Nicaragua: el Obispo Álvarez y los poderes fácticos

*Por Oscar René Vargas

El miedo de la dictadura Ortega-Murillo por la posibilidad de que el obispo Álvarez pueda reactivar un movimiento social capaz de romper los anillos del poder y de crear un contrapoder, un poder fáctico de “los de abajo” inteligente/competente que cambie la actual correlación de fuerzas.

Recordar es necesario

Detengámonos en el presente y, en la medida de lo posible, en lo inmediato por venir, en los dos aspectos que consideramos más importantes. El primero tiene que ver con la economía, por su capacidad de reflejar el todo. Lo primero que se debe observar es la disminución del producto interno bruto para crear los empleos necesarios que evite el incremento de la desigualdad, la pobreza y la vulnerabilidad del 80% de la población. El segundo en importancia es el deterioro de los derechos humanos de los ciudadanos por la represión indiscriminada de la dictadura y su limitada aceptación de parte de más del 80% de los nicaragüenses. Es muy difícil aguantar el deterioro del nivel de vida y que la gente no se enfade.

Nicaragua vive un ciclo marcado por la escasez de empleos, el cambio climático, la represión y la crisis de los derechos humanos. El panorama ciertamente se ensombrece. La confianza en el futuro de los inversionistas, consumidores, empresarios y de la clase media se sitúa en mínimos históricos. El régimen Ortega-Murillo ha creado un clima de inversión “impredecible, plagado de riesgos y regulaciones arbitrarias”, dice EEUU. Pienso en los millones de pobres, en los millones de precarios, sobre todo mujeres y niños, y en los que viven con el salario mínimo o en la indigencia. La desigual distribución de los costes de la crisis amenaza con desatar mayores tensiones sociales. Si el precio de la canasta básica sube y los salarios nominales no caigan, es obvio que eres más pobre.

La política agresiva de Ortega-Murillo forma parte de su apuesta como factor de reactivación de su alianza con el poder fáctico económico y de promoción de la “salida al suave” de la crisis sociopolítica. La perspectiva de una nueva dictadura dinástica entra ahora dentro de las posibilidades, lo que nos pone al borde una “salida en caliente”, ya sea a través de un nuevo tsunami social o un golpe de estado cívico-militar o la implosión interna del régimen.

¿Qué son los poderes fácticos?

Los poderes fácticos son sectores de la sociedad, al margen de las instituciones políticas establecidas, que ejercen sobre aquella una gran influencia, basada en su capacidad de presión (por ejemplo, la banca, la Iglesia, los sindicatos, la familia dictatorial, el círculo íntimo de la nomenclatura, etcétera), o sea, ejerce un poder al margen de los entes formales de la organización del gobierno y está basado en los hechos o limitados a ellos, y no en lo teórico o imaginario.

Es decir, el poder fáctico no coincide necesariamente con el aparato formal del Estado pero influye en las estructuras legales y regulatorias, por intermedio de su autoridad informal o su capacidad de presión. El poder fáctico no está legitimado ni siempre busca la legitimidad para ejercer poder, pero ejercita “de facto” (de hecho) el poder aunque no lo haga “de jure” (legalmente) ya que su mera existencia le hace ser determinante o tener poder.

En ocasiones no es necesario que se imponga por la fuerza, le basta con explicitar, o incluso con sugerir sus deseos para que se hagan realidad, la clave de su ejercicio de poder es su capacidad de control de mecanismos externos a la política para lograr poder político, como por ejemplo el dominio de los recursos vitales o estratégicos, que le dan el control de la ideología, la sociedad y la economía. Los poderes fácticos, tanto de tipo financiero y económico como social, político e institucional, ejercen una influencia en la definición de los parámetros de la vida y de la lucha sociopolítica del país.

Un ejemplo típico de poder fáctico es la influencia ejercida por grupos de poder como puede ser: el gran capital, los intereses de la nomenclatura, los sindicatos, el ejército, la iglesia católica o los movimientos sociales (jóvenes, mujeres, ambientalistas, etcétera). Los poderes fácticos promueven sus intereses y preferencias dándole al país el rumbo político o económico que les conviene. El meollo de su gran poder es una cuestión real o fáctica sin respaldo legal. Disponen de poderes metaconstitucionales, son actores privilegiados.

