Por Douglas R. Lee | 04 septiembre 2025
Cuando quisieron callarlo, lo hicieron más fuerte.
Cuando lo enviaron al exilio, lo convirtieron en símbolo.
Cuando lo apartaron de su rebaño, lo volvieron voz universal.
Monseñor Silvio José Báez regresa desde Roma a su misión pastoral, recibido en audiencia privada por el Papa, confirmado como Obispo Auxiliar de Managua y liberado del silencio que la dictadura intentó imponerle. Para el Vaticano, es diplomacia. Para Nicaragua, es esperanza. Para Masaya, es orgullo.
Báez vuelve como lo que siempre fue: pastor y profeta. No es político ni caudillo, sino guía moral. No regresa con espadas ni consignas, sino con la palabra del Evangelio y la fuerza de un pueblo que resiste.
En Masaya lo sabemos: la fe se celebra en calles llenas de pólvora y danzas, pero también en la dignidad de quienes no se doblegan. Silvio es hijo de esa tierra volcánica que ruge bajo nuestros pies y que se niega a la sumisión.
Hoy Santa Ágata en Miami es altar y testimonio: ahí se congrega la diáspora, ahí el exilio se transforma en comunidad, ahí la fe se hace resistencia. Y en cada homilía suya escuchamos lo que nos quisieron robar: la certeza de que Nicaragua no está sola.
Porque podrán encarcelar sacerdotes, confiscar templos, desterrar obispos.
Pero no podrán desterrar la fe.
No podrán exiliar la esperanza.
No podrán apagar la voz de un pueblo que se sabe de pie.
En Silvio Báez vuelve Masaya, vuelve San Jerónimo, vuelven los torovenados y la pólvora que anuncia resistencia. Vuelve también el volcán, con su fuego inextinguible, recordándonos que la esperanza nunca se rinde.
Y en este camino, no puedo dejar de agradecer al Papa. Un Papa que entiende lo que significa Chicago: ciudad de migrantes y obreros, donde nació el Día Internacional del Trabajo, donde la diversidad se convirtió en fuerza. Chicago, como Masaya, sabe de heridas y de renacer entre cenizas.
Él ha dicho ser fan de los White Sox —y yo, aunque siempre fui de los Cubs—, sé que ahí está la enseñanza: más allá de rivalidades, la justicia y la fe están por encima de todo.
Masaya y Chicago, cada una a su manera, son ciudades volcánicas: una arde con fuego bajo la tierra, la otra con fuego humano en sus calles. Ambas enseñan que la esperanza se defiende, que la comunidad se levanta y que la fe nunca se rinde.
Por eso, hoy agradezco al Papa: porque al dar voz a Monseñor Silvio Báez, nos recuerda que la Iglesia, como Chicago y como Masaya, está llamada a ser faro de justicia en medio de la oscuridad.
