Verdad y estrategia: la entrevista de Carlos Fernando Chamorro a CNN [Si no ahora, ¡¿cuándo?!]


*Por Francisco Larios

Me ha sorprendido ver a uno de nuestros más distinguidos periodistas, exiliado por segunda vez desde el inicio de la crisis, quedarse más corto en su narración de la terrible verdad de Nicaragua que el periodista de la red internacional CNN, Fernando Rincón.  Creo que sobre esto vale la pena reflexionar, porque atañe al costo humano de la lucha por acabar con la dictadura.

Y creo que nadie objetará si afirmo que quienes nos oponemos a la pareja genocida y sus acólitos, incluyendo, por supuesto a Carlos Fernando Chamorro, tenemos de nuestro lado la razón y la verdad, y por lo tanto debemos divulgarla con toda nuestra fuerza. Miles de nicaragüenses buscan hacerlo. La gran mayoría no cuenta con el acceso a una audiencia de millones, desde una alta plataforma, como la que Carlos Fernando tuvo en la entrevista. 

¿Por qué, entonces, tanta evasiva? ¿Por qué, si el propio entrevistador, un reportero que simpatiza con la causa de la democracia en Nicaragua, insistió en darle la oportunidad para hablar con total claridad, como nicaragüense democrático? Y en un momento así, lo quiera o no Carlos Fernando, la audiencia entiende, por el respaldo y prestigio del entrevistador, que el entrevistado habla en nombre de los nicaragüenses democráticos.

Hay que decir que Fernando Rincón entiende, tanto como cualquier observador bien intencionado, que el mundo debe con urgencia saber a qué se enfrenta el pueblo desarmado de Nicaragua; que su público, el que los políticos latinoamericanos y muchos políticos en Estados Unidos necesitan para mantener sus puestos, debe ser informado acerca de quiénes son los que impiden que la voluntad de vivir en libertad sin ir a la guerra, del ciudadano nicaragüense, se cumpla.

Porque, si el público no sabe, los políticos y los gobiernos quedan manos libres para jugar los juegos impúdicos del poder, en los cuales sacrifican, en nombre de intereses estrechos, la vida y libertad de los nicaragüenses. 

Si el público no sabe que los nicaragüenses están ya hundidos hasta el cuello en las arenas movedizas de una dictadura que no tiene precedentes en nuestra historia, comparable ya a lo peor del continente, desde Videla y Pinochet hasta Castro, Trujillo y Papa Doc, los gobiernos y los políticos pueden hacerse los suecos.

¿Por qué, entonces, Carlos Fernando no expresa sin medias tintas la verdad que el frustrado entrevistador quiere revelar al mundo, y para la cual, esta vez, pide la ayuda de una de las víctimas? Se la pide, repito, como periodista y como nicaragüense. Es decir, como la voz, en ese momento, de los nicaragüenses que son víctimas de la dictadura.

Estas son algunas de las verdades que Rincón insistió en develar, en enfatizar, en conectar al drama de la gente en Nicaragua, y que, inexplicablemente, Carlos Fernando decidió no confirmar:

La continua ayuda que recibe el régimen de instituciones multilaterales en las cuales, valga recordar, el gobierno de Estados Unidos tiene por lo menos gran influencia, como el Banco Interamericano de Desarrollo;

La balsa de salvación financiera que el Banco Centroamericano de Integración Económica ha tirado a la dictadura desde el 2018;

La complicidad persistente del gran capital con el régimen orteguista, que ha sido fundamental para su construcción y preservación, y que solo ha mutado de forma a conveniencia, forzada por cambios en su hábitat: antes de 2018 fue activa y pública; durante la masacre de 2018 fue activa pero silenciosa (y matrera); y hoy, a pesar de todo lo ocurrido, es participativa aunque siniestramente silenciosa y quizás pasiva: muestra a los grandes conglomerados como dispuestos incluso a abandonar a sus más fieles lacayos, y a dejar que se hundan empresarios de menor calado, con tal de proteger los intereses, ya no de la mayoría del gremio, sino de un puñado de milmillonarios sin escrúpulos;