El comportamiento del poder fáctico de las elites

En política los tiempos cuentan, no es un campo de juego estático. Es más, hacer política es saber medir los tiempos. Se dice fácil. Es mucho más difícil conciliar la inteligencia con la pasión a fin de alcanzar los objetivos políticos trazados. El buen político convierte el tiempo en ventaja. Los malos políticos le dan tiempo al adversario, lo que es aprovechado para recomponer sus fuerzas. La información que recibes de tu adversario es útil para establecer los tiempos políticos.

En los últimos años (1990-2022), el sector bancario y financiero consolidó su dominio sobre la economía. Las transacciones e inversiones se hicieron y se hacen cada vez más a la imagen y semejanza de la circulación del capital financiero. El ciclo del capital productivo se fue sometiendo cada vez más a los dictados de los intereses del sector bancario. Y las prioridades de la política macroeconómica se convirtieron en simple reflejo de las necesidades de los bancos y demás agencias del sector financiero.

La tasa de rendimiento promedio del capital ha estado en los últimos años por arriba del aumento del salario mínimo y de las remuneraciones medias nominales por persona ocupada. Por ello tenemos una creciente inequidad en la distribución del ingreso. Hay una profunda inequidad en la propiedad de los activos, lo que impacta negativamente en la distribución del ingreso. Más riqueza implica más ingreso y viceversa, principalmente entre aquellos cuyas percepciones provienen de la renta de la propiedad.

Los poderes fácticos del capital han gobernado, según las circunstancias, valiéndose de diferentes sistemas y métodos políticos. Así, el gran capital, en su trayectoria histórica, gobernó a través de los gobiernos conservadores, durante la dictadura somocista, en los años ochenta, en los gobiernos neoliberales y también durante la dictadura Ortega-Murillo. Todas estas formas de gobierno conservaron el carácter de capitalismo dependiente de “amiguetes”, que permitieron y aprueban la concentración de las riquezas en pocas manos, beneficiando a los “de arriba” y empobreciendo a los “de abajo”. Muchos artículos se han escrito sobre el origen de las riquezas de la nomenclatura orteguista y los mecanismos ilegales para limpiar sus capitales.

Los poderes fácticos de las elites se atraen

Los poderes fácticos de las elites se atraen, aunque no necesariamente se identifican, sobre todo si a una de las partes le falta la convicción que a la otra le sobra. La notoria debilidad, ineptitud y afán de enriquecimiento de los poderes fácticos económicos y financieros favoreció que el régimen Ortega-Murillo asumiera una concentración del poder y permitiera el descarado disfraz de abusos, fraudes y engañifas contra el desarrollo, la identidad y la autoestima del pueblo que pretendía gobernar. Ortega, como si fuera un personaje del Señor de los Anillos, ha sido incapaz de sustraerse al influjo más perverso y negativo del poder y se ha convertido en un dictador como los Somoza.

Ortega armado básicamente de pragmatismo, de cálculo político aritmético y utilizando la represión a diestra y siniestra nunca podrá cambiar el país de manera positiva en beneficio de las grandes mayorías. Si además es mediocre administrador y está sometido a los intereses financieros, empresariales y oligárquicos de la familia y de la nueva clase, como es el caso, el asunto no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, su objetivo político ha sido claro: neutralizar o reprimir, según el caso, a los poderes fácticos que no controla: los movimientos sociales y a la Iglesia católica para permanecer en el poder.

Desde el punto de vista de la secular tradición del poder, Ortega no es ninguna excepción. Esa tradición de la cultura política se fundamenta en la autocracia, en el poder autoritario. La tendencia natural del autócrata es acumular y centralizar más y más poder en su persona. Cuando su poder es puesto en cuestión utiliza a los grupos de choque, paramilitares, policías y militares y ordena disparar en contra del pueblo desarmado. Hay que tener claro que las tensiones económicas, sociales, políticas y religiosas abren más frentes de los que la dictadura puede pelear, allí su debilidad que no se ha aprovechado. ¿Cómo vas a dialogar con el diablo desgastado políticamente? Al diablo se le corta el pelo a lo Sansón.

Es bueno recordar que el incumplimiento de los acuerdos de “Marzo de 2019” fueron las decisiones políticas por parte de la dictadura. Es decir, el impulsor del diálogo tuvo la capacidad de disolver al movimiento social del país y hacer, en este caso, que la oposición se fragmentara utilizando el diálogo. Al mismo tiempo, los negociadores opositores creían, de manera “naive” (ingenua), que los problemas se resolvían por sí solos, sin presión de la calle. Ambos actores, iglesia y negociadores no tenían la fuerza política que obligará al dictador a aceptar una etapa democrática lejos del autoritarismo. Esos acuerdos tenían una clave repetida en la historia política del país: el apresuramiento para encontrar una salida, sin una correlación de fuerzas equiparables, trae más males que ventajas.

