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Nicaragua. Ocho años después. La trampa de la escalada

Por Oscar René Vargas | 22 de abril de 2026.

Después de abril de 2018, el régimen Ortega-Murillo implementó la estrategia de la escalada de la represión que obtuvo “éxitos tácticos” iniciales al desarticular el movimiento sociopolítico nacido en la rebelión de abril, creando poderosos incentivos para continuar e incrementar la escalada de la represión, pero ocho años después, la escalada de la represión, surten el efecto contrario al crear un empantanamiento para quienes detentan el poder dictatorial y conllevan un proceso de implosión sociopolítica irreversible.

Es decir, el mantenimiento de la represión no logra seguir obteniendo los logros sociopolíticos deseados, sino todo lo contrario. La represión dejó de ser efectiva, políticamente hablando, ya que, a contrario sensu, provoca un efecto contraproducente que resulta en mayores fisuras en su base social y en mayor aislamiento internacional.

Al carecer tanto de una estrategia para ganar la lucha sociopolítica como tener interés en negociar una salida en frío a las cinco crisis, Ortega y Murillo han acabado por depender de los medios represivos como la única estrategia para prolongar su permanencia en el poder un poco más, con la vana esperanza de que algún milagro los libere de su vacío estratégico o de que su “locura política” quede al descubierto a los ojos de todos. Mientras tanto, amontonan presos, exiliados, desterrados, desnacionalizados producto de la represión generalizada que desangran la economía social de Nicaragua. La represión ha sido y es un castigo contra todos los nicaragüenses.

Los procesos sociopolíticos no avanzan de manera lineal. Normalmente se acumulan tensiones, se cierran espacios, se profundizan fracturas, hasta que se manifiestan en una coyuntura determinada en un “cisne negro”, tipo abril de 2018. Es en ese momento que el cambio que antes era impensable se vuelve posible, y es justo cuando surge la pregunta cuál será el posible escenario político de salida de la dictadura Ortega-Murillo.

Dada la certeza de la derrota estratégica del régimen Ortega-Murillo, sólo hay dos formas probables que pueda desarrollarse una salida política en frío de la dictadura, dado que Ortega-Murillo han decidido mantenerse en la estrategia de “el poder o la muerte” como lo demuestra la comparecencia de Ortega del 20 de abril plagada de amenazas, desplantes y mentiras, lo cual devela la existencia de un sujeto políticamente insano.

1) Que el proceso de descomposición y los errores no forzados del régimen aceleren el proceso de implosión sociopolítica que desemboque en un hecho imprevisto, un “cisne negro” que dé al traste a dictadura. Aparentemente, el régimen ha optado por la opción de la represión eterna, “el poder o la muerte”, lo que es un acto de aventurerismo político, lo que puede conducir a un resultado desastroso para Ortega y Murillo.

El “cisne negro” es posible si el régimen no acepta negociar una salida política y quiera jugar la carta de ganar tiempo, pensando que el “Plan Trump” (una salida en frío en cualquiera de sus variantes) no se va a ejecutar ya sea por la combinación de crisis interna en Estados Unidos y por los resultados electorales del 3 de noviembre de 2026. Al mismo tiempo, el régimen piensa que para que produzca el “cisne negro” es necesario que la oposición alimente las fracturas y fisuras al interior de los pilares de sostenimiento del régimen.

Por tales condiciones, junto con la retórica amenazante de los Estados Unidos, algunos miembros de los círculos de poder y los funcionarios pro orteguistas-murillitas se manifiestan, solapadamente, a favor de un acuerdo político con la oposición real, lo que manifiesta la existencia de una mayor desconfianza respecto a la capacidad del régimen de encontrar una salida no traumática.

2) Que el “Plan Trump” ponga sobre la mesa un esquema «o lo tomas o lo dejas», que Ortega y Murillo tengan que aceptar una salida en frío en sus diferentes variantes. Es decir, el régimen agotado por las cinco crisis y bajo presión internacional e incapaces incluso de mantener el nivel actual de apoyo de su base social y de miembros de los poderes fácticos se traduce en un incremento de las fisuras al interior de la propia familia favorables a aceptar el “Plan Trump” (salida en frío en cualquiera de sus variantes) para tratar de conservar los bienes adquiridos y una cuota de poder.

Aunque nadie lo sabe lo que puede pasar hasta que se ponga sobre la mesa la opción sin posibilidades de implementar la sucesión dinástica y retener el poder, mi experiencia me dice que los poderes fácticos empresariales y la sociedad nicaragüense está dispuesta a acoger la opción del “Plan Trump” ya que el régimen incumple sus compromisos y traiciona los acuerdos firmados.

Por otro lado, los poderes fácticos externos e internos presionan para que el régimen tome en serio el “Plan Trump” ya que el régimen no tiene espacio político para seguir ganando tiempo, ya que, en el caso de que se presente un “cisne negro”, se teme ver a una Nicaragua desgarrada por fuerzas centrífugas. En estas circunstancias, no hay una perspectiva clara para la familia Ortega-Murillo, sería su crisis terminal.

En conclusión: la estrategia política de escalar la represión que produjo un “éxito táctico” inicial resulta ser, ocho años después, una trampa que conduce a un fracaso estratégico del régimen que deriva en una acción políticamente tóxica para la familia Ortega-Murillo y sus aliados. Por lo tanto, podemos decir que, en condiciones actuales, mantener la estrategia “el poder o la muerte” significa que la cúpula del poder (Ortega y Murillo) se encuentra conduciendo el Titanic en dirección a chocar, inexorablemente, con el iceberg de la realidad sociopolítica.