Por Marco Aurelio Nicaragua
Toda estructura de poder, incluso la más autoritaria, descansa sobre un principio simple: la obediencia de quienes la sostienen. Ningún régimen —democrático o autoritario— puede existir únicamente por la voluntad de quienes lo dirigen. Necesita algo más profundo: la aceptación, activa o pasiva, de millones de personas.
Este hecho fundamental fue observado hace casi cinco siglos por el pensador francés Étienne de La Boétie en su célebre ensayo Discurso de la servidumbre voluntaria (1576). En ese texto, La Boétie planteaba una pregunta inquietante: ¿por qué los pueblos obedecen a un solo gobernante cuando podrían simplemente dejar de hacerlo?
Su respuesta era provocadora. Las tiranías no se sostienen únicamente por la fuerza. Se sostienen porque las sociedades, por diversas razones —miedo, costumbre, dependencia o esperanza— terminan aceptando la estructura de poder que las gobierna.
Cinco siglos después, esa reflexión sigue siendo una de las claves para entender la política contemporánea.
El poder como relación social
El antropólogo David Graeber retomó esta idea al afirmar que el poder no es simplemente una estructura impuesta desde arriba, sino una relación social que se reproduce en la vida cotidiana. En Fragments of an Anarchist Anthropology (2004), Graeber señala que las instituciones políticas existen porque las personas, de una forma u otra, participan en ellas y las reconocen.
El poder, en ese sentido, no es únicamente coerción. Es también aceptación.
De manera similar, el politólogo James C. Scott demostró en Domination and the Arts of Resistance (1990) que incluso bajo regímenes altamente centralizados las sociedades desarrollan formas complejas de adaptación, negociación y resistencia silenciosa.
Las relaciones de dominación, por tanto, no son estáticas. Evolucionan con el tiempo según cambian las percepciones de legitimidad dentro de la sociedad.
La legitimidad y sus límites históricos
La historia demuestra que los sistemas políticos pueden mantenerse durante largos períodos mientras la mayoría de la sociedad —incluyendo funcionarios públicos, fuerzas de seguridad, empleados del Estado, empresarios y ciudadanos comunes— perciban que el orden existente es inevitable o necesario.
Sin embargo, también demuestra algo más: cuando esa percepción cambia, los sistemas políticos pueden transformarse con una rapidez sorprendente.
La caída de distintos regímenes en Europa del Este a finales del siglo XX mostró precisamente ese fenómeno. Durante décadas parecían estructuras inamovibles. Pero cuando amplios sectores de la sociedad comenzaron a reconsiderar su relación con el poder, la historia tomó otro rumbo.
No fue simplemente un cambio político. Fue un cambio en el eje de legitimidad.
Nicaragua y la responsabilidad histórica
Nicaragua se encuentra hoy ante una de las coyunturas más complejas de su historia contemporánea. Las profundas divisiones políticas, la emigración masiva y el desgaste institucional han dejado al país en un momento de reflexión colectiva.
En ese contexto, es importante reconocer una realidad fundamental: Nicaragua no es únicamente su gobierno ni su oposición. Nicaragua es una sociedad compuesta por millones de personas con trayectorias, identidades y experiencias diversas.
Incluye también a miles de ciudadanos que forman parte de las estructuras del Estado: maestros, médicos, funcionarios públicos, técnicos, militares y policías. Muchos de ellos han dedicado su vida al servicio público bajo diferentes gobiernos y contextos políticos.
Cualquier reflexión seria sobre el futuro del país debe reconocer esa complejidad.
La unidad como condición para el futuro
La experiencia internacional demuestra que las sociedades logran transformaciones duraderas cuando encuentran un punto de encuentro que trasciende las divisiones políticas del momento.
Ese punto de encuentro suele basarse en principios simples pero poderosos:
• el respeto a la dignidad humana
• el reconocimiento del pluralismo político
• la convivencia entre ciudadanos que piensan distinto
• la construcción de instituciones que sirvan a toda la sociedad
Cuando una sociedad logra reconstruir esos consensos básicos, el eje del poder puede desplazarse de manera natural hacia nuevas formas de legitimidad política.
Una reflexión para todos
Las ideas de La Boétie, Graeber y Scott no ofrecen recetas políticas inmediatas. Lo que ofrecen es algo más profundo: una invitación a reflexionar sobre la naturaleza del poder y la responsabilidad colectiva en su sostenimiento.
Los sistemas políticos no son únicamente estructuras institucionales. Son también el resultado de decisiones individuales y colectivas que se reproducen todos los días en la vida social.
Comprender esa realidad permite abrir una pregunta fundamental para cualquier sociedad: ¿qué tipo de país queremos construir hacia el futuro?
En última instancia, el destino de una nación no depende únicamente de quienes ejercen el poder. Depende también de cómo la sociedad en su conjunto decide relacionarse con él.
Y en ese proceso de reflexión colectiva, cada ciudadano —sin importar su posición política— tiene un papel que desempeñar.
La historia demuestra que los pueblos encuentran caminos de transformación cuando logran reconocerse nuevamente como una comunidad con un destino compartido.
Quizá ese sea el desafío más importante para Nicaragua en el siglo XXI.
Nota del autor
Marco Aurelio Nicaragua es ciudadano nicaragüense, exiliado político.
