Pesa la Cruz de Cristo en Nicaragua

*Por Federico Hernández Aguilar | Tomado de Diario El Mundo de El Salvador

Cuando todos los límites se han cruzado, la tragedia política de un país bordea la comedia. Y el “matrimonio” Ortega-Murillo, en Nicaragua, está poniendo en escena la gran tragicomedia latinoamericana de nuestra época. No hay límite que esta dupla impresentable no haya traspasado ni capacidad de asombro que no haya desafiado. El mero hecho que estén en el poder haciendo pareja, en calidad oficial de marido y mujer —compartan o no el lecho conyugal—, es en sí mismo un desafío a cualquier revisionismo histórico global de las tiranías. Lo del orteguismo es ya ridículo, esperpéntico, grotesco.

Daniel lideró la política nicaragüense entre 1979 y 1990, en una primera época marcada por la regresividad democrática, la estupidez y la corrupción. Al volver al poder, en 2007, parecía que el caudillo había aprendido la lección y pretendía ser más civilizado en su segundo mandato. Y muchísima gente se lo creyó. Las gremiales empresariales, que habían sido sus víctimas en el pasado, abrazaron alegremente un pacto con Ortega creyendo que así protegían sus intereses. (Sin paralelos gratuitos, en la actualidad los empresarios salvadoreños organizados no pactan con el bukelismo, pero creen ingenuamente que no sacando la cabeza están evitando que los descabecen. En definitiva, parecen haber aprendido poco de la amarga experiencia de sus colegas nicaragüenses).

El triunfo electoral que marcó el regreso de Daniel al poder fue producto de una triquiñuela política con Arnoldo Alemán. Quince años después, en noviembre de 2021, Ortega afianzó un cuarto periodo presidencial —y tercero consecutivo— con siete candidatos opositores en prisión. ¿Es relevante creer que ganó con un 75% de los votos emitidos?

Sin magistrados constitucionales independientes y con un congreso sometido a sus órdenes, el orteguismo puede tumbar a quien desee en Nicaragua. Persecución y exilio de periodistas, cierre de organizaciones no gubernamentales, encarcelamiento de líderes ciudadanos, tolerancia cero a la más pequeña crítica… Solo la Iglesia Católica quedaba como bastión del libre pensamiento. Hasta que el tirano se cansó también de los curas rebeldes, las procesiones masivas y las homilías valientes.

Varios sacerdotes han sido enjuiciados tras ser acusados de actos inmorales, algunos más han sido amedrentados por fanáticos oficialistas y otros, como monseñor Silvio Báez, tuvieron que abandonar Nicaragua ante la avalancha de amenazas contra su vida. El acoso, detención y arresto domiciliar del obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, ha venido a ser el último eslabón de una larga cadena de abusos y ataques dirigidos a la Iglesia y sus representantes. La cruzada lanzada desde el poder para acorralar a los “diablos con sotana” —como les ha llamado Rosario Murillo— ha exhibido el rostro más siniestro y cruel del orteguismo. No existe ya frontera (sea social o moral) que detenga a la pareja política más envilecida del continente.

¿Quién ganará en esta pugna? La pregunta es retórica. En realidad, el orteguismo ya perdió en su enfrentamiento contra el catolicismo nicaragüense. El desprestigio del régimen no puede ser más profundo. Quemó sus naves hace tiempo con la gran mayoría de la población; ahora confirma que su paranoia es irrefrenable, extravagante, caricaturesca. Un obispo “armado” con un Rosario, asediado en su casa por policías con fusiles y pistolas, es la imagen más ilustrativa de la degradación en que ha caído quien una vez fuera el líder de una revolución triunfante contra la dinastía Somoza. Ni la tumba protegerá a los Ortega-Murillo del oprobio universal.

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