Pedro González*
Este no es un artículo sobre las políticas del gobierno de Trump, sino sobre el Estado, sobre la estructura del Estado en Estados Unidos y sobre el impacto que va a tener Trump sobre esa estructura. Uno puede estar en desacuerdo con las decisiones que toma un presidente, incluso un presidente democrático, incluso cuando el presidente es del mismo partido de uno. Repito este no es un artículo sobre las políticas públicas de Trump, es decir, sobre los aranceles o la inmigración, etc.
Como una persona que ha estudiado el sistema de gobierno de Estados Unidos, yo también tengo mi opinión de lo que está pasando, y aquí la voy a exponer.
Las preguntas principales son si Trump es un líder autoritario y si va a destruir la república democrática que se instauró desde que se ratificó la Constitución en el año 1788 (para poner una fecha de nacimiento).
La primera pregunta es si Trump es un líder autoritario y la respuesta es sencilla. Sí, lo es. Donald Trump no se ve como el presidente de una república, sino como el CEO (Chief Executive Officer) o gerente de una compañía llamada Estados Unidos, y quiere que esa compañía tenga ganancias. Quiere eliminar los déficits comerciales y fiscales porque son pérdidas. De ahí que imponga aranceles, que pida inversión extranjera en el país, etc. Todo lo que hace es con su mentalidad de empresario promoviendo los productos de la compañía USA.
Pero Estados Unidos no es una empresa. En las empresas los dueños mandan, en ellas no hay instituciones ni democracia. En las empresas uno no tiene derecho a hacer campañas políticas; uno no puede hablar mal de los dueños o los jefes (en ese sentido, no hay libertad de expresión), uno tiene que obedecer. Estados Unidos no es una democracia perfecta, no hay democracias perfectas, tiene sus elementos no democráticos pero también tiene sus elementos democráticos. Sin embargo, no es una empresa.
Trump tiene una concepción equivocada de lo que es Estados Unidos y de cómo la debe dirigir y de cómo debe comportarse. Trump no es un estadista y, por eso, no se comporta como tal. No tiene ni el temperamento ni la personalidad ni los conocimientos para ser uno, pero representa la ira de muchos de los que están hartos del sistema.
Su comportamiento seguramente lo van a copiar algunos presidentes en el futuro, porque le funcionó a Trump, y los estadounidenses son pragmáticos, todo lo que funcione es válido. Éste sí es un problema serio que va a continuar.
Si Trump hubiera sido el primer presidente de los Estados Unidos, la república no habría sobrevivido. George Washington era un servidor público, que puso su vida y su capital al servicio de la república, que sabía lo que era el sacrificio, que estudiaba a los clásicos griegos, romanos, escoceses e ingleses, que se comportaba con la moderación de un gobernante republicano. Después de dos periodos presidenciales, sin que lo obligaran a renunciar, dejó el cargo de presidente. Ese es el comportamiento de un estadista.
La otra pregunta ¿va Trump a destruir la república estadounidense? La respuesta también es sencilla: No. La república democrática va a sobrevivir. Las instituciones son muy fuertes y los valores que sostienen esas instituciones han calado profundamente en la mayoría de la población. Estados Unidos es un país descentralizado, con muchos centros de poder (Robert Dahl decía que no era una democracia sino una poliarquía), y dado a litigar y a resolver los problemas en las cortes. Eso no lo va a parar Trump.
Pongamos el caso de la libertad de expresión: Si uno ha estado viendo las noticias sabe que casi sacan del aire el show de un comediante llamado Jimmy Kimmel. El gobierno de Trump amenazó a la cadena de televisión ABC por lo que Jimmy Kimmel dijo sobre el asesinato del activista político Charlie Kirk. Jimmy Kimmel estuvo fuera del aire por unos días pero ya regresó. Senadores republicanos como Ted Cruz y Rand Paul, del mismo partido de Trump, y otros republicanos importantes dijeron que el gobierno no puede censurar ningún programa, que la libertad de expresión es parte constitutiva de lo que es Estados Unidos.
Entonces, no, el derecho a la libre expresión no lo va a abolir Trump aunque arremeta contra los medios opositores e independientes. Estos van a continuar operando en Estados Unidos porque este no es Rusia ni Venezuela ni Nicaragua. Los periodistas no van a ir a la cárcel ni van a ser asesinados por el gobierno por reportar la verdad.
¿Va a anular las elecciones o las va a manipular a su favor? Tampoco. Las elecciones en Estados Unidos son prerrogativa de los estados, no del gobierno central, y el presidente no tiene capacidad ni para anularlas ni para manipularlas. Están fuera de su alcance.
¿Qué va a pasar con el Estado de derecho con una Corte Suprema conservadora donde un tercio de los jueces han sido nominados por Trump? ¿Sobrevivirá? La respuesta es sí, sobrevivirá el Estado de derecho.
