Opinión / Ensayos · 01/04/2024

Nicaragua: crisis secundaria, crisis verdadera

* Óscar René Vargas | 01 de abril de 2024

“Solo cuando conoces cada detalle de la condición del terreno puedes maniobrar y luchar”. Sun Tzu

“Estrategia sin táctica es el más lento camino hacia la victoria. Las tácticas sin estrategia son el ruido antes de la derrota”. Sun Tzu

Todas las evidencias muestran que los poderes fácticos hegemónicos/dominantes (dictadura y gran capital) tienen algo de impotencia. No hay nada que asuste más a los poderes de los poderes fácticos hegemónicos/dominantes o las elites que una manifestación en las calles o en la plaza, donde puede pasar cualquier cosa. La calle, la rotonda y la plaza son lugares donde “los ciudadanos de a pie” hacen visible lo invisible. En la calle o en la plaza la gente “de a pie” puede manifestar o exteriorizar sus demandas más sentidas e inmediatas.

Lo que quisieran las elites hegemónicas/dominantes (dictadura y gran capital) es que la calle sea solamente un espacio donde la gente vaya y venga de trabajar. O que vaya de compras o presenciar un espectáculo o para asistir a un partido de béisbol. Pero, en la práctica concreta, las calles o las plazas son lugares donde pueden pasar otras cosas, donde la gente “de a pie” puede reclamar y ejercer su derecho a pensar en voz alta, donde puede reunirse con otros para hacer cosas distintas que circular en auto o transitar en buses o simplemente caminar. La única forma de controlar y evitar las manifestaciones socio-políticas en las calles se produzcan es la represión indiscrimada para hacer invisible a las demandas de los excluidos, de los “de abajo”.

Las calles, las rotondas y las plazas son, por naturaleza, espacios de las visibilidades, donde se expresan los conflictos sociales y políticos. La calle es lo que es, porque refleja lo que pasa en la sociedad. Las contradicciones que hay en la sociedad se escenifican en las calles, en las rotondas y en las plazas, en definitiva, son el teatro de los conflictos políticos, económicos y sociales. La represión nos demuestra que la dictadura tiene miedo a las demandas de los excluidos.

El poder dictatorial es ineficiente, prepotente y embrollado, derrocha ineptitud. Por eso improvisan, carecen de un proyecto de nación, exalta lo superficial y lo anodino, predomina el gusto por lo inútil y no tienen otro programa que buscar cómo mantenerse en el poder a través de la represión a los “de abajo” combinada con la corrupción de los “de arriba”. La dictadura ha demostrado incapacidad, sordera e intolerancia. La “nueva clase” se nutre de arribistas, sumergidos, papagayos y trepadores sin mayor formación que la capacidad de intrigar, coaccionando a los empleados públicos, chantajeando a los funcionarios deshonestos, permitiendo la corrupción para mantener contentos a los anillos de poder y apoyándose en lumpen social (pandillas, paramilitares y orejas de los barrios) para intimidar y reprimir a la población.

Todo lo anterior ha permitido que los ciudadanos padezcamos una dictadura cruel, la más tremenda, la más abyecta y perversa de la historia del país: quieren que la memoria sea fulminada, que el país se vuelva amnésico, liquidando la educación pública bajo las fuerzas del olvido y la negación. Su objetivo es hacer de Nicaragua un país de ignorancia olímpica y de una amnesia sin límites.

El deterioro social de la gente

Corren los días, pasan las semanas, transcurren los meses, se consumen los años y el bienestar de los bolsillos de los nicaragüenses brilla por su ausencia, por mucho que los miembros de los círculos de poder declaren aquí y allá que el país marcha de maravilla. Crecimiento económico que no alcanza para mejorar el nivel de vida del 80 por ciento de la población, hay poco empleo y de pésima calidad, existe una constante pérdida del poder adquisitivo, se incrementa las desigualdades, se agranda la mengua del capital humano por las masivas migraciones y demás realidades cotidianas adornan el florido optimismo del discurso/relato oficial.