El silencio del Papa Francisco, ya no solo ante la opresión de los nicaragüenses, sino ante: las agresiones físicas contra sus sacerdotes, incluyendo el asesinato de uno de ellos y el ataque de turbas contra otros ¡dentro de la propia catedral de Managua!; la muerte, a manos de sicarios del régimen, del monaguillo de un obispo (multiplicado el agravio, porque el obispo, ya fallecido, era servil a Ortega, y ‘dejó pasar’); la masacre de cientos de feligreses católicos e incluso el ataque a balazos contra sacerdotes que caminaban en hábito y con todos los símbolos de la fe y de la Iglesia en medio de las balas, tratando con un coraje sobrecogedor, de infundir paz y calma en medio de la violencia diabólica del orteguismo; la manipulación constante de las prácticas y el calendario católico para fines propagandísticos, y su profanación, al colocarlos lado a lado con simbologías satanistas o paganas; la profanación, ya rutinaria, de templos, incluyendo el incendio terrorista dentro de la catedral de Managua que incineró la Sangre de Cristo, una imagen que se cuenta entre las más veneradas del país; el ataque militar contra la iglesia de la Divina Providencia, que resultó en la muerte de estudiantes refugiados dentro de ella, desarmados, y bajo la protección del párroco; y las amenazas continuas de muerte, y el hostigamiento material y psicológico, contra sacerdotes y obispos que se atreven a cuestionar, congruentes con su misión pastoral, al régimen. Esto, en pocas líneas, es miles de agresiones, abusos y crímenes que en la historia de Nicaragua fueron antes impensables¿Y la respuesta del Papa? Silencio. No es siquiera el silencio prudente de quien algo hace (al menos algo bueno) ya que más bien se ha visto a su Nuncio en la cálida cercanía del régimen. Es un silencio inexplicable, si uno asume que el hombre electo para ser Papa cree lo que dice creer, y ejerce la función que se supone quiere ejercer. Un silencio total que es abandono, que no puede excusarse, que es complicidad, que es innegable, que es información, que es parte del problema de Nicaragua, y por tanto el público necesita conocer.

Yo no entiendo por qué un periodista, un profesional de la verdad, especialmente uno que sabe que todo esto es cierto (¡lo sabe Rincón, lo sé yo, lo sabe la gente dentro de Nicaragua!) se niega a validar esta información ante la audiencia de millones que el entrevistador pone a su disposición para que comunique al mundo, con la urgencia y angustia del caso, nuestra verdad.

Carlos Fernando, en efecto, no da la validación que Rincón pide; responde que su labor “no es predecir el futuro”.  Rincón lo corrige respetuosa pero firmemente, con obvia buena voluntad y algo de perplejidad; le recuerda que “esto no es predecir el futuro, estos son hechos.”  El resto de la respuesta de Carlos Fernando es impecable barroco nicaragüense, decir y no decir, dar vueltas retóricas y más vueltas retóricas, y más vueltas retóricas, sin buscar el centro; consumir los minutos recitando con elocuencia frases incontrovertibles pero irrelevantes, desconectadas del tema, o más bien irónicamente contrarias a su respuesta, como que “hay que construir memoria” [¿Cómo puede construirse memoria sin decir toda la verdad?].  Para, al final, desembocar, una vez más, en la necesidad de elecciones para salir de la crisis.  Elecciones que, por supuesto, se niega a descartar, ¡ya en el exilio por segunda vez, con todos los “precandidatos” presos, inmovilizados, desaparecidos o escondidos! 

Todo esto, el aferramiento al espejismo electoral, y el zapateo alrededor de las preguntas de Rincón, es parte de un patrón negacionista de la realidad muy lamentable, de origen que difícilmente puede llamarse noticioso, y más difícilmente puede justificarse dadas las credenciales y la obvia inteligencia de Carlos Fernando: no puede, nuestro distinguido periodista, alegar que no sabe que aquello que evade y niega es la realidad; no puede decir que sea sensato decir al pueblo nicaragüense que debe apostar vida y recursos a que sea posible, mientras Ortega-Murillo y su claque de uniformados y oligarcas estén en el poder, realizar elecciones libres. Y por supuesto, es irrisorio el argumento, y trágica la falsedad, de que de esa manera podrá desmantelarse la dictadura.

Si todo esto fuera cierto, o remotamente posible, Carlos Fernando Chamorro no tendría que decirlo desde su segundo exilio en tres años, esta vez, a escasos cuatro meses de las cacareadas elecciones. Y todo lo demás, Carlos Fernando también lo sabe.

Entonces, ¿qué pretende al participar en la negación de los hechos? No soy, como he dicho y es obvio, lector de almas, así que me cuesta sobremanera imaginar cómo ocurre esto de negar lo innegable. Aunque confieso que a estas alturas estaría yo dispuesto a hacer lo mismo, si creyese que ayuda a la liberación de Nicaragua y a evitar más sufrimiento a nuestra gente. Pero evidentemente no es así. Nunca ha dejado de ser cierto que la verdad nos hace libres, y que a veces la verdad que libera es la más terrible. Basta preguntar: ¿de qué ha servido hasta la fecha negar la realidad? ¿A quién ha servido?

¿Por qué estas preguntas? ¿Qué objetivo nacional y social persiguen?

En el ambiente viciado y violento que domina la interacción social en un país que por momentos pareciera disolverse como una pastilla efervescente, en medio de la violencia ciega y reaccionaria de mucho de nuestro diálogo de sordos vociferantes, seguramente habrá quienes lean estos comentarios como un ataque personal, como una agresión por demás infundada contra el periodista Chamorro.

No lo es. Yo no tengo por qué ser enemigo de Carlos Fernando Chamorro. Ni amigo. Mi amistad y amor los entrego, en el orden que sigue, a mis principios y a mi Nicaragua. Por el bien de ella, aclaro, no solo mi intención, sino la que creo que debería ser la intención colectiva de quienes queremos para el terruño un futuro menos cruel que el de hoy, y del que aguarda a la vuelta de la esquina de esta coyuntura, que podría ser aun mucho peor.

