Nicaragua y su cultura política

*Por Juan Carlos Vílchez

La UNESCO define la cultura como el conjunto distintivo de una sociedad o grupo social en el plano espiritual, material, intelectual y emocional comprendiendo el arte y literatura, los estilos de vida, los modos de vida común, la comunicación, los sistemas de valores, las tradiciones y creencias.

Marvin Harris, antropólogo de la Universidad de Columbia añade que una cultura es el modo de vivir y relacionarse socialmente y la encontramos en todas las sociedades humanas, abarcando todos los aspectos de la vida social, fundamentalmente sus modos pautados y repetitivos de pensar, sentir y actuar -es decir-, su conducta.

Así pues, todo colectivo humano, pueblo o nación vive y actúa desde una determinada perspectiva del mundo y de la vida. Es un lente a través del cual interpretamos la realidad y normalmente cambia en el transcurso de su devenir histórico.

Los sistemas de valores, creencias, ideas, hábitos y normas que rigen el ejercicio del poder en una sociedad y que prevalecen entre los individuos, es lo que, -dentro del concepto general de cultura-, llamamos cultura política. El creciente interés por su estudio coincide con el proceso de comprensión y expansión de la democracia en el mundo. Según Inglehart y Eckstein de la Universidad de Princenton, un conjunto definido de conductas y valores culturales es esencial para la instauración, la estabilidad, la profundidad y la calidad de un sistema democrático, tanto o más que los asuntos económicos y sociales, el poder de las elites o el contexto internacional.

En los años 1961-66 formularon “La teoría de la congruencia”, cuyo enfoque de la cultura política, se refiere a que la democracia requiere una cultura compatible, que la haga avanzar hacia metas de mayor desarrollo humano.

En otras palabras, una democracia sólo puede prosperar donde se ha asentado y se desarrolla una cultura que pueda sustentarla. La relación entre cultura política democrática y desarrollo humano ha sido comprobada no sólo por autores como D. North, R. P Thomas, D. Acemoglu, J. Robinson, y otros, sino por la evidencia de aquellas naciones con los índices más altos de desarrollo humano, como Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia, entre muchas. Obviamente nada más opuesto a Nicaragua, donde se profesa con fervor una cultura política anclada en los siglos XVII y XVIII, y cuyas raíces son la exclusión e intolerancia, la hacienda colonial y el caudillismo, la violencia, el pensamiento mágico, el ejercicio del poder absoluto, la inequidad social, el resentimiento y todos los antivalores propios de esa época, incompatibles con la modernidad.

Desde 1821, fecha de la Independencia, poco ha cambiado en nuestro país en cuanto a valores, hábitos, y creencias, es decir, la cultura política. Los nicaragüenses actuales pueden ver reflejada con increíble nitidez su conducta política de hoy, en las descripciones de E.Squier viajero y cronista que en 1852 publica su libro: ´´Nicaragua sus gentes y paisaje´´. Extraigo una muestra:

1) Estaban acostumbrados a este género de cosas; las revoluciones eran para ellos algo así como las tempestades; estallaban y luego de pronto se disipaban.

2) El estado de guerra civil condicionaba tanto la vida cotidiana que era frecuente y común el despoblado de las ciudades y pueblos, refugiándose en las haciendas, la militarización de los poblados, el toque de queda, los retenes, y el «santo y seña;’ consigna, divisa o contraseña, para desplazarse con seguridad de un lugar a otro; así también era del diario vivir, los juicios sumarios, fusilamientos, confiscaciones, impuestos de guerra, encarcelamientos, la existencia de bandas delincuenciales armadas que merodeaban los caminos y tantos otros hechos propios de una contienda(citado por J. Avilés)Historiadores como J. Avilés, Frances Kinloch, Andrés Pérez- Baltodano, entre otros, han contribuido con agudeza y rigurosidad académica a revelar múltiples características de esta conducta. Las consecuencias desde entonces son más que evidentes con innumerables golpes de estado, sublevaciones, guerras civiles, asesinatos políticos, odios sectarios, incapacidad de dialogo, ejercicio excluyente del poder, depredación del Estado etc. los cuales han propiciado una permanente inestabilidad política, ingobernabilidad e intervenciones extranjeras y por lo tanto un aterrador atraso estructural y humano.