La gran mayoría de la población económicamente activa está desempleada o tiene un trabajo precario, son trabajadores formales o informales, pero pobres. El salario promedio mínimo oficial ni el salario promedio de los afiliados al INSS no llegan al ingreso necesario para que un hogar promedio supere la línea de pobreza. Por ejemplo, con el salario mínimo oficial promedio del 2024 sólo puede comprar el 43.25 por ciento de una canasta básica de 53 productos y con el salario nominal promedio de los afiliados al INSS se puede adquirir el 76.31 por ciento de la canasta básica.

La crisis social debería de ocupar una parte importante de la centralidad del debate público cotidiano. Sin embargo, el debate político está tapando el deterioro social y contribuye a desinflar la protesta social de la ofensiva que desde el régimen Ortega-Murillo ha desencadenado en contra el nivel de vida de los sectores populares y la clase media.

Por su parte la dictadura la tiene clara: busca todos los medios que sea la cuestión política la que se debata y no la agenda social. El régimen marca la agenda, fija las reglas, establece los límites del campo y pone el árbitro. La oposición real, sin estrategia, está en el centro de la pista bailando al son que le toca la dictadura. Cuando despierte, la oposición real, quizás caiga en la cuenta, tarde, que el tema social debe ser el centro de la lucha política en la actual fase de reflujo social. Por ejemplo, el tema del deterioro del salario real no se discute ampliamente ni seriamente ni se reconoce la enorme desigualdad existente en el país, ya que el nivel del salario mínimo oficial juega un papel relevante para incrementar la desigualdad ya que afecta a más de 200 mil trabajadores. El valor del salario mínimo oficial, el valor promedio de las pensiones y los salarios nominales promedios de los afiliados del INSS son inferiores al umbral de la pobreza. En Nicaragua, el único precio controlado es el salario.

La gran mayoría de los asalariados se encuentran en una condición cercana a la pobreza o en pobreza, realidad que exhibe el fracaso de las políticas públicas implementadas por la dictadura en alianza con los grupos privilegiados que han decido sacrificar la calidad de vida de millones de vida de hombres, mujeres y niños. Hay mucha gente que está en el mercado de trabajo pero que no llega a obtener el mínimo necesario para comprar una canasta básica alimentaria de 23 productos y sustentar a su familia. Un salario mínimo adecuado es esencial para abatir la pobreza y la desigualdad. La mayoría de las personas que tienen un trabajo formal son pobres.

La lucha política: dictadura versus gran capital

Hay que comprender que la actual lucha política entre el régimen y el gran capital es la competencia entre sí por áreas de influencias y cuotas de poder, sin romper el ordenamiento nacional ni el actual patrón de acumulación de capital. Por eso, la dictadura y la derecha económica-política tradicional ya no combaten desde polos opuestos y excluyentes, sino que disputan cuotas de poder conviviendo dentro de un mismo sistema “capitalista de amiguetes”. Ya no son enemigos excluyentes, sino rivales políticos-económicos que conviven y compiten por mayores cuotas de poder dentro del modelo de “capitalista de amiguetes”. La política de las elites ya no se define por una lucha por el exterminio de uno u del otro, sino por una competición dentro del ordenamiento y las reglas de “gobernabilidad”, “estabilidad” y “paz social” del sistema. Ortega-Murillo no lucha por derrocar el sistema capitalista, sino para derrotar a la burguesía tradicional en la administración del “capitalismo de amiguetes”.

Hay que estar claro que la lucha política de la dictadura Ortega-Murillo versus el gran capital sigue, pero no para destruir al modelo “capitalista de amiguetes” sino para gerenciarlo y poder favorecer a la “nueva clase” y a sus aliados. En otras palabras, es competir con el gran capital (financiero y tradicional) por el gerenciamiento político-económico del sistema sin destruir el “capitalismo de amiguetes” y por controlar el ordenamiento político; es decir, someter a los grupos económicos y los poderes fácticos tradicionales a los intereses de los anillos de sustentación de la dictadura.

