Por Tania Molina Rojas | Criminóloga costarricense
Hay un concepto en ciencia política que describe con precisión lo que está ocurriendo en Costa Rica: la ventana de Overton. La idea es simple y perturbadora: en cada sociedad existe un rango de ideas consideradas aceptables en el debate público, pero ese rango se puede mover. Gradualmente, con narrativas que normalizan lo antes impensable, lo que era extremo se vuelve debatible, lo debatible se vuelve aceptable, lo aceptable se vuelve política pública. Y cuando la ciudadanía se da cuenta, la ventana ya se movió.
En Costa Rica esa ventana lleva cuatro años moviéndose. Hace una década, decir que un presidente en ejercicio organizaría una marcha contra el fiscal que lo investiga habría parecido ficción latinoamericana. Que regresaría al poder como ministro el mismo día que entrega la presidencia, un guion de banana republic. Que el Ejecutivo amedrentaría al periodismo crítico generando autocensura documentada, una señal de alarma continental. Hoy es noticia ordinaria.
La inseguridad como llave maestra
La ventana no se abrió en el vacío. Se abrió con la inseguridad como herramienta. El miedo ciudadano real y legítimo fue el combustible que hizo posible cada paso. Y aquí está la perversión más grave: lejos de ofrecer soluciones para la paz y la no violencia, la inseguridad se convirtió en instrumento político. No se gestiona para resolverla. Se administra para perpetuarla como justificación de lo impensable.
Nadie está ofreciendo prevención primaria seria, cultura de paz ni inversión sostenida en los territorios donde el Estado nunca llegó. Lo que se ofrece es lo impensable presentado como solución: mega cárceles al estilo CECOT, suspensión de garantías individuales, polígrafos como medida anticorrupción, reformas constitucionales exprés.
Renunciaron al trabajo sesudo, al análisis criminológico, a la evidencia internacional. Los cambiaron por el clip viral y la foto en la mega cárcel. Porque es más fácil reprimir que prevenir. Siempre lo ha sido. Y quienes no saben construir política pública sostenible recurren al mecanismo del shock: la medida drástica que produce una imagen poderosa y deja intacto el problema de fondo.
Lo que se está normalizando ahora
Cuando el ministro de Justicia viaja al CECOT y dice que el reto es «llegar donde está El Salvador», mueve la ventana. Cuando se propone suspender garantías individuales sin marco legal claro, se mueve la ventana. Cuando se veta un proyecto avalado por la Sala de Casación, la Fiscalía y la Defensa Pública para mantener el control político del sistema penitenciario, se mueve la ventana. Medidas que hace cinco años habrían generado una crisis institucional hoy se debaten como opciones legítimas.
Eso es exactamente lo que hace la ventana de Overton: no necesita que la ciudadanía apruebe lo impensable de golpe. Solo necesita que lo debata. Porque una vez que algo entra al debate como opción posible, ya dejó de ser impensable.
Lo que todavía tenemos y podemos perder
Costa Rica tiene una Sala Constitucional que resiste, un fiscal que no se fue pese a las presiones y una tradición democrática de más de setenta años. Pero esos activos no son eternos. Se erosionan con cada paso que la ventana da hacia la normalización del autoritarismo. Cuando la DIS queda en manos de operadores políticos. Cuando el sistema penitenciario se convierte en herramienta del Ejecutivo. Cuando la ciudadanía acepta como normal lo que antes habría sido inaceptable.
La ventana de Overton no avisa cuando cruza el punto de no retorno. Simplemente lo cruza. Costa Rica está aún a tiempo de entender lo que está pasando. Pero ese tiempo no es ilimitado. Y la distracción — los polígrafos, el CECOT, el Miss Universe, el ruido permanente — es parte del mismo mecanismo. No siempre por diseño. A veces simplemente porque el show es más fácil de consumir que la pregunta difícil: ¿hacia dónde nos estamos moviendo, quién decidió que íbamos por ahí, y cuándo fue la última vez que alguien nos ofreció algo que no fuera miedo?
Opinión publicada originalmente en CR Hoy
