estará presente la idea de que pudo haber sido antes, en Nicaragua, con su familia y con el título que le fue arrebatado.

La expulsión no solo interrumpió su formación académica; también alteró su cronología de vida. La sensación de “atraso” pesa, aunque racionalmente sabe que las circunstancias no dependieron de ella.

Siempre voy a pensar en el título que nunca tuve en Nicaragua”, reconoce.

Volver para aportar

Yaritzha no se proyecta estableciéndose definitivamente en Costa Rica. Su plan es regresar a Nicaragua cuando las condiciones lo permitan.

Considera que el Trabajo Social en su país necesita actualizarse y superar prácticas que, a su juicio, han estado marcadas por el asistencialismo y el clientelismo político. Cree que lo aprendido en la UCR —cuyo Colegio de Trabajo Social es reconocido en América Latina— puede convertirse en una herramienta para transformar esas dinámicas.

“Quiero contribuir con métodos distintos, con otra forma de hacer trabajo social”, explica. Su meta es aportar a la reconstrucción de un tejido social que ha sufrido fragmentación, miedo y dependencia.

Lo cotidiano que también duele

Más allá de lo académico y lo político, la adaptación cultural ha sido uno de los mayores retos. Aunque Nicaragua y Costa Rica comparten frontera, Yaritzha percibe diferencias profundas en costumbres y estilo de vida.

“Hasta cosas tan sencillas como no poder ir a la fritanga cerca de mi casa”, dice entre una sonrisa nostálgica. Esos pequeños detalles cotidianos —la comida, los ritmos, las expresiones— forman parte del duelo migratorio.

La distancia no solo es geográfica; es emocional y cultural.

Educación y oportunidad

Al comparar ambos sistemas educativos, Yaritzha considera que Costa Rica ofrece mayores niveles de profesionalización y vínculos académicos internacionales. La cooperación con otras universidades y la rigurosidad institucional representan, para ella, una oportunidad de formación más amplia.

Pero esa oportunidad llegó después de una expulsión, una detención y años de persecución.

Hoy, a sus 32 años, estudia Trabajo Social con la convicción de que su formación tiene un propósito mayor. No olvida los cinco años que le arrebataron, pero tampoco se define únicamente por esa pérdida.

En el exilio ha vuelto a trazar su proyecto de vida. Y aunque la graduación será agridulce, simbolizará algo más que un título: será la prueba de que la expulsión no logró borrar su vocación ni su derecho a reconstruirse.


“Me quitaron la universidad y me quitaron la vida que tenía”: Edgard Blanco

Edgard Blanco

Edgard Blanco tenía 20 años cuando entendió que su vida universitaria en Nicaragua no solo estaba en pausa, sino cancelada. Estudiaba Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua). Participaba activamente en actividades académicas y extracurriculares; su rutina, sus amistades y su identidad giraban alrededor del campus.

Hasta que fue expulsado por haber participado en las protestas contra el régimen iniciadas en 2018.

Al quitarme la universidad, me quitaron la vida que tenía antes”, resume.

Su expulsión no fue un hecho aislado, sino parte de un contexto de represión creciente contra estudiantes y jóvenes vinculados a movimientos sociales. “En cualquier momento podían apresarnos”, recuerda. Ante ese escenario, tomó la decisión que marcaría su destino: salir del país.

Hoy con 27 años, continúa la misma carrera en la Universidad de Costa Rica (UCR). Pero el trayecto hasta llegar ahí no fue lineal ni sencillo. Fue un proceso atravesado por pérdidas, burocracia, trabajo forzado por necesidad y una convicción que se ha ido afirmando con los años: su formación académica es para Nicaragua.

Perder la universidad, perder el país

Edgard no habla solo de una expulsión académica. Habla de una ruptura total.

“No solamente perdés la universidad. Perdés un país”, dice. Y en esa frase se condensa la dimensión de lo vivido. No fue solo el tiempo invertido en clases, desvelos y exámenes. Fue también el esfuerzo económico de sus padres, quienes financiaban sus estudios. Fue la comunidad universitaria, el proyecto profesional, la estabilidad.