La dictadura Ortega-Murillo ya no pelea estructuralmente contra el gran capital (financiero y tradicional) para destruir el sistema capitalista, sino para adecuarlo a su conveniencia sin tocar el meollo esencial del sistema. Por lo tanto, la única contradicción/diferencia existente entre ellos es quién controla el poder político hegemónico/dominante al interior de las distintas fracciones del capital (oligarquía orteguista/nueva clase versus vieja oligarquía/burguesía tradicional).

Las crisis secundarias y las crisis verdaderas

La actual lucha política de la dictadura Ortega-Murillo ya no se define por la “destrucción” del gran capital (financiero y tradicional), sino por la búsqueda, de parte de la “nueva clase” orteguista, de una posición dominante dentro del mismo orden económico, político y social establecido. Simplemente, es una lucha por áreas de influencia dentro del Estado. Mientras tanto, los medios oficialistas, los aparatos de inteligencia y policiales fabrican “crisis secundarias” ya que no pueden resolver la “verdadera crisis” de gobernabilidad.

Para la dictadura la crisis institucional, la crisis de los poderes del Estado (por ejemplo, pienso en sistema judicial) son crisis secundarias que sirven para encubrir la “crisis verdadera”: la crisis del patrón de acumulación, la crisis del modelo de sociedad, la crisis de los derechos humanos, la crisis de equidad social y el proceso de implosión del régimen. Para la dictadura el desempleo masivo, la informalidad, la masiva migración, la desigualdad social y la pobreza no están en su agenda inmediata por la simple razón que no pueden resolverlas. Características de una crisis socioeconómica profunda que manifiestan el verdadero Talón de Aquiles de la dictadura.

El propósito de agendar principalmente esas “crisis secundarias” es cegar la “crisis verdadera” o Talón de Aquiles (el desarrollo del proceso de implosión interno del régimen) así como inculcar el miedo e inseguridad en la población para desestructurar cualquier protesta social. El objetivo de la política práctica del régimen es mantener alarmada e inquieta a la gente amenazándola con una serie interminables de “crisis secundarias” (por ejemplo, impedir las procesiones religiosas, amenazar con cárcel cualquier veleidad social). Por eso la estrategia del régimen es poner en la agenda cotidiana esas crisis secundarias para no discutir los verdaderos problemas que atañen directamente a la gente (desempleo, salario real, educación, salud, costo de la canasta básica, etcétera) y que son el Talón de Aquiles del régimen que alimenta el desarrollo del proceso de implosión.

El objetivo del régimen es distorsionar los hechos, crear una atmósfera de miedo e intimidación, así como suprimir el disenso y la resistencia popular contra el orden político, social y económico establecido por la dictadura. Enfrentamos un entorno inquisitorial. Las campañas de miedo y de persecución religiosa son expresiones de crisis secundarias determinadas, ya que tienen el propósito de cegar/enmarañar la verdadera crisis, así como desarmar todas las formas de resistencias y de oposición.

Al crearse la sensación de impunidad, de irrespeto a los derechos humanos, de manoseo de las instituciones, la población entra en crisis y todo ello tiene el propósito de establecer un ambiente general para impulsar una negociación, entre las elites, para una “salida al suave de la crisis” en medio del caos de las “crisis secundarias. La gente está hastiada y apática, quiere resolver sus necesidades más inmediatas lo más pronto posible: trabajo, comida, transporte, educación, salud, etcétera. Si la oposición real no se centra en la crisis verdadera, en las necesidades más sentidas, definitivamente Ortega-Murillo podrán contrarrestar el accionar de las termitas/polillas y evitar el desarrollo del proceso de implosión.