Los grandes acontecimientos mundiales, me refiero al pensamiento racional, la ilustración, la democracia, el Estado de Derecho y por supuesto el surgimiento de los Derechos Humanos, -que generaron transformaciones y avances en otras naciones-, sólo se plasmaron en la sociedad nicaragüense como anécdota, formalidad o caricatura. Quien gobierna desprecia, irrespeta y tuerce las leyes, la separación de poderes es una fantasía, los derechos humanos un requerimiento extranjero, ya no digamos la transparencia electoral y tantos otros mecanismos de control al poder. Desde el poder político, el Estado colonial se reproduce y se transmite en cascada a toda la sociedad, Es la maquinaria del pasado fabricando nuestro presente y futuro.

A través de ese engranaje de antivalores, destructivo e irracional quedó establecido el tipo de lente, con el cual los nicaragüenses nos vemos y nos interrelacionamos e impregna a todos los grupos sociales, políticos, religiosos, castas y muchedumbres. Nadie está exento y lo que cambia entre ellos son matices, proporciones o prioridades.

Con esta realidad a cuestas, cualquier grupo social o político que pretenda excluirse de esta dinámica histórica, está mintiendo. Cuando un partido o grupo político acusa a otro de apropiación de bienes públicos, corrupción, arbitrariedad, traición a la patria, etc, en realidad se está viendo a sí mismo en un espejo.

No existe en la historia de Nicaragua ningún gobierno, independientemente del tipo de régimen, que no haya estimulado antivalores como la corrupción, el nepotismo, el amiguismo, el tráfico de influencias, el servilismo, la exclusión política, el soborno, la manipulación de las leyes y del Estado de Derecho y por supuesto el desprecio a la Constitución Política del país. Lo que ha diferenciado a un grupo de otro es la intensidad o la obsesión sobre un aspecto o varios de esa cultura política patrimonial.

La transición del somocismo, al sandinismo de los 80, y a los gobiernos de Chamorro, Alemán, Bolaños y Ortega, -a pesar de las tendencias en el mundo y las acuciantes necesidades de los nicaragüenses- no ha supuesto modificación alguna de esa rudimentaria mentalidad, sino veamos los resultados en los niveles de ingresos, producción, educación, pobreza, emigración etc. ampliamente registradas por organismos nacionales e internacionales. La diferencia entre esas etapas fueron sus diferentes prioridades y la energía invertida en la aplicación práctica de su selección de antivalores.

Por supuesto que ninguno de los grupos ha tenido la voluntad, mucho menos la determinación y conocimientos para construir una democracia, porque eso es ajeno a los códigos incrustados en nuestras neuronas desde la colonización. No podemos construir la democracia si no hemos interiorizado en qué consiste realmente y porqué la necesitamos. No puede haber democracia sin demócratas. No puede instaurarse la democracia sin una cultura política ciudadana que la respalde. En el imaginario común la democracia se reduce a simples mecanismos electorales para acceder al poder político.

Nuestra perspectiva del mundo –es decir nuestro lente- nos receta ideologías, mesías y deidades que nos salven, así como la reencarnación en individuos del presente, de patrones y conductas políticas obsoletas, Las dictaduras, fraudes, la violencia, las redes de corrupción y sus efectos. no vienen de otra galaxia o de países agresivos, ni de imperios de cualquier continente, sino que son hechos reales fabricados por esos seres de carne y hueso, llamados nicaragüenses, orgullosamente propietarios de una cultura del pasado, destructiva y voraz.

Alguna vez, producto de la intuición o del talante personal de algún gobernante, se ha abierto una ventana para dejar pasar por ella aires de libertad y democracia, pero ha sido cerrada con violencia por esas mismas fuerzas regresivas, atrincheradas ferozmente en lo más profundo de nuestra identidad.

Saber de dónde viene, como se desarrolla una enfermedad y establecer su diagnóstico, es fundamental para vencerla. En las próximas contiendas políticas es imprescindible saber detectar, a aquellos que impiden el despliegue del siglo 21 para los nicaragüenses y a quienes –avanzando en el campo de los valores- han aprendido de sus propios errores y se comprometen con una cultura política diferente y a una nueva forma de ejercer el poder. Es una cuestión de vida o muerte para una nación y en ello se juega el destino no sólo de las agrupaciones políticas sino también de cada ciudadano. Empezar a construir esa cultura que permita instaurar y alimentar una democracia real, sería el regalo más maravilloso que pudiésemos heredar a nuestros descendientes.

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