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El tiempo de la impunidad se acabó

Félix Maradiaga

Lo que le pasó a Irán es una advertencia que Ortega y Murillo no pueden ignorar

NUEVA YORK  — Mientras el mundo contempla atónito cómo el régimen iraní se derrumba bajo el peso de sus propias mentiras y la contundencia de la acción internacional, en el búnker de El Carmen, Daniel Ortega y Rosario Murillo deben estar mirando las noticias con las manos temblorosas. Y tienen razones de sobra para temblar.

Hoy, el ayatolá Alí Jamenei, el gran aliado de la dictadura sandinista, el líder supremo que Ortega reverenciaba y con quien cultivó décadas de complicidad ideológica, ha sido eliminado en ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel. El régimen que Managua copió como modelo de represión y que le sirvió de escudo diplomático se desmorona en tiempo real. Una alianza que nunca existió para el pueblo nicaragüense.

Durante años, la dictadura sandinista alardeó de su hermandad con Irán. Banderas, abrazos, discursos incendiarios contra el “imperialismo”. Pero que alguien señale: ¿qué trajo esa alianza para los nicaragüenses que hoy sobreviven con menos de dos dólares al día? ¿Cuántos hospitales construyó Irán en Nicaragua? ¿Cuántos empleos generó esa “amistad revolucionaria”? En mi opinión, absolutamente nada. Fue una alianza de dictadores para dictadores, sellada sobre el sufrimiento de dos pueblos.

Esta relación tóxica no es nueva, y sus peligros fueron advertidos hace más de una década. En 2008, el susccrito , junto al actual subsecretario de Defensa de Estados Unidos, Joseph Humire, y el académico Doug Farah, escribimos un libro sobre las relaciones de Irán en América Latina (Iran in Latin America: Axis of Annoyance) advirtiendo sobre la influencia perversa de Irán en la región. El texto, basado en análisis profundos, destacaba cómo Teherán utilizaba alianzas ideológicas para expandir su agenda antioccidental, evadir sanciones y fomentar inestabilidad, sin aportar beneficios reales a los pueblos aliados como Nicaragua. Aquellas advertencias, ignoradas por Ortega y sus cómplices, se materializan hoy en el colapso iraní.

Ortega apostó a los perdedores. Y las apuestas malas, tarde o temprano, se cobran.

Que nadie en El Carmen se engañe pensando que lo de Venezuela fue un capricho y lo de Irán es una coincidencia. La administración Trump ha dejado en claro, con hechos y no con palabras, que existe una política exterior decidida: los regímenes tiránicos que han secuestrado a sus pueblos, que han aplastado la democracia y que desafían el orden internacional tendrán consecuencias. Venezuela primero. Irán ahora. ¿Quién sigue?

Si la comunidad internacional hubiera actuado con firmeza décadas atrás, si organismos como la OEA hubieran tenido la columna vertebral de actuar ante las primeras señales de autoritarismo, quizás hoy no seríamos testigos de intervenciones de esta magnitud. Pero la complacencia tiene un precio, y ese precio lo pagan primero los pueblos oprimidos. Ortega y Murillo eligieron el camino del terror, la cárcel y el exilio de sus opositores. Eligieron mal.

Lo he dicho reiteradamente, la oposición nicaragüense ha dado unnñ salto cualitativo adhiriéndose a los esfuerzos globales, mientras la dictadura está más aislada y se aferra al poder con las uñas. Ya no somos el movimiento fragmentado y desorientado que el régimen quiso retratar. Hoy somos una fuerza organizada, con presencia en los cinco continentes, con alianzas estratégicas con los principales movimientos pro-democracia del mundo como por ejemplo el World Liberty Congress  y con una agenda clara: la restauración de la democracia en Nicaragua.

Nos estamos preparando. No con odio, sino con determinación. No con improvisación, sino con estrategia. Cada día que pasa, la dictadura pierde un aliado; la oposición, gana uno.

Para muestra de los esfuerzos globales, como presidente de la Fundación para la Libertad y Presidente del World Liberty Congress,  hoy me encuentro reunido con representantes de alto nivel del exilio iraní,  en  la ciudad de Nueva York,  demostrando que la lucha por la libertad no tiene fronteras. El intercambio de experiencias con quienes han vivido décadas bajo la bota de un régimen teocrático y represivo tiene un valor incalculable. Los iraníes en el exilio conocen de resistencia, de organización, de perseverancia. Sus lecciones aprendidas, sus errores y sus victorias son un mapa que la oposición nicaragüense está estudiando con atención. Porque los pueblos que luchan por su libertad tienen más en común de lo que los dictadores quisieran admitir.

A Ortega, a Murillo, a los cómplices del régimen: el reloj corre Maduro creyó que era intocable. Khamenei creyó que era eterno. La historia tiene una manera despiadada de corregir esas ilusiones. Daniel Ortega y Rosario Murillo han construido un castillo de terror sobre cimientos de arena: la arena de la corrupción, la arena de la represión, la arena de las alianzas con regímenes que hoy se desmoronan.

El pueblo nicaragüense no olvida. Los presos políticos en las mazmorras del orteguismo no olvidan. Los más de 200,000 nicaragüenses que el régimen obligó al exilio no olvidan. Y la historia — implacable, inexorable — tampoco olvida.

Nicaragua será libre. No es una promesa. Es una certeza.