Henry Briceño | 03 febrero 2026
Todo comenzó en el Parque Central frente a la Parroquia del Apóstol Santiago bajo un clima agradabilísimo. Iniciaba década del sesenta del siglo recién pasado. Faroles de mercurio iluminaban rostros de muchachas y muchachos que se abrazaban a la adolescencia. A la eterna juventud. Jinotepe olía a pulpa de café.
Entre el Mercado Municipal y el Calvario las Mahmud lucían con pícara sonrisa sus blancas y hermosas piernas retando a la gravedad desde un segundo piso de una vetusta casona en cuya primera planta una tienda de ropa propia de los “turcos” –palestinos- de la época. Don Manuel, un caballero gordito de permanente sonrisa se sentía orgulloso de sus hijas con rostros arábicos.
Las guapas Mahmud tenían fama de “ricas” y no visitaban el Parque Central. Arriba los ricos, en el Parque los pobres. “Diferencias hasta en el cielo” decía Don Abraham Carranza el Barbero del pueblo vestido impecablemente de blanco promoviendo y escuchando, tijera en manos, los rumores Jinotepinos.
Don Arturo Jarquín a pocos metros de don Manuel competía con éste último.
Sus hijas, “las Jarquines”, eran blancas piel de leche y, también, preciosas. Estas adornaban, deslizando sus posaderas bien alineadas ariscas y coquetas en sillas plegadizas aquellas tardes friolentas. Hermoso ornamento entre el tramo de aquella amplia y larga callejuela que entrelazaba el Parque Central con el Mercado Municipal y el Calvario. Este último testigo mudo de los primeros romances de esa generación.
¿Que si las señoritas Mahmud y “las Jarquines” son preciosas? Más preciosas son las chavalas que adornan el Parque Central con sus vestidos de vuelitos sencillos al viento de seda, cebollita o poplín. Eran las discusiones de los jóvenes Arístides Rojas, Will Ayerdis y Róger Alemán. Sempiternos compañeros del kiosco que simulaba un domo y adornaba el centro de éste histórico Parque.
En ese kiosco, los jinotepinos de la época, “convencieron” a las primeras novias. Miriam Campos y el Chino León hicieron una pareja excepcional. En las fiestas sabatinas de casas amigas bailando eran el centro de atracción. Ronaldo Rodríguez –alias Cunano- también hizo comparsa con Vilma Aburto. Julián Rodríguez –Pellejo- cantor de rancheras y excelente beisbolista con Rafaela (Paya) Vega hicieron lo suyo y no pasaron desapercibidos. “La Paya” fue bombero y la primera chavala en lanzarse desde el Campanario de la Parroquia Santiago al vacío en pleno entrenamiento bomberil. Heroína.
Las fiestas de los Normalistas siempre eran interrumpidas por los puñetazos lanzados por los del “Juan José” (Instituto Juan José Rodríguez) y las tertulias de los del “Juan José” eran finalizadas por las peleas de los Normalistas. Gilberto González hijo –alias caremacho- , Denis Mena, al igual que Duilio Ambrogi eran, entre otros, actores de estas trifulcas inofensivas y propias de adolescentes. ¿La causa? ¡Las novias!
La portentosa voz de don Rafael Fernández –el sastre del pueblo-evacuada desde el Altar Mayor de la Parroquia se escuchaba nítidamente durante las mañanas dominicales. Se respetaba el canto del AVE MARIA.
De la matiné dominical vespertino del Cine González calentando y sobando mano las parejas dirigían sus pasos al Parque. Los que ya habían aprendido a dar un beso un poquito más allá de los labios escogían la amplia banqueta de concreto del sector oeste. Ahí había poca luz. La Banca del romance le llamaban.
Los adultos mayores religiosamente se tomaban el Parque todas las tardes. Luciano – Chano – Avilés y el Ñato Conrado eran fieles visitantes entre tantos otros. Solo varones que se contaban sus historias reales e inventadas. Desde el cadejo blanco y negro hasta el hombre sin cabeza del Rastro y el pleito a machetazos entre el Ñajo Santos con el mismísimo diablo a orilla de la pila llena de agua sucia en Chaliapa.
No faltaba en la banca principal, frente a la Parroquia, un caballero serio, formal, bien vestido con gorra en mano y bien peinado esperando el féretro de un deudo que recibía su acostumbrada misa frente al Cristo Resucitado. Era don Mariano Hernández, el inolvidable “Tallador” –Zapatero- que jamás faltó a los entierros de conocidos y desconocidos. Murió y nunca se supo que lo motivaba a ello.
Incansable las parejas tomadas de la mano dando vueltas y vueltas-como los Caballitos de madera en la fiesta del Patrón Santiago en Julio- alrededor del Parque. En ese trajinar casi no platicaban. Caminaban, se miraban entre sí y sonreían. Seguían caminando…era el amor.
La espera impaciente en el Salón cervecero de Mario León frente al “González”. En ese sitio muchos conocieron a Maria luisa Landín con su “Amor Perdido” y a Carmen Delia Dipini con su “No es venganza”. También Leo Dan y Leonardo Favio fueron cómplices-con sus canciones- de muchos corazones enamorados. Luego, cada quien con su pareja, rumbo al sur. Al Parque. La Profesora Gloria Calderón, que vivía a escasos metros del “González” fue testigo de esto.
En esa época de inolvidables amores, de declaraciones y permisos de siete a nueve de la noche, besitos furtivos y ligeros abrazos, “Mamanacha”, el indio cubierto su cuerpo semidesnudo de aceite negro imponía desde La Cruz de Guadalupe, con su lanza y danza, terror por las calles jinotepinas. Don Pedro Aburto con su “TU SOLO TU” era el gentil anfitrión de los que gustaban tomar tragos pesados de aguardiente.
“CAREMACHO” le puso sello histórico a su cantina familiar al ser confirmada como la mejor del país por “su rica cocina” a cargo de doña Amalia la fiel compañera del filarmónico Don Gilberto González, Alias “Caremacho”, llamado cariñosamente así por el Coronel Rodolfo Dorh y el siempre querido hijo de Jinotepe don Salvador Chávez, Firuliche. Todos los novios, asiduos visitantes del Parque inspirados por las novias, eran clientes discretos de “Caremacho”.
Los amores jinotepinos, contaba don Rubén Portocarrero, inician para nunca terminar en el Parque. “Lázaro loco”, personaje popular de la época, era el novio de todas las muchachas jinotepinas –según él-. Un muchacho inofensivo, ingenuo que gustaba usar camisa blanca manga larga y de eterna sonrisa, también, adornaba el Parque Central.
Una noche de luna tierna acercándose Semana Santa con olor a Corozo se escuchó un corto y susurrante diálogo que provenía de la discreta BANCA DEL ROMANCE. ¿Me querés Teresita? Sí, claro que sí, te quiero Roberto. Bien, si me querés demuéstramelo Teresita. ¿De qué manera Roberto? Sencillo Teresita de mi alma, dame la prueba.
Fin.
