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Un año difícil, reflexiones sobre la sociedad civil en la región

Lea Bolt | 09 diciembre 2025

Acercándose el cierre de año emergen las reflexiones sobre todo lo vivido en este 2025. Yo quiero compartirles en este artículo mis opiniones, sobre lo que considero que ha sido uno de los años más difíciles para las organizaciones de sociedad civil en la región.

Quienes lideramos o integramos estos espacios, sabemos que este año se cerró aún más el espacio cívico. Tenemos el ejemplo de El Salvador con la ley de agentes extranjeros muy similar a la que se usó en Nicaragua para cancelar a más de 5,000 organizaciones; y a esto se sumó el retiro de algunos actores de cooperación internacional que sostenían distintos esfuerzos. Esta situación obligó a la sociedad civil a reconfigurar sus formas de trabajo y evidenció que su supervivencia depende en gran medida de la cooperación internacional, lo cual derivó en el debilitamiento o cierre total de diversas organizaciones.

Pero frente a esa realidad, me surge responder estas preguntas para ustedes: ¿Qué hemos hecho para sobrevivir a este año? ¿Cómo es realmente que nos hemos adaptado? Las respuestas son tan duras como la realidad. Esta adaptación desde mi punto de vista es más un acto resistencia que resiliencia. Por supuesto, para fundamentar mis respuestas hablaré desde la experiencia propia y de lo que he compartido con homólogas.

Dirijo una organización que en enero tenía un equipo grande, contaba con el apoyo directo de algunos donantes que desaparecieron afectando un porcentaje importante de nuestro presupuesto, obligándonos no solo a reestructurar el modelo de trabajo y gestión, sino también a despedir a la mitad de nuestro personal y hacer recortes financieros en los ingresos de todos. Sobre esto es importante resaltar que la sociedad civil nicaragüense resiste desde el exilio, algunas con equipos de trabajo en el terreno y eso supone retos muy específicos.

Otras organizaciones tuvieron que cerrar sus operaciones completamente, dejando en incertidumbre a sus trabajadores y a las personas que acompañaban o beneficiaban a través de sus proyectos. Ante la escalada de represión transnacional evidenciada este año, el recorte de financiamiento también dejó en un estado de alta vulnerabilidad a las organizaciones, pues todo lo que implica protección integral en términos de seguridad requiere recursos.

Por otro lado, este año tuve la oportunidad de participar en tres espacios que me permitieron conocer de primera mano cómo está adaptándose a esta nueva realidad (crisis del multilateralismo y auge del autoritarismo) la sociedad civil en la región, estuve en el primer Programa de Defensores de Derechos Humanos auspiciado por Fundación Carolina, que permitió un intercambio de una semana con personas de países como El Salvador, Panamá, Guatemala, Honduras, México, Colombia, Paraguay y Perú, entre otros. El factor común entre las reflexiones fue la preocupación ante la escalada del autoritarismo en la región, las narrativas antiderechos, discursos de odio, la polarización, los nuevos desafíos que plantea la digitalización y la crisis financiera. Algunas personas planteaban que en sus países estaba aprobada o en discusión la ley de agentes extranjeros, por lo que tuvieron que realizar los procedimientos correspondientes para seguir operando, exponiéndose a un mayor control y a un constante temor debido a la incertidumbre que genera estar a disposición de la voluntad del Estado.

Otro espacio clave fue la Mesa Redonda de América Central, una actividad realizada en Alemania, donde diferentes organizaciones de la región pudimos dialogar con la sociedad civil y cooperación alemana para plantear los desafíos que enfrentamos. Se resaltó la crisis ambiental, la criminalización y o estigmatización por parte de los Estados y otros actores hacia la sociedad civil, violaciones sistemáticas a derechos humanos, falta de voluntad política por parte de los Estados frente al cumplimiento del derecho internacional, deterioro institucional, corrupción y crimen organizado, migración y exilio, participación política de las juventudes, entre otras temáticas.

Finalmente, otro foro que me pareció clave para comprender las dificultades y lo que estamos haciendo frente a ellas en la región, fue el taller regional sobre protección de personas defensoras de derechos humanos, promovido y auspiciado por Fundación Carolina y AECID. Entre los principales retos que se conversaron están la construcción de condiciones para brindar apoyo y protección a personas en el exilio que se vuelve cada vez más indefinido, la necesidad de fortalecer las redes regionales para enfrentar de manera conjunta el autoritarismo, lo imperativo que se ha vuelto intercambiar estrategias de resistencia entre sociedad civil y defensores de derechos humanos en países con contextos violentos y políticamente cerrados.

Ante todo esto, la sociedad civil en la región, más allá de hacer las modificaciones administrativas y ajustes que mencioné anteriormente como forma de hacerle frente al contexto para sobrevivir, lo que más ha hecho con efectividad ha sido fortalecer las redes regionales y locales entre organizaciones, destacando las redes de periodistas como un ejemplo de fortaleza por su articulación regional; también han generado espacios para intercambiar aprendizajes de buenas prácticas, promover el cuidado colectivo, colaborar a través de consorcios para la búsqueda de financiamiento, entre otras cosas.

