Cómo la ausencia de políticas inclusivas bajo Ortega y Murillo mantiene al país atrapado en el atraso
Por Douglas R. Lee
Nicaragua podría ser un país próspero. Sus tierras fértiles, su potencial hídrico y su fuerza laboral resiliente deberían permitir un desarrollo inclusivo y sostenible. Sin embargo, el rumbo que ha tomado bajo el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo ha desviado esa posibilidad. Hoy, Nicaragua no es un país pobre por falta de recursos, sino por un modelo económico y político que sirve a una oligarquía minoritaria y perpetúa la exclusión de la mayoría.
El abandono de la base productiva
El 73% de la población rural depende de la agricultura y los pequeños productores generan casi el 80% de los alimentos básicos, de acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos (WFP, abril 2025). Sin embargo, el Estado carece de una política integral que apoye a estos agricultores.
El Corredor Seco Centroamericano, una de las regiones más golpeadas por sequías e impactos climáticos, permanece sin una estrategia de resiliencia. Los productores enfrentan sequías más frecuentes, alzas en los costos de insumos, mercados cerrados y nulo acceso a crédito formal.
El resultado es devastador: inseguridad alimentaria, aumento de la migración rural, deserción escolar y un ciclo de pobreza intergeneracional. Esta omisión no es técnica, es política: un Estado que favorece al 1% y abandona a quienes sostienen la alimentación del país.
Crecimiento sin equidad
Nicaragua muestra cifras modestas de crecimiento económico, pero estas no se traducen en bienestar. Según el Índice de Desarrollo Humano 2023/2024, el país ocupa el puesto 130 de 193. Casi la mitad de la población rural vive en pobreza, y un 16,3% en pobreza extrema.
El modelo laboral está dominado por la informalidad, lo que significa empleos precarios, sin seguridad social, sin acceso a pensiones y sin redes de protección. Mientras tanto, el crecimiento beneficia a una élite reducida: la oligarquía del 1% que concentra tierras, contratos estatales y capital financiero.
El resultado es un sistema económico diseñado para perpetuar desigualdad: un crecimiento estadístico que no llega a los hogares, ni a las mujeres rurales, ni a la juventud desempleada.
Un sistema financiero que excluye
La banca nacional se ha convertido en un instrumento al servicio de los grandes capitales. Los créditos productivos rara vez llegan a pequeños productores o emprendedores, mientras los grandes conglomerados reciben financiamiento privilegiado.
El sistema financiero, en lugar de ser motor de inclusión, es engranaje de exclusión. Su lógica es clara: mantener al 99% marginado y proteger los privilegios del 1%.
Los niños que pagan la factura
El fracaso de este modelo es más visible en los más vulnerables: los niños. El WFP reporta que 180,000 menores dependen de la alimentación escolar diaria. Estos programas no son simples comidas: son una línea de vida.
Sin embargo, enfrentan un déficit de 4,9 millones de dólares que amenaza con suspender la entrega en el último trimestre de 2025. En un país donde el 7,8% de los niños menores de cinco años sufre desnutrición crónica, esta omisión es inaceptable.
La moralidad de un gobierno se mide por cómo cuida a los más pequeños. Ortega y Murillo han fallado en esa prueba.
Sostenibilidad: una palabra vacía
El régimen proclama soberanía y autosuficiencia, pero su propaganda no resuelve el hambre ni la exclusión. Mientras se promueve un discurso de progreso, en los hechos no existe inversión seria en:
• Infraestructura rural y adaptación climática.
• Programas de crédito y asistencia técnica para pequeños agricultores.
• Políticas de formalización laboral y protección social.
• Igualdad de género en acceso a tierra, crédito y educación.
La sostenibilidad no es un eslogan. Es estrategia, planificación y liderazgo. Nicaragua carece de los tres.
Un llamado a la acción internacional
El fracaso de Nicaragua no se resuelve internamente: el régimen está diseñado para sostenerse a través de la concentración de riqueza y la represión política. Por eso, el papel de la comunidad internacional es crucial.
Los organismos financieros multilaterales —Banco Mundial, FMI, BCIE— no pueden seguir financiando proyectos sin exigir transparencia, inclusión y rendición de cuentas. Continuar desembolsando recursos sin condicionalidades es, en la práctica, financiar la exclusión y la perpetuación de un modelo de oligarquía.
La presión debe ir más allá del financiamiento:
• Exigir auditorías independientes de proyectos de desarrollo.
• Condicionar créditos a políticas inclusivas y verificables.
• Fortalecer el rol de organismos internacionales en monitoreo alimentario y social.
• Apoyar directamente a actores locales —cooperativas, productores, ONGs— que trabajan por un desarrollo equitativo.
Nicaragua necesita una política que ponga a la gente antes que al poder. Hasta entonces, el país seguirá siendo un ejemplo doloroso de cómo una economía puede crecer… pero solo para el 1%.
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