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Exilio en la vejez: la otra cara del éxodo nicaragüense

Envejecer en el exilio significa enfrentar la nostalgia, la incertidumbre económica y la distancia con la familia cuando la vida ya debería ser más tranquila. Para muchos nicaragüenses mayores que huyeron de la crisis política, comenzar de nuevo fuera del país implica trabajar más años, vivir con menos estabilidad y reconstruir su vida lejos de casa.

Costa Rica se ha consolidado como el principal destino de acogida para miles de nicaragüenses que huyen de la crisis política y la represión en su país.

Estas son las historias de quienes atraviesan la vejez fuera de Nicaragua.

A Iván Olivares le duele la patria de una manera íntima y cotidiana. No es solo el país que dejó atrás; es el ruido de las calles, el calor que se pega a la piel, el sabor de una chicha comprada en una esquina, de un tiste “heladito y dulzudo”. Pero sobre todo, dice, es la distancia con sus hijos y su madre.

Lo más difícil es haberme acostumbrado a estar siempre cerca de mis hijos y que de pronto un día simplemente desaparecés de su vida”, confiesa el periodista nicaragüense de 60 años, exiliado en Costa Rica.

Su historia es una entre muchas que forman parte de una realidad casi invisible: la de las personas mayores que viven el exilio.

Mientras la narrativa migratoria suele centrarse en jóvenes o personas en edad productiva, los adultos mayores quedan en un segundo plano, pese a enfrentar desafíos únicos que combinan el desarraigo con las limitaciones propias de la edad.

En Costa Rica, miles de nicaragüenses han buscado refugio desde la crisis política de 2018. Entre ellos hay hombres y mujeres que, cuando deberían estar pensando en la jubilación o en disfrutar a sus nietos, se ven obligados a reconstruir su vida desde cero.

La nostalgia y la incertidumbre

Iván Olivares

Olivares reconoce que, en su caso, ha tenido cierta fortuna. Pudo continuar su carrera periodística en el exilio y seguir trabajando con su mismo equipo. Sin embargo, el paso del tiempo le plantea nuevas incertidumbres.

En Nicaragua, explica, pronto podría reclamar su pensión. En Costa Rica, en cambio, el cálculo de la seguridad social le indica que tendría que trabajar hasta los 81 años para tener derecho a jubilarse.

Ya la Caja Costarricense del Seguro Social me hizo el cálculo. Tengo que trabajar hasta los 81 años para tener derecho a una pensión. Y en Nicaragua, yo podría legalmente reclamar mi pensión, no voy a poder hacerlo porque no puedo regresar para pedirla. Entonces, es una gran incertidumbre”, reflexiona.

Uno empieza a pensar cuánto tiempo más va a poder trabajar. Si dentro de un año ya no tengo empleo, ¿quién va a ver por mí? Aquí no están mis hijos ni mis hermanos”, añade.

Comenta que las incertidumbres que la vida normalmente trae con el paso de los años se vuelven aún más profundas en el exilio. Aun así, guarda una imagen que lo sostiene: el día del regreso.

Dice que se imagina cruzando la frontera de vuelta a Nicaragua, con las maletas listas, abrazando a vecinos y amigos.

Yo soy de los que tienen las maletas listas para regresar”, afirma.

Cruzar la frontera con miedo

Lludely Aburto

Para Lludely Aburto, defensora de derechos humanos de 60 años, el exilio comenzó de una forma mucho más abrupta. Tenía 55 años cuando tuvo que abandonar Nicaragua huyendo de la persecución política.

Recuerda la noche en que cruzó la frontera por veredas y monte, guiada por un “vaquiano”. Dos jóvenes que también iban hacia Costa Rica —en busca de trabajo en el café— no la dejaron atrás.

Cuando había que pasar un lugar difícil, uno me empujaba y el otro me jalaba. Fueron como ángeles”, relata.

Ese cruce para mí fue muy violento. Nunca pensé salir de mi país en esa forma. Creo que las veces que salí fuera del país fue como bonito porque era para conocer algún lugar, para hacer algún trabajo. Pero en esta ocasión era para cruzar y no saber cuándo retornar. Y eso me marcó la vida”, agrega.

Cinco años después, sigue enfrentando el desafío de empezar de nuevo. La soledad pesa especialmente los fines de semana, cuando recuerda la vida familiar que dejó atrás.

Los domingos son días muy tristes. Allá tenía a mis nietos, mi familia, una dinámica. Aquí hay que inventársela”, dice.

También está la preocupación económica. Sin pensión en Nicaragua y sin acceso todavía a los beneficios de la tercera edad en Costa Rica, paga su seguro médico de manera independiente para poder recibir atención.

En el exilio otra de las cosas que pasan es que se aceleran algunos procesos por el estado de ánimo que nosotros tenemos permanentemente. La tristeza, el enojo, son emociones que te aceleran enfermedades crónicas como la diabetes, como la presión, en mi caso, me han jugado la pasada”, explica.

A pesar de todo, su deseo es claro: volver a su país.

Deseo enormemente regresar a Nicaragua. Quiero volver a mi país, quiero vivir allí mis últimos años de vida, lo que me reste de vida. Quiero volver con mi familia. Quiero comerme mi comida en mi país y que salir a otras naciones y a otros lugares sea una decisión personal y no una imposición”, afirma.

Reinventarse a los 67 años

Adrián Meza

Para Adrián Meza, abogado y académico de 67 años, el exilio significó perder casi todo: su universidad, su patrimonio y su estabilidad.

Realmente nunca me imaginé que efectivamente en esta etapa de mi vida iba a terminar en el exilio”, asegura.

Hace cuatro años salió de Nicaragua tras apoyar a estudiantes perseguidos por el régimen. Poco después, la universidad que dirigía fue confiscada.

