Tres relatos cortos para leer en Navidad

Por Manuel de la Iglesia Carruncho

La integridad

Yorgos, el hermano mayor de Theodor Kallifatides, prestaba el servicio militar en el ejército poco después de la II Guerra Mundial. En plena Guerra Fría, el Partido comunista griego era muy poderoso, por lo que el empeño del Gobierno en vencerlo contaba con un fortísimo apoyo de Estados Unidos -a través de la CIA-. O tal vez puede escribirse al revés: era una época en la que el empeño del Gobierno de los EE UU -y de la CIA- en vencer al comunismo en Grecia gozaba de todo el apoyo del Gobierno griego.

La patrulla de Yorgos Kallifatides detiene en una incursión por la montaña a dos mujeres, militantes comunistas. Están ateridas de frío, hambrientas y agotadas. Parecen perdidas y desorientadas. Las interrogan y las maltratan pero no consiguen información valiosa alguna. Entonces el capitán da una orden a sus soldados: “Violadlas”.

Los soldados obedecen, pero uno se niega: Yorgos, el hermano mayor de Kallifatides.

Desobedecer la orden de un capitán en tiempo de guerra es un acto de rebeldía, de insumisión, de traición, y lleva aparejado un consejo de guerra. El hermano mayor de Kallifatides lo sufre y es condenado por un tribunal militar a pena de muerte. 

Décadas después, cuando Theodor lleva años viviendo en Suecia y es un escritor famoso, va de visita a Grecia. Una calurosa noche sale a fumar al patio de la casa familiar y coincide con su hermano. La pena le había sido conmutada y había salvado la vida. Entonces le pregunta: “Yorgos, ¿cómo tuviste el valor de negarte? Todos obedecieron la orden del capitán. Tú, no. ¿Por qué?”

– ¿Qué habría dicho papá?, se limitó a responder él.

Y escribe Theodor: “Ambos sabíamos lo que habría dicho. Quién prefiere su pellejo a su calidad humana, no es una persona”.

(Permítanme un humilde comentario: La integridad puede llevar a alguien hasta la tumba. Pero quien la posee, se convierte en inmortal).

La lealtad

(Esta historia se incluyó en uno de los paneles de una exposición sobre el tren de mercancías llamado “La bestia”, ese que recorre gran parte de México, de Sur a Norte, y que utilizan los emigrantes centroamericanos para acercarse a la frontera de EE UU. La exposición la organizó el Centro Cultural de España en Montevideo hace algunos años. Si recuerdo bien, estaba escrita en primera persona).

Un emigrante centroamericano que se dirigía a Estados Unidos, como tantos otros, es secuestrado por una banda de las que se dedican a pedir rescates a los familiares de sus víctimas. Lo encierran en un pequeño cuarto y le entregan un teléfono para que llame a su madre. Le tiene que contar que lo han raptado y que, si quiere volver a verlo con vida, debe enviar una transferencia a un determinado lugar. No es una cantidad desorbitada, pero tampoco modesta; parece calculada milimétricamente para que alguien humilde pueda reunirla acudiendo a familiares y amigos.

El muchacho, con la pistola en la sien, hace la llamada, pero esa noche se da cuenta de que la techumbre del cuarto donde se haya encerrado se encuentra en mal estado. Se encarama como puede y consigue abrir un boquete. Escapa.

El fugitivo sabe que no es el único secuestrado. Ha escuchado otras voces y lamentos, así que se presenta en una estación de policía para informar de aquellos raptores. Los agentes le piden que los acompañe y les señale el lugar para liberar a los demás prisioneros.

Llegan y la policía golpea la puerta sin tomar precauciones, lo que asombra al chico. Y cuando uno de los delincuentes abre, escucha mientras es sujetado: “Este se os ha escapado”. Lo entregan y reciben su sobre. Los captores dan entonces una paliza al chico y le traen el teléfono de nuevo.

– Dígale a su madre que ha tratado de escapar y que ahora debe enviar mil dólares más.

Fin de la historia.

(Permítanme otro comentario. Esta narración podría encabezar un libro sobre la infamia, pero hay en ella, también, un acto de humanidad, un destello de luz que ilumina lo más oscuro del ser humano: ese hombre que, en lugar de escapar lo más lejos posible, fue leal a otros que padecían su misma situación y se jugó el tipo para salvarlos, a pesar de no conocerlos. Redimió así las miserias de la condición humana de quienes lo violentaron).

El respeto

El grupo de cuatro soldados hermanados por el servicio militar tenía derecho a dos horas de paseo al atardecer -siempre que no les tocara guardia-. Recorrían entonces el casco viejo de Cádiz, se sentaban en alguna de sus plazas, la de San Antonio, la de Mina, la de Candelaria -donde nació don Emilio Castelar- o caminaban hasta el castillo de San Sebastián, disfrutando así de las vistas del mar y de un rato de libertad.

