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Una nota sobre el ocupante de la silla L

Pedro González*

La decisión de la Real Academia Española (RAE) de proponer a Sergio Ramírez para ocupar la silla L, que dejó vacante Mario Vargas Llosa, es un reconocimiento a la obra de Ramírez, quien es uno de los intelectuales más importantes de Centroamérica, y también es un reconocimiento de que la cenicienta de la literatura en español, Centroamérica, pertenece al territorio de La Mancha.  Que la RAE nos reconozca es un honor y debiéramos de sentirnos orgullosos.

Porque hablando seriamente, nadie nos lee, ni los centroamericanos nos leemos a nosotros mismos.  O, por lo menos, leemos a pocos autores centroamericanos. Todos nos queremos sentir educados y universales leyendo y citando a un francés, un español, un estadounidense, cuando tenemos periodismo, literatura, filosofía, y ciencias sociales escritas por centroamericanos.  Eso no quiere decir que sólo debamos leer a centroamericanos, tenemos que ser partícipes del debate y los conocimientos internacionales, pero sería bueno, para construir la nación centroamericana, que también leamos lo que producimos. 

En el caso del ocupante anterior de la silla L, Vargas Llosa, este no sólo apoyó a la Revolución cubana al comienzo, a pesar de los cientos de fusilados en La Cabaña en 1959, y sólo rompió con ella en 1971 por el caso Padilla, también tuvo una posición ambivalente sobre la mal lograda, y quizá mal llamada, Revolución sandinista.  Él vino a Nicaragua dos veces en los ochenta y regresó en los noventa y dejó plasmadas esas experiencias en unos artículos que se publicaron en el libro titulado El reverso de la utopía.

Lo que llama la atención de esos artículos es que Vargas Llosa creía que la Revolución sandinista, llamémosla así, no estaba perdida.  Condenó obviamente la falta de libertad de prensa pero discutió con un miembro de la oposición que criticaba al gobierno en los ochenta.  Le dijo que en un régimen como el de Cuba o la Unión Soviética no podría decir lo que le estaba diciendo a él.  A mí me pareció interesante esa defensa de Vargas Llosa al régimen sandinista porque, escuchando los argumentos, yo creo que el miembro de la oposición tenía razón.  En esa conversación Vargas Llosa también argumentó que la propiedad privada en la Nicaragua sandinista no había sido abolida y que los intereses capitalistas, si el régimen no abolía la propiedad privada, iban a terminar liberando a Nicaragua.  La teoría de la modernización.

La otra cosa que llama la atención es que se hizo amigo de Tomás Borge (aunque dijo que tenía discrepancias políticas con él).  “El comandante de las metáforas” lo llamó en uno de sus artículos.  Ahí lo elogia por vivir modestamente en Bello Horizonte y lo llama “el más simpático de los comandantes”.  ¿Nadie le dijo que Tomás Borge se había tomado toda una manzana?  ¿Nadie le dijo que era el ministro del Interior y que bajo su dirección estaban la Seguridad del Estado y la Policía Sandinista?

Sin embargo, no hay duda de que Vargas Llosa era un demócrata y que condenó al régimen Ortega-Murillo por convertirse en una dictadura y lo criticó por las masacres del 2018.  En eso Sergio Ramírez coincidió con él.  

Y, claro, Vargas Llosa no fue dirigente de esas revoluciones.  Esa es una diferencia importante.

Según la Real Academia Española su misión principal es “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad”.  Entre sus miembros ha contado con intelectuales que apoyaron al dictador Francisco Franco.

Dado los fines de la RAE y dada la calidad literaria innegable de Sergio Ramírez, es obvio de que merece ocupar un asiento en la Real Academia Española.  Dadas las posiciones de Vargas Llosa, que no eran tan diferentes de las de Sergio Ramírez, merece ocupar la silla L.

Los que lanzaron una campaña contra Sergio Ramírez tienen derecho a hacerlo y demuestra que las heridas de los ochenta no se han cerrado.  Pero están orinando fuera del huacal.

*El autor es nicaragüense.