Los obispos deben de saber que la amabilidad, aun siendo una palanca en las relaciones políticas, pero en las condiciones actuales, no basta para evaluar correctamente la actual coyuntura política, mucho menos para hacer cambiar de estrategia al dictador. La experiencia de los últimos diálogos ha demostrado que la dictadura tiene una enorme capacidad de manipular el sistema que consiste en anular la capacidad transformadora de cualquier actor político hasta el punto de que, una vez desactivada el pico de la crisis, termina siendo favorable a la dictadura lo contrario de lo que fueron o debieron ser las intenciones de los participantes opositores. A partir de marzo de 2019, la oposición cometió error tras error político. Desmembrar el movimiento social de la calle con tanta aceleración reventó las costuras políticas del país. El dinero sustituyó a la política.

La desaparición del peligro de un nuevo tsunami social desató la codicia de la nomenclatura. Cuando el peligro de nuevas protestas sociales ya no era tal, embarcados todos en la “salida al suave electoral”. Fue el momento en que las distintas corrientes de la oposición abandonaron la lucha de la calle y optaron por los comunicados incoloros. Muchos líderes de las protestas de 2018 abrazaron los postulados de los representantes del capital sino que serían también los principales valedores del “aterrizaje al suave”. Fue el mismo error político de los opositores de antaño en la lucha contra la dictadura somocista.

El poder fáctico de “los de abajo”

Los poderes fácticos de las elites, en el fondo, tienen miedo de las movilizaciones sociales. No hay nada que asuste más a los poderes de las elites que una manifestación en la calle, en la plaza o una marcha, donde puede emerger el contrapoder, el poder fáctico de “los de abajo”. Las calles, las rotondas y las plazas son los lugares donde se hace visible lo invisible: el poder fáctico del pueblo, de “los de abajo”. Los poderes fácticos de las elites tienen miedo que se descubra que la corrupción no es circunstancial, sino de un comportamiento permanente.

Mientras los poderes fácticos de las elites evaden impuestos, los pobres y trabajadores deben cancelar elevadas tasas impositivas; mientras una elite corrupta atesora grandes cantidades de capital, producto de la corrupción, del fraude, la evasión, el robo. Cuántas escuelas, hospitales, bibliotecas, mejoras en infraestructuras podrían realizarse con ese dinero. Ese sistema, que se basa en la máxima de Bertolt Brecht “la comida para nosotros y la moral para vosotros”, se sustenta en el engaño, la mentira y la simulación, disfrazados como libertad de mercado, éxito y triunfo de los más aptos.

Las calles, las rotondas y las plazas son espacios de las visibilidades, donde no se pueden ocultar los conflictos sociales y políticos. Se nutren de los mismos problemas que las alteras. Las calles son lo que son, porque reflejan lo que pasa en la sociedad: es un escenario político social por naturaleza. Las contradicciones que hay en la sociedad se escenifican en las calles, en las rotondas y en las plazas, en definitiva, son un teatro de las demandas y los conflictos donde las personas “de a pie” se pueden manifestar y expresar su disgusto, rechazando al poder y/o construyendo el poder fáctico de “los de abajo”.

Es en esas circunstancias que nace el contrapoder a la dictadura. Es en ese contexto cuando el poder fáctico autoritario tiene miedo y decide reprimir a los ciudadanos “de a pie” que se manifiestan en los espacios públicos abiertos. Es esas condiciones que se manifiesta el poder fáctico de “los de abajo”, síntoma de que la protesta social tiene presencia en las decisiones de la política nacional y que la dictadura decide contrarrestar por todos los medios: “vamos con todo”, una amenaza potente para embridar/someter las protestas de 2018.

El miedo del poder fáctico de la dictadura

Los acontecimientos sociales y políticos de las sociedades maduran en la sombra, sin ningún tipo de control de parte de las elites; los hechos que han madurado llegan a confluir y articularse de manera no visible para constituirse un contrapoder, en un poder fáctico “de los de abajo”. El establishment de los poderes fácticos de las elites tiene temor que lo arrolle todo y a todos; para el poder fáctico de las elites el surgimiento del poder fáctico de “los de abajo», se debe a una enorme conspiración, negando el desarrollo subterráneo de los procesos políticos y sociales.