Sus intentos de ligar parecían abocados al fracaso. ¿Quién en su sano juicio podría fijarse en aquellos tipos rapados casi al cero que, en cuestión de meses, regresarían a sus ciudades de origen y después, “si te he visto no me acuerdo”? Además, eran pobretones. La paga, unos pocos duros al mes, daba para un bocadillo, una cerveza, una manzanilla de Sanlúcar y poco más. Pero no hay mal que cien años dure y en el ecuador del servicio militar aquel grupo de camaradas consiguió la amistad de una pequeña pandilla de gaditanas, quienes les acompañaban en los paseos y les alegraban la vida. Hijas de suboficiales, no les eran ajenas a las vicisitudes de la vida militar.

Los reclutas disponían de un par de camisas y otro par de pantalones caquis. Mientras usaban una muda, lavaban la otra. En el clima de Cádiz, esas camisas, calzoncillos, calcetines, se secaban con rapidez. Pronto supieron de una mujer, puro hueso, encorvada, siempre de negro y con pañueleta, más pobre que ellos, que se ofrecía a lavar la ropa a cambio de unas pesetas. Los chicos, más por comodidad que por compasión, comenzaron a encargarle la colada. La viejita les devolvía puntualmente sus indumentarias limpias y planchadas.

Llegó el invierno, ese que en Cádiz dura tan sólo unas semanas pero durante las cuales el frío, por la alta humedad, es difícil de sobrellevar. Y si las casas, en general, carecían de calefacción, ya no digamos los cuarteles. Cierto que en los días de lluvia el sol solía asomarse fugazmente pero, en ocasiones, escondía sus rayos como si algún dios travieso se los hubiese secuestrado para siempre.

La viejecita se demoró por primera vez en la entrega de la ropa. Los mozos salían ya con las chicas y necesitaban cambiarse. La mujer se disculpaba: “Es que llueve y no puedo tender en la terraza. Es que hay mucha humedad y no se seca”. Alguno de los soldados se impacientó y le faltó al respeto. “Vieja, ¿no será que eres una vaga y no has lavado todavía nuestras prendas?” A la viejita se le saltaron unas lágrimas y le resbalaron por la piel llena de arrugas, pero no dijo nada. Se tragó su orgullo. Aquellas pesetas eran vitales para su sustento. Y ahí quedó la cosa. Nadie la defendió. Al día siguiente devolvió la ropa limpia y seca. ¡A saber a cuánto ascendió aquel mes la factura de la plancha!

xxx

Han pasado décadas y uno de aquellos soldaditos, una vez jubilado, vuelve a Cádiz. Es diciembre y acaba de llegar el invierno, aunque el frío es tolerable. Aun así, jerséis y chubasqueros han salido de los armarios dispuestos a cumplir su función.

Se enlazan dos borrascas y la ciudad está sitiada por el agua como dos siglos atrás por los franceses: por tierra, mar y aire. El mar la abraza, como siempre, por sus cuatro costados y la lluvia, desde el cielo, la anega sin tregua. La humedad sobrepasa el 95 por ciento. Debe faltar poco para que llueva dentro de las viviendas.

El antiguo recluta hace un par de días colgó la ropa de una lavadora en el tendedero portátil que adquirió en un “chino”. La toca y sigue mojada. Hasta pareciera aún más húmeda que cuando la sacó del tambor.

Entre las prendas, una camisa crema le trae al pensamiento a la viejita del cuartel. ¡Añares sin acordarse de ella! ¡Qué cierto que aquellas mudas no se secaban ni a tiros durante la temporada de lluvias! Y, con ese pensamiento, como cuando se tira de una cereza y llega otra presa por su rabillo, retumbó otro que iluminó su cobardía cuando permaneció mudo frente a las palabras irrespetuosas de aquel camarada.

Se le humedecieron los ojos. Ya no podía pedir perdón a nadie; la viejita habría fallecido hacía siglos. Pensó que si tuviera que elegir entre las distintas actitudes éticas, se quedaría con dos: el respeto y la amabilidad. Con todos los seres vivientes pero, sobre todo, con las personas mayores. Ojalá lo hubiera tenido tan claro hacía 45 años.

Pensó también en que necesitaba hacer algo para perdonarse a sí mismo y decidió escribir aquel episodio de la mili y compartirlo con las personas queridas, con las más jóvenes, como mis sobrinas y sobrinos, para animarles a no callarse nunca cuando llega el momento de hablar. 

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