La primera etapa en Costa Rica estuvo marcada por el duelo. “Te centras en todo lo perdido”, explica. La sensación de empezar desde cero pesa cuando se mira hacia atrás y se ve todo lo que quedó inconcluso.

Sin embargo, con el tiempo, su perspectiva cambió. “Las crisis generalmente son oportunidades”, afirma.

Esa idea —la de ver el vaso medio lleno— lo llevó a tomar una decisión: continuar en Ciencias Políticas, aunque en algún momento pensó en cambiar radicalmente de disciplina e incluso estudiar Odontología. Finalmente, eligió quedarse en su campo. “Es esa famosa resiliencia”, dice.

Una comparación inevitable: dos sistemas universitarios

Edgard reconoce que la UNAN-Managua fue históricamente una buena universidad dentro de los estándares nicaragüenses, aunque ya arrastraba procesos de ideologización. Pero sostiene que la rigurosidad académica en Costa Rica marca una diferencia importante.

“La Universidad de Costa Rica produce el mayor porcentaje de investigación en Centroamérica”, señala. Destaca su posición en rankings internacionales y la exigencia académica. En contraste, considera que la calidad universitaria en Nicaragua se ha deteriorado en los últimos años.

Aun así, el apego emocional permanece. “Extraño la UNAN por mis compañeros, por el vínculo”, admite. Pero en términos estrictamente académicos, considera que su formación actual es más sólida.

La barrera invisible: ser refugiado en un sistema que no estaba preparado

El ingreso a la universidad pública costarricense implicó un proceso largo y complejo. A diferencia de Nicaragua, donde el proceso de admisión era más corto, en Costa Rica puede extenderse durante un año completo.

Pero el mayor obstáculo no fue el examen, sino la condición migratoria.

Cuando llegó, el país no estaba preparado para la magnitud del éxodo nicaragüense. Las instituciones aún no comprendían del todo la diferencia entre una persona migrante residente y una persona refugiada. “Un refugiado es una persona perseguida”, subraya.

Para convalidar materias, le exigían documentos apostillados, certificados por la misma dictadura que lo había expulsado y perseguido. “Me mandaban a la embajada o a la cancillería a traer documentos. Eso no es posible”, explica. No podía acudir a autoridades que consideraba responsables de su situación.

Aunque logró conseguir copias escaneadas de programas y mallas curriculares, la UCR no aceptó los documentos sin originales. Universidades en España sí los validaron, pero en la universidad pública costarricense no fue suficiente. La burocracia terminó imponiéndose.

Tuvo que comenzar desde cero.

“Algunas cosas eran repaso, pero luego llegás a cursos que están completamente ligados a la realidad nacional de Costa Rica. Yo no entendía la división política administrativa, las instituciones, la historia política reciente”, explica.

Estudiar Ciencias Políticas en un país cuya dinámica institucional desconocía lo obligó a aprender no solo teoría, sino el funcionamiento concreto del Estado costarricense.

Estudiar y trabajar: el doble esfuerzo del exilio

Como la mayoría de jóvenes exiliados, Edgard no contaba con ahorros ni estabilidad económica al llegar. Sus padres no podían sostenerlo en un país donde el costo de vida es mayor. “Sí o sí tenés que trabajar”, afirma.

Durante cuatro años ha trabajado en la empresa privada mientras estudia. Sin embargo, señala que la Universidad de Costa Rica no está diseñada para estudiantes que deben sostenerse económicamente. Los horarios, la matrícula y la estructura curricular no facilitan la combinación de trabajo y estudio.

En la UCR, cada semestre implica una competencia por cupos según el promedio académico. Conseguir horarios en la mañana —los únicos compatibles con su jornada laboral— era una batalla constante. Tomaba menos créditos por semestre, avanzando más despacio que otros compañeros.

La pandemia le dio un respiro temporal: la virtualidad le permitió organizar mejor su tiempo. Pero la carga siguió siendo pesada.