Mi empeño en comentar esta entrevista es porque urge que llevemos al mundo un mensaje diferente al que podría inferirse de los silencios en las declaraciones de Carlos Fernando Chamorro, que son silencios comunes en la retórica de las figuras que dicen representar a la oposición, y que han sido, hasta la fecha, una carga adicional sobre la cruz de los ciudadanos nicaragüenses, porque dejan en el aire, flotando como flotan vacías las falacias, la ilusión de que es posible hacer a Ortega abandonar el poder si en las elecciones que él administre, para las cuales ha montado un aparato totalitario de fraude, obtiene (es decir, cuenta él mismo) menos votos.

Hay que hacer entender a la comunidad internacional que, para salvar vidas e impedir que la crisis de Nicaragua se convierta en la inestabilidad de la región, necesita ayudar a que se fuerce la salida de Ortega del poder. 

Para los nicaragüenses demócratas el mensaje debe ser igualmente claro: dada la naturaleza fáctica (ilegítima) del régimen orteguista, hay que golpear los pilares fácticos que la sostienen; hay que minar todo su apoyo financiero, exponer todo silencio protector, toda complicidad doméstica o internacional; hay que impedir que la dictadura tenga recursos políticos y financieros para profundizar y extender su represión y su dominio. 

Por eso, debe estar claro que el silencio del Vaticano (y, hay que mencionarlo, porque es quizás más inmoral, por ser su país y sus colaboradores los que sufren, el del cardenal Brenes) no significan que su iglesia no esté bajo asedio, ¡porque lo está!. Hay que impedir que nadie en el mundo—los hay, y usan el silencio del Papa como evidencia—pueda decir, con un mínimo de credibilidad—lo hacen, y usan el silencio del Papa como evidencia— que son berrinches injustificados o arranques de belicosidad intolerante, “reaccionaria”, “ultraconservadora”, las críticas de monseñores Mata, Álvarez y Báez, y las del padre Edwin Román. Necesitamos que se sepa que, por el contrario, quienes fallan son el Vaticano y el cardenal, y no aquellos –hasta ahora—ejemplares líderes de la iglesia católica nicaragüense.

El mundo debe saber que los “aprobados” que extienden el BID y el BCIE no quieren decir que el actual gobierno pueda ser considerado garante de seguridad financiera, ni que la economía nicaragüense sea estable y en vías de progreso; significan, en realidad, que el BID y el BCIE actúan bajo la influencia de aliados o cómplices de la dictadura, o como parte de “estrategias” inhumanas, que sacrifican la vida y libertad de los ciudadanos de Nicaragua.

El mundo debe saber que la crítica de Estados Unidos hacia Ortega no necesariamente apunta a un compromiso innegociable a favor de la democracia; porque el establishment político de ese país clave, desafortunadamente para la mayoría de los nicaragüenses, duda, vacila entre la defensa de los derechos humanos que proclama y el confort que deriva de su relación con poderes fácticos profundamente antidemocráticos, como los del gran capital, y –ha sido así por años—incluso con la propia estructura de poder político-militar del sandinismo post 2007.

El mundo debe saber que el peligro de un nuevo pacto entre la golpeada oligarquía y el régimen que ayudaron a nutrir es virtualmente permanente. Y que no solo nos enfrentamos a la inhumanidad de los sicarios, sino a todo un aparato que los sostiene política, diplomática, y financieramente. Esto es vital, es de vida o muerte, y no debe desperdiciarse ninguna oportunidad de gritarlo a los cuatro vientos.

Si no ahora, ¿cuándo?  Si se quiere evitar la guerra sin aceptar un siglo de dictadura –el pensamiento no es temerario: el país tiene ya cuarenta años de estar lidiando con el autoritarismo del FSLN, luego de cuarenta y cinco años de autoritarismo somocista–hay que hacer uso de todas las herramientas políticas, hay que minar la mentira y hay que dejar desnudos en el centro del escenario a los que no juegan a favor de la democracia, como la lista que presentó Fernando Rincón a Carlos Fernando Chamorro. 

Si no se hace esto, el costo de la libertad seguirá subiendo, porque de algo hay que estar seguros: el FSLN ha estado dispuesto siempre, y está dispuesto hoy, a hacer que un lago de sangre inunde Nicaragua. Por eso, ¡hay que decir la verdad!, ¡y decirla claramente!, porque no estamos siquiera ante un régimen autoritario “normal”; no estamos tampoco ante un régimen mafioso “normal”, sino uno que rebasa los límites conocidos en la era moderna, exceptuando a déspotas que, además de crueles, corruptos y autoritarios, mostraron ribetes de demencia ritual, como en los círculos nazis de la Alemania hitleriana. Y esto también es verdad, y el mundo no lo sabe, y hay que gritarlo a los cuatro vientos. ¡Si no ahora, ¿cuándo?!

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