Las intromisiones del régimen Ortega-Murillo en los asuntos orgánicos internos de los llamados partidos de oposición se hace efectiva manipulando las supuestas disidencias internas con el objetivo de debilitar al partido y reducirlo a la impotencia política y electoral.

La tendencia de controlar a la oposición por la vía de la intromisión en sus estructuras y asuntos internos, patrocinando con dinero público la existencia de falsas corrientes o supuestos movimientos de disidencia interna, es un abierto y manifiesto abuso del poder autoritario para fraccionar a la oposición y neutralizar a los críticos.

Hay que ser un cínico de primera línea o un perfecto idiota para no advertir la presencia de la mano oficial que mueve los hilos, financia actividades y empuja a los “contendientes disidentes” sin más liderazgo que el concedido por sus compinches más cercanos.

Esa táctica le ha permitido al régimen Ortega-Murillo que la actual oposición legal sea un conjunto fragmentado de partidos comparsas que ni en sueños podrían articular una alternativa de poder.

Los liderazgos poco democráticos y personalistas al interior de los partidos zancudos, facilitan el trabajo del régimen autoritario para generar las condiciones objetivas que Ortega aprovecha con prontitud, regocijo y abundante dinero.

Ortega ha sabido desarrollar los rasgos que Maquiavelo atribuye a los gobernantes: lograr el poder y saber conservarlo, ganándose el favor de sus partidarios, neutralizando a los indecisos y destruyendo a sus adversarios. Al margen de conceptos éticos y morales.

Ortega no tiene otro objetivo, ni otro pensamiento, ni tomar como suya una idea que no sea la lucha por la hegemonía política, porque es el único arte que le incumbe; y es en esa lógica que su objetivo principal es conservar el poder para él. Su lógica es el poder o la muerte.

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