Los cinco retos de la dictadura

En términos generales Nicaragua está viviendo cinco tipos de retos de gran amplitud:

  1. Un reto económico: el crecimiento promedio anual del PIB entre el 2018-2023 que no sobrepasa el 1.8 por ciento, lo cual no permite mejorar un nivel de desarrollo sostenible para el 80 por ciento de la población. Hoy el ingreso del 10 por ciento más rico equivale a muchas veces al ingreso del 50 por ciento más pobre. Esta situación es intolerable. La acumulación de la riqueza en manos de unos pocos a expensas de la mayoría de la población es un rasgo básico del patrón acumulación implementado por la dictadura Ortega-Murillo.
  • Un reto social: se prevé un incremento limitado o nulo del empleo formal, el sostenimiento de los salarios bajos, el mantenimiento de los actuales niveles de pobreza y masivas migraciones de capital humano. La desigualdad vigente es la gran derrota como del modelo socioeconómico de la dictadura sociedad, donde no existen los derechos políticos y en donde los derechos humanos son una pantomima. Si las grandes empresas y los bancos pagaran lo que les toca, los servicios de salud serían mejores, se reforzarían la seguridad social (pensiones), se reduciría el desempleo y la pobreza, se podría contratar a más profesores, construir más viviendas sociales y otras inversiones públicas vitales
  • Un reto político: observamos ataques y persecuciones por un lado (dictadura) y defensas sin proposiciones por el otro lado (oposición real y ampliada). Creemos que los actuales ajetreos políticos buscan crear las condiciones para que se haga un nuevo pacto político ampliado entre la dictadura, gran capital y políticos de derecha que permita elecciones en el 2026.
  • Un reto jurídico: el sistema judicial vive en una crisis profunda y su credibilidad está por el suelo. Tratar de invisibilizarla, minimizarla, pensar que está resuelta la crisis judicial, que no ocupa un plano estratégico e importante en la crisis general de la dictadura, equivale a reproducirla en la conciencia de la población.
  • Un reto ético-moral: no se respeta ningún tipo de principio ni valor ni los derechos humanos en el juego político y donde el prebendarismo pesa mucho en la cultura política tradicional. La lógica del régimen es hacer algunas concesiones a los poderes fácticos para mantenerse en el poder. La evasión fiscal de las grandes empresas y de los bancos priva al país de millones de dólares que podrían usarse para mejorar los servicios públicos para los ciudadanos “de a pie”, al mismo tiempo, agudiza las desigualdades.

Conclusión

La identidad nicaragüense, su memoria colectiva se ha construido sobre sus mitos, derrotas y esperanzas, reformas abandonadas, revoluciones traicionadas o travestidas. Así se ha hecho historia en Nicaragua, a retazos. Nicaragua pasó de la noche a la mañana a condensar los sueños de la emancipación política a la frustración por el fracaso de la revolución social en 1990. A partir de 1990, el orteguismo comenzó una deriva relegando los principios éticos-morales en pro de un pragmatismo para justificar el enriquecimiento inexplicable de los anillos de poder.

A la dictadura Ortega-Murillo sólo le queda la retórica ya que el problema clave es causado por sus propias contradicciones internas, el desarrollo del proceso de implosión, producto que sus acciones/actuaciones han llegado a tal punto que los ajustes políticos que efectúan para resolver los problemas de corto plazo ya no son eficaces ni siquiera a mediano plazo. La dictadura se encuentra en el punto en lo que podríamos llamar una crisis estructural, hemos entrado en una fase de transición razonablemente irreversible. Sin embargo, no podemos olvidar que la dictadura tiene la capacidad, a través de una serie de mecanismos y errores de la oposición real al no comprender la crisis verdadera, de volver a restaurar temporalmente la “armonía” que previamente existía, aunque quede siempre “tocada”, lenta, y erosionada. La dictadura Ortega-Murillo se ha transformado en una caricatura de sí misma, ya que los mecanismos de regreso al equilibrio previo al 2018 implica pequeños acontecimientos cambiantes del sistema que la erosionan a través del desarrollo del proceso de implosión interna.