Nuevo escenario

*Por Ángel Saldomando | Tomado de Le Monde Diplomatique

Se despejó la incertidumbre, ganó el rechazo al proyecto de nueva constitución por amplia mayoría (62%) y con una contundente participación electoral, dada la obligatoriedad del voto en este plebiscito. En el campo oficial del apruebo hay desconcierto que inicia un proceso de revisión, no se sabe que tan doloroso y profundo. En el del rechazo oficial (derecha conservadora y social-liberales) experimentan un jubilo que los devuelve a la vida. Otra cosa es desentrañar lo que significa el rechazo en la sociedad y las tendencias que la trabajan. Todo acontecimiento político se inscribe en procesos, que pueden expresar continuidad, bifurcar o modificarse. Chile acaba de cerrar un proceso, está al borde iniciar otro, sin que nada se haya resuelto, la incertidumbre se mantiene sobre qué hacer y cómo hacerlo para tener una nueva constitución y qué ponerle adentro. Es una incertidumbre sistémica, no es algo menor, dado que interroga sobre que modificar de las normas organizativas del país y que aceptación pueden lograr en la sociedad. Un 80% votó por el cambio de constitución, un 62% votó en contra de la que se le propuso, pero nada autoriza una recuperación política simplista del rechazo, como hace la derecha. Ninguna oferta política está legitimada y con capacidad de estructurar un rumbo sistémico. El rechazo federa conservadurismo, pero también expresa diversos malestares que piden respuestas que aumenten las certezas de la sociedad. Esta es una sociedad vapuleada sin piedad por el modelo social, frente al cual ha manifestado su disconformidad, pero no quiere aventuras en temas que escapan a su horizonte de demandas más inmediatas.

El periodo que se cierra es el que abrió con el estallido social y concluye con la derrota del apruebo y el rechazo al texto de nueva constitución. Es claro que el impulso de cambio se diluyó, y la convención constitucional, no logró encarnar las expectativas y se empantanó en sus debilidades y contradicciones; expresión clara de la ausencia de un potente movimiento social y político. El texto constitucional, mediocre y ambiguo, aunque habría pistas para continuar la agenda de cambios, ofreció muchos flancos que fueron atacados por los del rechazo. Explotaron descaradamente, como era de esperarse, los prejuicios, los temores y las inercias culturales de la sociedad. La coalición del apruebo evitó todo conflicto en ese campo, prometiendo un país de futuro, en clave modernista idealizada. Sus referencias, tal como Nueza Zelanda o cómo en Canadá, decían algunos, académicas y formalistas de texto en otros, no ofrecían ninguna lectura del país real. La plurinacionalidad, las cuestiones regionales, el sistema político y otros temas no ofrecían claridad sobre el tipo de país propuesto y dejaba la solución a futuras elaboraciones legales y componendas.

Ello se cristalizó en la extraña formula “aprobar para reformar”, un sinsentido total. El desencuentro se manifestó tempranamente, pero ya no había posibilidades de corregir. La propuesta llegó muy dañada y votar el apruebo más que salvar el texto, y a sus elaboradores, ya prometido a su negociación posterior, era intentar salvar el capital simbólico del cambio que mantuviera abierta las opciones.

El triunfo del rechazo cierra el periodo y da una oportunidad a los sectores conservadores de exhibirse como salvadores del país por un tiempo. Estaban moribundos, arrinconados desde el estallido y la aceptación obligada del cambio de constitución, emblema del modelo socioeconómico y político heredado de la dictadura. Habían sido dos golpes muy duros, estaban inaudibles, sin relato y políticamente desprestigiados. Estaban contra las cuerdas, el rechazo les permite devolver un golpe y equilibrar la pelea y cubrir su desnudez por un tiempo. El progresismo, nombre genérico de expectativas de democracia, igualdad y justicia social, con nuevos derechos, cuya debilidad principal es carecer de un anclaje social y político real, quedó sacudido, pero lo salva la campana. Aún está pendiente el cambio de constitución. Además, no hay ninguna elección próxima de ningún nivel institucional, por lo que el naipe está repartido y habrá que jugar con él, no hay otro.

Es previsible que las personalidades políticas tradicionales de los conservadores como las de los social-liberales sientan que es la hora del retorno. Buscarán ser el fiel de la balanza y conducir el proceso, Lagos Bachelet, y figuras de la derecha, serán probablemente convocados al rescate. Llevar a puerto el gobierno de Boric, que puede quedar reducido a una virtualidad formal, y elaborar un nuevo texto constitucional en una transacción partidaria e intra elites. La derecha no parece disponible para aceptar otra experiencia de convención constitucional, siempre imprevisible.

Sin embargo, no parece posible involucionar en todos los temas instalados, las cuestiones ambientales, feministas, de derechos e inclusión social, territoriales, han adquirido su dimensión propia. Otros se verán inevitablemte marginalizados. Si la propuesta rechazada no era ninguna revolución y abría solo pistas al enunciar la agenda de cambios, ahora el tema central pasa a ser que la nueva propuesta, si llega, no sea demasiado conservadora. El eje de gravedad cambió y la redefinición de los actores políticos y sociales tiene un nuevo escenario. “La nueva generación” quedó devaluada como encarnación del cambio. Surfear sobre la opinión y las redes sociales, como se dice ahora, no puede reemplazar la creación de una organización política amplia, con anclaje y referencias sociales claras, algo que el progresismo abandonó desde la salida de la dictadura y la izquierda nunca pudo recomponer, dos expresiones de la derrota estratégica que sufrió el campo popular. El gobierno de Boric no tiene la capacidad de hacerlo ni la comprensión del problema, es una debilidad estructural. La derecha con sus anclajes tradicionales puede seguir condicionando la nueva etapa, veremos hasta dónde.

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