No pudo acceder a beca completa porque trabajaba y eso modificaba su evaluación socioeconómica. Logró, en algunos semestres, descuentos parciales y la posibilidad de pagar como nacional —un costo menor que la matrícula como extranjero—, pero siempre combinando ingresos propios con pagos universitarios.

Hoy ha completado la malla curricular y realiza su trabajo comunal universitario, un voluntariado obligatorio. El camino ha sido más largo de lo previsto, pero no se detuvo.

“Estoy estudiando para Nicaragua”

Cuando habla del futuro, su voz se vuelve firme.

Yo estoy estudiando para Nicaragua”, dice sin titubeos.

Hubo momentos de derrota, admite. Pensó que el país era “insalvable” y que lo mejor era construir vida en otro lugar. Pero con los años su postura cambió. Está convencido de que Nicaragua necesitará a todos sus profesionales para reconstruirse.

“Hasta el más mínimo profesional va a ser necesario”, afirma. Considera que el capital cultural y académico que los jóvenes nicaragüenses están acumulando en el exterior es un recurso indispensable para el futuro del país.

Para él, el retorno no es solo un deseo: es un deber moral. “Tenemos que retribuirle al país lo que otros han intentado quitarle”, sostiene.

Graduarse lejos de casa

Graduarse en el exilio es una experiencia ambivalente. Profesionalmente, Edgard reconoce que obtener un título en la Universidad de Costa Rica es un logro enorme. Pero emocionalmente, hay una ausencia que pesa.

“No voy a poder celebrarlo como quisiera. Mi familia no va a estar acá”, dice. Para una cultura donde los logros académicos son motivo de celebración colectiva, la distancia duele.

También le duele lo que ocurrió con su primera alma mater. No siente el mismo apego emocional por la UCR que por la UNAN-Manaua, pero reconoce el valor formativo que ha recibido. Ha sido, además, una voz crítica dentro de la universidad costarricense, vigilante ante cualquier forma de ideologización que le recuerde lo vivido en Nicaragua.

Al final, su balance es claro: lo que ha ganado supera lo que perdió en términos de formación. Pero las pérdidas —la universidad original, el país, la cercanía familiar— no desaparecen.

Edgard Blanco ha sostenido una convicción: el conocimiento que adquiere en el exilio no es para quedarse fuera, sino para volver.

“Si ponemos todo lo que hemos aprendido al servicio de Nicaragua, ¿qué no vamos a poder hacer por ese país?”, pregunta.

En esa interrogante está, quizá, la síntesis de su historia: una carrera interrumpida que se convirtió en preparación para una reconstrucción futura.


La fuga de cerebros y el costo a largo plazo

Adrián Meza Soza

El académico nicaragüense Adrián Meza Soza, exrector de la confiscada Universidad Paulo Freire y actual director del Centro Nicaragüense de Educación y Formación Abierta (CENIEF), ha acompañado el proceso académico y profesional de cientos de jóvenes desde 2022.

Desde su llegada a Costa Rica, el centro ha graduado a 620 jóvenes en cursos técnicos en áreas como contabilidad, gestión de talento humano y derecho laboral.

“Desde contabilidad y finanzas hasta gestión del talento humano, derecho laboral, higiene y seguridad ocupacional y temas ambientales, hemos tratado de proporcionarles instrumentos rápidos e intensivos que les permitan mejorar su cualificación para el mercado laboral costarricense”, explicó Meza.

Todos los estudiantes participan con becas gestionadas con apoyo de organismos internacionales. Sin embargo, estudiar en el exilio ha implicado grandes sacrificios.

“Conocimos casos de jóvenes que trabajaban jornadas extenuantes en zonas francas y luego se conectaban a las ocho de la noche para recibir clases. A veces se nos dormían. No es sencillo estudiar en el exilio”, relató el académico.

A pesar de las dificultades, muchos lograron mejorar sus condiciones laborales tras completar su formación. El centro también impartió durante un año un curso de inglés con apoyo de un profesor costarricense. De 35 estudiantes que iniciaron, nueve culminaron el proceso.