El presidente no puede llamar a ningún juez de cualquier corte para decirle a quién debe condenar y a quién debe perdonar. Él va a abrir casos, como el de James Comey, que fue director del FBI, pero estos tienen que ser decididos por un jurado. El presidente no va a escoger al jurado ni lo puede influenciar.
La Corte Suprema es la más alta autoridad judicial en los Estados Unidos y es la guardiana y la que interpreta la Constitución como lo dice en su página en internet. Ella decide si el poder ejecutivo y el legislativo cumplen con la Constitución y las leyes federales. Los jueces son vitalicios y no están subordinados al presidente; como son vitalicios y el presidente no los puede correr no sienten que deben obedecer al presidente. Él no los puede llamar para decirles cómo deben resolver un caso.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que las leyes en Estados Unidos son bien generales y se prestan a varias interpretaciones. Los conservadores o los liberales pueden encontrar en ellas suficiente espacio para imponer sus agendas. A nadie se le puede prohibir que tenga ideología, sólo se le puede exigir que siga la ley.
La Corte Suprema va a emitir fallos en contra de las decisiones del presidente Trump cuando éste tome decisiones que van contra la ley. Lo mismo los otros jueces del sistema judicial. Por ejemplo, Trump todavía no ha podido deportar a Kilmar Abrego García, el que había sido deportado a El Salvador, que luego lo tuvo que regresar a Estados Unidos porque el sistema judicial así lo ordenó.
Un paréntesis: (Nosotros, los extranjeros, debemos evitar la tendencia de extrapolar nuestras identidades, cultura, historia y estructuras sociales y políticas a Estados Unidos y los estadounidenses. En Estados Unidos mucha gente burla o desobedece la ley. Esto es cultural. Que valga un ejemplo, la Corte Suprema puede fallar en contra de la segregación racial, eso no quiere decir que todo mundo va a correr a cumplir la ley. Muchos van a buscar alguna forma de desobedecer la ley. Eso pasa con todas las decisiones de los gobiernos o de la cortes, si la gente no está de acuerdo y las puede burlar, lo hace. Desafortunadamente, como el presidente no es un estadista, él también, como toda la manada, busca formas de burlar las leyes con las que él no está de acuerdo. Pero el brazo largo de la justicia estadounidense se impone aunque tarde).
Siguiendo con el tema del Estado de derecho, Estados Unidos tiene un sistema presidencialista. Un país nacido de una guerra, la guerra de Independencia, le dio mucho poder al presidente. El presidente sí es el CEO o gerente del ejecutivo y es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Con ellas puede hacer lo que la ley le permita. Por ejemplo, inmigración y relaciones exteriores están en manos del ejecutivo, con control del Congreso. Podremos estar en contra de lo que hace el presidente pero la ley dice que ahí él manda. El presidente también tiene inmunidad cuando toma decisiones en las áreas que le correspondan, o sea, en el ejercicio de sus funciones. Y aquí es donde tiene la capacidad de hacer muchas cosas.
El presidente Trump está usando mucho la fuerza y las amenazas para lograr sus metas. Ese es el caso de los aranceles o el envío de la Guardia Nacional a las ciudades para mantener el orden. Teóricamente, el partido lo podría controlar pero en Estados Unidos los políticos son profesionales, ser políticos es su trabajo. Muy pocos en el partido republicano están dispuestos a arriesgar sus carreras por oponerse a Trump (él puede influenciar a su base para que voten contra ellos). Aunque no les guste lo que hace, van a esperar los 4 años de su mandato.
Volviendo a las preguntas: ¿Es Trump un líder autoritario? Sí. ¿Si las instituciones se lo permitieran se convertiría en dictador? Sí. ¿Se va a convertir en un dictador? No. ¿Va a destruir la república? No.
¿Tiene razón la gente de estar preocupada? Sí. Este puede ser el comienzo de un círculo vicioso. Los líderes de ambos partidos que creen en la democracia, especialmente los que están en el Congreso, deberían unirse para disminuir el poder del próximo presidente y fortalecer los otros poderes del Estado. Además, los líderes del país deberían saber que Trump es un síntoma, que hay condiciones estructurales que conducen a la insatisfacción con el sistema. Esta vez no va a pasar, Trump ya está muy viejo y no se va a convertir en un dictador, pero puede haber un líder más joven y más capaz en el futuro. Los líderes y ciudadanos de la sociedad estadounidense deben avocarse a resolver los problemas estructurales: problemas con la desigualdad económica, la falta de oportunidades de empleo, de vivienda y educación para amplios sectores de la población, la falta de sanidad pública universal; la estructura del sistema de gobierno que conduce a la parálisis.
La esperanza es que con la presidencia de Trump el país se vacune contra las tendencias autoritarias.
*El autor es nicaragüense.