Sin embargo, estas han sido respuestas coyunturales, lo que me hace pensar que este contexto también nos obliga a desarrollar una mirada autocrítica y a hacernos preguntas incómodas: ¿Fallamos en anticipar crisis? ¿No diversificamos fuentes para la sostenibilidad a tiempo? ¿Subestimamos el contexto político? Más que un cuestionamiento de carácter punitivo, esta realidad es una oportunidad para evaluar la forma en que estamos diseñando estrategias de trabajo para el largo plazo en la región, cómo estamos proyectando escenarios para adaptarnos, nos conduce a revisar si hemos promovido un trabajo colaborativo entre organizaciones con agendas, territorios y luchas comunes.

Pero este debate estratégico solo tendrá sentido, si reconocemos el costo humano que ha tenido este año para quienes estamos al frente de estas organizaciones, pues las crisis no solo modifican las estructuras organizativas, sino también las experiencias emocionales de quienes las conforman.

Impactos emocionales de la crisis sobre líderes de organizaciones

Conversando con algunos compañeros de otras organizaciones, concluimos que la factura emocional que cobró este año fue alta, por un lado por la represión transnacional evidenciada que derivó en miedo, ansiedad, insomnio, ataques de pánico, tener que vivir un segundo exilio, entre otras cosas. La crisis económica generó incertidumbre, sobrecarga de trabajo, cansancio, duelo, frustración. Emociones que se suman a las que ya tenemos que gestionar por ser personas exiliadas, que lidian constantemente con los sentimientos que surgen por el desarraigo. Ante esto, es clave que las organizaciones y la sociedad en general, reconozca que quienes lideran estos espacios son personas, no máquinas. Por lo tanto, humanizar los procesos permite que tengamos más capacidad, congruencia con lo que promovemos e impactos de largo plazo. Este desgaste emocional no es una casualidad, es el resultado directo del rol político que la sociedad civil, particularmente la nicaragüense, ha tenido que desempeñar ante la ausencia de un Estado democrático y la realidad del exilio.

Rol político de la sociedad civil nicaragüense

En los últimos años la sociedad civil, especialmente la nicaragüense ha jugado un rol altamente político, obligada por un contexto en el que el Estado se ha convertido en un instrumento del régimen y la oposición política se encuentra fragmentada. Ha recaído sobre las organizaciones sociales la protección a la población reprimida por disentir, la promoción del pensamiento crítico, la representación a nivel internacional en diferentes espacios políticos y sociales, la creación de espacios de diálogo y participación ciudadana dentro y fuera del país, la promoción de la reconstrucción del tejido social notablemente polarizado por el conflicto, entre otras.

Tanto desde la sociedad civil como desde los actores políticos de oposición, se debe reconocer este rol político, para evitar caer en pensamientos resolutivos simplistas que buscan ubicar a la sociedad civil en un «carril» y a los actores políticos en otro. Es necesario complejizar la realidad, asumir que todos hemos tenido que asumir funciones más allá de lo ordinario ante condiciones extraordinarias. Es vital la apertura de un diálogo entre los actores políticos y sociales, para articular esfuerzos ante el objetivo común que tenemos. Esto no sugiere que no haya temas de fondo que necesitan dialogarse hasta tener nuevos consensos sociales, pero es necesario aceptar que ese debate tiene más posibilidades de desarrollarse bien una vez que hayamos establecido la democracia en nuestra cultura política y en las instituciones. Es imprescindible evitar que dos sectores claves para una futura transición a la democracia en el país, tomen caminos diferentes que los distancien de la meta principal. Para que ese encuentro tenga sentido, necesitamos partir de las lecciones que este contexto nos está ofreciendo en nuestro propio sector, solo así podremos prepararnos para los desafíos que vienen.

Lecciones aprendidas y un reconocimiento a la resistencia de la sociedad civil

Por supuesto, algunas lecciones aprendidas nos dejó este contexto. Primero que no podemos seguir dependiendo de una sola fuente de financiamiento, segundo que es necesario contar con estrategias que contemplen los cambios en la geopolítica global, tercero que necesitamos crear modelos de gestión que promuevan la autosostenibilidad de nuestras estructuras organizativas en el largo plazo, y por último, que aunque no siempre nos llevemos bien a nivel personal, es necesario colaborar entre organizaciones que comparten intereses, para tener más posibilidades de continuar trabajando sus agendas con mayor impacto y evitar derrochar energía en esfuerzos aislados o dispersos que se diluyen en el tiempo. El panorama global muestra que ha escalado el discurso que minimiza la lucha por los derechos humanos y la democracia, por lo que es ingenuo pensar que en el corto plazo habrá un cambio a favor de la sociedad civil en la región. Necesitamos aprovechar los espacios de cooperación triangular, desarrollar consorcios de trabajo, acercarnos a organizaciones filantrópicas, repensar modelos de autosostenibilidad económica, actuar juntos por apuestas comunes desde la sociedad civil.

Tal como mencioné anteriormente, se cancelaron más de cinco mil organizaciones en Nicaragua. Esto no solo muestra la crudeza con que se cerró el espacio cívico, sino el temor que se le tiene a una sociedad civil comprometida con sus procesos. Aunque este año pudo ser fatal, por estas condiciones adversas a las que he hecho referencia, una parte importante de organizaciones y personas que las integran lograron reinventarse, eso es digno de reconocer. Pues mientras exista una sociedad civil que resiste, continúa viva la esperanza de que, en un futuro no muy lejano, podamos tener una transformación social.

*La autora es Internacionalista, directora ejecutiva de Fundación Sin Límites