“Pero esos nueve terminaron hablando inglés, y eso les abrió enormes posibilidades”, destacó.

Meza subrayó que el rigor académico ha sido una prioridad. “No podemos engañarnos ni engañar a la sociedad costarricense entregando diplomas cuyo mérito académico no esté verificado”, afirmó.

El CENIEF ha recibido respaldo de diversas instituciones y figuras del ámbito académico costarricense. El Ministerio de Trabajo reconoció a la organización como institución de economía social solidaria. Asimismo, han establecido alianzas con la Universidad Braulio Carrillo de Costa Rica, que ofrece condiciones arancelarias diferenciadas para que los jóvenes accedan a bachilleratos en Comercio Internacional y Administración Aduanera.

También firmaron un acuerdo con la Universidad Interamericana de Educación a Distancia de Panamá, que abrió tres carreras —Administración de Negocios, Administración de Recursos Humanos y Contabilidad— con costos reducidos para exiliados nicaragüenses.

Actualmente, el centro trabaja en la posibilidad de constituirse como universidad legalmente reconocida en Costa Rica.

“No va a ser fácil. La educación superior costarricense es exigente, y eso nos parece natural. Estamos en etapa de diseño curricular. Es una cuesta hacia arriba, pero vamos paso a paso”, explicó.

Consultado sobre el impacto que tiene para Nicaragua la salida masiva de estudiantes y profesionales, Meza fue contundente: “Es grave. El costo se paga en el tiempo. Los cerebros que se fugan hacen su vida en otra parte y nadie puede exigirles que regresen”.

Advirtió que el país no solo enfrenta la pérdida de capital humano, sino también un deterioro en la calidad educativa interna. “La negligencia curricular y la falta de calidad no te perdonan; le pasan la cuenta al país. En Centroamérica ya casi nadie quiere reconocer títulos nicaragüenses porque saben lo que está pasando”, señaló.

A su juicio, el impacto podría prolongarse durante décadas. “Para recuperar el terreno perdido pueden pasar entre 20 y 30 años”, estimó.

El académico calificó la situación como “un daño enorme” al futuro del país. “Es una generación casi perdida. Algunos regresarán, pero muchos harán su vida fuera. ¿Quién va a devolverle a Nicaragua a los ingenieros brillantes, a los médicos buenísimos que se formen afuera y se queden?”, cuestionó.

Para Meza, el problema trasciende la coyuntura política. “El tema de la educación es mucho más serio que la simple discusión de quién manda en Nicaragua. Lo que está en juego es el futuro del país”, concluyó.

La generación que se niega a rendirse

Las historias de estos tres jóvenes no son idénticas, pero comparten una misma fractura: la interrupción forzada de sus estudios y la necesidad de empezar de nuevo lejos de casa.

Cada uno carga con materias inconclusas, títulos truncados y despedidas apresuradas. Pero también comparten algo más poderoso: la decisión de no renunciar a su formación.

En Costa Rica no solo buscan empleo; buscan recuperar el tiempo perdido, validar lo aprendido y demostrar que el exilio no anuló su talento.

Sus trayectorias son, al mismo tiempo, testimonio de pérdida y de resistencia. Porque aunque la crisis les arrebató aulas, compañeros y certezas, no logró arrebatarles el deseo de graduarse. Y mientras reconstruyen su futuro paso a paso, también dejan una pregunta abierta sobre el país que algún día deberán decidir si volver o no a llamar hogar.

Este es el exilio que no aparece en las estadísticas migratorias. No son solo migrantes. Son estudiantes con proyectos interrumpidos.

Una generación que, lejos de rendirse, decidió reconstruirse.

Y que algún día —desde el regreso o desde la distancia— podría ser clave para reconstruir Nicaragua.

*Con el auspicio del fondo de Canadá para iniciativas locales de la Embajada de Canadá para Costa Rica, Nicaragua y Honduras.