Por: José Alberto Montoya | 01 de agosto 2025
Daniel Ortega y su familia, al igual que se apropiaron de la casa de Jaime Morales, hicieron suyo el partido y los colores que llevaron a Nicaragua a soñar con un nuevo mundo, uno que nunca llegó. Se adueñaron de los protagonistas, de las víctimas, de la retórica y la mística; hicieron suya la narrativa de la historia.
Y ellos, los históricos, los comandantes, lo supieron desde el primer momento. Lo entendieron muy bien y estuvieron dispuestos a renunciar incluso a su propia historia cuando aceptaron que comandante, solo había uno: Daniel.
Un puesto garantizado en alguna institución del Estado y formar parte del botín de la corrupción del régimen pesó más que cualquier ambición revolucionaria. Tal vez esos muchachos murieron, simbólicamente, el mismo día que triunfó la revolución. Hoy, la dictadura que sostuvieron con cinismo y complicidad les pisa los talones, los llama a rendir cuentas y les recuerda que ni siquiera quienes llevan el apellido dinástico están a salvo de las consecuencias de consolidar una dictadura.
Una de las advertencias más insistentes del mayor Roberto Samcam, antes de su inhumano asesinato, fue la implosión dentro del propio Frente Sandinista —o de lo que quedó de él—. El régimen desechó a los comandantes para rodearse de un grupo de arnoldistas de larga data, que a última hora eligieron la acera rojinegra.
Los codictadores se han jactado de contar con el cobijo militar y policial desde que tomaron el poder. Incluso el general Avilés ha declarado sin tapujos que no traicionarían a la pareja presidencial. Pero ese pequeño general —que ha hecho de todo menos honrar uno de los cargos más importantes del país— traiciona la misma esencia sandinista del Ejército. Esa figura mínima se diluye entre los murmullos de trabajadores, militares y policías que cada vez están más convencidos de que ese amanecer prometido por la revolución podría volver a asomarse, aunque en otras formas.
Hemos creído, tal vez ingenuamente, que la solución a nuestro conflicto vendrá del exterior, de potencias que no comprenden nuestra historia ni nuestras aspiraciones. Pero es muy probable que el epicentro del tsunami popular venga de quienes menos lo imaginamos. Y no hablo de otra rebelión, sino de la ley del más fuerte. Los Ortega, entre apuros y descuidos, están demostrando que su cuero no es precisamente de donde salen más correas.
Estamos por presenciar una reconfiguración del círculo de poder de la dictadura, una transformación que Rosario viene ejecutando con lentitud pero con precisión. Un trabajo orientado a la transición de era, donde el periodo de Daniel se aproxima a su ocaso. Están dejando una alfombra para lo que ellos creen que será la Nicaragua después del caudillo.
