En el antiguo Mercado de Artesanías de Masaya, los vendedores juegan cartas, chatean, barren, dormitan o platican sobre la soledad del sitio. No hay nada por hacer, no tienen a quién vender. No muy lejos de ahí, en la turística y colonial ciudad de Granada, el parque frente a Catedral permanece vacío y en silencio.

Es domingo y la granadina calle La Calzada, lugar favorito de los turistas, luce inusualmente desolada cuando cae el sol. Las sillas vacías en bares y restaurantes reflejan el temor a la pandemia del coronavirus que apenas unos días atrás no había tocado –al menos oficialmente– las puertas del país más grande de Centroamérica.

Y aunque la música suena y los meseros muestran la carta a los pocos y apresurados transeúntes, nadie se detiene ni se anima a tomar una mesa. Tampoco están ahora los turistas rubios que suelen llegar desde la vecina Costa Rica para llenar los hoteles y los restaurantes, alquilar bicicletas o viajar en lancha a las isletas sobre el Gran Lago. En esta calle y en otras como Real Xalteva y la Atravesada, muchos negocios han cerrado sus puertas temprano y las aceras están desiertas.

Situado en el corazón de Granada, el parque central tampoco es ajeno a la soledad. En los quioscos de “vigorón”, la comida típica de esta ciudad de 495 años, ubicada a 45 kilómetros de la capital, también escasean los comensales, mientras en la vecina Plaza de la Independencia, los vendedores ambulantes alzan vuelo temprano por la falta de compradores.

“Ya el turismo había caído con la crisis (política) de 2018. Luego, cuando Costa Rica cerró las fronteras por el coronavirus, vimos menos gente y esta semana se terminó de arruinar todo. La ciudad de noche está solitaria. El Gobierno no quiere tomar medidas, pero la gente parece que se encerró por su cuenta”, dice a DW Víctor Romero, habitante de Granada.

Laguna solitaria

Unos 25 kilómetros al norte de ahí, en el imponente Mirador de Catarina, la situación es casi la misma. En esta tarde dominical que llegó con extrañas nubes de lluvia, tampoco hubo turistas tomándose la consabida foto del recuerdo de espaldas a la laguna de Apoyo, el impresionante telón de fondo. “Hoy vinieron unos cuantos (turistas), pero ayer esto parecía un funeral”, se lamenta una vendedora de atol de maíz que prefiere omitir su nombre. En Nicaragua, pocos comerciantes se atreven a hablar en público de la pandemia global del COVID-19, que ha sido, para muchos, minimizada por el Gobierno.

En la capital, Managua, la principal y más lujosa plaza de compras, llamada Galerías Santo Domingo, también luce fantasmal. Cines clausurados, tiendas y estacionamientos vacíos, negocios que bajaron sus cortinas metálicas “hasta nuevo aviso” y restaurantes con ocupación cero, ofrecen una inusual imagen de domingo, impensable hace un mes.

Los anuncios de cierre temporal “por la situación de salud” se multiplicaron en otros centros comerciales, salas de cines, peluquerías, clínicas médicas, algunos concurridos bares de la “zona rosa” capitalina, negocios y oficinas de todo tipo. También lo hicieron algunos colegios y universidades privadas, aun y cuando desde el Gobierno se pide “no crear alarma”. Aun así, Nicaragua no se ha paralizado porque el Gobierno no ha promovido una campaña de información y prevención, como en la mayoría de países del mundo.

La normalidad

“La vida tiene que seguir normalmente”, ha dicho el médico Carlos Sáenz, jefe de Epidemiología del Ministerio de Salud, al justificar la ausencia de medidas extremas ante el COVID-19, que en las fronterizas Costa Rica y Honduras ha cobrado dos vidas y 236 contagios, en medio de confinamientos sociales y toques de queda.

El alto funcionario ha pedido además “tener confianza en el Gobierno de Daniel Ortega”, quien no ha comparecido ante la prensa para hablar sobre la pandemia ni ha sido visto en público desde hace dos semanas.

La información oficial sobre esta crisis está en manos de Rosario Murillo, quien ha minimizado el impacto del coronavirus en el país. En sus infaltables mensajes de mediodía, la esposa de Ortega eleva oraciones a Dios y convoca a marchas partidarias y carnavales callejeros, obviando las peticiones de suspender las clases y desafiando las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Mientras tanto, médicos de hospitales públicos denunciaron en medios de prensa que el Ministerio de Salud les prohibió el uso de mascarillas y guantes quirúrgicos “para no alarmar” a los pacientes. “No hay que caer en pánico (…) se debe mantener la calma, prudencia, la paciencia y la confianza en Dios, cuidándonos, queriéndonos, protegiéndonos todos”, dijo recientemente Murillo.

*Autor: Johnny Cajina para DW

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