Dr. Danilo Martínez | Jueves 8 de Enero 2026.
El histórico discurso de “plomo y represión” del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha dado, de la noche a la mañana, un giro inesperado hacia un lenguaje de “reencuentro” y “diálogo nacional”. No se trata de una epifanía democrática ni de un gesto de civilidad. Es el reflejo patético de un terror visceral: el terror a que el andamiaje completo de su poder, cuidadosamente construido sobre la lealtad forzada y el miedo, se desmorone ante sus ojos como un castillo de naipes. Lo que estamos presenciando no es fuerza, es pánico disfrazado. No es soberanía, es el miedo a la justicia y al levantamiento popular.
El verdadero detonante de esta “obra bufonesca puesta en escena”, han sido los 26 o 28 minutos que duró el operativo militar que llevó tras las rejas de una cárcel en Nueva York a Nicolás Maduro y que evidencia colaboración de su propio círculo más cercano. Este evento funcionó como un espejo brutal para la cúpula en El Carmen. De pronto, la lógica invencible de la represión mostró su grieta fatal: los mecanismos de control más férreos pueden quebrarse desde dentro cuando el miedo a la rendición de cuentas internacional supera al miedo al tirano local. La orden de “Alerta Máxima” y el acuartelamiento de fuerzas emitidos tras una reunión de emergencia no son preparativos para una guerra externa. Son el síntoma de una guerra interna contra su propia sombra: el temor a la “réplica venezolana”, a que la cadena de mando se fracture y los custodios del régimen negocien su salida entregando a sus jefes.
En este contexto de nerviosismo al borde del pánico, el experimento fallido del vocero Moisés Absalón Pastora es una confesión involuntaria. Su video, donde balbucea sobre diálogo y luego fue borrado frenéticamente, es la perfecta metáfora del caos. Revela una cúpula descoordinada, probando mensajes de supervivencia en tiempo real, pero tan dividida y temerosa que ni siquiera puede sostener su propia farsa. La mano que borra el video es la misma que intenta ofrecer un apretón de manos, pero nerviosa por los crímenes de lesa humanidad perpetrados contra el pueblo.
La supuesta “oferta de diálogo” es, por tanto, un señuelo cínico y una táctica dilatoria. Es el intento desesperado de construir una “rampa de salida” antes de que el avión se incendie en pleno vuelo. Quieren convertir una posible rendición forzada por el colapso en una negociación política que les garantice impunidad. Pero su narrativa se derrumba ante la realidad cotidiana: no se puede hablar de paz mientras se movilizan las fuerzas represivas; no se puede invocar el reencuentro mientras las estaciones policiales siguen llenándose de detenidos arbitrarios. La “mano tendida” es, en realidad, un brazo que se aferra a cualquier clavo ardiendo para no caer al abismo.
Este despliegue de vigilancia extrema en los barrios, esta militarización del espacio público, no es una demostración de fuerza. Es todo lo contrario. Es la confesión tácita de una debilidad monumental. Saben que su legitimidad es nula, que su proyecto se sostiene solo por la coerción y por las armas y que el ejemplo de Venezuela les mostró que hasta los aparatos de coerción tienen un punto de quiebre. Tienen miedo del pueblo, miedo de sus crímenes, miedo de sus propios aliados, miedo de la historia y miedo a terminar, como Maduro, enfrentando una corte que no podrán controlar.
Por eso, la respuesta política de la oposición debe ser de una lucidez y una determinación inquebrantable. A Daniel Ortega le gusta dialogar poniéndole un fusil en la nuca al pueblo nicaragüense. Y esta vez no hay diálogos ni elecciones, esta vez lo que queremos es la libertad total, es la salida del país, del aparato terrorista de muerte que por 46 años ha impuesto el terror en el país.
Queremos libertad plena, democracia real y efectiva, queremos no solo la liberación de todos los presos políticos, sino también que no exista ni un solo preso político más. Queremos el cese de la represión, el restablecimiento de las libertades fundamentales y Justicia, Justicia para las víctimas de la dictadura, justicia para que no se vuelva repetir dentro de unos años una cobarde masacre por protestar cívicamente. Queremos garantías reales que no habrán más fraudes electorales, que el fraude electoral será un delito gravísimo en la nueva Nicaragua, porque atenta contra los derechos políticos de todos los ciudadanos y atenta principalmente contra la paz social. Queremos una transición democrática que nos lleve a elecciones generales , nacionales y constituyentes. Y en todo esto que queremos, Daniel Ortega no juega ningún papel, no tiene palabra, no tiene honor, El es el problema y la desgracia nacional no la solución. El régimen no merece el beneficio de la duda, sino la presión constante de una ciudadanía que sabe que su tirano actúa, por primera vez, no desde la arrogancia, sino desde el terror al derrumbe total. Y ese es el momento más peligroso para él, y el más esperanzador para quienes anhelamos libertad. No cedamos a su teatro de miedo. El aumento de la represión en Nicaragua, no es fuerza, es debilidad, no es fiereza es miedo, es terror de la dictadura porque ven acercarse su fin. Adelante hermanos de lucha, cumplamos con nuestro deber y nuestros planes. El pueblo debe ponerse en resistencia, hacer actos pequeños de rebeldía que evolucionen poco a poco en un gran Levantamiento Social
Ahora es cuando Nicaragua debe ponerse de pie. Ahora es cuando el pueblo debe lanzarse a las calles a ponerle fin a esta cruel dictadura.
Ahora es cuando hay que gritarle a la oposición funcional “basta ya de traiciones al pueblo, basta ya de complicidad con el Tirano” Basta ya de diálogos y elecciones con el Dictador. Es la hora de activarnos, de aumentar la presión hasta que la máscara del diálogo se caiga y solo quede al descubierto el rostro del pánico que los impulsa. Ortega sabe que su fin se acerca, y vuelve a repetir sus famosos diálogos y muertes. Quién le hará el juego, quién será el Judas esta vez?
La Democracia se construye, hagámosla!
Dr. DANILO MARTINEZ
Coordinador General del MUD
Miembro del Liderazgo Conjunto.