El miedo de los poderes fácticos de las elites es cuando toman conciencia que el poder fáctico de “los de abajo” cuentan con la capacidad de imponer límites a las decisiones de “los de arriba” y puedan impulsar decisiones gubernamentales que favorezcan a las grandes mayorías. Es decir, el miedo de los poderes fácticos de las elites es perder la capacidad de seguir imponiendo las decisiones gubernamentales que favorecen a los grandes capitales y/o a los principales anillos de poder sobre las necesidades de miles de nicaragüenses.

Las posibilidades un “poder fáctico de los abajo”

En una Nicaragua silenciada por la represión, la persecución, la cárcel, el exilio, las acciones del obispo Álvarez eran desafiantes porque expresaba la voluntad de “los de abajo” de construir un poder alternativo, un poder fáctico que los represente. De lo que no hay duda es de que hay signos del resquebrajamiento interno de la base social de la dictadura y de los intentos por mantenerla a través de la represión a los otros y las mentiras para justificar la violencia. La tendencia a la desmovilización en la población, que rechaza a la dictadura, se debe a que está un poco perdida por la falta de una estrategia de la oposición.

Las acciones en contra del obispo, los sacerdotes y a la Iglesia católica han puesto en vilo a toda la opinión pública nacional e internacional, lo cual significa que los manotazos de ahogado de una dictadura en declinación que pretende mantenerse en el poder (igual como la dictadura somocista) por la vía de dar una solución militar/represiva a los graves problemas de carácter económico, social y político; indicadores de una crisis estructural de carácter sistémico (que en absoluto hay que confundir con una crisis terminal de la dictadura). Es síntoma de un proceso en curso de descomposición, podría avanzar hacia medidas de fondo que afectarían en forma catastrófica a la dictadura y sus aliados: la implosión interna.

El declive de la hegemonía de la dictadura y su orden basado en reglas autoritarias, la ha hecho una dictadura disfuncional, incluso como “democracia de fachada”; dictadura que ha terminado representando solamente los intereses del dictador, del gran capital y de los oligarcas, y no de la mayoría de la población. La represión en contra el obispo Álvarez, sacerdotes y a la Iglesia católica es parte de una estrategia consciente y decidida que busca evitar la construcción de un contrapoder, un poder fáctico alternativo. Busca cómo contrarrestar ese corrimiento/desplazamiento del eje político hacia el contrapoder de “los de abajo”. Un diálogo en las condiciones actuales (presos políticos, represión, ausencia de libertad de pensamiento), favorece a la estrategia orteguista de permanecer en el poder por cualquier medio.

Para evitar la posibilidad de un nuevo tsunami social y de un poder fáctico de “los de abajo”, la dictadura se vio obligada a cruzar el “Rubicón” con el encarcelamiento del obispo Álvarez y la domesticación de la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) al aceptar de parte de la alta jerarquía de la Iglesia católica de NO ejercer su influencia para facilitar un poder fáctico alternativo en la política nacional. Es la aceptación de su sometimiento y/o acomodamiento al poder fáctico de la nomenclatura orteguista. ¿Será la tapa del pomo que auxilia al poder dictatorial a permanecer en el poder? O ¿Será finalmente que “quien juegue con fuego se quemará”?

Esa es la clave de la alianza de las elites económicas con la dictadura, el miedo al contrapoder de “los de abajo”. Eso es lo que explica la represión, el encarcelamiento del liderazgo social, de los periodistas, de los intelectuales, de los sacerdotes, de todos los que piensan diferentes. El miedo de la dictadura Ortega-Murillo es que el ejemplo del obispo Álvarez pueda reactivar, con su protesta/ejemplo, al movimiento social capaz de romper los anillos del poder y de crear un contrapoder, un poder fáctico de “los de abajo” inteligente/competente que cambie la actual correlación de fuerzas.

El ejemplo del obispo Álvarez demuestra que hay espacio para construir un polo democrático que apueste por un proceso democrático y defienda una política de defensa auténtica de los derechos humanos. Un proyecto que tenga en la base la construcción de una estrategia nacional de contrapoder a favor de la ecología y defensa del medio ambiente, favorable a la industrialización de los productos agrícolas y la autosuficiencia alimentaria y que impulse un modelo de sociedad diferente. El objetivo estratégico es llevar la esperanza a la gente “de a pie” y decirle que hay futuro si nos comprometemos colectivamente a construir un contrapoder debilitando los pilares de sustentación de la dictadura Ortega-Murillo y/o fomentado su implosión.

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