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La llama que no pudieron apagar

Félix Maradiaga

Hoy celebro, con emoción, la resiliencia de cientos de estudiantes nicaragüenses que se negaron a renunciar a su sueño. Pese al cierre y la confiscación de la UCA—y al asalto que clausuró alrededor de 26 universidades por la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo—ellos siguieron estudiando, trabajando y creyendo.

Ese esfuerzo rinde fruto: un primer grupo de exalumnos culminó sus estudios en la UCA “José Simeón Cañas” de El Salvador y, en los próximos días, lo hará otro en la Universidad Rafael Landívar (URL) de Guatemala. Muchos continuaron en universidades jesuitas de la región: no fue fuga, sino siembra.

Mi gratitud a la comunidad jesuita. Abrieron aulas, ajustaron planes, crearon becas y acompañaron lo humano detrás de cada expediente. Allí donde la dictadura intentó apagar luces, las universidades encendieron lámparas.

Reconozco también a quienes respondieron al llamado con apoyo silencioso: filántropos, exalumnos y personas generosas que aportaron sin pedir crédito. Gracias a esa solidaridad, más jóvenes llegaron a la meta.

Como profesor universitario nicaragüense, me llena de satisfacción verlos graduarse. Y desde la Fundación para la Libertad de Nicaragua hemos procurado acompañar, con humildad y sin protagonismos, algunas gestiones. El mérito es de los estudiantes, sus familias y sus maestros.

La dictadura puede confiscar edificios, pero no las conciencias. Cada título entregado es un acto de resistencia cívica. Que esta victoria sea un inicio: usen su formación para servir, construir y abrir camino a quienes vienen detrás. La llama sigue encendida.