Perdimos alrededor de 700 mil dólares, incluyendo el edificio que estábamos a punto de terminar de pagar”, recuerda.

En Costa Rica tuvo que reinventarse. Hoy divide su tiempo entre actividades académicas y conducir un taxi a través de aplicaciones.

Sus colegas lo llaman “el rector taxista”.

El exilio te obliga a cambiar de mentalidad”, dice. “Tenés que entender que la vida ahora es día por día”.

Eché mano de un recurso y comencé a taxear. Yo hago Indriver la mitad del tiempo, y luego en la tarde ya me dedico a las actividades académicas. Yo siempre vivo en el río pero nadando; es decir, al menos le he dado a mi esposa y a mi hija menor, un techo, no han pasado hambre”, añade.

La edad también pasa factura. Hace unos meses sufrió un accidente después de quedarse dormido al volante tras trabajar desde la madrugada.

Ahí entendí que no puedo abusar de mi condición física, la edad te pasa la cuenta; hay cosas que ya el cuerpo no te permite hacer. Sencillamente, si vos estás trabajando 16 horas diarias, vas a pagar las consecuencias”, admite.

Meza comenta que hay médicos amigos que le dan atención médica, pues no ha podido continuar pagando el régimen de trabajador independiente a la Caja Costarricense. Y para los medicamentos, recibe el apoyo económico de sus hijas mayores.

Hipertensión y diabetes no son baratos aquí en Costa Rica. Una de las cosas más caras que he visto yo en Costa Rica es el costo de los medicamentos. Y si vos no estás al día con la Caja, simplemente perdés esa posibilidad”, recalca.

Lo que más le preocupa en el exilio es el futuro de sus hijos, especialmente el de su hija de 6 años, que ahora debe crecer fuera de su país. Aunque mira hacia atrás y siente que actuó conforme a sus convicciones —participando en la lucha contra dictaduras y tratando de ayudar sin buscar protagonismo—, reconoce que la incertidumbre sigue presente.

Las heridas invisibles

Para la psicóloga Ángela Delgado, el exilio impacta emocionalmente a cualquier persona, pero sus efectos se profundizan en la tercera edad.

No solamente es exiliarse. Es dejar el lugar donde viviste toda tu vida, donde estaba tu casa y tu familia, cuando además tu salud y tu energía ya no son las mismas”, explica.

Entre los adultos mayores, señala, los problemas emocionales más frecuentes son la depresión y la ansiedad.

Se preguntan qué va a pasar con su futuro, con su economía, con sus hijos. Y esa carga emocional puede derivar en enfermedades físicas”, advierte.

También existe un fenómeno de invisibilización. En el contexto del exilio, las prioridades inmediatas suelen ser sobrevivir y conseguir ingresos, por lo que la salud mental de los mayores muchas veces queda relegada.

Los adultos mayores exiliados se vuelven una sombra dentro de la propia comunidad migrante”, afirma.

Sin embargo, hay elementos que ayudan a resistir: las redes comunitarias, los encuentros culturales y la esperanza de un regreso.

Cuando te encontrás con otro nicaragüense o participás en una purísima, por un momento sentís que estás en casa”, dice.

Psicóloga Ángela Delgado

Un exilio que envejece

Desde el punto de vista de los derechos humanos, el abogado Salvador Marenco, del Colectivo Nicaragua Nunca Más, advierte que las personas mayores forman uno de los grupos más vulnerables dentro del éxodo nicaragüense.

Según datos oficiales, cerca de 850.000 nicaragüenses viven hoy fuera del país, muchos de ellos en Costa Rica.

El exilio incrementa la vulnerabilidad que ya tenían estas personas”, señala Marenco.

El problema, explica, no se limita a quienes ya son adultos mayores. Muchos exiliados de 40 o 50 años podrían enfrentar graves dificultades cuando alcancen la edad de jubilación, especialmente si han perdido sus pensiones o propiedades en Nicaragua.

Hay personas que fueron desnacionalizadas y perdieron su única fuente de ingreso, que era su pensión o el alquiler de una propiedad”, explica.

Costa Rica ofrece algunos beneficios para la población adulta mayor, como subsidios en transporte. Sin embargo, el defensor subraya que estas medidas solo mitigan parcialmente el problema.

La raíz es la represión que obligó a estas personas a salir del país”, afirma.

Por ello, indica que Costa Rica debería facilitar procesos de regularización más ágiles para las personas migrantes en situación de especial vulnerabilidad, como los adultos mayores.

Si no atacamos el problema de raíz por parte de Costa Rica, básicamente vamos a seguir generando población en el exilio, que se va a ir envejeciendo en Costa Rica, en Estados Unidos, en otros países del mundo, sin tener la garantía de poder volver y sin tener herramientas jurídicas y económicas para poder restablecerse de manera efectiva en un tercer país”, concluye.

Abogado Salvador Marenco

Envejecer lejos de casa

Las historias de Iván, Lludely y Adrián reflejan una realidad compartida por muchos nicaragüenses mayores en el exilio: la vida se vuelve más incierta, más frágil, pero también más resistente.

Cada uno intenta reconstruir su rutina entre trabajos, consultas médicas, llamadas familiares y recuerdos.

Y aunque el futuro sea incierto, hay algo que se repite en sus palabras: la esperanza de volver.

Porque, incluso después de años lejos, la patria sigue siendo el lugar al que imaginan regresar.

*Este reportaje se realizó con apoyo de la beca de producción periodística de DW Akademie y el Instituto de Prensa y Libertad de Expresión (IPLEX). La beca es parte del proyecto global “Space for Freedom” de la iniciativa Hannah Arendt, promovida por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Alemania.